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Lectura orante de la Biblia : fuente de renovación espiritual

Henrique Cristiano José Matos, cfmm


La Lectio Divina es, en sí misma, muy sencilla y a la altura de cualquier persona que quiera encontrarse con el Señor en su Palabra.

La Lectura Orante o Lectio Divina es una práctica antiquísima en la Vida Religiosa Consagrada, particularmente en la tradición monástica. El Proyecto de la Conferencia de Religiosos Brasileña “Tu Palabra es Vida” se conoció y se divulgó entre religiosos(as) de vida apostólica (1).

Introducción

Quien se embarcó efectivamente por los caminos de la Lectio, especialmente en la modalidad sugerida en el Proyecto mencionado, experimentó personalmente y en comunidad cómo esta forma de lectura bíblica constituye un factor poderoso en la renovación y dinamización de la propia vida espiritual, dando motivación y fundamento a nuestra consagración.

La finalidad de este texto es corroborar el Proyecto “Tu Palabra es Vida” con una reflexión sobre los orígenes, el contenido y la estructura de la Lectio Divina, privilegiando su vertiente de lectura personal, una vez que ésta se encuentra siempre disponible para los/as consagrados/as, preparando y auxiliando, incluso, su modalidad comunitaria como es presentada didácticamente en los siete volúmenes de la colección de la CRB.

Ojalá que los/as religiosos/as descubran cada vez más su valor, haciendo de la Lectio el eje de su vida espiritual. Que en la formación inicial y permanente la “Lectura orante de la Biblia” reciba la atención que se merece y pueda de este modo contribuir, de hecho, a renovar por dentro nuestro seguimiento de Jesús, pues, como dice San Jerónimo (+ 419), “quien desconoce las Escrituras ignora a Cristo” (Comm. in Isaiam 1).

1.- La Biblia: palabra de vida

La Sagrada Escritura es “la gran Carta” que el Padre envía a sus hijos que peregrinan en el mundo y con quienes se entretiene mediante el Espíritu Santo (cf DV 21). En los Libros Sagrados Dios viene amorosamente al encuentro de las personas, transmitiéndoles el Mensaje de Vida. Su “Palabra es Vida” para toda la humanidad y para cada persona en particular. Leyendo la Biblia descubrimos que la Palabra de Dios se encarna no sólo en aquellas épocas del pasado, sino también hoy, para poder estar con nosotros y ayudarnos a enfrentar los problemas y a realizar las esperanzas: ¡Ojalá escuchásemos hoy su voz! (Sal 95, 7) (2).

Escuchando y meditando la Palabra a partir de su experiencia concreta, la persona experimenta la luz, la fuerza y la presencia creativa del amor de Dios. La Palabra divina es como una semilla (cf Mt 13, 19) que trae en su seno la vida (cf Dt 32, 47). Germina en la historia y en la vida de cada persona, iluminando y nutriendo a quienes la reciben (cf Sal 119, 105), con una nueva sabiduría capaz de penetrar en lo sagrado de las cosas (cf Rm 11, 33).

La Escritura ofrece la Palabra que informa dándonos la forma de Dios, por el hecho de hacernos participar de la vida, voluntad y pensamiento del mismo Dios. En la visión de los Santos Padres toda la Biblia nos habla de Cristo y conduce a él. “Toda la Sagrada Escritura constituye un solo Libro, y este Libro único es Cristo, porque toda la divina Escritura nos habla de Cristo y se realiza en Cristo” (Hugo de San Víctor, + 114: De Arca Noé, 8). “Comemos y bebemos la sangre de Cristo en el misterio (de la Eucaristía), pero también en la lectura de las Escrituras”, escribe San Jerónimo en su “Comentario sobre el Eclesiastés” (1, 13) y concluye: “Para mí, pienso que el Evangelio es el cuerpo de Cristo”. Ignacio de Antioquía (+ 110), en su “Carta a los Filadelfios” (5, 1) hablaba igualmente del Evangelio “como de la carne de Jesús”.

