Vaticano II: Un
concilio “crisigénico”
con una agenda oculta
Aloysius
PIERIS
Introducción
“No perdáis el tiempo con el Vaticano
II”
1. Consejo de Rahner a los jóvenes
Fue un privilegio grande y raro, viéndolo
ahora en retrospectiva, que mis estudios teológicos (1962-1966) coincidieran
no solamente con los años del Vaticano II sino también en uno de los lugares
más vistosos y saludables en un suburbio de Nápoles, a solo dos horas en el
tren rápido de Roma, donde estaba celebrándose el Concilio. Porque tuvimos
el placer de encontrarnos en persona y con calma con algunos de los peritos
(expertos) del Concilio que disfrutaban de pasar un fin de semana con nosotros
con la esperanza de tomar el sol en la belleza de la bahía de Nápoles o de
pasar un rato gozando de las preciosas vistas que el volcán Vesuvio ofrece
a los visitantes. Figura prominente entre tales huéspedes era Karl Rahner,
que había sido oficialmente invitado a pronunciar la lectio brevis (lección
inaugural) al principio de uno de nuestros años académicos. Recuerdo que,
durante una visita oficiosa, él se rezagó con
nosotros un buen rato en el recreo después de la comida, hablando espontáneamente
sobre el mundillo interno del Vaticano II.
En el curso de esta conversación clarificadora
le preguntamos sobre nuestro papel en la puesta en práctica de los decretos
conciliares. Como introducción a su larga respuesta nos dio un consejo sorprendente:
“¡No perdáis el tiempo con el Vaticano II”! Esa tediosa tarea de ir al detalle
en los textos conciliares y de justificar los decretos conciliares sobre la
base de la tradición auténtica de la Iglesia iba a ser su misión, porque,
como él nos advirtió de modo profético, sus contemporáneos de la generación
más vieja a la cual él pertenecía, incluyendo algunos de los obispos que firmaron
los documentos iban a encontrar poco menos que imposible asimilar totalmente
la nueva perspectiva dentro de la cual el concilio estaba formulando su mensaje.
Si esta nueva orientación no era reconocida, las enseñanzas de Vaticano II
podrían ser malinterpretadas a lo largo del camino trillado de una teología,
que se estaba intentando dejar detrás como inadecuada.
Parecería, como ahora puedo adivinar
en retrospectiva, que Rahner previó un conflicto entre los tradicionalistas
y los renovadores en la misma lectura de las enseñanzas de Concilio. Los documentos
contendrían acuerdo de término medio y contradicciones que tendrían que ser
explicadas en términos de la perspectiva total del Concilio. ¡De no ser así,
sobrevendría una Babel de confusión, una verdadera barrera lingüística al
interior de la Iglesia! Porque el Concilio abría nuevas perspectivas sin tener
a su disposición un lenguaje nuevo capaz de comunicar esas perspectivas en
un idioma en consonancia. Había, por lo tanto, un verdadero peligro de que
el viejo vocabulario empleado por el Concilio llevara con demasiada frecuencia
a una interpretación que iría en contra del nuevo espíritu que estaba soplando
sobre la iglesia entera.
Hay que tener en cuenta que Juan XXIII,
que convocó el Concilio, era historiador de la iglesia. Él podía relativizar
tantas “tradiciones” que sumergían “la Tradición” a la que él quería que
la Iglesia se mantuviera fiel.[1] Él sentía que estas tradiciones obsoletas usaban un lenguaje obsoleto
que no había sido capaz de comunicar la Buena Noticia que Cristo y su Iglesia
juntos suponen para todos. Solo el Espíritu de Cristo mismo que mora dentro
y fuera de la Iglesia podría decidir en sinergia con esa misma Iglesia [ “nos
ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros” (Hch. 15,28) ] cómo hablar
en un lenguaje que cada nación y cultura puedan oír y entender en su propia
lengua. (Hch. 2,8) Era un Pentecostés que él invocaba sobre la Iglesia. “Ven
Espíritu Santo y renueva la faz de la Iglesia” parecía haber sido su oración.
No creía que había otra manera de que se produjera un aggiornamento (puesta
al día) de la Iglesia. Ése, era de hecho el origen del Vaticano II. Ése era
también el objetivo del Vaticano II.
Pero el aggiornamento, en su opinión,
no podía ser alcanzado declarando “dogmas” nuevos (en el sentido de fórmulas
doctrinales definidas), que, como mantenían algunos, estaban haciendo falta
para atajar la marea de herejías ‘modernistas’ que, según alegaban, se estaban
colando furtivamente en la Iglesia; sino introduciendo una renovación pastoral
que requería un cambio tanto de actitudes como estructural en la Iglesia entera.
Este modo de ver era totalmente diferente a cualquier otro experimentado hasta
ahora en la historia de los concilios principales. Porque la mayoría de los
concilios introdujeron clarificaciones doctrinales contra tendencias heterodoxas
o reformas institucionales que dejaron a la Iglesia sin cambios estructurales.
En este Concilio, sin embargo, el método adoptado por el Espíritu y la Iglesia
entera no tenía precedentes:- tomaron varias decisiones crisigenicas, orientadas
a una renovación total, como se explicará más adelante.
2. La dinámica del Concilio
El consejo que Rahner nos dio, por lo
tanto, era directo: En vez de gastar nuestras energías en la exégesis de los
textos conciliares, deberíamos saturarnos del espíritu del Concilio entrando
de lleno en su ethos mientras todavía estaba desarrollándose de modo que
pudiéramos seguir avanzando en la construcción de sus propuestas en línea
con las nuevas perspectivas que se estaban abriendo. Por supuesto que no nos
resultaba en absoluto difícil sumergirnos en su ethos, como nos sugería Rahner.
Porque este Concilio se había convertido en un acontecimiento tan colosal
para el mundo entero, que incluso los diarios seculares cubrían los debates
y disputas que determinaban la dinámica de los decretos conciliares a medida
que estos decretos comenzaban a tomar su formato actual a partir de un caos
de crisis y de componendas incluyendo las intrigas vaticanas y las intervenciones
papales, por no mencionar las campañas de descalificación que se libraban
dentro y fuera del aula magna.[2] ¡Los medios las divulgaron con cruda lucidez! ¡Y nosotros las devoramos
con gran avidez!
