Bartolomé
de las Casas llega a América: 500 años.
15 de abril de 1502
Eduardo FRADES, Caracas
América fue “descubierta” por Castilla, gracias al tesón visionario
de Colón, el día 12 de octubre del año 1492. Colón nunca supo que
había descubierto un nuevo continente; pensaba haber dado con “Cipango”
y esperaba encontrarse con el “Gran Khan”, es decir, la India, la
China y el Japón. Bartolomé de las Casas, que ya
de niño fue a ver los indios y los extraños pájaros que Colón expuso
en su Sevilla natal[1];
y que llegó a tener uno de ellos como esclavo, regalado por su padre,
que acompañó a don Cristóbal en su segundo viaje de 1493, arribó a
la isla llamada “La Española” el año 1502.[2] Viajó en uno de los 32 navíos, junto con otros
2.500 españoles que acompañaron al comendador de Lares, de la orden
de Alcántara, Nicolás de Ovando, nombrado por los Reyes Católicos
gobernador de la isla, desde la corte establecida en la recién conquistada
ciudad de Granada.
Nos cuenta que partieron el día 13 de febrero, que era el primer
domingo de cuaresma de ese año 1502. Entre los viajeros se hallaban
varios nobles caballeros, como el licenciado don Alonso Maldonado,
y el capitán general don Antonio de Torres, hermano del “ama” del
príncipe heredero don Juan, hijo de los reyes católicos Fernando e
Isabel. También viajaron entonces los primeros 12 franciscanos,
dirigidos por fray Alonso de Espinal, “varón religioso y persona
venerable”. La flota, que había perdido una de sus naves apenas
saliendo de Canarias, adquirió otra y zarpó dividida en dos partes,
de 16 naos cada una; la mitad llegó al puerto de Santo Domingo
el día 15 de abril, mientras la otra mitad abordó unos doce
o quince días después. Era ya tiempo pascual y el joven sevillano
Bartolomé se encontró con esa primavera permanente del Caribe insular.
Con los “indios” americanos no se encontrará de veras hasta el año
1514.
Las Casas parece que era ya entonces clérigo menor, de apenas 17
ó 18 años, pues había nacido en Sevilla por el año 1484 muy probablemente;
ciertamente conocía el latín. La ciudad de Santo Domingo,
sede de gobierno durante años de esa isla Española
que fue “llave de todas las Indias, y las Indias es el Mundo”,
como la llamó más tarde en carta al rey Felipe II del año 1559, era
entonces una pequeña “villa”[3]. Entre los recuerdos que nos contará él mismo
más tarde, dice que los españoles asentados allí estaban alegres porque
se había descubierto recientemente mucho oro y porque
algunos indios se habían “alzado”, pues así justificarán sus guerras
y consiguiente esclavitud y “repartimiento” de los indios.
Esas son las “buenas nuevas” que les dan los residentes
a los recién llegados; y que entonces apenas entiende Las Casas; o
que incluso aprueba en algún grado, puesto que buscará también él
mismo ese oro y recibirá indios en encomienda bien pronto.
El oro abundante encontrado había dado un caso extraordinario: un
grano de oro de 35 libras, por valor de unos 3.600 pesos
de oro[4]. Pero notemos que el oro y la plata americanos, no sólo enriquecieron
rápidamente a Europa (dadas las enormes deudas de Carlos V y Felipe
II con los banqueros europeos) sino que provocaron una inflación y
una devaluación desconocidas hasta entonces en la España de Carlos
V y Felipe II.[5] Nuestro
autor comenta, sin duda desde los años 1552 en adelante, que los 200.000
(pesos) castellanos de entonces “más eran y más se estimaban...
que ahora se estiman y precisan dos millones, y aún en verdad más
se hacía y proveía y sustentaba, en paz o en guerra, en aquellos tiempos
con 200.000 castellanos, que ahora con todas las millonadas”[6]. Todavía añade, con juego de palabras, que
está bien llamarle “millo-nadas” porque son “casi nada”.
¿Qué no diría Las Casas frente a tanta moneda de nuestras patrias
americanas, devaluada una y otra vez o mantenida en paridad artificial
con el dólar, cuando los sueldos son de miseria en porcentajes cada
vez mayores de nuestra población?
