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Jubileo, utopía y oración: Una espiritualidad situada en la lucha por la vida

Leopoldo Cervantes-Ortiz


APRENDIENDO A ORAR

Padre nuestro que estás en la sangre.
Ayúdanos a salvarte del silencio,
haznos chispa o relámpago, corona
para la pobreza, pico de cuervo
y rosa despilfarrada en los jardines.
Santificado sea el cuerpo, la ramazón
oculta de las venas, las lágrimas
hablando con la hiedra, el dedo
poniendo límite al horizonte.
Padre nuestro que estás en las cosas.
Ayúdanos a despojarnos de todo,
regocíjanos en el amor al insecto
y la admiración silente por la sombra.
Santificado sea el nombre del prójimo,
el dolor de sus párpados, el filo inacabable
del labio, el arco maravilloso de la nuca
sosteniendo todos sus pensamientos.
Permítenos compartir
la espiga del hambre,

el Porvenir del alba y la sonrisa.
No nos niegues la tentación.
Empújanos al encuentro del dolor
engendrado en el pánico de saberte solo,
mas líbranos de nuestra voluntad
y déjanos en el instante largo de la duda.
Olvídanos en tu reino. No recompenses
nuestras obras, así como nosotros te perdonamos
la soledad perpetua de tu llanto.
Sálvanos de la vida perdurable
y del pan nuestro de cada día,
juzga nuestras deudas y haz que podamos
pagarlas en el doble. Padre nuestro
que estás en la sangre, permítenos
arder en la chispa y desaparecer en el fuego,
ahora y en la hora de nuestra vida. Amén.

ALFONSO CHASE

(Costa Rica, 1945)

I N T R O D U C C I Ó N

Relevancia de la Espiritualidad en la Lucha por la Vida

La espiritualidad es el arma que le entrega la fe a los creyentes para afrontar, con buen ánimo, la lucha por la vida. En ese sentido, es el conjunto de elementos cristianos que, al articularse adecuadamente, le permiten a cada creyente o comunidad de creyentes desarrollar una alternativa concreta, vital, a las exigencias enajenantes, deshumanizadoras, de la realidad. Es la fe transfigurada en un estado de ánimo que permite interpretar bajo la luz de la esperanza todos los sucesos y contingencias.

El desconocimiento (y en ocasiones, rechazo) de proyectos alternativos de espiritualidad, fincados en una sólida (y humilde) reflexión teológica ha contribuido a la perpetuación de modelos que le dicen muy poco a nuestra realidad de dependencia y sometimiento. Muchas comunidades han experimentado una verdadera "conversión a la realidad", la cual se ha traducido a un lenguaje espiritual que no considera como su objetivo primordial el traslado, real o simbólico, de las almas de las personas a los cielos, sino situar a cada una de ellas en una relación sana consigo mismas, con Dios y con el mundo, a fin de vivir plenamente en esta vida, afrontando sus contradicciones y desafíos.

En la vida cotidiana, la vida verdadera, donde se definen y redefinen continuamente dichas contradicciones y desafíos a través de respuestas concretas, la espiritualidad es un recurso invaluable, una mística que sostiene el rutinario caminar de sectores humanos que enfrentan situaciones extremas de pobreza, abandono y marginación y que, de otra manera, no encontrarían puertas abiertas viables para mantenerse psicológicamente dispuestos para transformar aquello que les ocasiona sufrimiento y frustración. De hecho, es esta mística, más vivida que pensada, la que explica la sobrevivencia humana en tales condiciones, que durante siglos ha prevalecido incluso cuando todas las cosas se manifiestan objetivamente como contrarias. De otra forma, no podría entenderse la capacidad popular de experimentar la alegría a través del espíritu festivo, que no ha desaparecido ni en los peores momentos.

En base a lo anterior, la experiencia consciente de muchas comunidades cristianas (católicas y protestantes) latinoamericanas ha desarrollado una "espiritualidad de la resistencia". Han luchado primero, por redefinir el concepto de espiritualidad, afirmándola, en palabras de Camilo Maccise, como "una vivencia de fe, de amor y de esperanza, expresión y manifestación de la acción del Espíritu, que conduce a un seguimiento de Jesús en las circunstancias cambiantes de la realidad".(1)

Si un concepto así incorpora los elementos del jubileo, la resistencia adquiere mayor resonancia, puesto que esta perspectiva, con su fuerte énfasis reivindicador, cataliza muchas de las ansiedades y expectativas de los grupos humanos más maltratados. La espiritualidad, así, es potenciada y encaminada hacia la consecución de las más grandes esperanzas de justicia y paz, así como hacia el compromiso con la renovación de la creación.

Por todo lo anterior, el presente trabajo quiere relacionar la espiritualidad con los aspectos utópicos del jubileo y, a partir de allí, concentrarse en un aspecto particular de la espiritualidad, la oración, entendida como un instrumento fundamental e insustituible en la difícil tarea de hacer visible y eficaz la fe en medio de las circunstancias que se oponen a la realización del Reino de Dios en el mundo.

I. EL JUBILEO Y LA EXPERIENCIA DE LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA

1. Dios y el Jubileo: Relación Des-veladora de un Nuevo Dios

El jubileo, experimentado como una manifestación de la gratuidad, abre la puerta a la posibilidad de atisbar el rostro o el perfil de un nuevo Dios, de un Dios que no está ligado a la represión o a la omnipresencia de tipo policiaco, un Dios libre que respeta la libertad humana y la decisión de buscarlo o de rechazarlo. Según Gustavo Gutiérrez, la espiritualidad liberadora (en este caso, de una imagen opresiva de Dios): "debe estar impregnada de una vivencia de gratuidad. La comunión con el Señor y con todos los hombres, es, ante todo, un don. De ahí la universalidad y la radicalidad de la liberación que él aporta. Un don que lejos de ser un llamado a la pasividad exige una actitud vigilante [...] Saber que en la raíz de nuestra existencia personal y comunitaria se halla el don de la autocomunicación de Dios, la gracia de su amistad, llena de gratuidad nuestra vida. Nos hace ver como un don nuestros encuentros con otros hombres, nuestros afectos, todo lo que en ella nos sucede. Sólo se ama auténticamente cuando hay entrega gratuita, no condicionada, no coactada. Sólo el amor gratuito va hasta la raíz de nosotros mismos y hace brotar desde allí un verdadero amor".(2)

Estas palabras, que anunciaban la necesidad de que la teología latinoamericana trabajara adecuadamente la espiritualidad, planteaban también la urgencia de percibir a Dios como alguien cercano y amistoso. Sólo desde esa nueva percepción se posibilitaría un auténtico compromiso con las exigencias humanas. Lamentablemente, no ha sido esa la imagen de Dios que ha prevalecido, lo que se aprecia, según esta línea de análisis, en el escaso compromiso de los cristianos con las luchas humanas.