No era, por lo tanto, el Vaticano II
como el “producto final” de un proceso, sino el Vaticano II como “el proceso
mismo“, lo que Rahner nos invitaba a que asimiláramos. Pues, la tarea de nuestra
generación era arrancar desde donde el Concilio nos dejaría. El Vaticano
II, insistía, no era un punto de llegada, sino “un punto de partida” (punctum
a quo proficiendum est, por citar sus propias palabras). Es decir nuestra
misión era terminar su agenda oculta por medio de una theopraxis que
estuviera en línea con su nueva orientación. Tomé
a este consejo como mi programa de la vida en compañía de muchos otros. Esto
es una historia todavía por escribir, aunque ya he ofrecido algunos retazos
de este período de aventura en otra parte.[3]
Mi humilde consejo a los, que han venido
mucho después de nosotros y no están familiarizados
con este proceso histórico del Concilio, es que estudien su enseñanza con
la ayuda de las Acta Concilii (Actas del Concilio por así decir). Una reproducción
en cámara lenta del proceso que creó a este Concilio puede también leerse
en la Historia del Vaticano II (editada por Giuseppe Alberigo, Orbis y Peters),
que, a la hora de escribir este artículo, ha alcanzado ya el volumen IV, y
cubre el período, septiembre de 1964 a septiembre de 1965.
Fuera de este telón de fondo histórico, los textos de los documentos
conciliares pueden significar muy poco. Porque, en la formulación del mensaje
conciliar, hay pequeñas contradicciones y componendas, que, como en la exégesis
de la Escritura, tienen que ser resueltas contextualmente a la luz de la historia
de los debates y de las discusiones que marcaron su génesis.[4]
PRIMERA PARTE
El “Concilio” de Jerusalén como precedente
3. La crisis que reclamó una decisión
conciliar
El único precedente que podría explicar
la naturaleza del Vaticano II, por lo menos hasta un cierto grado, es el acontecimiento
descrito en los Hechos 15, 1-29 y mencionado en épocas recientes como el “[Primer]
Concilio de Jerusalén”. Hay varias características
en este episodio que encuentran resonancia con lo que sabemos del Vaticano
II. Soy consciente, sin embargo, que es temerario equiparar los “concilios”
en todos los aspectos. Además, el término mismo “concilio”; se aplica solamente
de modo analógico a la reunión de Jerusalén. Por lo tanto, la comparación que aquí se hace sirve
únicamente como recurso pedagógico para ayudar
a los lectores de la nueva generación a moverse desde lo sabido a lo desconocido.
Una lectura cuidadosa del informe en
Hechos 15,1-29 revela presencia de una crisis doble en la Iglesia naciente.
La primera era la crisis que ocasionó la convocatoria de un Concilio. La segunda
era la crisis que el Concilio mismo ocasionó. La resolución gradual y dolorosa
de la segunda crisis es la que eliminó eventualmente la primera en su totalidad.
Éste es también el procedimiento que se observa en el origen, el proceso y
las consecuencias del Vaticano II. Pero en el caso de este último, la segunda
crisis sigue sin resolverse aunque han pasado cuatro décadas debido a una
fuerza en contra que opera en el centro de la Iglesia desde hace un cuarto
siglo o más. Esto explica por qué la primera crisis todavía duele y amenaza
a la Iglesia.
Vamos a fijarnos en la primera crisis
en la Iglesia naciente. Era algo de lo que el centro, es decir, la Iglesia
en Jerusalén, estaba alegremente y por supuesto, comprensiblemente ignorante.
Los emisarios (apostoloi) como Pablo y Bernabé, que tenían conocimiento
de primera mano de la situación de frontera, informaron al centro de que se
estaba gestando una crisis en la periferia (Antioquía), en parte porque los
tradicionalistas del centro que visitaban la periferia habían intentado imponer
su opinión rígida (‘no hay discipulado cristiano sin circuncisión’) en aquella
Iglesia local, creando un conflicto innecesario y un disturbio allí, provocando
a los miembros de aquella Iglesia local a que enviasen representantes (Pablo
y Bernabé) a Jerusalén para resolver el tema (véase Hechos 15, 1-2).
Incluso en ese ‘Concilio’, convocado
en Jerusalén para resolver esta crisis, los tradicionalista insistían en el
status quo a pesar de los informes positivos que los dos misioneros traían
de la frontera (vv 4-5). Había afortunadamente una secuela importante que
abrió la mente y el corazón del centro: una discusión muy larga; y una atrevida
intervención de Pedro, el líder de la Iglesia entera, que presentó como suya
propia la experiencia inspirada por la fe no solamente de la crisis sino también
de su resolución (vv 6-11). Esto creó la necesaria atmósfera de silencio (v.
12), que permitió que Pablo y Bernabé expusieran su caso ante ellos detalladamente
y con claridad. Incluso Santiago, el líder de los conservadores, cedió a la
demanda de la periferia gracias al apoyo de Pedro (vv.13-21).
Así los pilares de la Iglesia, Pedro,
Santiago y Juan mantuvieron abiertamente la nueva política pastoral, y, como
Pablo recordaba más adelante, “Su única petición fue que nos acordáramos de
los pobres, que es lo mismo que me he empeñado en hacer ” (Gal. 2,10). Los
pobres, según esa decisión conciliar, tenían prioridad sobre la mera cuestión
de prácticas tradicionales. (Es importante recordar también esto con respecto
al Vaticano II: Cuando Juan XXIII anunció el Concilio expresó su sueño de
un “una Iglesia de todos, especialmente de los pobres”).
Esta decisión de la reunión de Jerusalén
fue seguida de un intento serio de lo que hoy llamaríamos la recepción de
un concilio; se enviaron mensajeros a la periferia con la buena noticia, para
instruir a las iglesias en la nueva política pastoral (Hch. 15,30-31). Se
retiraron todas las cargas innecesarias; Todo lo que se esperaba de los neo-conversos
se reducía a unos pocos simples hábitos de dieta que no iban a alienar a los
gentiles de los judíos y también una insistencia general en la moral sexual
(Hch. 15, 28-29). Estas “normas prácticas adoptadas por los apóstoles” es
a lo que técnicamente se refiere en Hch. 16,4 como “ta dogmata ta kekrimena
ton apostolon”.
Aquí vemos el uso escriturístico original
de la palabra “dogma”. Este término indicaba una norma práctica (ver también
Dan.2,15; Lc. 2,1; Efe. 2,15; Col. 2,14) y ciertamente no se refería a una
reformulación doctrinal de una verdad revelada a la que hay que asentir bajo
pena de excomunión (anatema). El objetivo de aquel Concilio no era “enseñar
nuevos dogmas” (en el sentido que solemos entender los dogmas según los catecismos
actuales y la historia de los concilios posteriores) sino el proponer nuevas
normas exigidas por los signos de los tiempos (los dogmas a los que se referían
los apóstoles). La autoridad para atar y desatar, o permitir o prohibir (Mt.