Pero sobre todo, el futuro defensor de los “opresos indios” que escribe
estas memorias por 1552, al menos en su redacción actual, no deja
de señalar la trágica calificación de “buena nueva”, de “evangelio”
para los “cristianos” españoles, el hecho de que puedan hacer guerra
y cautivar a los indios, para venderlos por esclavos a España.
“Por manera que daban por buenas nuevas y materia
de alegría estar indios alzados, para poderles hacer guerra, y por
consiguiente, cautivar indios para los enviar a vender
a Castilla por esclavos”[7].
No puede menos de hacer memoria crítica de esa deformación del fin
último de toda la empresa americana, tal como la acabó viendo y promoviendo
este campeón de la causa indígena, que era la causa del pobre y de
la víctima en ese momento histórico. En vez de anunciarles, de palabra
y con hechos, el verdadero Evangelio, acaban haciendo “buena nueva”
del mayor anti-evangelio para los indios[8].
Ese fue también antes el plan de su admirado Almirante Cristóbal
Colón, cuando ve que no aparece todo ese oro y riquezas que
pensaba encontrar en las Indias. Pero será también el de su respetado
gobernador, Nicolás de Ovando, “varón prudentísimo
y digno de gobernar mucha gente, pero no indios...”, porque acabó
siendo el inventor de los “repartimientos” y futuras “encomiendas”
de indios a los españoles, que fue prácticamente una esclavitud. Por
más que fuera un hombre de “gran autoridad, amigo de justicia...
honestísimo en su persona, de codicia y avaricia muy gran enemigo,
y no pareció faltarle humildad, que es esmalte de las virtudes”[9], no valía para gobernar a los indios, puesto que no los
trató como iguales a los castellanos, aunque fueran sólo vasallos
del reino de Castilla. Pero el fallo principal, a juicio del fray
Bartolomé que escribe casi cincuenta años después, es que no cumplió
el fin primordial de toda esta empresa y la justificación última de
la misma con la famosa “donación papal”: la evangelización de las
Indias.
Las Casas piensa que la reina Isabel la Católica
tenía muy clara esa finalidad primera y primordial; por eso le había
encargado a Nicolás de Ovando de que “todos los indios
vecinos y moradores de estas islas fuesen libres y no sujetos a servidumbre...
que viviesen como vasallos libres, gobernados y conservados
en justicia, como lo eran los vasallos del reino de Castilla”,
además de que “diese orden cómo en nuestra santa fe católica
fueran instruidos”[10].
Años más tarde entenderá que fallar en esto fue lo más nefasto, porque
se trata de un “error acerca del fin”: no el oro ni el poder, sino
la evangelización de los indios es lo que justificaba el “derecho”
de los españoles a pisar tierra americana y seguir en ella. Pero los
indios entendieron bien pronto que el verdadero motivo de los recién
venidos era precisamente el oro, la “auri sacra fames”, que podría
traducirse “la endiablada sed del oro”, o el culto a Mammón[11].
Algunos años después, con fuerte apoyo de don Bartolomé Colón, hermano
del almirante, viaja a Roma, donde parece que fue ordenado sacerdote
hacia el año 1507; pero pronto retorna a La Española, donde será el
primer misacantano de América, allá por 1510, teniendo a don Diego
Colón, hijo de don Cristóbal nombrado gobernador de las Indias,
y a su esposa doña María de Toledo, sobrina del duque de Alba, como
padrinos del acontecimiento[12].
Pronto pasará a la isla recién “poblada o por mejor decir “despoblada”
de Cuba, como capellán de Diego Velásquez; allí llegará a tener su
propia encomienda de indios, junto con el piadoso laico Pedro
de Rentería, amigo de los franciscanos y sobre todo discípulo
de aquel gran hombre de Dios que fue el venerable confesor de Isabel
la Católica, monje jerónimo y luego arzobispo de Granada,
fray Hernando de Talavera; de orígenes judíos y erasmista
de talante, fue propulsor de un trato humano con los moros y moriscos
del recién conquistado reino granadino. Les decía “dadnos, hermanos,
de vuestras obras y tomad de nuestra fe”, usando un lenguaje
tan llano “que algunos decían que departía y no predicaba”.