La gratuidad, expresada en el espíritu del jubileo, se convierte, así, en una vía de acceso a un rostro casi desconocido de Dios, quien ha sido experimentado como represor de los naturales instintos humanos de libertad, justicia y bienestar. De este modo, la imagen de Dios ha estado asociada a los sistemas y regímenes que se benefician con el sometimiento de las personas que suponen que es connatural a Dios la realización de un "orden" inamovible y perfectamente estructurado alrededor de un principio indiscutible de autoridad.(3)

Algo similar ha demostrado Rubem Alves en el ambiente protestante, al estudiar la mentalidad protestante, tan proclive a acatar y promover los principios de la ley y el orden: “Creer en la necesidad de la coerción para disciplinar el cuerpo y hacer la experiencia de la represión en la vida de la comunidad son factores que determinan la forma típicamente protestante de entender la lógica de la vida social. De ahí la tendencia a alinearse siempre del lado de la ley y del orden. Los protestantes tienden a favorecer todas las soluciones que implican el uso de la fuerza o el control de las masas”.(4)

En su estudio sobre "protestantismo y represión", Alves afirma que el proceso de conversión al protestantismo implica la introyección de estos principios a través de un cambio de lenguaje. La moralidad protestante, subraya, ha instrumentado a la disciplina eclesiástica como la manifestación de la subordinación de la gracia a la ley, invirtiendo las bases teológicas de la Reforma pero, sobre todo, violentando severamente la imagen del Dios que "sólo por la gracia" justifica a los seres humanos.(5)

La concepción de Dios como un policía omnipresente es una perversión del Dios gratuito que debe ser jubilada, para que, en su lugar, se recupere la luminosa realidad (revelada) de Dios como un ser lleno de gracia y de perdón. En este sentido apunta la gran intuición bíblica del jubileo, que desenmascara al Dios dominado por la gravedad y la insensibilidad, ese ídolo hecho a imagen y semejanza de los dueños del poder, quienes desean preservar la imagen de un Dios que les ayude a preservar sus privilegios, a costa del sometimiento voluntario (el mejor de todos) de los seres humanos, fundamentado religiosa y teológicamente.

El éxodo bíblico (y sus consecuencias jubilares), es la emergencia violenta del ser y de la protesta del Dios vivo y verdadero, en contra de los dioses deshumanizados y explotadores del Egipto faraónico. La alianza de Dios con el pueblo es el marco en el que la novedad de Dios como (monarca del pueblo) procede de la afirmación vivencial de Dios como liberador.(6) Esta inserción iconoclasta (y antimonárquica) de Dios en la historia humana, manifestada en su voluntad jubilar y encaminada hacia la consecución del bienestar total de la humanidad, y sus resonancias reiteradas en tantos momentos de la revelación bíblica, alcanza su plenitud en Jesucristo y engendra, antes de él, con él y después de él, una espiritualidad arraigada en los ejes concretos y materiales de la realización, así sea fragmentaria, de los ideales jubilares, reflejo y respuesta de las ansias humanas por alcanzar mejores situaciones de vida.

Liberar a la espiritualidad del Dios intolerante y represor para encontrar el rostro más amable del Dios de la gracia es una tarea profética que se sitúa en línea directa con la propuesta jubilar, ese esfuerzo por restaurar los terribles desgarramientos que han establecido como realidades "normales" la injusticia, la desigualdad y la dependencia. Un "orden" así no puede ser más que la voluntad de falsos dioses creados por los beneficiarios del mismo, y que usurpan flagrantemente el lugar del Dios bíblico. Como ha insistido Alves, citando una paráfrasis del tercer mandamiento hecha por Paul Lehmann: "No dirás el nombre de Dios como si eso no hiciese alguna diferencia"(7). La mención del nombre divino en un espíritu contrario al del jubileo, hace violencia no sólo a las crueles realidades humanas, sino que, simultáneamente, irrumpe en el "interior" de Dios y nos devuelve la imagen de un Dios incompatible con la gracia y la misericordia.

2. Jubileo y Espiritualidad en la Experiencia Cristiana de Lucha

Precisamente en el momento de echar mano del nombre y de la realidad divinas como fuente de fortaleza para afrontar la lucha por la vida, es cuando puede constatarse la gran necesidad de participar de una espiritualidad jubilar, es decir, de un universo dinámico de sentido (mística) alrededor de un centro estructurante (Dios) que logre recomponer, simbólica y efectivamente, las anomias personal y social. Dicho en términos piadosos (y por lo tanto, relevantes para la inmensa mayoría de creyentes), se trata de encontrarle a la fe una eficacia verificable en la vida cotidiana, que levante a las personas y les dé la fuerza necesaria para resistir las peores pruebas.

Uno de los principales problemas para el ejercicio de una "espiritualidad sólida", que verdaderamente potencie la fe y la lleve a la realización concreta de logros humanos que puedan calificarse como "cristianos" (es decir, como fruto genuino de una espiritualidad que lleve ese nombre), es la carencia de una clara conciencia de que la fe puede y debe encontrar su verificabilidad histórica en las arenas movedizas del entramado social en el que viven los y las cristianos/as, marcado como está por las difíciles relaciones políticas, económicas, sociales, etc., que lo constituyen.

Los dualismos tan arraigados en la mentalidad evangélica latinoamericana, inciden directamente en la caracterización (mejor sería decir caricaturización) del mundo y/o de la sociedad como un espacio en el que no es posible practicar (resabio de la palabra practicante: en el estilo de los católicos practicantes...) o vivir la espiritualidad cristiana, a menos que se asuma como ingenuidad militante, o sea, como estar prácticamente "fuera de lugar", a causa de la imposibilidad fáctica de hacer visibles las consecuencias del Reino de Dios en el mundo, tal y como está.

Esta "esquizofrenia cristiana" no puede superarse sólo con buenos deseos, ni aligerarse con paliativos que cumplen una función enajenante, por cuanto su raíz última es el profundo grito de la fe por transformar un mundo que se resiste al jubileo, al reino, a la felicidad humana. De ahí que el esfuerzo por salir de dichos dualismos se manifieste primero como una lucha interior que acompaña a las luchas vitales por la sobrevivencia digna, tan despreciadas por los desplantes de falsa superioridad esgrimida por los campeones de la piedad ahistórica, que tanta influencia y aceptación siguen teniendo.(8)

Luchar cristianamente, poseídos por el espíritu del jubileo, implanta en el mundo de lo humano una mística sabática que rebasa la ingenuidad mencionada, puesto que no se trata de ir convenciendo a los explotadores, a los dominadores, o a los dueños del poder, uno a uno, para que se desprendan de lo que tanto esfuerzo les ha costado conseguir, algo que violaría los cánones más elementales de la teoría política. Se trata, más bien, de proseguir, desde los abismos de la impotencia y la agonía, en la feroz confrontación con los valores anti-Reino de Dios, buscando (y creyendo firmemente) vencerlos con el Espíritu de Dios, única arma con que se cuenta para ello.

