Servicios Koinonía    Koinonia    Vd esta aquí: Koinonía> RELat > 448
 

 

Paradigma Pos-Religional: FAQ, Preguntas Frecuentes

Santiago VILLAMAYOR


 

El presente artículo, en forma de preguntas frecuentes, (FAQ, Frequently Asked Questions), busca responder a las dudas y críticas de esta transformación tan profunda como es el llamado paradigma posreligional. Lo llamamos también paradigma post-secular, porque no sólo nos estamos mudando desde una religión hacia una especie de supra-ética, sino también desde una secularidad posmoderna hacia unos significados plurales de solidaridad profunda.

Nuestro propósito es desmontar o deconstruir ambos extremos: por el lado de la religión, unos relatos dogmatizados y extraños al mundo de hoy; por el otro lado, una carencia de relato o un pensamiento único extraño al humanismo. 

Queremos expresar un significado de amor incondicional que nos parece que fue la revolución de Jesús de Nazaret en la historia. Hoy lo llamamos civilidad de máximos, invitación a la fraternidad sin límites, también “divinidad”, o suma dignidad que asoma en la humanización.

Algunos entienden esta solidaridad incondicional como una trascendencia de abajo a arriba y buscan expresarla mediante símbolos coherentes con la mentalidad de hoy. Es un intento de reconstruir el cristianismo y la perspectiva sobrenatural, antes segregada en un mundo celestial, y hoy emergente desde “el mismo amor y la misma lluvia”. Y ante este proyecto se suelen presentar las siguientes objeciones.

 

EL PARADIGMA POSRELIGIONAL...

 

-Destruye el cristianismo al negar o reducir a símbolo el Misterio de la Salvación

El “Misterio de la Salvación” es el eje central del cristianismo. Es la “respuesta” a la necesidad y anhelo de sentido, a la limitación o contingencia y sobre todo al mal y a la muerte que parecen insuperables. Es especialmente reconfortante para la remisión del “pecado” y la culpa, tranquilizador de la ansiedad y el miedo, y consolador ante el pasado perdido y el sufrimiento de las víctimas inocentes. Pero ofrece esta respuesta como hechos reales de un mundo paralelo literalmente descrito por la Revelación. Y entonces el creyente se puede encontrar pareciendo un extraño en el mundo de hoy, hablando en el vacío, o contradiciendo el sentido común y la ciencia, y topándose así con sinsentidos muy serios. El más llamativo de estos equívocos consiste en identificar la fe como un “creer lo que no se ve” en lugar de “creer a favor y a pesar de lo que se ve”.

En nuestra opinión el gran misterio de la salvación es una “Gran Metáfora”. Su valor radica en dar una salida a las grandes cuestiones, su error en explicarlo de modo realista. La “Salvación” además de su indefinición y su remisión al ámbito de lo sobrenatural, no es una secuencia temporal de inmensos acontecimientos milagrosos. La preexistencia trinitaria, la Creación, la Encarnación y la Redención, o la Resurrección y la vida eterna, son símbolos de experiencias y anhelos muy profundos. La labor del creyente es alcanzar el trasfondo en esos mitos.

Así lo entendió Jesús de Nazaret que nunca pretendió decir en qué consisten las cosas sino animar con parábolas, gestos e incluso con prácticas muy arriesgadas y escandalosas, a una vida en plenitud. Y siempre que acudía a fundamentar la bondad o a animar incondicionalmente a la vida plena acudía a símbolos muy cercanos como “Padre”, “Reino de Dios”, “Hijo del Hombre”, “Resucitar”, “Paraíso”... pero nunca como descripciones reales, verdades eternas o dogmáticas, sino como bello impulso seductor.