Su gran apertura ecuménica y su cristianismo, abierto y acogedor como
el Evangelio, suscitarán las iras de los inquisidores como Diego de
Deza, segundo Inquisidor General (1500-1507), y el fanático y cruel
Diego R. Lucero[13]. Bartolomé conversaría todo el proceso colonial
y el suyo interno con este buen amigo Pedro, lector del Nuevo Testamento,
y cercano a la solución franciscana de educar a los niños, que logren
escapar a la muerte, como futuros cristianos. Pero antes ha sido testigo
impotente de la muerte por hambre de siete mil de esos mismos niños
indios en unos tres meses: “Las criaturas nacidas, chiquitas perecían,
porque las madres, con el trabajo y hambre, no tenían leche en las
tetas”. Le impresionó tanto esto que lo narra hasta cinco veces
en sus obras[14].
Nos cuenta que antes, en los primeros años de gobierno de Diego Colón,
un cacique llamado Hatuey, escapado a la isla de
Cuba amenazada de invasión (aunque lo llamen “poblamiento”), muestra
a sus hermanos un canasto lleno de oro, propone bailarle sus ritos
sacros como a un dios, pues los cristianos lo tienen por tal, para
que él les diga que no les hagan mal; y luego les pide arrojarlo al
río, para que no los busquen a ellos para quitárselo y adorarlo. “No
guardemos a este Señor de los cristianos en ninguna parte, porque,
aunque lo tengamos en las tripas, nos lo han de sacar”[15]. Años más tarde, enterado
ya del caso mucho más cruel de Pizarro con Atahualpa, comenta que
los españoles son tales “que si los demonios tuvieran oro, los
acometerán para robárselo”[16]. Este acabó siendo, si no el único fin
último, al menos uno de los primordiales para los españoles emigrados
y también para quienes los mandaban y utilizaban desde la metrópoli.
No se equivocaba el cacique dominicano; incluso se adelantaba a señalar
la causa última que motivó el famoso grito de fray Antón Montesino.
Este era uno de los cuatro dominicos que llegaron
a América en 1510, liderados por fray Pedro
de Córdoba, a quien llama “santo varón” y “siervo de
Dios” y del que se creía que “salió de esta vida tan limpio
como su madre lo parió”[17].
Las Casas sabe muy bien que el dios Dinero es un ídolo, y por eso
necesita alimentarse de víctimas humanas. Para extraer el oro, la
plata, las perlas o lo que sea, los españoles no dudarán en explotar
a los indios. Se han vuelto mero instrumento al servicio de su culto
idolátrico; y, al fin, “instrumento muerto”, víctimas. No es que en
directo deseen su muerte; lo que desean es ser ricos “y abundar
en oro, que es su fin, con trabajo y sudor de los afligidos y angustiados
indios, usando de ellos como de medios e instrumentos muertos; a lo
cual se sigue, de necesidad, la muerte de todos ellos”[18]. Por eso el texto que motivará finalmente
su “conversión a los indios”, allá por el año 1514,
es el de Eclesiástico 34,21: “El que ofrece un
sacrificio a costa de la vida de los pobres, es como quien sacrifica
a un hijo delante de su padre”.Este texto vendrá citado muchas
veces en la amplia obra lascasiana[19], lo cual indica el enorme peso
que tuvo la reflexión profética y sapiencial y toda la Palabra de
Dios en su valoración y práctica cristianas. Desde esa fecha, y sobre
todo desde su entrada en la vida religiosa dominicana, la vida y obra
entera de fray Bartolomé de Las Casas estuvo dedicada
a la causa indígena; a la defensa, primero de la vida, luego de su
libertad y dignidad, para desembocar en la lucha por sus enteros derechos
políticos de pueblos libres y capaces de realizar una nueva sociedad
y una nueva iglesia, más cercanas al Evangelio que las viejas cristiandades.[20]
Pero, sin duda, el primer paso hacia esa conversión tiene bastante
que ver con ese famoso “grito de la Española”, lanzado por
Antón Montesino, en nombre de toda la comunidad dominica, presidida
por el venerable fray Pedro de Córdoba. Corría el año 1511,
y estaban en el cuarto domingo de adviento, que fue 21 de
diciembre. A propósito del “ego vox clamantis in deserto”
(“yo soy la voz del que clama en el desierto”) de Juan 1,23 que se
leía ese día, el predicador de la verdad, pura y dura como el amor
a los pobres y las víctimas, espeta estas preguntas a sus oyentes
españoles: “Todos estáis en pecado mortal y en él vivís y morís,
por la crueldad y tiranía que usáis con estas inocentes gentes! Decid,
¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible
servidumbre a estos indios?... ¿Estos, no son hombres?