Lo sabático-jubilar aparece como un recurso para pelear con seguridad en la búsqueda de un orden en el que se consagre (rescate o redima) el tiempo, especialmente para aquellos que ni siquiera el tiempo les pertenece, porque es propiedad del patrón: "Cuando Israel dice que el tiempo es de Dios, está posibilitando que sea para todos los seres humanos el tiempo del amor y de la libertad".(9) O, en palabras de Abraham Heschel, el insigne teólogo y filósofo judío:

¿Qué significa realmente el sábado? Es el recuerdo de la realeza y de la dignidad de cada ser humano. Anula la distinción entre el amo y el esclavo, entre el rico y el pobre, entre el éxito y la derrota. Celebrar el sábado es experimentar la independencia suprema [...] El sábado es una personificación de la creencia de que todos los seres humanos son iguales y de que la igualdad entre las personas demuestra su nobleza. El mayor pecado de un ser humano es olvidar que es un príncipe.(10)

Es justamente la "mística sabática" la que se necesita en todos los ámbitos, porque implica, entre tantas cosas, "que la gente opte por recuperar el sentido de un tiempo más humanizado, que respete más el ritmo [propio] de la vida, que no acepte vivir inhumanamente un día a día que no concede reposo ni ocio".(11) Así pues, el tiempo, dentro de la dinámica jubilar, articula alrededor suyo aspectos fundamentales para la espiritualidad: se trata de rescatar el tiempo, de usarlo para recordar (en las celebraciones y en los actos concretos de restitución), es una oportunidad para convertirse, a la luz del juicio de Dios (en la experiencia de la gratuidad) y, finalmente, es la posibilidad de recomenzar la vida, con un espíritu alegre, lúdico.(12)

Acaso la continuidad, histórica, anímica y espiritual, con la mística de los y las creyentes del pasado, tal y como es enunciada por el anónimo autor de la carta a los Hebreos (cap. 11) en el marco de la esperanza por un reposo (sabático, jubilar) al que es llamado el pueblo de Dios de todas las edades, sea una de las pautas de índole profético y martirial (en los dos sentidos) de esta lucha que, al experimentarse a flor de piel, como la más "material" de las exigencias, unifique por fin al cuerpo y al espíritu de tal manera que los dualismos, tan ajenos al talante de la revelación bíblica, sean sustituidos, poco a poco, por una convergencia ligada a las ansias, nada dualistas, de vivir dignamente y con sentido, en el mundo.

Todo lo anterior remite, desde una perspectiva católica ligada al fin de siglo y de milenio, a la necesidad de aprovechar el jubileo para liberar también a la espiritualidad, de varias de sus ataduras, como son: el miedo por lo que ha de venir, para asumir los nuevos tiempos con creatividad y fantasía; el racionalismo excesivo (que dicho sea de paso, tan poca felicidad ha conseguido para los seres humanos), como ocasión para recuperar las experiencias místicas, pero no en el sentido barato, banal y burdamente sincrético como se ve por todas partes; el machismo eclesiástico, para reivindicar la espiritualidad femenina e integrarla con pleno derecho al gran corpus de la espiritualidad humana.(13)

II. LA UTOPÍA: ESPACIO Y ESPERANZA DE UN MUNDO NUEVO

1. El Mundo Nuevo como Exigencia de la Utopía Cristiana

El jubileo, explicitado en sus componentes concretos de realización cósmica y humana, abarca todas las áreas de la existencia y habla de las enormes posibilidades de vida que tiene todo lo creado. Anuncia, además, la buena voluntad del Creador de no desterrar de su creación los sueños y aquellas cosas que "no tienen lugar todavía" (utopías), pero que movilizan a los corazones y a las conciencias hacia la consecución real e histórica de esos espacios.

La afinidad radical entre la utopía y el espíritu del jubileo no procede de la lucidez con que se atisben la especificidad o la concreción de los sueños por realizarse. Eso mismo sería la negación de las utopías. Se funda más en lo contrario: en la irreductible rebeldía del corazón humano para seguir soñando. Dicho en otros términos: el jubileo sería la utopía del propio Dios que busca realizarse en su creación y que se empata (y/o coincide) con las utopías humanas más profundas, ancestrales, y que se han acumulado por generaciones enteras.

La utopía bíblico-cristiana de los cielos y la tierra nuevos concentra esta afinidad, apuntando hacia una renovación en la que la solidaridad entre lo cósmico y lo humano (perfilada en sus aspectos esenciales por San Pablo) contribuye a la "construcción" de una espiritualidad que rebasa, con mucho, la estrechez meramente religiosa de las expresiones eclesiásticas conocidas. Habría que preguntarse si semejante utopía informa las conciencias de los "miembros" de las iglesias, puesto que el riesgo del maniqueísmo, al atribuir características malignas al mundo (y en él, a la creación), rompe la solidaridad que debería de existir entre aquellos que proceden de las mismas manos creadoras. Tal vez esto ayude a explicar la despiadada agresión de la que es objeto la naturaleza en aras del triunfo de la tecnología.

El mundo nuevo es una exigencia insoslayable de la utopía cristiana, el elemento sine qua non cuya ausencia impediría concebir los rasgos abrahámico-bíblicos de la esperanza que se anuncie a sí misma como cristiana. Una analogía con la propaganda de grupos como los Testigos de Jehová puede ayudar a iluminar este punto: en las ilustraciones tan coloridas (casi siempre dibujos y rara vez fotografías) se ven a familias muy felices, en el campo, haciendo lo mismo de siempre, que disfrutan de una felicidad inenarrable: el discurso conversionista enfatiza la renovación de todas las cosas, pero no menciona la reconciliación futura de los seres humanos con el resto de la creación. Esto quiere decir que en el mundo nuevo promovido de esa manera, los seres humanos continúan siendo los amos del universo, en una relación jerárquica sobre aquella gran realidad que nos rebasa tan ampliamente.

Lo anterior explicaría la causa de la ilusa actitud civilizadora que supone que violentar a la creación, expoliándola y maltratándola, no tiene por qué imponer algún cargo de conciencia: la muda creación debe someterse calladamente ante el genio de sus dominadores exclusivos, los concesionarios de Dios que nunca pondrán en riesgo su sobrevivencia al tratar así a la naturaleza. Lo cierto es que, como bien intuyen los textos bíblicos (al caos del caos previo a las separaciones creadoras), en cualquier momento "ella" podrá deshacerse de los seres humanos para autopurificarse y descansar. Todo esto sin contar el tremendo trauma que significa hablar de los elementos estructurales del pecado de la raza humana contra sí misma (homo homini lupus).