18,18) refleja una manera judía de entender la autoridad en el siglo I, que
tenían los rabinos, de decidir qué prácticas deberían ser observadas por la
comunidad, o para usar un término judío mucho más tardío “determinar halaka”.[5] En
Mt 18,18-20 Cristo transfiere esta autoridad (rabínica) a sus propios discípulos.
A la luz de esta observación se puede suponer con seguridad que Hch. 15,28-29
[“nos ha parecido bien al Espíritu Santo y a nosotros”] presenta un claro
ejemplo, en el que los apóstoles y el Espíritu Santo actuando como co-autoridades
enviadas por Cristo a una misión habían determinado halaka, i.e. habían
propuesto nuevas políticas pastoralmente prácticas, técnicamente conocidas
en la Escritura como dogmata (Hch. 16,4).
4. La crisis ocasionada por la decisión
conciliar.
Los mencionados dogmata o ‘normas
pastorales’ eran por naturaleza crisigénicos porque revelaban una opción por
algo tan nuevo que una crisis de desacuerdo habría de ser el precio y el medio
de la renovación. El abandono de una práctica sacrosanta que se creía sancionada
por la voluntad divina y también por la venerable tradición de veinte siglos
(según la apreciación judía) aparecería como algo temerario por no decir blasfemo.
Además cada “praxis” es una formulación
implícita de una “teoría”. Así lo era también la praxis recomendada por el
Concilio de Jerusalén. Había ocultado una nueva postura teológica, que la
observancia ritual de la circuncisión no es necesaria para la salvación;
porque es la “circuncisión del corazón en el Espíritu” la que nos incorpora
a la familia de Dios (Rom. 2,29). Este argumento se sigue desarrollando hasta
su conclusión lógica: - no solo la circuncisión sino la totalidad de la
observancia legalista de la Torah, de la que la circuncisión es solo una
parte, es igualmente incapaz de traer la salvación o la justificación, que
sólo procede de la fe de uno en Cristo Jesús (Gal.2,15-3,14).
La cosa no termina aquí; esta reflexión
teológica podría extenderse también al rito cristiano del bautismo, en el
sentido de que no puede circunscribirse en un ritual (sacramental), sino que
ha de ser entendido como “discipulado cristiano” que consiste en una inmersión
en la muerte (y la resurrección) de Cristo, como argumentaría Pablo (Rom.
6,3-4) puesto que aquel era el único sentido en el que Jesús aplicaba el término
“bautismo” a sí mismo (Mc. 10,38-39 y paralelos).
En otras palabras, en sus decisiones
pastorales el Concilio de Jerusalén fue el responsable de otra crisis posterior
en las comunidades por los cambios tanto de actitud como estructurales que
tales decisiones pastorales hicieron surgir en una comunidad de fe. El libro
de los Hechos desde 21,15 en adelante describe con amplitud esta segunda crisis,
con una claridad abrumadora y sorprendente detalle. La carta a los Gálatas
apunta algunas componendas que los mismos líderes hicieron ante la oposición
por parte de los tradicionalistas.[6] Lo
que provocó la crisis fue el ‘escándalo’, por así decir, que habían creado
las consecuencias doctrinales y pastorales de la nueva praxis en las mentes
y las vidas de los conservadores judíos creyentes en Cristo.
En la lucha por resolver esta crisis
la recepción del Concilio entre los judíos creyentes en Cristo se mezclaba
con algo todavía mayor: le recepción del mensaje de Cristo entre los no judíos
de todo el mundo. La cristiandad se hubiera quedado en una mera secta judía
o se hubiera desvanecido dentro del judaísmo si no hubiera sido por esta decisión
crisigénica del Concilio de Jerusalén. Esto capacitó al mensaje de Cristo
para convertirse verdaderamente en Buena Noticia para toda la gente de buena
voluntad en cualquier parte del mundo. Hoy estoy yo escribiendo esta líneas
“como un discípulo gentil del Mesías judío, Jesús” precisamente porque aquella
decisión crisigénica del Concilio de Jerusalén liberó al Evangelio del dominio
de una nación, una cultura, una lengua, una tradición.
Karl Rahner describía con mucha propiedad
la decisión de Jerusalén como una “caesura”, un “corte limpio” de un
estrecho pasado cultural, y esperaba que el Vaticano II (que él consideraba
como el primer Concilio de la “Iglesia Mundo”) hiciera una “caesura”
similar, es decir, una ruptura radical del Occidente.[7] ¡Porque los ministros de frontera de las iglesia locales de
los cuatro puntos cardinales habían traído sus esperanzas y temores a la atención
de la Iglesia Universal reunida en el centro! El fruto auténtico del Concilio
Vaticano II había de ser un ablandarse de la institución eclesial monolítica
en la que había quedado petrificada la comunión de Roma;; es decir, un cambio
estructural que pudiera acomodar una noble pluriformidad en términos de género,
raza, cultura y lenguaje, en pocas palabras, la liberación de la Iglesia Universal
de la dominación de una iglesia local hiero-patriarcal, que durante siglos
se había impuesto a las otras como la sola y única iglesia católica (=universal).
Quizás tuviéramos que añadir una observación
más: el Vaticano II es el primer Concilio en la historia desde la reunión
de Jerusalén que ha tomado decisiones crisigénicas, que no solo hicieron posible
la “caesura” de la dominación euro-eclesial, como Rhaner había observado,
sino también desencadenó una serie de nuevos comienzos en casi todas las esferas
de la teología, espiritualidad, vida sacramental y praxis social. Fue un Concilio
de Renovación no un Concilio de Reforma.
Parte segunda
Algunas Declaraciones Crisigénicas del
Vaticano II
5. La naturaleza de una decisión crisigénica
He oído a François Houtart ofrecer el
siguiente ejemplo para explicar el significado sociológico de una decisión
crisigénica.[8] Cita el caso hipotético
de un club de fútbol en el que, según su tradición incuestionable, el capitán
del equipo de fútbol era reconocido automáticamente como el presidente del
club de fútbol. Pero con el paso del tiempo se habían introducido muchos “cambios
institucionales” que modificaban levemente su composición. En otras palabras,
mientras que mantenía su identidad constitucional como un club de fútbol decidió
introducir otras formas de deporte (como tenis de mesa, críquet, volley ball,
squash etc.) una tras otra, como parte de sus actividades. Estas reformas
institucionales no afectaban radicalmente la estructura del club. Seguía él
siendo el club de fútbol de siempre.