La Biblia es el Libro de la Iglesia, comunidad de fe, antes de serlo de la persona individualmente. Debemos leer la Sagrada Escritura y escuchar a Dios en Cristo, desde el interior de su Cuerpo, o sea, la Iglesia. De hecho, “la búsqueda en común hace aparecer el sentido eclesial de la Biblia y fortalece en todos el sentido común de la fe. Por eso es tan importante que la Biblia sea leída, meditada, estudiada y rezada no sólo individualmente sino también, y sobre todo, en común. Pues se trata del libro de cabecera de la Iglesia, de la Comunidad” (3).

Finalmente, somos invitados a convertirnos en “servidores de la Palabra”, en ministros suyos, que no ceden a la tentación de reducir la Palabra a los caprichos de nuestros intereses.

2.- La “Lectio Divina” o “Lectura orante de la Biblia”

2.1. En la tradición monástica

No es exageración decir que la Lectio Divina es elemento constitutivo de la vida monástica. Aunque sin seguir un método fijo o rígido. En la Escritura se busca más el “sabor” que la “ciencia”, con la convicción de que el “gozo” de la Palabra divina abre la puerta a una comprensión más íntima y profunda. De ese modo el monje acoge la Biblia con “el oído del corazón” (in aure cordis) y la saborea con “el paladar del corazón” (palatum cordis), según expresión atribuida a San Gregorio Magno. Sin embargo, “la Lectio Divina no es (...) una especialidad de los monjes: pertenece a toda la Iglesia. Es una condición necesaria para que la Palabra fructifique en nosotros”(4).

2.2. Concepto de “Lectio Divina”

No se trata de una “lectura espiritual” o de un texto de “edificación” o, menos aún, de un estudio de carácter exegético o intelectual.

Lectio (= lectura) y divina son dos términos que, conjuntamente, indican un encuentro dialogal entre Dios que “habla” y la persona que “escucha”, estableciéndose entre ambos una comunicación de amor, lo cual es precisamente una de las características esenciales de la Revelación divina: “... el Dios invisible (cf Col 1, 15; 1 Tm 1, 17), llevado por su gran amor, habla a los hombres como a amigos (cf Ex 33, 11; Jn 15, 12-15), y se entretiene con ellos (cf Ba 3, 38) para invitarlos a tener comunión con él y en ella recibirlos” (DV 2).

Estamos ante una lectura sabrosa y orante de la Biblia, realizada bajo el impulso del Espíritu Santo, en vistas a un diálogo amoroso con el Señor que hace crecer la fe y aumenta la esperanza. Con razón podemos hablar de una lectura existencial de la Palabra que sobrepasa de lejos la curiosidad intelectual, envolviendo toda la vida de una persona o comunidad. Se busca el “agua viva” para saciar la “sed del corazón”, o sea la búsqueda de sentido, paz, felicidad, en fin, de salvación.

La lectura de Dios (no se insistirá nunca bastante en esto( es una lectura agradable, paladeable. Es saborear el Verbo, saborear a Dios, en el Espíritu Santo, que vivifica la letra y suscita en el lector un gusto secreto para que se sitúe en armonía con lo leído y responda con su oración y toda su vida a la Palabra del Padre” (5).

Sí, “por la Lectio Divina intentamos alcanzar lo que dice la Biblia: 'La Palabra está muy cerca de ti: en tu boca y en tu corazón, para que la pongas en práctica' (Dt 30, 14). En la boca, por la lectura; en el corazón, por la meditación y por la oración; en la práctica, por la contemplación. El objetivo de la Lectio Divina es el objetivo de la misma Biblia: 'Comunicar la sabiduría que lleva a la salvación por la fe en Jesucristo' (2 Tm 3, 15); 'instruir, refutar, corregir, formar en la justicia, y de este modo, preparar al hombre de Dios para toda obra buena' (2 Tm 3, 16-17); 'dar perseverancia, consuelo y esperanza' (Rm 15, 4); ayudarnos a aprender de los errores de los antepasados (cf 1 Co 10, 6-10)” (6).