 

-No garantiza una verdad absoluta y por tanto deja a la gente vacía de un sentido definitivo y reconfortante en la vida

Ni puede hacerlo. La concepción de la verdad ha variado mucho desde que la humanidad entró en uso de razón. Empezó con las explicaciones míticas tenidas como verdaderas; siguió con la filosofía como pretensión de verdad total, radical, estrictamente racional, sin concesiones a la imaginación. Le sucedió la epistemología científica basada en la hipótesis y la refutación, y finalmente han aparecido muchas teorías críticas que la sitúan en el ámbito de la sospecha, bien por legitimación de la opresión, condicionada por el inconsciente, o bien camuflada por la falta de valor para la vida.

Pero, sobre todo, últimamente se la comprende limitada por el lenguaje, modulada por el uso y los contextos, construida por el consenso crítico, de nuevo como mito, pero no verdadero sino significante; entendida también como el “rostro” del otro antes que la luz de mi mente, determinada neuronalmente o sujeta a la incertidumbre y al azar. En este contexto la afirmación de una verdad absoluta, eterna, se vuelve muy difícil e impide el diálogo sincero entre las múltiples visiones de la realidad.

La verdad afirmada como incuestionable sólo en el ámbito religioso por una autoridad divina infinitamente veraz no es sino la pretensión humana de absolutizar y legitimar una determinada cosmovisión. Para ello necesita salir de la contingencia y desdoblar la realidad en un meta mundo donde todo es puro, eterno, indiscutible. Estamos ante una contaminación del evangelio por parte del judaísmo excluyente de otros pueblos, y por parte de la filosofía dualista de los griegos.

Los seres humanos no somos capaces de resolver racionalmente los enigmas o “misterios” de nuestra condición. Estamos abocados a la creencia y al símbolo, en todos los órdenes.  A la confianza en la misma razón como instrumento para la verdad, a la convicción de que existe un mundo independiente de nuestra mente, a la creencia básica en la armoniosa dialéctica entre el azar y la necesidad, a la fe en la bondad y en el valor “sagrado” de la humanidad y del planeta. No existen verdades o respuestas definitorias. La verdad absolutizada mata el dinamismo de la razón y la somete; al final esa razón encorsetada deriva en escepticismo y claudica de su dimensión significante. Por el contrario, el símbolo la nutre de significados, la embelesa y libera. 

Por eso la religión acude a otro mundo, para obtener seguridades. Pero nosotros pensamos que el otro mundo es la fe en éste. Y que lo importante es, sabiendo lo mínimo necesario, amar lo máximo posible. Así nos parece procedió Jesús de Nazaret, que tenía pocos conocimientos e imponía pocas verdades, pero que amó mucho. He ahí el significado último, verdadero, pleno de sentido, capaz de encender una vida.

El paradigma evangélico, esa pre-comprensión y pre-disposición a la esperanza y al amor incondicional desde los pobres, no se expresa necesariamente en una cosmovisión científica, una religión o una sociología determinada. Está abierta a todas ellas como llamada y ánimo.  Como símbolo. 

 

-Niega a Dios. Conduce al ateísmo o al menos al escepticismo y al relativismo

El paradigma pos-religional no sólo no niega a Dios sino que lo libera de las definiciones que lo falsean. Dicho con toda crudeza: no pone el absoluto en un sagrario, en la Kaaba, en el vacío interior, en la moral o en el dinero. Con toda la tradición bíblica y eclesial coincidimos que Dios es innombrable. Presente de un modo desconocido y ausente. Tanto la teología escolástica como la teología negativa medieval y posterior han rechazado cualquier evidencia de la divinidad. Recuérdense los intentos baldíos de la escolástica y del racionalismo por demostrar su existencia.

Nosotros nos situamos en un agnosticismo abierto. Derivamos la cuestión de Dios al ámbito de la razón práctica o moralidad y al del silencio. Creemos que nuestra mente está abierta a la plenitud, se la llame como se la llame. Y la divinidad se nos manifiesta como un horizonte. Es el anhelo profundo que busca su cumplimiento a sabiendas de que cuando lo alcanza lo pierde, como el beso que roza la burbuja y la rompe en el mismo acto. La divinidad es inalcanzable. Sólo el amor la acerca y sólo el símbolo la entrevé o vislumbra de modo imperfecto.