Supongamos que un día, los miembros se
reunieran en su asamblea constitucional autorizada y decidieran redefinirse
como “club deportivo” (en vez de “club de fútbol) de acuerdo con la realidad
que actualmente tienen gracias a los cambios que habían introducido de una
forma constitucionalmente válida. Si eso sucediera ahí tendríamos un caso
de decisión crisigénica. Porque, una vez que la decisión se hace constitucional,
una crisis imprevista entra en erupción como un volcán, creando una violenta
convulsión entre los miembros. Muchos no-futbolistas podrían poner en tela
de juicio el derecho del capitán de fútbol a ser el presidente del club que
ya no es solamente un club de fútbol: habría desafíos y reclamaciones similares
hacia otros cargos. Porque su auto-comprensión ha cambiado radicalmente. Esta
nueva conciencia va a desatar ahora una crisis masiva de identidad entre los
antiguos oficiales.
Estos oficiales argumentarían que la
asamblea legislativa no discutió que las funciones y roles de los miembros
eran sujeto de cambio y por tanto la demanda de cambio en los roles y funciones
no es constitucional. Pero el resto de los miembros indicarían, y con razón,
que la redefinición de la sociedad implicaba constitucionalmente una redefinición
de roles y funciones al interior de tal sociedad redefinida. En este conflicto
algunos de los antiguos miembros podrían insistir que no era eso lo que querían
decir cuando votaron por el cambio; otros preferirían dejar el cargo e incluso
salirse definitivamente del club.
Una decisión crisigénica, sin la que
no hay renovación posible, no puede conseguir su objetivo a no ser que se
fuerce a la institución a pasar a través de un oscuro corredor de disensión
y confusión gracias a los esfuerzos de los renovacionistas por definir los
roles y funciones de sus miembros de acuerdo con la decisión, aún a costa
de dimisiones (funcionarios que abandonan sus cargos como protesta) o salidas
(o miembros que desertan de la institución de manera cismática).
Esta es, más o menos, la historia del
Vaticano II y sus secuelas. De manera distinta al Concilio de Trento, por
ejemplo, que optó por reformas meramente institucionales, este Concilio (enfocado
como estaba hacia un cambio radical) lanzó a la Iglesia a un período tormentoso
tras despertarla de su ‘letargo dogmático’. Después de todo, quien lo convocó,
el Buen Papa Juan (como se le llamaba de forma cariñosa en sus días) lo soñaba
como un Pentecostés. El primer Pentecostés fue un acontecimiento tumultuoso
que tomó la forma de “un viento impetuoso” y de “lenguas de fuego” (Hch. 2,2-3).
La novedad era tan radical que, a los ojos de los no despertados, los discípulos
parecían una pandilla de borrachos delirantes (v.13). Pero el resultado fue
sorprendente: lo que era una comunidad de creyentes racialmente, lingüísticamente
y culturalmente uniforme se hizo inteligible y creíble a las naciones y gradualmente
se desarrolló en una Iglesia verdaderamente católica que fue hundiendo sus
raíces en una diversidad de culturas.
El Vaticano II, usando la misma analogía,
fue un Pentecostés de renovación violenta gracias a sus decisiones de largo
alcance, que contenían un imperativo implícito de cambiar estructuras y actitudes
en toda la Iglesia en lo que se refiere a su etilo de vida y al culto, ministerio
y teología, estructura y gobierno, para poder ser un testigo creíble y un
signo inteligible para el mundo contemporáneo.
Había más de una decisión crisigénica
hecha en el Concilio. Algunas de estas, usando la jerga latina que se oía
con frecuencia entre los Padres Conciliares, se hicieron ad extra, i.e., con
referencia al mundo fuera de las fronteras visibles de la Iglesia, y otras
que eran el resultado de una percepción interna (ad intra). Voy a tomar una
redefinición ad intra para un estudio detallado y después mencionaré brevemente
otras dos.
6. Tres ejemplos de decisiones crisigénicas
(A)
El cambio más crítico, que llevaba la autoridad de un Concilio Ecuménico según
los renovadores, era su redefinición implícita de roles y funciones (por ejemplo,
del Papa, de los obispos, sacerdotes religiosos con votos, nuncios papales
e incluso el Vaticano). Tal definición de roles y funciones no era un objetivo
explícito sino un resultado indirecto de la decisión crisigénica del Concilio:
la decisión de redefinir la Iglesia como el Pueblo de Dios en L.G. 7, citando
la primera carta de Pedro. En otras palabras, la Iglesia que tradicionalmente
se había definido en términos de jerarquía androcrática (que en griego significa
varones que ostentan la autoridad sagrada) ha comenzado a percibirse como
la comunidad inclusiva de un pueblo sacerdotal, el laos, (de donde
viene la palabra laicado)[9]. Esta invitación a aplanar la pirámide
construida y consolidada a lo largo de un poco menos de dos milenios provocó
una crisis al menos en cuatro áreas:
La primera víctima de esta decisión fue
el sacerdocio clerical masculino. La reapropiación de la creencia neotestamentaria
en el único sacerdocio de Cristo, Cabeza y miembros de la Iglesia tomados
en su totalidad, ha reposicionado el ministerio clerical en su ubicación original
del presbiterado. El presbítero representaba un papel de liderazgo
no cultual dentro del único “Pueblo de Dios” sacerdotal o cultual (el laos,
el laicado),[10] que en realidad formaba la comunidad
de culto de co-sacerdotes y co-víctimas unidos con Cristo el sacerdote-víctima.
En consecuencia las reformas litúrgicas posconciliares intentaron respetar
el lenguaje, las costumbres y el papel activo del Pueblo.
Así, parecían difuminarse las antiguas
líneas de demarcación que separaban claramente al laicado como no-sacerdotes
y al presbítero como “el sacerdote” en un rango más alto que los primeros.
Más de un “sacerdote” formado en los seminarios pre-Vaticano II se preguntaba.
“¿Entonces qué es lo que me confirió mi ordenación sacerdotal, que los laicos
no tengan ya?”. Se estaba cociendo una crisis de identidad frente a los nuevos
contornos que iban remodelando los roles y funciones de los ministros en el
contexto de la eclesiología conciliar. Un éxodo masivo de sacerdotes en la
década que siguió al Concilio era la consecuencia inevitable de esta decisión
crisigénica.