2.3. El papel de los Santos Padres

La Biblia es el libro por antonomasia de la Lectio, pues es “tan grande el poder y la eficacia que se encierra en la Palabra de Dios, que ella constituye un gran apoyo y vigor para la Iglesia y, para sus hijos, firmeza de la fe, alimento del alma, pura y perenne fuente de vida espiritual” (DV 21). El objetivo específico de la “Lectio Divina” es, sin embargo, la Sagrada Escritura en sí. Pero desde los tiempos más remotos los monjes entienden que la lectura de la Biblia no se puede separar de los comentarios que hacen de ella los Padres de la Iglesia. Fueron ellos, después de los Apóstoles, los primeros “maestros espirituales” de la Iglesia. Vivían lo que enseñaban, y enseñaban lo que vivían. Por eso es que sus escritos transmiten al mismo tiempo “doctrina” y “experiencia”, íntimamente unidas en una sola vivencia. “No importan los géneros literarios de los cuales se sirven los Padres: siempre explican y desarrollan la Escritura. Todavía más: todo lo que los Padres escribieron o dijeron, e incluso lo que hicieron, está relacionado (según el pensamiento de los antiguos monjes( con la Escritura; todo se reducía a una ilustración, teórica o práctica, sobre ella... (De hecho) 'vivían de la Biblia, pensaban y hablaban por la Biblia, con esa admirable penetración que llega hasta la identificación de su ser con la misma sustancia bíblica' (Paulo Evdokimov)”.

2.4. Dos modalidades de “Lectio”

2.4.1. La “lectura orante” a nivel personal

He aquí un encuentro más estrictamente personal e íntimo con la Palabra de Dios. Se trata de un contacto frecuente (de preferencia diario( e interior con la Biblia en una experiencia vital con Dios. Por medio de mi reacción de fe, amor y esperanza al mensaje divino contenido en la Escritura se convierte en llamada para mí, “sucede conmigo”. “Aunque eminentemente 'activa', la lectio divina puede llamarse al mismo tiempo 'pasiva', en cuanto que consiste también en dejar resonar en nosotros la voz de Dios que nos habla, en dejar que su Palabra nos transforme, en abandonarnos a Dios” (7).

2.4.2. La “lectura orante” a nivel comunitario

La Lectio puede (y debe) ser hecha también junto con mis hermanos(y hermanas), en un coloquio fraterno que los antiguos llamaban collatio (colación). Compartir las experiencias personales vividas en contacto con la Escritura, compararlas con las de otros “oyentes de la Palabra”, no deja de ser un fuerte estímulo para proseguir en la práctica de la lectio. Es precisamente en este contexto donde adquieren excepcional importancia los “encuentros bíblicos” sugeridos en la dinamización del Proyecto Tu Palabra es Vida, de la CRB.

En la “Vida de San Antonio”, escrita hacia el año 357 por San Atanasio, leemos este dato significativo: “Cierto día todos los monjes fueron a verlo y le pidieron que les dirigiese la palabra. Les dijo en egipcio: 'Las santas escrituras bastan para nuestra enseñanza, pero es bueno que nos exhortemos mutuamente en la fe y nos animemos con conversaciones. Ustedes, hijos míos, le enseñan a su padre lo que saben; yo, más viejo que ustedes, les comunico lo que me ha enseñado la experiencia. Que nuestro esfuerzo común sea, sobre todo, para que no abandonemos lo que comenzamos, y no desanimarnos en el trabajo...' ”

El significado de ese “coloquio fraterno”, a partir de la Sagrada Escritura, es subrayado igualmente por el monje benedictino Samaragdo (+ c. 825) en “Diadema monachorum” (PL 102, 63). En dicho libro afirma que esta práctica saludable y edificante contiene: una confessio, o sea una contribución proveniente del testimonio personal; una collocutio, o sea un diálogo enriquecedor del punto de vista religioso y cultural; una confabulatio, o sea una conversación fraterna que construye la comunión mutua. Sí, concluye el monje: La collatio enseña cómo disponernos a aprender de los otros, en lo que toca al amor, comprensión y aplicación de la Palabra de Dios.

Otro testimonio es del Papa Gregorio Magno (+ 604), que, recordando probablemente los días felices vividos en el monasterio, dice en una de sus homilías: “Sé por experiencia que muchas cosas de la Palabra de Dios que no conseguí entender por mí mismo resultaron aclaradas estando con mis hermanos. Sucede así que, por gracia de Dios, crece el entendimiento de las Escrituras cuando para ustedes aprendo aquello que enseño y percibo muchas veces que es acogido por ustedes o que yo les digo” (In Ezechielem II, 1-PL 948-949).