Por eso todos los dioses son válidos si se forjan en la bella y buena razón universalista. No hay definición posible y menos única. Siempre y cuando entendamos por Dios la dinámica que nos lleva a la plenitud y que se realiza en las sucesivas encarnaciones de la bondad y de la justicia. Más que existir, a Dios lo hacemos a la espera de que pueda ser. El gran argumento es un ojalá, un deseo inmenso, “infinito”, de que el mal y la injusticia no tengan la última palabra.

La imagen más clásica de un Dios omnipotente y salvador, fuera de este mundo pero providente, la que ha predominado en la historia del judaísmo y del cristianismo, no responde ya a la mentalidad actual. Desde siempre ha sido imposible casar la omnipotencia y la suma bondad, con la existencia del mal. La “creación” atribuye el mal a la autonomía de la naturaleza o del ser humano, (en Dios no cabe el mal o el pecado), mientras que cuando se trata de la gracia, la salvación, y la moral, éstas vienen heterónomamente de arriba (nosotros no podemos nada por nosotros mismos, lo contrario sería pelagianismo...). ¡Vaya interpretación prepotente! Muy diferente del mensaje de Jesús: “Tu fe te ha salvado”.

Hoy día nos sentimos autónomos. Creemos que la divinidad es el impulso del mejor amor, el aliento de la inteligencia creadora, el alma de la compasión, la belleza del arte, la vitalidad de la naturaleza. Como aproximaciones, como algunos de los mil nombres o metáforas que nos acercan al misterio de la realidad.

Nuestra experiencia del Misterio no es teísta ni ateísta. No hay un Dios fuera, dentro, arriba o en el fondo, sino que la misma Realidad se transparenta a sí misma en la conciencia humana como divinidad. Creer en Dios no es afirmar una idea o un ser superior, sino vivir desde la llamada de lo mejor, humilde y libérrimamente. Tengamos nombre para ello o no, seamos creyentes, ateos o agnósticos, vivamos como si eso mejor fuera posible para todos, como si la divinidad fuera una promesa real.

A eso responde la imagen de “Padre” a la que nos invita Jesús. El sentimiento interior de que todo tiene un valor incondicional que merece su existencia y su respeto. Dios no es omnipotente, ni omnisciente, ni padre o madre, o energía cuántica, bosón atractor de un campo de poder y estructuración. Pero también es todos los nombres, afirmados, negados y sublimados y vuelta a ser negados en una constante veneración compartida.

 

-El paradigma pos-religional minusvalora la revelación

No la minusvalora, sino que la pone en su sitio, como uno de los más bellos y beneficiosos relatos de la humanidad. Pero la Biblia no puede ser leída literalmente, y al necesitar de la interpretación suele ocurrir que ésta la reinventa época tras época, como se ve en el anacronismo de mucha de la pintura religiosa. El texto escrito o transmitido es sólo una matriz. Esto no es negarla o devaluarla. Al contrario: la tentación de absolutizarla y derivar de ella una sociopolítica, una moral y unas prácticas maravillosas y rituales, eso sí es desprestigiarla por contradictoria, milagrera, parcial e incomprensible en muchos casos.

Es sabido que los evangelios de la infancia fueron elaborados o inventados con algún testimonio y múltiples referencias a la antropología comparada. Fundamentalmente para magnificar el origen de Jesús. Recuérdese por ejemplo el simbolismo numérico en la genealogía de Jesús o los sugerentes relatos de la huida a Egipto, los Magos, etc.