La segunda víctima fueron los religiosos
que habían hecho voto de vivir los “consejos evangélicos”. Se les había formado
para pensar que eran una clase de buscadores de la perfección, exentos de
las distracciones seculares de los laicos. El Concilio, por el contrario,
afirmó que la santidad a la que la Iglesia (es decir, el Pueblo de Dios) está
llamada por Dios es universal, que es lo mismo que decir, una santidad que
no está jerárquicamente estratificada (desde la cabeza a la base) sino carismáticamente
diversificada dentro de esa llamada universal, y la recibe todo cristiano/a
como parte de su sacerdocio bautismal. La obediencia evangélica (“Dios sólo”)
y la pobreza evangélica (“no otro dios”) que resumen la espiritualidad de
cualquier creyente proclamaban el Primer Mandamiento del Primer Testamento
y el Sermón de la Montaña del Segundo Testamento, entrañan un puro i,e. absoluto
e indiviso compromiso al servicio de Dios y del prójimo según la vocación
propia de cada uno/a (i.e. castidad tanto marital como célibe). Todas estas
son expresiones de un compromiso bautismal.[11]
“¿Entonces qué es lo que mis votos religiosos
me confirieron que no lo tuviera ya antes por mi Bautismo?” fue la pregunta
que abrió la crisis de identidad de aquellos hombres y mujeres que pensaban
que el matrimonio era una concesión de Dios al pueblo ordinario debilitado
por su carne, mientras que ellos como célibes estaban elevados a una vida
más alta en el Espíritu. El éxodo masivo de hombres y mujeres consagrados
en los años 60, que con frecuencia optaban por la vida de familia, era otra
secuela inevitable de la redefinición de roles y funciones al interior de
la Iglesia.
La diferencia entre el Obispo (“supervisor”)
y el presbítero (“anciano”) – si es cosa puramente jurisdiccional o también
sacramental – era la tercera área de conflicto. La cuestión había aflorado
en el Concilio mismo y la solución de emergencia que ha ofrecido en sus documentos
todavía se está debatiendo mucho. Recuerdo a algunos obispos dando entrevistas
en contra de esta supuesta confusión de roles cuando la nueva liturgia que
surgió del Vaticano II permitió a los sacerdotes sentarse en el “trono” mientras
presidían a la asamblea en oración, cosa que tradicionalmente se pensaba que
era un claro privilegio episcopal. ¡Incluso tales nimiedades eran capaces
de sacar de sus casillas a algunos jerarcas!
El cambio más revolucionario que se esperaba
del Concilio era la redefinición de las fronteras entre el primado del Papa
y la colegialidad de los obispos. La reunión de las iglesias o ecumenismo
depende de la credibilidad que la Iglesia de Roma proyecta a los cristianos
separados en la manera cómo se relaciona con las otras iglesias locales que
ya están en comunión con ella. Aquí, el papel de los dicasterios vaticanos
y de las nunciaturas tiene que ser definido de manera que funcionen como meros
instrumentos de un modo de gobierno de la Iglesia que se ejercita de manera
colegial tanto por parte del papado como del episcopado, más bien que seguir
siendo un poder autocrático que invoca la autoridad del Primado de la Sede
de Roma para controlar a los obispos y sus iglesias, a pesar de la declaración
del Concilio de que todas las iglesias locales son cuerpos que se autogobiernan
(OE, 5)
Esto provoca otras dos preguntas: Primera,
si los Sínodos Romanos deberían seguir siendo lo que son actualmente, es decir,
una mera institución papal en la que a los obispos solo se les atribuye un
papel consultivo; y en segundo lugar, si solamente sirven como una plataforma
para compartir poder entre el papado y el episcopado, sin mecanismo alguno
para que el Pueblo de Dios en su totalidad representando a las iglesias locales
(sin discriminación de género) entren a formar parte en el proceso de toma
de decisiones.[12]
(B) Hay
también una decisión ad extra en la que el Concilio redefinió la Iglesia como
sacramento universal de salvación. Esta simple fórmula crisigénica contenía
una misionología revolucionaria, que relativizaba la Iglesia en relación con
el Reino de Dios polarizando a los teólogos en su modo de entender la misión
– mandato de Jesús Resucitado (Mt. 28,19) y el rol del misionero tradicional.
El Vaticano II, al que se culpó del éxodo de sacerdotes y religiosos, también
fue criticado por crear una crisis en las misiones.
Como en el caso anterior también en este
campo lo que sucedió fue una invitación a redefinir las cosas en la línea
de las nuevas perspectivas y adquirir una nueva visión de la evangelización.
Esta nueva visión llevó a una totalmente nueva teología de las religiones.
Los teólogos asiáticos, así como la FABC han elaborado esta misionología implícita
de la redefinición antes mencionada. Se escucha de los apóstoles de frontera
de Asia una llamada a una nueva interpretación de la noción de “conversión”
que pide una nueva política misionera, como la llamada de Pablo y Bernabé
que escuchó Jerusalén. El conflicto centro – periferia en este tema está aún
por resolver, como se puede deducir del documento Dominus Jesus salido
de la Congregación para la Doctrina de la Fe y la respuesta que recibió en
todo el mundo, así como el caso de Jacques Depuis.[13]
(C) Dei
Verbum se puede citar como otro documento que contenía una decisión crisigénica.
Marcó una profunda diferencia en el entendimiento de la Iglesia frente a las
otras iglesias (separadas). Así como la Iglesia quedó relativizada en términos
de Reino de Dios, en el ejemplo anterior (B), así también aquí, no solo a
la Iglesia sino a su Magisterio se le denegó explícitamente autoridad alguna
sobre la Palabra de Dios, a la que había de subordinarse (Magisterium not
supra verbum Dei est, sed eidem ministrat).
A pesar de sus numerosas concesiones
y limitaciones, este documento ha entronizado abiertamente la Palabra de Dios
en el centro de la vida de la Iglesia.[14] Por supuesto que hubo quienes acusaron al Concilio de haber cedido
al Protestantismo, mientras que otros (como por ejemplo la revista francesa
de los Jesuitas Etudes) se atrevieron a celebrar la promulgación de
la Dei Verbum como el final de la Contrarreforma Protestante.[15]
La primera víctima de esta decisión crisigénica
fue la teología escolástica tradicional de la era tridentina, que, ya durante
el Concilio, encontró abogados muy elocuentes en los curialistas. Estanislao
Leonet del Bíblico de Roma, que en un tiempo estuvo suspendido de enseñar
por el Santo Oficio (la Congregación para la Doctrina de la Fe, como ahora
se llama) y después restablecido por Pablo VI, era libre ahora para propagar
aquello por lo que antes había sido censurado. Sus conferencias muy escuchadas
en muchas partes en la década posconciliar, sacaron a la luz el marcado contraste
entre el mensaje bíblico, enmarcado en el idioma semítico y sus distorsiones
helenistas en la teología occidental tradicional.[16] Había un movimiento a escala mundial
para revisar la herencia cristiana a la luz de la soteriología bíblica.