3.- Disposiciones interiores de la “Lectio”

Cuando entramos en comunión con el Señor a través de su Palabra viva y eficaz, debemos, como Moisés, “sacar las sandalias de los pies” (cf Ex 3, 5). Es necesario despojarse de todo cuanto impida una comunicación vital con Dios. Un profundo respeto por la presencia real del Señor que viene a nosotros a través de su Palabra debe llevarnos a crear en nosotros y alrededor de nosotros un clima propicio para la escucha. Algunas sugerencias pueden ser útiles en este sentido: hacer un “cantito piadoso”, tener preparado un lugar para la “lectura orante”, en donde estén: Biblia, candela, ícono (por ejemplo de la Santísima Trinidad o de Cristo) y un asiento o almohadilla. Es importante también adoptar una posición corporal correcta que no canse y que favorezca la concentración. Hay algunos a quienes les gusta usar incienso cuando meditan. Todo eso puede ayudar para obtener interiormente una actitud de acogida, de receptividad. En efecto, “nosotros nos preparamos para entrar en ese mundo de Dios y para sentir su proximidad. 'Tú estás cerca, Yahveh' (Sal 119, 151). A veces con lentitud y con extrema dificultad interior, a veces con entusiasmo y rapidez, tomamos conciencia de que Dios está allí, de que estamos en su presencia (cf Sal 84) y que somos capaces de colocar nuestro corazón en sus manos, en su corazón (cf Sal 61 y 91)”.

Sea como fuere, la Lectio siempre exigirá austeridad y presupone espíritu de sacrificio, como pasa con todos los verdaderos valores que son adquiridos en nuestra vida. Comenta Guillermo de Saint Thierry (+ 1148), en su “exposición sobre el Cantar de los Cantares” (1,28): “...el conocimiento sabroso de Dios exige el silencio, el secreto de la soledad, y además un corazón solitario, incluso, en medio de la multitud”.

Esa actitud básica de escucha sólo es posible en una existencia en que esa escucha es cultivada expresamente, volviéndose una manera de ser de la persona, que se refleja en la apertura y disponibilidad en la convivencia.

La invocación al Espíritu Santo es absolutamente imprescindible al iniciarse la “lectura orante”, porque tener acceso a la Palabra de Dios es, antes que nada, un don del Espíritu. Simeón, el Nuevo Teólogo (+ 1022), no duda en decir que “la Palabra solamente se vuelve fecunda cuando el Espíritu de Dios anima a aquel que la lee”. Y San Gregorio Magno (+ 604) afirma categóricamente que “las palabras de Dios no pueden ser penetradas sin su sabiduría. Quien no recibió su Espíritu no puede en modo alguno entender sus palabras” (Mor. 18,39.60). De hecho, estamos bajo la dependencia del Espíritu en nuestra búsqueda de Cristo para contemplar al Dios único, nuestro principio y fin. Orígenes (+ 253) argumenta que para leer con provecho la Biblia es indispensable un esfuerzo de atención y de asiduidad. Lo que no podemos conseguir por nuestro propio esfuerzo debemos pedirlo en la oración, “pues es absolutamente necesario rezar para comprender las cosas divinas”.

La disposición interior puede ser una entrega sincera, un abandonarse en Dios, a fin de poder discernir su voluntad. Debe ser evitada toda negligencia en la escucha de la Palabra, pues según Cesáreo de Arles (+ 543) “aquel que no ha escuchado atentamente no será menos culpado que quien, por descuido, haya dejado caer el cuerpo del Señor” (Sermón 78, 2).

En resumen, “se trata de escuchar y de acoger, antes, incluso, que de reflexionar. O sea, escuchar la Palabra de manera vital. La lectura es hecha con todo el ser: con el cuerpo, pues normalmente se pronuncian las palabras con los labios; con la memoria que las fija; con la inteligencia que les extrae el sentido. El fruto de tal lectura es la experiencia” (8).