También recientemente las investigaciones arqueológicas muestran una Torá elaborada por los escribas del Rey Josías en el siglo VI a.e.c. para engrandecer los orígenes del pueblo de Israel y legitimar el reino. Ya no es un relato ancestral del origen de los tiempos. ¡Cuánto se ha inspirado la piedad y la teología en los mitos del Génesis, y cuánto la teología de la liberación en la salida de Egipto y en todos los demás acontecimientos maravillosos del Éxodo! La misma institución de la Eucaristía o cena de Jesús no fue una renovación del rito pascual judío sino una cena de despedida en un contexto de persecución. Y podríamos seguir con otros ejemplos.

Llega un momento que el conjunto de interpretaciones ha creado un relato distinto. Qué hacer entonces cuando hay tanto que discriminar, tanto que traducir y actualizar. Pues no cabe otra actitud que remitirnos desde el “espíritu”, la bella y buena razón, a su intención de fondo: el contagio de la esperanza y de las nobles actitudes de justicia y liberación, la animación para el acompañamiento de la vida con mensajes reconfortantes. Pero entonces no es la Biblia “la que tiene razón”; más bien tiene alma, y comparte su luz con otras muchas palabras, artes y figuraciones donde la belleza provoca una conmoción interior que dice: “hace buen tiempo, hace Dios”, salgamos del arca.

 

-Sitúa a la razón por encima de la fe, no apologiza o combate las desviaciones de la ciencia contrarias a la Revelación

La escolástica afirmó la supremacía de la fe ante la incipiente ciencia. La verdad sólo se podía conocer por revelación. Hoy sabemos que primero es la autoconfianza de la razón y luego sus posicionamientos. Primero es la razón creyente y luego las ciencias, las artes y los relatos que dan forma simbólica a sus impotencias verbales.

La razón, como el lenguaje, tiene muchos funciones o usos y no conviene mezclarlos. El lenguaje de la fe es simbólico y el de la ciencia explicativo. No se trata de una doble verdad sino de una verdad y un sentido, de una cosmovisión científica y de un impulso que anima la investigación, enriquece su proceso y abre sus resultados de modo simbólico. La fe deja libre a la ciencia sólo criticable en su avance desde dentro, desde su propia metodología

Ésta es la gran mutación de nuestra época, la metamorfosis de la epistemología religiosa. La humanidad entera, sin divisiones en teístas y ateos, escuchando primero lo que dice una “razón plural”, no reduccionista ni evasiva, valiosísima y humilde, (primero lo que todos decimos sobre lo inmediato y sobre las grandes cuestiones), y luego lo que dicen que ha dicho Dios, y esto como espejos que no representan sino que alargan la mirada.

 

-Es incapaz de dar respuesta al problema del mal y la muerte

El problema del mal es irresoluble. Sólo cabe, aminorarlo con la bondad. Somos limitación, incomprensión y debilidad. Y estaremos siempre en camino, deseando. Y nunca podremos afirmar nuestro destino. Pero podemos crearnos bellas metáforas, hacer el bien y encontrar allí una vivencia de felicidad, una mística activa cuya consistencia unos llamaremos Dios, otros realidad, plenitud o Jesús de Nazaret, por su parecido con ese infinito que aflora desde nuestro ser más profundo. Lo que no puede hacer la fe pos-religional es ofrecer postulados como certezas.

 

-Niega el orden sobrenatural y reduce los símbolos a significados intramundanos

La afirmación de un orden sobrenatural paralelo a éste es una herencia platónica. Jesús de Nazaret se movió más bien en el ámbito de la libertad trascendente, es decir de la moralidad desbordada por los máximos de justicia y bondad. Su hiperbólica llamada al perdón, al amor a los enemigos, o a poner la otra mejilla, su preferencia por los pobres, abre otro mundo nada sobrenatural, sino anclado en la misma naturaleza elevada a su mayor dignidad. Inicia el Reino de Dios, esa parábola que expresa una manera de vivir marcada por la gratuidad y la incondicionalidad. Eso es realmente “sobrenatural”, algo que escapa muy mucho al comportamiento “natural”, ordinario.