¿No tienen ánimas racionales? ¿No estáis obligados a amarlos como
a vosotros mismos?¿Esto no entendéis?¿Esto no sentís?¿Cómo estáis
en tanta profundidad de sueño tan letárgico dormidos?”[21].
Ese grito debe seguir sonando en América Latina y en el mundo
entero, pues existe ese tercer y cuarto mundo, esos submundos
de los explotados o, peor aún, de los excluidos de la vida. Nos tocará
actualizarlo, gritarlo ante oídos que no querrán escucharlo y ante
ojos que no quieren ver la realidad del sufrimiento de millones de
hombres; que dan cualquier rodeo para no acercarse a los heridos al
borde del camino; que no quieren saber de la sangre de sus hermanos,
aunque sean sus caínes de cuello blanco y manos limpias. Habrá que
terminar con esa “Deuda Externa” que importa capital de los países
pobres hacia el mundo rico, a costa del hambre y la muerte de millones
de personas, débiles y niños especialmente. Para entender esto, hay
que sentirlo, y hay que despertar del “sueño letárgico” de la globalización
triunfante, con un primer mundo y hasta una España que “va bien” y
un “final de la historia”, porque se acabaron todas las utopías para
los que ya creen haber alcanzado su meta[22].
Una meta inhumana, por inhumanizante y deshumanizadora.
Habrá que despertar también hoy de este “sueño letárgico”, de esta
pesadilla mundial donde, con todas las posibilidades de saciar por
primera vez el hambre de todos, priva la mala fe y mala voluntad de
no quererlo hacer, sino acrecentarla. Habrá que volver a soñar
con la utopía de un dominio del ser humano sobre el mundo, para hacerlo
casa de todos y no “ciudad sanguinaria”; de una humanidad
solidaria, donde conviva el “homo homini frater” y no “lupus”[23](“el hombre es un hermano/lobo para el hombre”).
Si Montesino hizo la pregunta fundamental de ese momento histórico
¿Estos, no son hombres?, Las Casas dio, al frente de los mejores misioneros
y junto con ellos, la mejor de las respuestas: “Indi fratres nostri
sunt” (los indios son nuestros hermanos);[24]
por ser imágenes del mismo Dios-Padre creador y todos redimidos por
el mismo Hijo y Hermano Mayor. Esta frase la escribió nuestro autor
el año 1550 en respuesta a la actitud del doctor Juan Ginés de Sepúlveda,
sacerdote cordobés, humanista famoso y hasta cronista imperial; pero
que era el portavoz de los intereses de los conquistadores y encomenderos,
y de sus apoyos metropolitanos en la corte; que pensaba que los indios
eran tan distantes de los castellanos, como la mujer del varón (¡¿?!)
y aún como el mono del hombre. La actitud de desprecio, insolidaridad
y hasta exclusión y muerte de unos seres humanos por otros no es una
cosa del pasado colonial, sino que sigue viva en nuestro mundo globalizado.[25]
Habrá que convertirse a los indios de ayer y de hoy; a los oprimidos
y explotados, a los despreciados y marginados, a los “excluidos” del
sistema de producción y consumo de la globalización neoliberal imperante.
Habrá que volver a plantear esta utopía de la fraternidad humana en
las nuevas cortes y foros del imperio globalizado del capital internacional
o mejor, apátrida e insolidario. Habrá que volver a unir “todas las
manos, todas” para hacer una Patria Grande más unida,
por encima de la retórica y del mero interés comercial; y sabernos
todos los humanos hijos de una Misma Tierra, una
Madre Gaya común y vulnerable, que nos haga de veras sentirnos y vivir
como una sola familia humana. Habrá que volver a reconstruir esa gran
familia de hermanos, todos bendecidos en Adán y en Abrahán, y sobre
todo en Cristo, donde ya no hay “judío ni griego, ni esclavo ni libre,
ni varón ni mujer” (Ga 3,28; ver aún 1Co 12,13 y Col 3,11).