Una característica esencial de la “Lectio” es su gratuidad: debe ser completamente desinteresada. No se lee la Palabra de Dios, en primer lugar, para sacar “sacar provecho” de ella, en el sentido común de dicha expresión. Su primera finalidad es sencillamente querer “estar con el Señor”, gozar de su “presencia amorosa”. De ahí se sigue que la “Lectura orante” debe ser pausada, alejada de toda prisa. Se debe procurar saborear, más que leer; admirar, más que raciocinar o cuestionar. El oyente de la Palabra desea la proximidad de su Señor que le sale al encuentro “como amigo” (cf DV 2). Quiere oír su voz y sentir su presencia incluso antes de captar el contenido formal de las palabras. Exactamente esta experiencia de comunión recíproca es motivo de gran alegría interior (9).

Debemos esforzarnos para permanecer en la Palabra (cf Jn 8, 31-32) y así, como discípulos (as) del Señor, conocer la verdad. Lo cual es posible si hay asiduidad. Exhorta Juan Casiano (+ 453): “He aquí aquello a lo que debes aspirar por todos los medios: aplicarte con constancia y asiduidad a la lectura sagrada hasta que una incesante meditación impregne tu espíritu y de ese modo puedas decir que la Escritura te transforma a su semejanza” (Conferencia XIV,11).

4.- Los pasos de la “Lectio divina”

Entre los escritos de Guido II, prior de la Gran Cartuja, cerca de Grenoble, Francia, de 1173 a 1180, fue encontrada una preciosa Carta sobre la Vida Contemplativa, en la que describe las “cuatro gradas” de la “escalera espiritual” (Scala claustralium) como medio adecuado para hacer una “lectura orante” espiritualmente provechosa: lectio, meditatio, oratio, contemplatio. Guido parte de la propia experiencia y sugiere esas cuatro “etapas” para obtener una Lectio vital y profunda. No son “técnicas de lectura” sino fases de un proceso dinámico a fin de asimilar la Palabra de Dios en la vida. En el fondo son cuatro actitudes permanentes que coexisten y actúan juntas, aunque con intensidades diferentes conforme al grado en que se encuentra la persona.

Según el monje cartujo, “la lectura (1er. grado) consiste en la observación (inspectio) atenta de las Escrituras con aplicación del espíritu. La meditación (2º grado) es una acción acuciosa (estudiosa) de la mente para, como ayuda de la propia razón, obtener el conocimiento de una verdad oculta. La oración (3er. grado) es un entretenerse en Dios con el corazón, pidiendo que aparte de nosotros los males y nos conceda el bien. La contemplación (4º grado) es una cierta elevación del alma a Dios, conducida por sobre la misma y degustando las alegrías de la eterna dulzura”.

De este modo, “la lectio representa el alimento sólido, la meditatio la masticación; la oratio el saboreo; y la contemplatio es el sabor mismo”.

En sí, la Lectio es muy sencilla y posee una estructura trasparente. Fundamentalmente consta de dos momentos (10):

-La lectura atenta y religiosa de la Biblia, durante la cual se escucha la voz del Padre celestial que se dirige al lector-oyente personalmente.

-La respuesta de la persona a través de la oración, verdadera adhesión a la Palabra y también expresión de alabanza por la grandeza y bondad de Dios y de sus maravillas salvíficas. Contiene simultáneamente preces de intercesión y súplicas de perdón.

4.1. La Lectura

“El objetivo de la lectura es leer y estudiar el texto hasta que el mismo, sin dejar de ser él mismo, se torne espejo de nosotros mismos y nos refleje algo de nuestra propia experiencia de vida. La lectura debe familiarizarnos con el texto hasta el punto de que se vuelva nuestra palabra”. Entonces percibimos que Dios, a través del texto, quiere hablar con nosotros y comunicarse.

4.2. La Meditación

La meditación es un proceso de “apropiación” personal del texto mediante una actualización y repetición.

4.2.1. En cuanto que la lectura iluminó el trozo bíblico en su realidad objetiva, la meditación quiere interiorizar el texto, buscando su sentido para nosotros hoy. En esta “actualización” el punto de partida es nuestra situación presente. En función de la misma interrogamos al Libro sagrado, buscando en él la luz para nuestro actuar. El texto, por lo mismo, es traído hacia dentro de nuestra existencia concreta tanto personal como comunitaria.