Los símbolos de este mundo elevado por la gratuidad que le asiste en su mismo ser, no son los siete sacramentos que imprimen carácter o transmiten la gracia como lluvia, o fenómenos mágicos sólo posibles por la intervención de un dios externo. Es su propia humedad que se condensa como rocío. Los símbolos creíbles hoy son las múltiples expresiones naturales de esa sobreabundancia del amor: el beso al leproso, la contestación de la injusticia, la donación de un órgano, el hallazgo de una medicina, la representación de la belleza, la plantación de un árbol, la caricia a un animal… No son sólo signos naturales, ni sobrenaturales. Son intra-naturales, partos de un embarazo de divinidad que llevamos dentro. Nos conducen al fondo de la vida. Y como todo, tienen su grado mayor o menor de significación

 

-La negación de una vida más allá de la muerte echa por tierra cualquier construcción social o moral, humana y planetaria que puedan ser definitivas

Se trata de una objeción muy seria. Más cuando muchos de los proyectos de liberación han fracasado y la salvación religiosa no ha tenido demasiado éxito en los dramas humanos, o al menos con la generosidad que su teología afirma. Nada puede garantizar que el mundo, la sociedad y las personas logren la sociedad perfecta, una vida de buenaventura perpetua. Y así damos al traste con todas las utopías que se pretenden seguras. La muerte acaba con todos los logros y la vida más allá no está garantizada. Todas nuestras construcciones son inciertas y están obligadas a encontrar la plenitud en sus realizaciones parciales a la espera de que lo inesperado pueda suceder.

Lo que nace limitado no puede pretender lo ilimitado, si no es como esperanza. Pero la esperanza nunca afirma, sólo anhela y realiza paulatinamente sus deseos sin certidumbre alguna de un logro definitivo. En algún sentido diríamos que precisa de un Dios, de una vida eterna, de una omnipotencia, pero no la puede afirmar. De nuevo estamos ante los postulados de la moralidad, de las condiciones de posibilidad de la buena conciencia sin las que ésta, en última instancia, no sería. Volvemos al inicio de la religión, pero una religión desde dentro, abierta, sin afirmaciones dogmáticas, creyente desde el agnosticismo y el naturalismo

 

-Si la divinidad de Jesús no es real, la Resurrección no tuvo lugar y la fe resulta vana

La divinidad en Jesús no es un sobreañadido a su persona. El valor de Jesús ya es suficientemente rico por sí mismo. Tan rico quizás como irrepetible, al menos en la imagen que nos traducimos unos a otros, responda o no al Jesús histórico, judío, nacido de mujer como dice Pablo. El título de Hijo de Dios es más una expresión simbólica de raigambre judía que una realidad objetiva. Indica la trascendencia de su ser enteramente para los demás.  En Jesús, el amor incondicional, ése que se expresa en la desmesura, en el perdón, que me lleva a amar al enemigo o preferir al desvalido, adquiere nombre y figura. Esa insólita inversión de valores, eso es la divinidad; la plenitud de lo humano, algo tan difícil por otra parte en esta sociedad donde sólo se aspira a medrar o a respetar la ley por coacción o reciprocidad, y donde la acción justa e invisible, sin recompensa, se considera imposible o sinsentido.

Cuando alguien da su vida sin esperar nada a cambio está haciendo una experiencia de bondad absoluta, de incondicionalidad, es decir de absoluto, de divinidad... Así leemos nosotros la vida de Jesús, por eso creemos que le llamaron Hijo de Dios; por eso le consideramos como el origen de una revolución moral impensable desde la sola biología. La mente humana tiene esa cualidad que muchos llaman agapé y que al fin aparece tan notoriamente en Jesús.