La soteriología bíblica gira en torno
al Testamento de Dios con los esclavos oprimidos de Egipto, un Testamento
hecho nuevo en Jesús que es a un tiempo Dios y el Pobre en una persona. El
papel del pobre en la salvación del mundo, junto con la dimensión “de este
mundo” de la espiritualidad bíblica empezó a desafiar la manera tradicional
de hacer teología. La Iglesia de los pobres en la visión de Juan XXIII empezó
a tener sus dolores de parto. Los pobres que son la otra parte en el Testamento
de Yahvé, empezaron a ser reverenciados y servidos como sujetos de la historia.
Por lo que a mí se refiere, el fruto mejor de esta decisión crisigénica fue
la teología de la liberación, que crearon los pobres de Latinoamérica en el
proceso de escuchar y responder a la Palabra tal y como la oían en las Escrituras
y en la historia contemporánea. Fue un descubrimiento, que hacía tiempo se
debería haber hecho, de una alternativa a la teología de dominación que había
producido el escolasticismo no-bíblico. La polarización entre las dos teologías
continúa, y la crisis no se ha superado como se puede deducir de al menos
dos de las declaraciones emanadas de la Congregación para la Doctrina de la
Fe sobre esta teología.
La misma soteriología bíblica emanada
de Latinoamérica ha tenido un efecto profundo y duradero en muchos teólogos
de Asia, donde también se ha constatado que han brotado varias gamas de teología
política.[17] Por otro lado, en consonancia con
el carácter propio de Asia, sus teólogos han tomado Dei Verbum como
el punto de partida para un encuentro cristiano con el mundo en sus muchas
religiones escriturísticas.[18]
Conclusión
El arte de resolver la crisis pos-conciliar
7. Resolución de crisis en la era pre-Vaticano
II
La historia guarda memoria de muchos
movimientos renovadores que afectaron a la Iglesia en el período previo al
Vaticano II. La línea que se observa, como puede deducirse de los ejemplo
citados a continuación, se puede describir como dialéctica. La tesis es una
crisis de liderazgo en la Iglesia institucional. Es una crisis precisamente
porque el centro tiende a verla como una crisis de obediencia más que una
crisis de su propia credibilidad. El deseo de cambio se convierte en un movimiento
organizado en la periferia de la Iglesia, donde los apóstoles de frontera
se encuentran con los desafíos de la Palabra pronunciada fuera de los límites
visibles de la Iglesia. La antítesis es una reacción desperada y desproporcionada
a la actitud mencionada del centro. Puede tomar el disfraz de un movimiento
de “secesión”. Y entonces viene la síntesis: alguien o algún grupo de la periferia
trae los elementos positivos del movimiento centrífugo de vuelta al centro.
Esta integración centrípeta del movimiento de secesión termina como una reforma
aceptada por la institución, que sin embargo permanece estructuralmente sin
cambio. Así una “corriente renovadora”, que siempre tiene lugar en la periferia,
puede ser eventualmente bautizada como “un movimiento de reforma” al apropiársela
la institución de la Iglesia.
El primer caso documentado es el movimiento
del desierto del siglo IV. Ya en la era pre-Constantiniana muchos grupo no-cristianos
tales como los estoicos habían comenzado a enfrentarse a lo que en el Apocalipsis
se llama la atractiva Bestia: el modo Imperial Romano de ser, de pensar,
de vivir, de hacer y de organizar. A los cristianos le había advertido el
Maestro: que no sea así entre vosotros (Lc. 22,25-27) refriéndose quizás a
los oficiales romanos que ostentaban pompa y púrpura. Una vez que la cristiandad
sucumbió a esa misma tentación, hasta los santos sacramentos se convirtieron
en un aparato de control remoto de un orden clericalizado de jerarcas (“ostentadores
de un poder santo”) vestidos con esplendor imperial, siendo ellos los únicos
mediadores de la salvación para el laicado. El desafío vino, (no era de extrañar)
de la periferia de la Iglesia misma. Se produjo una estampida hacia el desierto
en busca de un cristianismo auténtico. Era un movimiento laical que despreciaba
los rituales en los que habían degenerado los sacramentos, y el clericalismo
al que había quedado reducido el presbiterado. Por suerte, si embargo, personas
con intuición como Pacomio, Basilio y más tarde Benito diseñaron una comunión
cenobítica a partir del individualismo eremítico y reformaron la Iglesia al
crear dentro de su estructura un espacio para la vida monástica laical, sirviendo
como contraparte dialéctica de la jerarquía.
La historia se repite con los Valdenses
que se escindieron de la escandalosamente afluente Iglesia que se había dejado
seducir por el emergente capitalismo mercantil. Predicaban el evangelio a
los pobres, a los que reunían en comunidades. Estas comunidades desafiaron
a la Iglesia de Roma de modo tan eficaz que su liderazgo ablandó su anterior
obstinación y se puso en mejor disposición para recibir en Francisco de Asís,
una versión eclesialmente aceptable de aquel movimiento. Lo que la institución
aceptó en la nueva orden mendicante fue, evidentemente, una reforma.
La corrupción de la gente común en la
Iglesia del siglo XVI registra un ejemplo semejante. Una comisión nombrada
por Pablo III en 1536 redactó un memorando que admitía con una franqueza
inusual la corrupción a gran escala en la clase clerical. El movimiento secesionista
más acentuado que reaccionó a esta crisis fue la “Revuelta Protestante”. Pero
estaba cociéndose también un movimiento contestatario en la periferia de la
Iglesia en las obras de Erasmo, Luis Vives, Melanchthon, Savonarola, por nombrar
algunos. Hubo muchas tentativas de una apropiación centrípeta de los movimientos
centrífugos por parte de los Benedictinos y Franciscanos en varios centros
de Europa. La devoción moderna fue uno de estos movimientos de renovación.
Lo que Ignacio hizo al establecer la orden de los jesuitas no fue una contrarreforma
sino un proyecto de renovación personal o “re-conversión” de los católicos
a un auténtico discipulado cristiano. Esto es lo que significa la palabra
“reformatio” en los primeros escritos jesuitas, aunque en el lenguaje
tridentino designaba un cambio legislativo efectuado por la jerarquía que
afectaba al gobierno de la Iglesia.[19]
En todos estos casos un cambio radical,
que siempre había irrumpido de manera violenta en la periferia, con frecuencia
creando ruptura con el centro, es re-apropiado por el entro como una reforma
institucional. Este es el método clásico de resolver no sólo una crisis institucional
que provoca un movimiento renovador anti-institucional en la periferia, sino
también la crisis que tal movimiento renovador en sí mismo supone para la
institución misma.