[1] Las biografías de fray Bartolomé
de Las Casas más recientes, sobre todo en lengua castellana, son estas:
Pérez de Tudela, Juan.- Significado histórico de la vida y escritos
del Padre Las Casas. Introducción al tomo XCV de las “Obras escogidas”
de la BAE, Madrid, 1957. Giménez Fernández, Manuel.- Bartolomé
de las Casas. Vol.I. Delegado de Cisneros para la reformación de las
Indias (1516-17). Vol. II. Capellán de S.M. Carlos I. Poblador de
Cumaná1(1517-23) . Sevilla, 1953 y 1960. Martínez, Manuel M.-
Fray Bartolomé de las Casas “Padre de América”. Madrid, 1958.
Losada, Ángel.- Bartolomé de las Casas, a la luz de la moderna
crítica histórica. Tecnos, Madrid, 1970. Vargas, José M.- Bartolomé
de las Casas. Su personalidad histórica. Quito, 1974. André-Vincent,
Philippe I.- Bartolomé de las Casas, prophète du Nouveau Monde.
París, 1980. Galmés, Lorenzo.- Bartolomé de las Casas. Defensor
de los derechos humanos. BAC popular, Madrid, 1982. Pérez, Isacio.-Fray
Bartolomé de las Casas. Caleruega, 1984. Ídem.- Cronología
documentada de los viajes, estancias y actuaciones de fray Bartolomé
de las Casas. Bayamón, 1984. Borges, Pedro.-Quien era Bartolomé
de las Casas. Rialp, Madrid, 1990. Huerga, Álvaro.-Fray Bartolomé
de Las Casas. Vida y obras. En el tomo 1 de las Obras Completas,
Alianza Editorial, Madrid, 1998. De las antiguas sólo es accesible
la de fray Antonio de Remesal.-Historia general de las Indias
occidentales y particular de la Gobernación de Chiapa y Guatemala,
de 1619, reeditada por la BAE, nn.175 y 189, en los años 1964 y 1966.
La de Ramón Menéndez Pidal, como sus propios deudos reconocen, no
merece la pena reeditarse ni leerse.
Cabría añadir, por su importancia para los primeros años, los estudios
de Demetrio Ramos, en un artículo titulado “La conversión de Las Casas
en Cuba: el clérigo y Velásquez”, publicado en Estudios sobre
Bartolomé de las Casas del congreso de Sevilla de 1974. Mejor
es la visión del lascasista Marcel Bataillon, presentada en sus Estudios
sobre Bartolomé de las Casas, de 1976; pero ya antes en el original
francés de 1965. En particular el primer estudio: “El clérigo Las
Casas, antiguo colono”, en pp.45-133. Del gran lascasista americano
Lewis Hanke, La lucha española por la justicia en la conquista
de América, Madrid, 1959; varios artículos publicados en Estudios
sobre fray B. de las Casas y la lucha por la justicia en la conquista
de América, UCV, Caracas, 1968; y La humanidad es una. Estudio
sobre la disputa entre B. de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda en
1550 sobre la capacidad intelectual y religiosa de los indios americanos.
FCE, México, 1985.
[2] Esta isla no fue la primera abordada
por los “descubridores”, pero sí la más grande que toparon ya en el
primer viaje, y acabó siendo, por muchos años, el centro de la expansión
colonial y misionera; Las Casas dice creer que es “la princesa
de las islas”. Hoy está dividida entre la República Dominicana
y el pueblo de Haití, que conserva su antiguo nombre indígena, como
nos dijo ya Las Casas. Como se sabe, el “diario del primer viaje de
Colón” se nos ha conservado, gracias al P. Las Casas, que gozó de
la amistad de la familia Colón, y trabajó en la importantísima biblioteca
de Hernando Colón en Sevilla.
[3] Se puede leer esta Carta al
rey Felipe II, que es la última y única que se conoce, pues las
once anteriores se dirigen al todavía príncipe Felipe, en las Obras
Escogidas (=O.E.) de Las Casas, edición a cargo de Juan Pérez de Tudela
por la B.A.E., nº 110 en 1958, tomo V, p. 464. O bien en las Obras
Completas (=O.C.) editadas por la Fundación del “Instituto Bartolomé
de Las Casas” de los Dominicos de Andalucía, bajo la dirección del
doctor Paulino Castañeda Delgado y con el apoyo de la Junta de Andalucía,
en Alianza Editorial, tomo 13, p. 330
[4] Todos los datos históricos están
tomados de Bartolomé de las Casas, Historia de las Indias.