Esta aparición de un agapé universal e incondicional, o dicho de otro modo, esta exhumación de toda la realidad moribunda, la llamamos Resurrección. Algunas personas de nuestro tiempo usan otras palabras: resiliencia, superación, etc., pero nadie se atreve a aplicarla a toda la realidad. Una recuperación universal, la experiencia de que nada se pierde, es más esperanza que milagro. Creer en ese restablecimiento definitivo, y digo creer, no “saber que vendrá”, es la única manera, sin caer en el ilusionismo, de afrontar un pasado perdido y avistar un futuro con ganas de vivir. Quien confía en el valor del presente se compensa de la pérdida en el pasado y se promete para el futuro. Eso es creer, no imaginar otros mundos. La Resurrección es la experiencia permanente de renovación en el amor dado y recibido incondicionalmente.

 

-Echa por tierra siglos de civilización occidental, de cultura, y de gobernanza

No los echa por tierra, muy al contrario: valora esa civilización, la asume y supera. Como otras civilizaciones orientales, africanas o amerindias. En los cinco continentes, las creencias religiosas han causado mucho bien, y bastante mal. La civilización occidental, construida sobre la opresión, la represión moral e incluso física, la esclavitud, el imperialismo, el deterioro del planeta, etc., no es –hay que decirlo– una panacea. Aunque haya que reconocer el avance del derecho, del bienestar (para algunos de momento), de la ciencia, etc. En todas estas áreas la aportación de la religión se presenta discutible.

El proceso de humanización nos va llevando a una mayor autonomía y a una perspectiva diferente ante el enigma del ser, de la vida y de la conciencia. No nos satisface la interpretación religiosa entendida como verdad única y superior, como letra. No creemos en el desdoblamiento, el sobrenaturalismo y la sumisión. Sí en la divinidad de lo real, y la fraternidad incondicional mostrada por Jesús de Nazaret como algo posible entre nosotros.

Llamamos a un esfuerzo por reinsertar la religión en la cultura como una supra ética, ayudando a nuestro siglo a reconocer su dignidad insoslayable, a construirla entre todos. Ésa es la civilización que queremos. A ella llegamos no por el culto y una organización paralela a la sociedad, sino por la política abierta, la virtud personal y la vivencia de los significados profundos en el mismo mundo en que vivimos. Una cultura laica que no renuncia a sus interrogantes y esbozos de respuesta, a nuevos símbolos y poemas. Porque la poesía no es la letra sino el sentimiento que se transmite. Porque la civilización no son las instituciones de dominio sino el avance de la libertad e igualdad que se logra. Las historias religiosas, las biblias y los vedas, las artes sacras, la filosofía y la teología, etc., no han sido inútiles sino necesarias históricamente, pero hay que reinterpretarlas.

 

-Los profetas o guías de este movimiento pos-religional no tienen consistencia teológica, ni estructura o institución que les dé continuidad. Se diluyen en movimientos sociales muy variables. Por el contrario, la Iglesia y la doctrina católicas, como sucesión directa de Jesús y a pesar de sus traiciones, ha prevalecido sobre otras instituciones seculares

Efectivamente, la mentalidad pos-religional se mueve mejor en un mundo laico donde no hay instituciones de poder o autoridad por encima del consenso democrático. Y es una sensibilidad que despierta, no tiene la madurez suficiente. Es difícil adherirse a una teología o antropología liberadora, pues exige una kénosis, un abajamiento real con todas las consecuencias, como el Jesus de los pobres. Estas consecuencias son muchas veces la postergación, el ninguneo y la opresión; todavía más si se niega todo el sistema religioso colmado de reconocimiento por los poderosos y los biempensantes.

También queremos reconocer que en los años en que estas nuevas perspectivas se van haciendo oír no hemos podido escuchar ninguna observación o crítica seria por parte de las grandes facultades de teología. Y en ese sentido, este artículo es una invitación a que se nos critique, para acercarnos a esa consistencia que se nos niega. El cristianismo de la liberación recibió todo tipo de críticas, sobre todo desde el magisterio y el dogmatismo eclesial; el paradigma pos-religional sin embargo está siendo cada vez más asumido por la poca teología que queda, y sobre todo está siendo convergente con múltiples movimientos de profundización en lo humano, lo social y lo planetario.