La novedad del Vaticano II, sin embargo,
consiste precisamente en descartar este camino trillado. El conflicto centro
– periferia (o conflicto cúpula – base, si tenemos en cuenta la estructura
piramidal de la Iglesia) en estos tiempos posconciliares es, en parte, el
resultado de que el centro no reconozca la diferencia entre el modelo de renovación
pre-conciliar y el conciliar.. La mentalidad curial de la Iglesia de Roma
en este tema está bien articulada por el mismo Ratzinger:
“No se debe olvidar que todo Concilio
es en primer lugar una reforma de ‘la cúpula’ que se ha de extender a la base
de los fieles”.[20]
Usando el idioma piramidal de “cúpula”
y “base” (un idioma que el Concilio abandonó al definir a la Iglesia como
el Pueblo de Dios, pero que sigue siendo válido en una Iglesia que todavía
no ha abrazado la renovación que era expectativa del Concilio), Ratzinger
está haciendo aquí una generalización que no solamente no llega a diferenciar
entre reforma institucional (que se mueve de la cúpula a la base, para usar
su mismo idioma) por un lado y por otro la reforma radical (cuyo movimiento
va de la base a la cúpula) sino que además se resiste a ver la diferencia
entre el Vaticano II y los concilios precedentes en este tema, rechazando
explícitamente la interpretación de Rhaner del Vaticano II como una “caesura”.
[21]
8. Resolviendo la crisis posconciliar
en el espíritu del Vaticano II
La originalidad del Vaticano II es que,
en su origen y en su desarrollo así como también en sus conclusiones, toda
la Iglesia se sintió movida por un entusiasmo por una renovación radical más
que una mera reforma institucional.. La renovación se mueve de la periferia
hacia el centro (o desde la base a la cúpula), mientras que la reforma fluye
del centro a la periferia (o de la cúpula a la base). Una es suave, la otra
tormentosa. El hecho de que se tomasen tantas decisiones crisigénicas en los
documentos de este Concilio demuestra su opción por la renovación, la cual
es por su misma naturaleza un fenómeno de periferia que ha entrado a saco
en el centro. De aquí que la opción de este Concilio por la renovación en
el centro mismo de la Iglesia recurriendo a decisiones crisigénicas esconde
una agenda oculta que se ha de descubrir y ejecutar en la periferia. El compromiso
de mantener el impulso de esta renovación en las fronteras de la Iglesia es
exactamente lo que significa hoy para nosotros la fidelidad al Concilio así
como la recepción del Concilio. El centro que tiende a retroceder al modelo
de reforma (como lo indica claramente la interpretación de Ratzinger antes
citada) se ha de mantener en un constante desafío para respetar la agenda
renovadora del Concilio.
Adviértase por tanto la diferencia entre
los dos métodos. En el modelo clásico antes descrito (sección 7), la renovación
ha venido forzada sobre el centro por la periferia y eventualmente recibida
por el centro como una mera reforma. En el caso del Vaticano II el proceso
se invierte. Las iniciativas que parten de la periferia son oficialmente recibidas
en el centro como su propia agenda oculta para la renovación. El centro, por
lo tanto, sólo puede hacer decisiones crisigénicas, porque, la diversidad
en la periferia no permite al centro “legislar la renovación”, que es una
contradicción en los términos, puesto que lo que es universalmente legislado
sólo puede ser una mera reforma. Los cristianos de cada localidad están por
tanto invitados por la autoridad suprema del Concilio Ecuménico, a tomar la
iniciativa localmente y convertirse en un “sacramento de salvación” en el
contexto sociocultural en que ha sido colocada por la divina providencia.
A no ser que el centro y la periferia
estén de acuerdo en este programa, el conflicto actual entre ellos seguirá.
Este conflicto no es una excusa para abandonar el programa de renovación previsto
por el Concilio sino que constituye el contexto mismo en el que se ha de forjar
tal renovación.. El centro puede estar influenciado por anti-renovadores que
están abrumados por la re-definición de roles y funciones tradicionales así
como por el cambio de paradigma que se les antoja casi herético. Su contestación
puede forzar al centro a capitular. El caso Lefebvre ilustra este fenómeno.
Pablo VI excomulgó a esa facción por no cumplir con el espíritu de renovación
del Concilio; pero sin pasar mucho tiempo el centro se vio rasgado entre la
necesidad de renovación o el riesgo de cisma. A pesar de la recapitulación
subsiguiente, como podemos ver en tantos decretos y advertencias reformistas
emanados del centro (respecto a la Teología de la Liberación, la meditación
oriental y recientemente la liturgia) la ejecución de la agenda oculta del
Concilio es bastante evidente en la periferia, no en forma de un desafío cismático
sino como un ejercicio de fe en el Espíritu que convocó el Vaticano II y como
un acto de fidelidad a sus decisiones crisigénicas.
Por ejemplo, el documento vaticano Redemptionis
Sacramentum, como otros de la misma clase ya mencionados, es una respuesta
reformista a un proceso de renovación que está desarrollándose en las fronteras
de la Iglesia. Lo que a uno le parece un abuso litúrgico es una renovación
litúrgica para otro, como podemos ver por las reacciones a este documento
que vienen de la periferia.[22]
Esto significa que el conflicto centro
– periferia se ha de resolver en la periferia, que es el único sitio donde
un movimiento de renovación se puede mantener sin que sea domesticado para
convertirle en una reforma. La supervivencia del proyecto renovador del Concilio
depende no sólo de las iglesias locales de la periferia, sino también de la
periferia de esas mismas iglesias locales. Las fronteras de las fronteras
tienen un papel de mucha importancia que jugar para hacer explícito lo que
el Concilio llevaba implícito, es decir, completar su agenda oculta.