La cita concreta está en el libro II, cap. 3, tomo II, p. 215 la edición
mexicana del Fondo de Cultura Económica (=FCE), o bien tomo 4, p.
1299 de las Obras Completas, edición crítica cuidada por el P. Isacio
Pérez Fernández, OP, que forma los tomos 3, 4 y 5 de dicha colección,
precedida de un amplísimo estudio preliminar y con numerosas notas
críticas. La trascripción del texto autógrafo es obra del P. Miguel
Ángel Medina, OP; y la fijación de las fuentes bibliográficas la hace
el P. Jesús Ángel Barreda, OP. Para estos tres volúmenes, tomos 3,4
y 5 de las O.C.
[5] Las equivalencias aproximadas de
esos pesos, medidas y monedas son estas: una libra equivale a unos
480 gramos, necesitándose 25 libras para pesar una arroba, que son
11 kilos y medio; tenemos aquí más de 15 kilos de oro, pero mezclado
con tierra; un peso castellano, de 450 maravedíes entonces según dice
Las Casas, equivale a 13 reales, de 34 maravedíes cada uno. Más interesante
que las equivalencias es el enorme cambio de valores o la gran inflación
que en esos años se experimentó.
[6] Ver la ya citada Historia de
las Indias, libro II, cap. 5, tomo II, p. 223 del FCE, o bien
tomo 4, p. 1309 de las O.C.
[7] Ibídem, libro II, cap. 3, tomo
II, p. 215 del FCE, o bien tomo 4, p. 1299 de las O.C.
[8] Para Las Casas acabará siendo central
en su pensamiento, en sus juicios valorativos y en su praxis vital,
el tema del Evangelio, o mejor, la realidad de lo que sea o no Buena
Nueva de Jesús para los indios y para los propios españoles. Por eso
su obra primera y fundamental fue y siguió siendo siempre, hasta el
final de sus días cuando la envió al recién elegido papa, san Pio
V en 1566, el libro titulado “De unico vocationis modo omnium
gentium ad veran religionem”, que trata de cómo no hay más una
manera de anunciar el Evangelio para que sea efectivamente la Buena
Nueva que es. La obra puede leerse, en su latín originario, en dos
ediciones: la mexicana de 1947, por Agustín Millares Carlo, con edición
popular sólo en traducción castellana del mismo, en el FCE, 1975;
y la reciente de las O.C., tomo 2, presentada por el padre Angel Barreda,
OP, el doctor Paulino Castañeda y el padre Antonio del Moral, OP.,
Alianza Editorial, Madrid, 1995.
[9] Ver la arriba citada Historia
de las Indias, libro II, cap. 3, pp. 213 y 214 en el tomo II
del FCE, o bien p. 1296 de las O.C., tomo 4
[10] Ibídem, p.214 del tomo II del
FCE, o bien p. 1297 de O.C., tomo 4.
[11] La frase latina es de Virgilio,
tal vez un refrán de la cultura romana, y se halla en su Eneida,
libro III, 57. La alusión a la idolatría del Dinero con ese nombre
de Mammón se halla en Mt 6, 24, o en Lc 16, 13. Se trata, pues, de
la fuente señalada con la sigla Q, previa a ambos evangelios, y en
buena medida, correspondiente a dichos literales de Jesús. Idolatrar
el Dinero es algo que ya han descubierto y denunciado los profetas
y sabios de Israel. Ver para esto la obra de José Luis Sicre, SJ,
Los dioses olvidados. Poder y riqueza en los profetas preexílicos.
Cristiandad, Madrid, 1979.
[12] Del viaje a Roma, y el consiguiente
escándalo ante aquel Vaticano renacentista y medio pagano, no cabe
dudar, pues lo cuenta el propio Las Casas, incidentalmente, en su
Apologética Historia Sumaria ( en las O.C., tomo 8, cap.