4.2.2. Al lado de una “actualización” del texto es importante acentuar la repetición o rumiado, una especie de “masticación” y “digestión” de la palabra con el objetivo de asimilarla mejor. Dejamos pasar la Palabra de Dios de la cabeza al corazón. Un método sencillo y comprobado en una tradición religiosa secular es la práctica del mantra: un incesante repetir a lo largo del día una frase o una palabra que resume la sustancia de la lectura bíblica (11).

Tenemos aquí un instrumento espiritual adecuado para conservar vivo el recuerdo del encuentro con el Señor en el mensaje de su

Palabra. También, a través de este rumiado nos ponemos bajo el juicio de Dios y dejamos que él nos penetre, como espada de dos filos (Hb 4,12), pues ya sabemos que el agua que cae sobre la piedra dura acaba agujereándola.

4.3. La Oración

La oración es una respuesta, solicitada por la Palabra que nos fue dirigida por Dios. Fue él quien tomó la iniciativa de hablarnos (cf Dt 4,12), “porque nos amó primero” (1 Jn 4,10.19). Ahora viene nuestra retribución, en forma de oración y de gestos de amor y de obediencia. La actividad orante brota espontáneamente de la oración y se traduce en una admiración silenciosa y adoración al Dios de la vida. Pero, en su sencillez, la oración “debe ser realista y no ingenua, lo cual se alcanza mediante la lectura”. Debe nacer de la experiencia de nuestra nada y de los problemas reales de la vida, lo cual se obtiene por la meditación. Debe volverse una actitud permanente de vida, lo que se alcanza en la contemplación.

De hecho, como nos dice San Juan Crisóstomo (+ 407), esta oración, o diálogo con Dios, “es un bien incomparable, pues nos pone en comunión íntima con el Señor (...) Pero no es sólo en el momento concreto dedicado a rezar cuando debemos elevar a Dios nuestro espíritu; también en medio de las más variadas tareas es necesario conservar siempre viva la aspiración y el recuerdo de Dios, a fin de que todas nuestras obras, condimentadas con la sal del amor de Dios, se conviertan en alimento agradable para el Señor...” (Homilía 5, De precautione).

Con frecuencia la oración viene acompañada de mociones de penitencia y conversión, en el sentido de un sincero cambio de corazón (cf Hch 2,37s), que la tradición monástica indica con el término compunción. Es natural que suceda eso en una persona en sintonía con la Palabra viva del Señor. Esta, de hecho, “penetra hasta lo más recóndito, lo más íntimo del ser, a donde el espíritu sobrenatural se encuentra con nuestro espíritu vital. Y ahí, en el interior del hombre, posee una capacidad de juzgar y sentenciar, pues obliga al hombre a tomar posición; ante esa palabra no es posible el compromiso ni la simulación(...) Precisamente porque 'la Palabra de Dios puede exigir de mí hoy una cosa que no exige siempre' (escribe H.U.von Balthasar(, 'debo permanecer abierto y atento para escuchar lo que exige'” (12).

4.4. La Contemplación

En este cuarto paso la experiencia de Dios se intensifica y profundiza. Fijamos nuestra mirada y nuestro corazón en Dios (Pablo VI) y vemos la realidad a la luz de su Palabra. Aprendemos así a “pensar conforme a Dios” (cf Mt 16,23) y a interpretar cada situación según “el pensamiento del Señor” (cf 1 Co 2,16). La realidad se vuelve diáfana y penetramos en la esencia de las cosas, donde vislumbramos y saboreamos la presencia viva, amorosa y creativa de Dios.

La contemplatio contiene en sí la operatio. “La 'palabra de vida' da la vida cuando es realizada. Así pues la palabra de Dios nos acompaña en la vida, en tanto es experimentada en la acción. Esta experiencia cotidiana sirve a su vez para comprender la palabra de Dios” (13). San Ambrosio (+ 397) lo resume así: “La Lectio Divina nos lleva a la práctica de las buenas obras. Realmente, de la misma forma que la meditación de las palabras tiene como fin su memorización, de modo que nos acordemos de dichas palabras, así también la meditación de la ley, de la Palabra de Dios, nos hace volcarnos a la acción, nos impele a actuar”.