Esto último es lo que permite hablar de lo que Pannikar denomina "espiritualidad de la tierra" o "ecoespiritualidad", es decir, de una actitud que permita sintonizar (y sincronizar) la indignación por las injusticias humanas con las esperanzas por un mundo nuevo y viable, dentro de las coordenadas históricas, las cuales, inmediatamente nos remiten a la conflictividad económica, social y política.

2. Utopía y Esperanza en la Lucha por la Vida

Irónicamente, la utopía, más que la esperanza por supuesto, aparece como un término extraño para la gente que "sólo" lucha por la vida, "en la vida diaria", que vive, como se dice común y literalmente, "al día". Es un refinamiento propio de los teóricos, y es que acaso allí nos den una nueva lección las personas más sencillas, ajenas a la sofisticación: la lucha por la vida conlleva una espiritualidad propia que permite alegrarse y hacer fiesta, gozar y gastar los pocos recursos, solidarizarse y cantar en medio de la precariedad. La lucha por la vida implica su propia esperanza por llegar al día siguiente, por desafiar los obstáculos y vencer el quietismo y la impotencia. La lucha por la vida obliga a la creatividad a surgir y resurgir como un ave fénix cotidiano. Y por allí nos asalta el gusanillo de la resurrección, en una clave escondida...

La utopía y la esperanza en medio de la lucha por la vida no llevan nombres rimbombantes: en la fe popular se expresan más libremente y pueden anular el discurso que las explica con categorías muy racionales. La espiritualidad o las ganas de vivir se anudan y casi no se distinguen. Quién sabe si los resabios cristianos de cinco siglos de antigüedad (algo así como la mediación inconsciente del Espíritu) sigan teniendo algo que ver con el espíritu que anima a las comunidades a moverse y a resucitar todos los días. Por eso esta clave inesperada de la resurrección como núcleo de la espiritualidad casi anónima, le reconoce a la lucha vital un valor que no puede ser menospreciado, y mucho menos desde falsas posturas de superioridad.

La esperanza sostiene y proyecta e incluso podría decirse que predispone para lograr jubileos parciales, casi imperceptibles, en los escasos resquicios que se rescatan en la confrontación con los poderes superiores. La utopía, a su vez, fomenta rebeldías canalizables en formas de organización afectiva que atentan contra la insolidaridad individualista fomentada por el sistema. El individualismo protestante se ha unido a estos procedimientos anuladores de la circularidad colectiva de las utopías, pero ha sido, felizmente, invadido y autoctonizado a través de formas sui géneris de vida comunitaria. Tal vez los circuitos pentecostales sean los que mejor vehiculen esta interacción, pero es innegable que sus aportaciones al interior de la religiosidad evangélica son irreversibles.

De lo anterior se puede suponer que la utopía que antes se proyectaba hasta los cielos más remotos y que propiciaba la disociación de la espiritualidad o de la piedad, con las exaltaciones tan típicas y representativas de lo popular, propias de los pentecostalismos populares, ahora esté pidiendo un "aterrizaje forzoso" en medio de las feroces exigencias planteadas por la exclusión de masas tan grandes de creyentes que, por fin, se están viendo a sí mismos como parte de un tejido social abigarrado, dentro del cual se hallan compartiendo místicas comunes, separadas sólo por el tenue hilo de la de por sí difusa confesionalidad de estos grupos. Y es muy probable que éstos sean los "maestros de la esperanza hecha realidad", algo que posibilita conexiones menos violentas entre la utopía nunca olvidada de que las cosas cambien y sean mejores para quienes nunca han sido siquiera algo favorables

La lucha por la vida es, pues, el dónde de la utopía cristiana que levanta su vuelo para alimentar las esperanzas de pueblos enteros que no se cansan de luchar, de resistir, con aquella "otra lógica" advertida por algunos sociólogos de la religión, que ven en la místicas religiosa un arma con la cual defenderse de la globalización uniformadora y castrante. Porque pretender desactivar las utopías con el cuento del "fin de la historia" es como querer despintar el arco iris.

3. Utopía, Esperanza y Reino de Dios

El Reino de Dios es anunciado por Jesús con un lenguaje y una práctica jubilares. Lejos de discutir sobre cuestiones cronológicas de aparición o de decir que tal anuncio se "montó" sobre la tradición del jubileo, importa señalar en este punto la forma en que Jesús contribuyó a potenciar las esperanzas ancestrales de Israel en la utopía de la venida del Reino de Dios y a universalizarlas.

Partiendo de la libertad como elemento unificador, Sharon Ringe relaciona adecuadamente ambas realidades:

En su raíz, el jubileo tiene que ver con la libertad. Si tomamos el texto de Is 61.1-2 como base, encontramos que tres imágenes principales se unen para caracterizar al jubileo: el anuncio del reino de Dios por un mensajero ungido del Espíritu Santo, la proclamación de las buenas nuevas a los pobres y la declaración de la "liberación" de varias formas de encarcelamiento y esclavitud. Tanto el mensajero como el mensaje señalan el momento crucial en el que la fidelidad a las estructuras, los sistemas y las instituciones que caracterizan al viejo orden debe cambiar y orientarse hacia el nuevo Soberano, cuyo reino está al alcance de la mano. En vez de ofrecer un diseño de lo que será el Reino de Dios, o señales por medio de las cuales se puede reconocer, o pistas acerca del tiempo en que dará inicio, las tradiciones del jubileo muestran lo que sucede cuando los seres humanos tienen un encuentro con la soberanía de Dios.(14)

Si las tradiciones jubilares son el telón de fondo del anuncio del Reino de Dios, queda claro que ambas cosas tienen en común un mismo horizonte utópico, es decir, un espacio simbólico instalado en un conjunto de seres humanos que anhelan la realización de sus esperanzas en un futuro preñado por la actuación divina. La cercanía o lejanía de esta realización no es lo más relevante para nuestro tema, ni tampoco el contenido exacto de dichas esperanzas, sino más bien la intensidad con la que la fe se vincula a la consecución de dichas realizaciones. Podría decirse que el vínculo con aquéllas es justamente la espiritualidad, entendida como el motor o el resorte que conecta y moviliza a las personas para alcanzar ese futuro. Las proyección utópica vehiculada por la espiritualidad acaricia de antemano ese futuro con la ansiedad de quienes están poseídos por él. De ahí que la actuación y el discurso de Jesús hicieron presente el Reino de Dios en la historia y en la vida de sus contemporáneos/as y, al mismo tiempo, lo siguieron proyectando para el futuro, es decir, lo colocaron en la espiritualidad y como la espiritualidad de sus seguidores.