164, p. 1140-41; o bien en la edición de E. O’Gorman de la UNAM, tomo
II, p.161). Pero no nos dice nada de su ordenación sacerdotal. De
su primera misa como neopresbítero el año 1510 trata en la Historia
de las Indias, libro II, cap. 54. Cfr tomo III, p. del FCE o
bien O.C., tomo 4, p. 1519-1520
[13] Sobre fray Hernando de Talavera
y su talante erasmista y sobre todo cristiano ver, al menos, la genial
obra de Marcel Bataillon, Erasmo y España. En su segunda
edición, corregida y aumentada, del FCE, México, 1982. Para Diego
de Deza y Juan Lucero y su relación con “el santo primer arzobispo
de Granada, ver la obra Historia de la Inquisición en España y
América, dirigida por Joaquín Pérez Villanueva y Bartolomé Escandell
Bonet, tomo I, BAC, Madrid, 1984.
[14] Ver la Historia de las Indias,
libro II, cap. 13, p. 250 del FCE, tomo II y en el libro III, caps.
78 y 84, pp. 91 y 110 del FCE, tomo III; o bien en O.C.,tomo 4, p.
1347 y tomo 5, pp. 2080 y 2105. Lo escribe también en la Brevísima
y en el Octavo remedio, pp. 47 y 783 del FCE, tomos I y II;
o en O.C., tomo 10, pp. 43 y 339. El obispo Fonseca habría respondido
a esto: “ ¿Qué se me da a mi y qué se le da al rey (Fernando)?”
[15] Ibídem, libro III, cap. 21,
p. 508 del FCE, tomo II; o bien en O.C., tomo 5, p. 1845. Antes apareció
en la Brevísima relación de la destruición de las Indias,
p. 43 del FCE, tomo I; o bien en O.C., tomo 10, p. 42. La primera
edición crítica de la Brevísima original, editada por primera vez
en 1992, está hecha por el mismo P. Isacio Pérez Fernández, contando
con los tres manuscritos originales de 1542, 1546 y 1552en un amplísimo
libro de 1.056 páginas, con estudio preliminar y numerosas notas críticas
al testo y sus fuentes. Editado por el CEDOC de los dominicos en la
UCB de Bayamón, Puerto Rico, en el 2000; después de sus monumentales
Inventario documentado de los escritos de Fray Bartolomé de las
Casas (1981, con 910 páginas) y la Cronología documentada
de los viajes, estancias y actuaciones de fray Bartolomé de las Casas
(1984, con 1.010 páginas). Con estas obras se coloca el P. Isacio
a la cabeza de todos los estudiosos de Las Casas habidos hasta hoy.
Se toca este punto en las páginas 406-407 y, al menos, la nota 74
en las páginas 751-752.
[16] Ver la Brevísima, en
FCE, tomo I, p. o bien en O.C., tomo 10, p.78
[17] Numerosos datos, siempre elogiosos
sobre el “venerable” y perito en las Sagradas Letras fray Pedro de
Córdoba, que murió “ético”, e.d. tísico, a la edad de 38 años, pueden
verse en la Historia de las Indias, libro II, cap 54; y libro III,
cap. 4, 95 y 158, pp. 381ss y 441ss del FCE, tomo II, y pp. 152ss
y 374 del tomo III.
[18] En el Octavo remedio,
uno de los famosos Tratados impresos por Las Casas en 1552 para repartirlos
a sus frailes dominicos que iban a América. En la edición del FCE,
tomo II, p. 723; en las O.C., tomo 10, p. 320.
[19] Ibídem, libro III, capítulo
83, tomo II del FCE, p. 106; o bien en O.C., tomo 5, p.2099. El texto
y sobre todo la idea la repite de una u otra forma en muchos otros
escritos suyos, desde las primeras cartas hasta su obra testamentaria.
Se pueden ver estos textos en mi obra “El uso de la Biblia en
los escritos de fray Bartolomé de Las Casas”, IUSI, Caracas,
1997, pp. 244-272.
[20] Esas etapas en la conciencia
y la lucha política de Las Casas se van entreverando, pero ciertamente
son crecientes. Quizá el sueño de la sociedad e iglesia nuevas es
la utopía que aparece ya desde el principio y le sirve de contraste
ideal frente a la dolorosa situación colonial. Puede verse en uno
de sus primeros escritos, el plan de gobierno de 1519, repetido en
1559.Ver Historia de las Indias, libro III, cap. 102, p.