Es la misma Iglesia la que nos formó para superarla, para construir la internacional de la esperanza, el sacramento del Reino que ya no es sólo la Iglesia católica. El mensaje de Jesús fue encorsetado en una religión judeo-helénica, en una doctrina, en un poder teocrático. Tiempo llegará en que el Vaticano será la sede de una instancia de moralidad suma, de defensa de los derechos humanos, de cuidado del planeta, de comunicación entre los pueblos, del silencio de la esperanza; casa de los pobres y de los que los defienden; una convención de los humanismos y las religiones para animar las instituciones científicas, políticas, humanitarias...

 

-Contrariamente, y bien interpretado, este modelo cristiano es lo de siempre con palabras distintas, otra religión

Por supuesto. Es lo de siempre, la respuesta de la libertad a las cuestiones que tienen que ver con el sentido de la vida, la igualdad de todos los seres humanos, el cuidado del planeta, el valor de la persona, los postulados de divinidad, el ansia de inmortalidad o la superación de las ansiedades y los miedos. Pero no en clave sobrenaturalita ni realista, sino en clave supra-ética y simbólica. Algo de siempre pero olvidado.

No se afirma categóricamente la existencia de un dios ni se define su naturaleza, sino que se anhela, se busca, se postula. No se sitúa arriba sino que, no pudiendo superar la limitación del lenguaje, se prefieren expresiones plurales y parciales, menos chocantes con la mentalidad actual. Y así se habla del fondo de nuestro ser o de la dignidad inexplicable. No se acepta el misterio de la salvación, pero se aprende de su intención de fondo de dar sentido a la vida; no se acepta la biblia como revelación de otra vida paralela a ésta, y menos única, pero se valora la invención de Dios y de una religión como una de las mejores creaciones de la conciencia humana.

Se pone el punto de mira en la praxis del amor de Jesús de Nazaret, como siempre, pero constatando que estamos ante una metamorfosis radical del relato tradicional. Se toma como referencia la gran revolución de Jesús de Nazaret y se interpreta de forma distinta. Jesús de Nazaret será siempre un Jesús de la fe –no el de una historia objetiva que no sabemos cómo fue en realidad– y un Cristo universal, no el Cristo ungido y sacralizado por la teología y el dogma y los rituales, sino el reconocido en todos los tiempos como la expresión de las mejores y más universales aspiraciones humanas.  

 

-En todo caso lo importante no es cómo interpretamos el cristianismo o bajo qué paradigma, sino cómo vivimos su anuncio evangélico

Efectivamente, así es; y en ello hay un sentir común muy extendido. Y también es verdad que tal vida evangélica en según qué carismas y comprensiones se ha patentizado de modo más transparente, y cómo, al contrario, ha resultado contradictorio e incluso antievangélico en otros casos. Baste citar innumerables modelos de bondad que se han dado en nuestra tradición a pesar de muchas formas o construcciones inapropiadas, como han podido ser el acento sacrificial en la celebración de la Pasión, la interpretación piramidal de la sociedad al modo celestial o la especial dedicación a las clases influyentes.

El Evangelio ha de ser creíble y por tanto entendible; en un doble sentido, porque somos fieles a lo que dijo e hizo Jesús de Nazaret y porque su mensaje se adapta al “oyente de la palabra”. Es decir que aúne un sincero seguimiento de la persona y del proyecto de Jesús de Nazaret y una dialogada y crítica expresión en los moldes también sinceros de las gentes de cada época. En ese sentido es como proponemos cambiar de paradigma.

 

 

Santiago VILLAMAYOR,

Comunidad Almofuentes,

Zaragoza, España, octubre 2016.





  Portal Koinonía | Bíblico | RELaT | LOGOS | Biblioteca General | Información | Martirologio Latinoamericano
Página de Mons. Romero | Página de Pedro Casaldáliga | Jornadas Afroindoamericanas | Agenda Latinoamericana