Esta mística del Reino de Dios trae consigo, en todas las épocas posteriores a la actuación histórica de Jesús, la carga jubilar original (utopía, esperanza, restitución real). A esta "continuidad espiritual" es a la que hay que remitirse en el momento en que se busca promover, indefinida y militantemente, la expectación activa por la venida del Reino. Si éste vino en un anticipo vivido por Jesús, viene en la esperanza producida por la espiritualidad cristiana, y vendrá definitivamente en el futuro, el punto crítico es precisamente la espiritualidad cristiana presente, motivo y razón de ser de estas líneas, pero sólo podrá llamarse así si consigue también logros parciales de restitución antes de la plenitud de dicho Reino.

Naturalmente, el párrafo anterior se refiere a la existencia cristiana comunitaria, vista como lugar característico de esta utopía, la cual puede unirse a otras que expresen o concentren aspectos que la comunidad no maneje como más ligados a la afirmación originaria de Jesús. Esta separación de aspectos hay que asumirla como un desviación histórica que las iglesias han perpetuado y que le han hecho creer a la humanidad que no todas las utopías tienen el mismo rango. Pero si se acepta que el Reino de Dios resume los deseos humanos en su totalidad, podremos estar de acuerdo con las siguientes palabras de Alves, acerca de los aperitivos del futuro, de la nostalgia por la venida del Reino, como un hijo en gestación:

¿Aperitivos?
Del futuro nos vienen perfumes,
murmullos de voces,
y el viento nos sirve fragmentos,
sacramentos...
En cada pedazo de pan,
en cada sorbo de vino,
visiones psicodélicas
de otros mundos [...]
Aperitivos:
ojos con brillo de eternidad [...]

Sueños:
nombres de hijos esperados
en medio de la noche [...]

Como aquellos peces que dejan el mar, río arriba, por piedras y cascadas, subiendo, obedeciendo un llamado de amor, hasta las fuentes. Y allí se gesta el futuro: sus hijos que nadarán río abajo, mar adentro.

También nosotros: amamos un tiempo que aún no llega.
Crece dentro de nosotros.
Y nuestros gestos se vuelven bailes/luchas mágicas...
Del futuro, canciones de hace mucho tiempo...
Esperanza: nosotros las oímos...
Fe: nosotros las bailamos...
"Venga tu Reino..."(15)

El futuro se acuna en el interior de los seres humanos y es también, en la espera, la negación de las falsas imágenes de Dios. Su Reino se espera desde lo más hondo del ser, del cuerpo, par que se realice en la tierra, porque Dios la ha designado como su morada:

Que la tierra era el destino de los hombres y las mujeres,
eso ya lo sabía.
Pero ahora sé que ella es también
tu destino.
Se van los altares y los templos:
Tú caminas en medio del jardín.
Sí, Padre, que llegue tu Reino
para que la tierra se revele como una gran sonrisa.(16)

La ansiedad por la venida del Reino "ausente" de Dios, plenitud de los deseos humanos, sirve también para redefinir a la espiritualidad, en el sentido de su orientación "hacia la espera":

Yo sugeriría que la espiritualidad tiene que ver con esto: "vivir en medio de la presencia de una ausencia". Es de ahí que surge todo lo bello que hacemos: el amor, la poesía, los jardines, la música, las revoluciones... Todo. Hacemos estas cosas para completar el pedazo que nos falta. Ah, pedazo de mí, que me arrancaron... Soy espiritual por esto: de mi cuerpo sale una canción, un suspiro, un deseo, una saudade por algo que no encuentro, y pienso que siento, en el Viento, su aroma...

Deseo: somos espirituales por causa del deseo.
El deseo apunta hacia aquello que está ausente.
Y nosotros, seres extraños, somos capaces de vivir por causa de esta ausencia [...]

Espiritualidad: la búsqueda de ese Deseo perdido, deseo de vida, que nos liberará de los deseos de la muerte que nos petrifican...(17)

III. LA ORACIÓN: CONCENTRACIÓN DE LA ESPIRITUALIDAD

El intento por "concentrar" la espiritualidad en la oración no ignora que, si se tiene un concepto amplio de espiritualidad, esto no es posible. Lo que se busca es aprovechar las perspectivas jubilares para tratar de renovar la práctica cotidiana de la oración, en vista de que se encuentra secuestrada por la monotonía, la solemnidad, el dogmatismo y, sobre todo, por la falta de autenticidad y espontaneidad. Estas características se aprecian más en las oraciones litúrgicas, hechas todas en función de los participantes y no del Espíritu que origina y dirige todo esfuerzo humano por encontrarse con Dios en la historia. Siguiendo estas orientaciones, la oración podría entenderse como el "primer paso" de la espiritualidad, en el acompañamiento de la fe que busca actualizarse y verificarse en medio de la lucha cotidiana por la vida, y si a eso le agregamos el espíritu jubilar, podrán encontrarse nuevas perspectivas que ayuden a liberar a la oración de las deficiencias mencionadas.(18)

1. La Oración y la Confianza en Dios: Providencia e Individualidad

Alves exploró, hace casi veinte años, en el seno de la tradición presbiteriana latinoamericana, la gran contradicción que existe entre la creencia dogmática en la predestinación (y, por ende, en la Providencia) y la práctica de la oración, dentro de las mismas coordenadas. Encontró que, con todo y que dicha práctica reproducía el ambiente eclesiástico represivo y autoritario de ese medio, no se anulaba a la oración como expresión profunda de la individualidad y la rebeldía de los y las creyentes, quienes seguían creyendo que por medio de ella podrían transformar los designios divinos, ¡paradójicamente proclamados como inamovibles! Al aproximar ambos lenguajes: el que se remite a Dios, como alguien dogmáticamente inconmovible; y el humano, que proyecta los deseos hacia la dimensión divina con el fin de verse cumplidos, Alves saca a la luz, elocuentemente, la maravillosa contradicción entre Providencia y oración:

En la medida en que los límites de su lenguaje denotan los límites de su mundo, el hombre articula el lenguaje de la Providencia habita un mundo fijo y terminado. Entretanto, este mismo hombre, en ciertos momentos, coloca entre paréntesis el lenguaje indicativo de la Providencia, suspendiéndolo en un silencio provisorio, y articula, en su lugar, el lenguaje desiderativo de la oración.

¿Qué es la oración? Es un lenguaje que expresa un deseo. En ella, el hombre coloca delante de Dios sus angustias y sus aspiraciones más profundas. Y ella estaría totalmente desprovista de sentido si la persona que ora no creyese que su deseo es capaz de modificar el curso de los acontecimientos. En la oración, el hombre intenta abolir el poder del así es por la magia del así debe ser. ¿Cómo explicar que aquél que hacía uso del lenguaje indicativo de la Providencia eche mano, ahora, de otro lenguaje, expresivo del deseo, el lenguaje de la oración?