179 del tomo III del FCE, o bien p.. 2193 de las O.C., tomo 5. Ver
aún libro I, cap. 29, p. 160 del tomo I del FCE, o bien en O.C., tomo
3, p. 507; Cartas al príncipe Felipe del 25 de octubre y
del 9 de noviembre de 1545; en O.E., tomo V, pp. 224 y 234, o bien
en O.C., tomo 13, pp. 213 y 227.
[21] Ibídem, libro III, cap. 4, p.
441-442 del FCE, tomo II; o bien en las O.C., tomo 5, p. 1762
[22] Evidentemente estoy aludiendo
a la frase propagandístico-política del presidente José María Aznar,
y al famoso título del libro de Francis Fukuyama, publicado en 1992
precisamente.
[23] La frase latina se halla en
la Asinaria de Plauto, II, 4; pero fue retomada por Bacon
y sobre todo Hobbes, que la usan como clave de su lectura de las relaciones
sociales. La de “homo homini frater” (hermano) no existe, que yo sepa,
pero sin duda está ya en Gn 4,9 en esa primera pregunta de Dios a
Caín: “¿dónde está tu hermano Abel?” También podría verse en la famosa
parábola, generalmente titulada “el hijo pródigo”, de Lc 15, 31s o
en el relato del juicio final de Mt 25, 40 y 45, si es que somos hermanos
de Jesús también nosotros.
[24]. La frase lascasiana puede verse
en su Apología (contra Sepúlveda), cap. 63, en O.C. 9, p
664, en latín y p.667 en castellano; y añade que los indios no son
necios ni bárbaros, sino sencillos, mansos y “tales que yo no
sé que exista otro pueblo más dispuesto que ellos para recibir el
evangelio”. Ya antes en cap.3, p. 99 de la misma obra. La postura
de Juan Ginés de Sepúlveda está en su “ Democrates alter” o Tratado
sobre las justas causas de la guerra contra los indios, reeditado
por FCE, México, 1987 p.101: “...estos bárbaros del Nuevo Mundo...son
tan inferiores a los españoles como los niños a los adultos y las
mujeres a los varones, habiendo entre ellos tanta diferencia como...de
monos a hombres”. Eso sí, en latín ciceroniano.
[25] Para entender la tremenda lucha
ideológica y política que Las Casas acabó liderando en la Corte y
el Consejo de Indias frente a los intereses y el poderío económico
de conquistadores, encomenderos y sus cómplices en la península, es
necesario leer, ante todo, los escritos que reflejan la polémica habida
con Sepúlveda: Apología ya citada y el sumario hecho por
Domingo Soto, junto con las 12 Réplicas a las 12 Objeciones de Sepúlveda,
presentadas por el Obispo y ampliadas y editadas en Sevilla en 1552
con el título Aquí se contiene una disputa o controversia;
así como la obra de Juan Ginés de Sepúlveda, portavoz mayor de los
intereses coloniales y su defensor en España, citadas en la nota anterior.
Para una ubicación histórica, léanse, al menos, las obras de Lewis
Hanke, citadas en nota 1, y añadir las de Juan Friede, Bartolomé
de las Casas, precursor del anticolonialismo. Su lucha y su derrota,
México, 1974; o Fernando Mires, La colonización de las almas,
San José de Costa Rica, 1991; y las de Enrique Dussel que cito a continuación.
Pero para captar la envergadura teológica de Las Casas, es muy importante
leer las obras de Enrique Dussel, Desintegración de la cristiandad
colonial y liberación, Salamanca, 1978;y El pan de la celebración,
signo comunitario de justicia, en “Concilium”, 172 (1982), 250-258;
y sobre todo Gustavo Gutiérrez.- Dios o el oro en las Indias.
Siglo XVI, Lima, 1989; y mejor aún En busca de los pobres
de Jesucristo. El pensamiento de Bartolomé de las Casas. Lima
y Salamanca, 1992. Ver también Pedro Trigo, Las Casas y Gustavo
Gutiérrez: En busca de los pobres de Jesucristo, en la revista
ITER, 11 (1995), 265-293; y Eduardo Frades, “El uso de la Biblia
en los escritos de fray Bartolomé de Las Casas”, IUSI, Caracas,
1997
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