La contemplación no debe ser confundida con una simple introspección psicoanalítica ni con una capacidad visionaria. Al contrario, ella nos hace contemplar las cosas “desde Dios”. San Benito (+ 547) lo expresa en el bello texto de su Regla monástica: “...abiertos nuestros ojos a la luz que nos diviniza, vamos a oír con los oídos llenos de espanto la divina voz que dice: Hoy, si oyeren su voz, no endurezcan sus corazones”.

En efecto, “la contemplación no sólo medita el mensaje sino que también lo realiza; no sólo lo oye sino que lo pone en práctica. No separa los dos aspectos: dice y hace, enseña y anima, es luz y fuerza”.

Por otra parte, la contemplatio ya permite saborear algo de la alegría y el gozo que “Dios preparó para los que le aman” (1 Co 2, 9). Nos introduce en una “conversación tranquila con Dios, sin otro deseo que estar y permanecer a su lado. Esta presencia y esta proximidad se van haciendo cada vez más silenciosas, como en un paseo entre amado y amante, en que, en cierto momento, tras el diálogo y la alegría del reencuentro, se quedan sencillamente el uno junto al otro. Ya no se pronuncian palabras, apenas hablan los ojos y el corazón. Así, siempre más cerca de Dios, se conoce en profundidad su pensamiento, se presenta claramente su corazón en el texto y se abandona a él”(14).

A través de la Lectio el oyente debe preguntarse a sí mismo: ¿Cómo es que mi vida, mi actividad, mi apostolado, se vuelven de hecho “palabra de Dios”, a la luz de aquella Palabra de Dios definitiva que es Jesucristo, misteriosamente presente en la Escritura? Por eso, la Lectio sitúa nuestra fe en el ritmo de lo cotidiano, en el servicio diario al Reino, teniendo tres impulsos particularmente significativos:

-La discretio, o sea la capacidad adquirida en el Espíritu para acoger en la vida lo que es conforme al Evangelio, rechazando lo que le es contrario. Es el discernimiento para que conozcamos la voluntad de Dios en situaciones concretas.

-La deliberatio, o sea la selección consciente de aquello que corresponde a la verdad de la Palabra de Dios, oída con amor y asimilada con fe.

-La actio, o sea el actuar subsiguiente dentro de un comportamiento “según Dios”: un estilo-de-vida que traduce vitalmente nuestra “experiencia de Dios”.

En síntesis: la Lectio Divina transcurre en un proceso dinámico muy sencillo en sí mismo y a la altura de cualquier persona que desee encontrarse con el Señor en su Palabra. Podemos resumir este itinerario de esta forma:

“1) Leer y releer, cada vez más, hasta conocer lo que está escrito;

2) repetir de memoria, con la boca, lo que fue leído y comprendido y rumiarlo hasta que, desde la cabeza y la boca, pase al corazón y entre en el ritmo de la propia vida;

3) responder a Dios en la oración y pedir que nos ayude a practicar lo que su Palabra nos pide;

4) el resultado es una nueva luz en los ojos que permite saborear la Palabra y mirar el mundo de manera distinta. Con esa luz en los ojos, se comienza, nuevamente, a leer, a repetir, a responder a Dios, y así sucesivamente. Un proceso que no termina nunca, que siempre se reitera, pero que nunca se repite igual”.

5.- Los frutos de la “Lectio”

La Lectio Divina es un medio a disposición del Espíritu para que nos conceda “la mentalidad de Cristo”. La teología ortodoxa usa aquí dos términos característicos: el hombre pneumatóforo se hace cristóforo; comunicándole la gracia del Espíritu Santo, a través de la Palabra, el Señor configura de tal forma al fiel a Cristo, que llega a reproducir en sí la imagen de Jesús (15).

El contacto personal (y comunitario), asiduo y profundo, con la Palabra de Dios produce en el oyente un mensaje bíblico: las ideas, expresiones e imágenes de la Escritura se vuelven su “patrimonio espiritual”. La persona comienza a pensar y a hablar a partir de la Biblia y como la Biblia.