El creyente podrá explicarlo diciendo que en la oración su deseo siempre está subordinado al deseo de Dios. "Hágase tu voluntad y no la mía". Si es así, cabría preguntar por la función de la expresión de nuestro deseo. ¿No sería más consistente afirmar simplemente "Hágase tu voluntad", sin ninguna referencia a lo que deseamos? Parece que tal explicación realmente no explica nada, porque hace a la oración superflua e innecesaria.(19)

La oración es un vehículo de expresión de los deseos humanos, los cuales pueden ser sintonizados con las utopías divinas para que así, en esa unión potencialmente subversiva, se canalice (y se concentre) la existencia humana creyente en un movimiento volitivo que posibilite, preceda y acompañe la realización de acciones jubilares concretas. Sólo que esto último no será posible mientras la oración siga atada a presupuestos dogmáticos estrechos que limiten la interacción de esos deseos con la gratuidad divina.

Alves ha criticado severamente el espíritu que preside la oración convencional y no permite que lleve a cabo, en la vida y conciencia de los y las fieles, su mayor logro: la suspensión provisional de la Providencia, reflejo directo (aunque siempre simbólico) de la imposición ideológica de un orden divino inconmovible y, por lo tanto, inhumano:

Muchas oraciones son producto de la insensatez de las personas. Piensan que el universo estaría mejor si Dios oyese sus consejos.(20) Piden que Dios les dé pájaros enjaulados, muchos pájaros. En eso los católicos y los protestantes son iguales. No se toman tiempo para escuchar. No saben que la oración es un gemido [...]

Las oraciones y los poemas son la misma cosa: palabras que se pronuncian a partir del silencio, pidiendo que el silencio nos hable.(21)

La oración-gemido es vista de este modo como una protesta genuina contra el orden de cosas prevaleciente, que procede de la más absoluta confianza en el Dios ciertamente providente, pero sumamente atento a los deseos humanos. La oración se radicaliza doblemente, en la libertad para expresarse y en la confianza para esperar una respuesta favorable, de gracia. La oración puede, entonces, interrogarse a sí misma, y ser asumida desde la experiencia de la indefensión, de la precariedad (como plegaria(22)), desde la espontaneidad, desde el silencio. Esta es la vía para abolir tanta palabrería:

Cuando ores
no seas como los artistas de palco:
hablan palabras que no son suyas, de otros,
decoradas,
y sus rostros no son rostros,
sino máscaras.
No quieren oír las palabras propias
(porque son huecos, no las tienen...) [...]

Entra en el silencio,
lejos de los otros
y escucha las palabras que se dirán
después de una larga espera... [...]
Oración, desnudez completa,
palabra que sube desde el fondo oscuro
y revela ... [...]
Entra en el silencio
lejos de las muchas palabras
y escucha la única Palabra
que subirá del fondo del mar.(23)

El silencio surge como una sana terapia para la oración, para prevenir el "asma espiritual":

Dios es como el aire. Cuando la gente está en buenas relaciones con él no es preciso hablar. Pero cuando las gentes están atacadas por el asma, entonces se ponen a gritarle a Dios. Igual que el asmático cuando invoca al aire. Quien habla con Dios todo el tiempo es un asmático espiritual. Por eso muchos andan siempre con Dios atrapado en la Biblia y en otros libros o en cosas parecidas. Sólo que el viento no puede ser encerrado [...]

No creo en la oración en que la gente habla y Dios escucha. Creo más bien en la oración en que la gente se queda quieta para escuchar el silencio y oír la voz que se hace oír en medio de él.(24)

La oración es "como un lapso freudiano: un lenguaje reprimido y prohibido que, a despecho de la prohibición, se hace decir en el interior mismo del lenguaje que lo prohíbe. La oración nos informa que el rebelde aún no ha muerto. La conciencia aún no se ha inclinado, de forma total, a la Providencia. El alma todavía es capaz de expresar sus deseos, en oposición a la fatalidad".(25) La oración recupera a lo humano y a lo divino, desde la libertad de las dos dimensiones y revela "algo sorprendente: un creyente que no cree en la Providencia como causalidad de hierro, y un Dios diferente que acoge los deseos humanos y altera el curso de los eventos".(26)

2. La Oración de Jesús, Oración Jubilar

Este Dios diferente es el que anuncia Jesús en su oración más característica, el Padrenuestro. Siendo una oración pronunciada en el espíritu de proclamación y apropiación de las bondades del Reino de Dios, presupone que el "Dios de Jesús" es aquél Dios afirmado desde la gratuidad absoluta en la experiencia vital de quien sería reconocido como el Hijo de Dios:

Dios aparece en lo cotidiano, en el ritmo natural de la vida y aparece también como algo escatológico, como quien se revelará al final de la historia. Aparece como exigencia al hombre, a la acción clara en favor de los oprimidos, y aparece también como gratuidad, tanto porque está en el origen absoluto como en el futuro del reino. Aparece como cercanía, a quien se puede llamar "Abba", y como misterio santo e inmanipulable, a quien hay que dejar ser Dios. Y hacia el final de la vida de Jesús aparece como presencia y ausencia, como poder e impotencia.(27)

Si bien no es la única oración de Jesús registrada en los evangelios, en el Padrenuestro se condensan algunas resonancias jubilares específicas que lo ligan a la esperanza por el advenimiento del Reino de Dios. Aun cuando no todas sus peticiones pueden ser identificadas con las tradiciones sobre el jubileo,

el énfasis de la oración recae sobre el momento culminante en el que se efectúa el cambio del viejo al nuevo orden. Si bien el reino por el cual se clama es claramente el reino de Dios y no algo que evoluciona a partir de las acciones humanas, su venida tiene consecuencias para los seres humanos y la sociedad. Estas consecuencias incluyen la necesidad de participar en los ritmos de "perdón" y de respuesta a "las buenas nuevas para los pobres" simbolizados en la petición por el pan.(28)

Si es en las peticiones sobre el perdón de deudas y sobre el pan cotidiano, donde las imágenes jubilares son más intensas, la primera de ellas dibuja, una vez más, un nuevo perfil de Dios, de un Dios que no tiene memoria, ni un libro de contabilidad para anotar las deudas. Lo jubilar se manifiesta en que no se trata de ofensas sino de asuntos expresamente económicos,(29) algo que apunta hacia el centro de la cotidianidad humana, porque es allí donde se definen las dependencias que limitan y oprimen la dignidad humana. El aliento del jubileo en esta petición radica en la "dialéctica divino-humana" que compromete a los seres humanos a perdonar las deudas de sus semejantes a fin de poder aspirar al perdón divino. Como reflexiona Alves, dirigiéndose a Dios:

No quiero que nadie me deba nada.