En este contexto del conflicto centro
– periferia somos testigos de dos tipos de movimientos de escisión, muy diferentes
de los ya descritos en la sección 7. El primero es un movimiento cismático
semejante al de los Lefebvristas que han rechazado al Vaticano II como la
obra de heréticos modernos pero que tienen simpatizantes en el centro. Por
contraste, el segundo tipo de movimiento de escisión es precisamente el resultado
de no haber implementado el Vaticano II. Aludo a la estampida de católicos
hacia las “iglesias” de sectas fundamentalistas, un fenómeno que apunta hacia
el fracaso por parte de las iglesias locales a la hora de renovar cada aspecto
de su vida eclesiástica de acuerdo con el Vaticano II: reorganizando su ministerio,
remodelando las vidas de la gente sobre la base de la Sagrada Escritura, celebrando
liturgias que hablan desde y a la profundidad del Espíritu que opera en el
día a día de las vidas del pueblo, haciendo transparentes los valores del
Evangelio en el liderazgo de la iglesia, y así sucesivamente. Hay una sola
respuesta al problema: una inquebrantable perseverancia en la ejecución de
la agenda oculta del Concilio.
La agenda oculta del Concilio se quedará
con nosotros como una herencia perpetua. El proceso de renovación que prevé
para la Iglesia, es interminable. En sus documentos escuchamos una llamada
repetida por un renovación sin pausa (renovare non desinat) y el uso
frecuente de los verbos latinos “renovare, reformare, purificare y mundare”
calificados por expresiones tales como continuo (continuamente), incesante
(incesantemente), perennis (perpetuo), indesinenter (sin interrupción),
de die in diem (de día a día) y asi sucesivamente,[23]
El Vaticano II es por tanto una gran
aventura que debe enganchar a cada nueva generación de católicos hasta que
una renovación persistente se nos convierta como en una segunda naturaleza
y así deje de ser una fuente de conflicto centro – periferia. Si los Sínodos
“romanos” se reorganizan como un foro continuamente disponible para una agenda
incesantemente renovadora, de la manera que he sugerido anteriormente /Parte
II, N. 6, A, d) entonces el Vaticano II podría ser un Concilio duradero, y
en consecuencia el último de los Concilios.
[1]
Sobre el tema de tradiciones yTradición ver, Y.M-J Congar, Tradition and Traditions:
An Historical and a Theological Essay, New York, 1966
[2]
Ver Y. Congar, Called to Life, Crossroad, New York, 1987,
34
[3]
Dialogue, NS, XXV-XVI (1998-1999) pp. 265-292
[4]
Quienes no tengan acceso a estas fuentes, pueden al menos ver Parte I de las
cuatro partes de BBC documentation Absolute Truth, donde algunos de los arquitectos
del Concilio que aún viven (Koenig, Heeley, Kueng y otros) pueden ser vistos
y oídos recordando al detalle las corrientes cruzadas que precedieron y acompañaron
este acontecimiento único.
[5]
Sic David Stern, en “Introduction” to the Jewish New Testament,
Jerusalem, 1989, xxiii.
[6]
Parto del supuesto de que Gal.2,1-15 se refiere a la crisis que resultó del
Concilio de Jerusalén más bien que a la que provocó aquel Concilio
[7]
Karl Rahner, “Toward a Fundamental Theological Interpretation
of Vatican II”, Theological Studies, 40, Deciembre 1979, 716-27
[8]
En uno de los muchos así llamados Seminarios FERES que él dirigió en Sri Lanka
en el período inmediatamente posterior al Vaticano II.
[9]
Este “pequeño paso” dado por los Padres Conciliares fue un “gran salto” para
toda la Iglesia que abría la puerta para Madres Conciliares en Sínodos futuros.
[10] La palabra ‘laicado’ se usa en un sentido muy lato en los documentos
conciliares, con frecuencia como la contraparte del ministerio ordenado.
[11] Para una elaboración teológica de esta menera de entender los
votos religiosos después del Vaticano II, ver mi obra Fire and Water, Basic
Issues in Asian Buddhism and Christianity, Orbis Books, Maryknoll, 1996, caps.
16 y 18; y también “Chastity as Total Consecration to Service”, Vidyajyoti
Journal of Theological Reflection, Vol. LVIII, No. 9, September 1994, 545-558.
[12] Ver Aloysius Pieris, s.j., “Two Things there are Your Holiness:
Suggestions for the Next Pope’s Agenda in Line with John Paul II’s invitation
in Ut unum sint”, East Asian Pastoral Review, 41/ 3, April 2004, 288-309 (Original
italiano: “Ci sono due cose Santita”, en L.de Pauli & L. Sandri, editores,
“L’agenda del nuovo papa, editori riuniti, Roma, 2000, 193-219).
[13] He estudiado este tema en “Roman Catholic Perception of Other Churches
and Other Religions after Vatican’s Dominus Jesus”, East Asian Pastoral Review,
38(2001), 3, 207-30.
[14] Ver Enzio Bianchi, “The Centrality
of the Word of God”, en G. Alberigo et. al., The Reception of Vatican II,
Catholic University of America Press, Washington DC, 1987, 115-136.
[15] Congar, Called to Life, 35.
[16] Esto queda ampliamente demostrado en sus conferencias dadas en
1968 a la asociación Bíblica Italiana y publicadas como Il Nuovo Testamento
alla luce dell’ Antico, Paideia, Brescia, 1971
[17] Para documentación sobre estas teologías, ver A. Pieris, “Political
Theologies in Asia”, que es el capítulo 18 enla obra de Peter Scott and William
Cavanaugh, The Blackwell Companion to Political Theology, The Blackwell Publishing
Ltd., 2004, 256-269.
[18] Ver A. Pieris, Christhood of Jesus and the Discipleship of Mary. An
Asian Perspective, (Logos, 39, 2000), 102 ff.
[19] Ver J.W O’Malley, “Attitudes of the Early Jesuits
towards Misbelievers”, The Way Suplemento, 68, Verano 1990, 64-65.
[20] Vittorio Massori, The Ratzinger Report, An Exclusive
Interview on the State of the Church, Ignatius Press, San Francisco, 1985,
42
[21] Ibid., 35; 113.
[22] Ver por ejemplo, “Diritto di assenso: Le communita christiane
popolari di Granada contro il documento sugli abusi liturgici”, Adista, 50
(anno XXXVIII) supl. al num. 5784, 3 Julio 2004, 14-15. Ver
también A. Pieris, “A Liturgical Anticipation of a Domination-Free Church:
The Liberating Story of an Asian Eucharist”, en B. Silva et al., (editors),
Vision for the Future: Essays in Honour of Tissa Balasuriya, CSR, Colombo
1997, 69-82; reproducido en The Month, Noviembre 2000, 428-435.
[23] Ver LG 7, 8, 9, 11, 15; UR 4. 6; GS 21 etc
Traducción
del inglés
Juan José Alarcia
«Misiones Extranjeras» 209 (nov-dic 2005)
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