La “Lectura Orante” de la Escritura concede también a la piedad un carácter más objetivo. “Lejos de basarla en imaginaciones y sentimentalismos inconscientes, la edifica sobre hechos, modelos y misterios reales, con los que el cristiano procura identificarse. Se centra en Dios, o, más exactamente, en Cristo y en la Santísima Trinidad”(16).

Quien practica la Lectio sabe por experiencia propia cómo ella ejerce una función purificadora, cuestionándonos y, muchas veces, llevándonos en dirección contraria. La Palabra de Dios invita a la conversión, es un “espejo” que pone al descubierto nuestras incoherencias y disfraces. Se muestra “viva, eficaz y más penetrante que cualquier espada de dos filos; penetra hasta dividir alma y espíritu, junturas y médulas: Ella juzga las disposiciones del corazón” (Hb 4,12).

A través de la práctica perseverante de la Lectio el oyente se convierte en “hombre de Dios”, servidor y testigo de la Palabra. Se vuelve sensible al paso del Señor y a las inspiraciones de su voluntad, “lleno de su Espíritu de sabiduría, solícito a la alabanza santa, dispuesto a servir a Dios en todas las circunstancias de la vida de comunidad y a ser testimonio del Señor por medio de su vida” (17).

Finalmente, podemos concluir nuestras consideraciones sobre la “lectura orante de la Biblia” con la oración atribuida a Guido II, abad de la Gran Cartuja (siglo XII), que resume en sí toda la riqueza espiritual de la “Lectio Divina”: “Señor, cuando tú me partes el pan de la Sagrada Escritura, yo te conozco por esta fracción del pan; cuanto más te conozco, más deseo conocerte no sólo en la apariencia de la letra sino en el conocimiento saboreado por la experiencia. Y no pido este don por mis méritos sino en razón de vuestra misericordia...Dame, Señor, la prenda de la herencia futura, al menos una gota de la lluvia celestial para refrescar mi sed, pues estoy ardiendo de amor”.

Nota: El original de este artículo apareció la revista Convergência, Octubre 1998, Año XXXIII, Nº 316, publicada por: Conferencia de Religiosos de Brasil (CRB). En castellano fue publicado por la revista Alternativas, (Editorial Lascasiana, Managua, 5/11-12(1998)113-130, dominico@sdnnic.org.ni), con traducción de José Luis Burguet.


(1)- Se trata, sin duda, de la más significativa contribución a una auténtica renovación de la VR en Brasil que nos ha sido ofrecida en el período posconciliar.

(2)- CRB. Coleção “Tua Palabra é Vida”, vol. 1 (1990), p.19

(3)- Ibid., p. 26

(4)- Enzo Bianchi: “Rezar a palabra”, en CIMBRA: Lectio Divina, ontem e hoje, 1989

(5)- Gracia M. Colombas: Diálogo com Deus. Introduçâo à “Lectio Divina”, Paulus, São Paulo, 1996, p. 47

(6)- “Tua Palabra...”, op. cit., p. 18

(7)- Ibid., p. 61

(8)- Bianchi, op. cit. p. 81

(9)- Bonifacio Baroffo: "Lectio divina e vita religiosa, Leumann, Elle de Ci, 1988 p. 23

(10)- cf Salvatore Panimolle (org.): Ascolto della Parola e Preghiera. La "lectio divina", Città del Vaticano, Libreria Editrice Vaticana, 1987, p. 15

(11)- Véanse recomendaciones sobre el mantra en nuestro libro A oraçao dos simples, vol. 1, 2ª parte, Belo Horizonte, O Lutador, p. 25-47

(12)- Colombas, op. cit., p. 24

(13)- João Evangelista Martins Terra: “Lectio Divina”, en: ATUALIZAÇAO 22(1983), nº 243, p. 217

(14)- Bianchi, op. cit., p. 95

(15)- Mario Masini: Iniziazione alla “Lectio Divina”. Teologia, metodo, spiritualitá, prassi, Padua, Messagero di S. Antonio, 1090, p. 21

(16)- Colombas, op. cit., p.89

(17)- Congreso de Abades Benedictinos en 1967, en Colombas, p. 88


 



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