Muchos me buscan, trayendo cosas en la mano y palabras en la boca, para pagarme deudas antiguas. Y me siento mal. Les digo que no me deben nada y les muestro que no hay nada anotado en mi contabilidad. Ni siquiera tengo dónde anotar. La memoria está vacía... Y esto es lo que me duele: que hayan pensado que yo tenía un libro de contabilidad. E imaginar que, todo el tiempo, ellos hubiesen visto, en mis ojos, las cobranzas... "Tú debes, tú debes..." [...]

Es muy bueno volver al lugar donde no se debe nada, lugar de ojos mansos... Allí las personas se miran profundamente, a los ojos, sin temor, sin necesidad de bajar la mirada... [...]

No, no quiero ser deudor. Y tampoco quiero que alguien me deba. Por esto sé, Dios mío, que tú tampoco lo deseas... Acreedores y deudores son esclavos eternos. Solamente los que no tienen nada para recibir o para pagar pueden volar juntos, como amigos [...]

Oh Dios, líbrame de mí mismo, para que pueda ver tu cuerpo manso, que no suma créditos ni deudas, sino que apenas juega...(30)

Este es el espíritu jubilar que debe habitar en la oración de los y las cristianos/as, como raíz de gratuidad, de perdón, de amor y de una espiritualidad que aprenda a situarse dentro de las coordenadas históricas, crudas y exigentes, que demandan acciones cuyo trasfondo no sea otro que aquel que animó a Jesús de Nazaret para actuar como actuó. En esta línea, es preciso no olvidar que muchos/as creyentes humildes, anónimos, marginales, han vivido en este espíritu pero no han alcanzado las marquesinas eclesiales, justamente porque no es la mentalidad dominante en las iglesias, que segregan y ocultan con vergüenza los mejores logros en el seguimiento de Jesús y que, desgraciadamente, no hacen escuela.

3. La Oración Situada en la Lucha por la Vida

Como consecuencia de todo lo anterior, la oración que quiera situarse en la lucha por la vida, entendiéndola como el espacio privilegiado de vivencia de la espiritualidad, deberá estar plenamente informada por los contenidos bíblicos del jubileo, y firmemente arraigada en la esperanza por la venida del Reino de Dios en el mundo. En esta dirección han apuntado varios autores, quienes en su afán por revalorar a la oración, no han dudado en acercarla, a las realidades políticas y sociales.(31) De uno de ellos procede la siguiente afirmación:

Elevar la realidad vivida a palabra densa es lo que podemos llamar oración. Esta no es algo adecuadamente distinto, ni menos separado de la vida real, sino que es la expresión de la vida real ante Dios. Es expresar, densamente, el sentido de una realidad vivida. Como Jesús, orar es decir confiadamente: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" [...]

Esta experiencia de Dios, el encuentro con Dios en la historia y su puesta en palabra en la oración, tiene una dimensión estrictamente personal y también comunitaria. El creyente seguidor de Jesús, que vive en la historia, que la hace y la padece, se encuentra confrontado con la verdad, al vida, la cruz y la esperanza. Todo ello le remite al misterio de Dios.(32)

La "palabra densa" llamada oración brota del centro mismo de la lucha por la vida, desde el lugar en que ésta se encuentra en más riesgo a causa de las asimetrías sociales. Cada lamento, cada gemido, cada protesta que se eleva por encima de los hechos reales, tienen en su núcleo ese potencial espiritual que sólo puede venir de las entrañas de pueblos acostumbrados al sacrificio, a la crucifixión. El valor de una oración situada así no puede medirse únicamente en términos sentimentales, sino estrictamente en la confrontación con lo real, en su capacidad para levantar, desde la fe que se niega a morir, contra toda esperanza, las inquietudes utópicas de pueblos y comunidades enteros que no descansan jamás y que continúan, en la línea de Pablo, orando "sin cesar", respondiendo a las vejaciones y a la ignominia con una voz que, sin negar sus contradicciones intrínsecas, sigue animando y fortaleciendo.

Los y las creyentes pueden reconocerse en la oración como en un espejo que coloca cada cosa en su lugar, porque hablando estrictamente, nada puede sustituir a los momentos de agonía personal o comunitaria en que el Yo humano se planta delante del Tú divino para demandar ben-diciones, buenos dichos de esperanza y aliento concretos para bregar con nuevas fuerzas en las luchas cotidianas con la certeza del acompañamiento del Dios que estalló con tanto coraje en la historia del Éxodo para responder al clamor de su pueblo con acciones históricas de justicia y restitución, y que en Jesús de Nazaret continúa llevando a cabo jubileos verificables que apuntan hacia el más definitivo, el Reino de Dios en la tierra.

La oración cristiana jubilar, como concentración de una espiritualidad situada en la lucha por la vida, es el nombre que los creyentes le dan a la articulación verbal que expresa la creatividad alcanzada en formas más humanas de organización que resistan los embates de las fuerzas enmascaradas detrás de la impersonalidad de las siglas y de la supuesta superación de las nacionalidades y de las especificidades culturales, para que, en nombre de las diferencias y de las necesidades más profundas se busque lugar para un mundo más íntegro y acorde con la voluntad jubilar del Dios de Jesús.

Reunión de mujeres líderes de iglesia, clai
Ixtapan de la Sal, México
29 de enero del 2000


Notas

(1).- C. Maccise, La espiritualidad de la Nueva Evangelización: Desafíos y perspectivas. México, CRT, 1990, p. 3, cit. por J. Saravia, en "Editorial", Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, 13, 1992, p. 6.

(2).- G. Gutiérrez, Teología de la liberación: Perspectivas. Salamanca, Sígueme, 1972, pp. 267-268. Énfasis de L.C.

(3).-A este respecto, son muy iluminadoras las indicaciones de Leonardo Boff, en La Trinidad, la sociedad y la liberación. Madrid, Paulinas, 1987, en donde describe con claridad la relación existente entre los regímenes dictatoriales y la supuesta primacía de Dios-Padre en las relaciones intra-trinitarias. La versión popular de este libro (La Santísima Trinidad es la mejor comunidad. Bogotá, Paulinas, 1991) coloca esta reflexión en un nivel muy accesible para el trabajo con las comunidades.

(4).- R. Alves, "Religión: ¿Opio del pueblo?", en Varios autores, Religión, ¿instrumento de liberación? Trad. de R. Berdagué. Madrid-Barcelona, Marova-Fontanella, 1973, p. 104.

(5).- Cf. R. Alves, Protestantismo e repressão. São Paulo, Ática, 1979, pp. 174-199.

(6).- S. Ringe, Jesús, la liberación y el jubileo bíblico. San José, DEI-SBL, 1996, p. 41.

(7).- R. Alves, Pai Nosso. Meditações. São Paulo, Paulinas, 1987, p. 48.

(8).- Cf. el atinado resumen de dualismos que atentan contra una espiritualidad integral en T. Brun, "Una espiritualidad del jubileo para nuestras iglesias", Conferencia presentada en el Seminario Integrado 1998, UBL, 19 de junio de 1998, pp. 4-7.

(9).- M. Barros, A dança do novo tempo: O novo milénio, o jubileu bíblico e uma espiritualidade ecuménica. São Leopoldo, Sinodal-CEBI-Paulus, 1997, p. 35.

(10).- A. Heschel, Deus em busca do homem. São Paulo, Paulinas, 1975, p. 523, cit. en Idem.

(11).- M. Barros, op. cit., p. 35.

(12).- Ibid, pp. 38-46.

(13).- Ibid, pp. 47-52.

(14).- S. Ringe, op. cit., p. 62. Énfasis de L. C.

(15).- R. Alves, Pai Nosso..., pp. 60-62.

(16).- Ibid, p. 74.

(17).- R. Alves, "Sobre a espiritualidade", en Tempo e presença, 207, abril 1986, p. 31.

(18).- Dentro de la vasta bibliografía dedicada al tema de la crítica y renovación de la oración cristiana, se pueden mencionar: E. Balducci, et al., Un riesgo llamado oración. 3a. ed. Salamanca, Sígueme, 1977. (Pedal, 16); Barros de Souza, Marcelo, "La oración fuerte del lamento y de la resistencia del pueblo de Dios", en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana. San José, Rehue-DEI, 13, 1992, pp. 57-70; L. Boros, Sobre la oración cristiana. Salamanca, Sígueme, 1976. (Pedal, 55); J. Ellul, Prayer and modern man. 3a. reimp. Nueva York, Seabury Press, 1973; L. Evely, Enséñanos a orar. 7a. ed. Salamanca, Sígueme, 1980. (Pedal, 128); Idem, La oración del hombre moderno. 8a. ed. Salamanca, Sígueme, 1982. (Pedal, 19); A. M. García Ordás, Oración en un mundo secularizado. Madrid, Paulinas, 1973. (La Mies, Nueva Serie); D. Rhymes, La oración en la ciudad secular. Salamanca, Sígueme, 1969. (Diálogo-B, 10).

(19).- R. Alves, Protestantismo e repressão, p. 164. Énfasis de L. C.

(20).- Aquí cabe mencionar el librito del poeta costarricense Jorge Debravo (1938-1967), Consejos para Cristo al comenzar el año (1960), en el que aparecen joyas como la siguiente: "Perdona si te doy estos consejos:/ Sabes que lo hago en calidad de amigo./ Yo no quisiera que las gentes hablen/ mal de ti, Cristo./ Por eso te propongo que en este año,/ aún recién nacido,/ vengas a visitarnos con frecuencia/ y nos ayudes a buscar caminos./ Podrías darles lecciones a los curas,/ recordarles lo que es el Cristianismo,/ cambiarles el cerebro a algunos tipos:/ A los políticos/ y a algunos dictadores/ presumidos./ Podrías darles consejos a los padres/ y a los hijos./ También podrías traer algunos panes/ para los mendigos./ En fin, ya tendrás tiempo de ir pensando/ todo lo que hay que hacer en estos sitios". ("Perdona si te doy estos consejos", en Antología mayor. 5a. ed., 1a. reimp. San José, Ed. Costa Rica, 1994, p. 44.) De modo que no es el "espíritu aconsejador" lo negativo, sino la doctrina o la ideología que lo presida.

(21).- R. Alves, "Oração", en Tempo e presença, 290, nov.-dic. 1996, p. 37.

(22).- T. Brun, op. cit., p. 6: "Usamos la palabra 'desarme' como un camino de espiritualidad para la paz. Desarme simboliza conciencia de precariedad, pero resulta interesante que la palabra precariedad, es pariente de la palabra plegaria. Toda genuina plegaria es consciente de su precariedad". Énfasis del original.

(23).- R. Alves, "Siléncio", en Pai Nosso, pp. 9-10.

(24).- R. Alves, "Sobre deuses e rezas", en Tempo e presença, 282, jul.-ago. 1995, p. 31.

(25).- R. Alves, Protestantismo e repressão, p. 165.

(26).- Idem.

(27).- J. Sobrino, La oración de Jesús y del cristiano. México, Centro de Reflexión Teológica, 1981, p. 30.

(28).- S. Ringe, op. cit., p. 126.

(29).- En este sentido, es sumamente rescatable lo que señala F. Hinkelammert, en La deuda externa de América Latina: El automatismo de la deuda. San José, DEI, 1988, pp. 61-65, respecto al tendencioso cambio en las traducciones católicas de esta petición, para hablar del "perdón de las ofensas" en vez del "perdón de las deudas", que impiden la comprensión socio-económica e histórica de los alcances de la oración. Lamentablemente, Hinkelammert no refiere con exactitud el origen de este cambio en las traducciones y falla al señalar que en las iglesias protestantes latinoamericanas se impuso la nueva versión, puesto que en las Biblias que se usan en esos medios la frase siempre ha remitido a las deudas, pero nunca ha incidido de manera directa sobre las conductas de los acreedores lectores. De modo parecido, L. Boff, en su libro sobre el Padrenuestro, se equivoca rotundamente, al seguir el juego de la nueva traducción y referirse únicamente al perdón de las ofensas. Cf. L. Boff, El Padrenuestro: La oración de la liberación integral. 3a. ed. Trad. Teófilo Pérez. Madrid, Paulinas, 1982 [Original portugués, 1979], pp. 115-125.

(30).- R. Alves, "'Meu filho, eu não sei somar...'", en Pai Nosso..., pp. 111, 114-115.

(31).- Entre muchos, hay que mencionar, cronológicamente, las siguientes aportaciones: Frei Betto, Oración en la acción. Buenos Aires, La Aurora, 1982; J. Hernández-Pico, "La oración en los procesos latinoamericanos de liberación", en E. Bonnín, ed., Espiritualidad y liberación en América Latina. San José, DEI, 1982, pp. 115-132; E. Castro, When We Pray Together. Ginebra, WCC Publications, 1989; J. Sobrino, "Espiritualidad y seguimiento de Jesús", en I. Ellacuría y J. Sobrino, eds., Mysterium Liberationis: Conceptos fundamentales de teología de la liberación. T. II. San Salvador, UCA, 1991, pp. 449-476.

(32).- J. Sobrino, "Espiritualidad y seguimiento de Jesús", p. 473.


BIBLIOGRAFÍA

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