Exhortación
Apostólica postsindodal "Ecclesia in América"
del Santo Padre Juan Pablo II a los obispos, presbíteros
y diáconos,
consagrados y consagradas, y a todos los fieles laicos
sobre el encuentro con Jesucristo Vivo,
camino para la conversión, la comunión y la solidaridad
en América
JUAN PABLO II
INTRODUCCIÓN
1. La Iglesia en América, llena de
gozo por la fe recibida y dando gracias a Cristo por este inmenso
don, ha celebrado hace poco el quinto centenario del comienzo de la
predicación del Evangelio en sus tierras. Esta
conmemoración ayudó a los católicos americanos a
ser más conscientes del deseo de Cristo de encontrarse con los
habitantes del llamado Nuevo Mundo para incorporarlos a su Iglesia y
hacerse presente de este modo en la historia del Continente. La
evangelización de América no es sólo un don del
Señor, sino también fuente de nuevas responsabilidades.
Gracias a la acción de los evangelizadores a lo largo y ancho
de todo el Continente han nacido de la Iglesia y del Espíritu
innumerables hijos.1 En sus corazones, tanto en el pasado como en el
presente, continúan resonando las palabras del Apóstol:
"Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de
gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de
mí si no predicara el Evangelio!" (1 Co 9, 16). Este deber se
funda en el mandato del Señor resucitado a los
Apóstoles antes de su Ascensión al cielo: "Proclamad la
Buena Nueva a toda la creación" (Mc 16, 15).
Este mandato se dirige a la Iglesia entera,
y la Iglesia en América, en este preciso momento de su
historia, está llamada a acogerlo y responder con amorosa
generosidad a su misión fundamental evangelizadora. Lo
subrayaba en Bogotá mi predecesor Pablo VI, el primer Papa que
visitó América: "Corresponderá a nosotros, en
cuanto representantes tuyos, [Señor Jesús] y
administradores de tus divinos misterios (cf. 1 Co 4, 1; 1 P 4, 10),
difundir los tesoros de tu palabra, de tu gracia, de tus ejemplos
entre los hombres".2 El deber de la evangelización es una
urgencia de caridad para el discípulo de Cristo: "El amor de
Cristo nos apremia" (2 Co 5, 14), afirma el apóstol Pablo,
recordando lo que el Hijo de Dios hizo por nosotros con su sacrificio
redentor: "Uno murió por todos [...], para que ya no
vivan para sí los que viven, sino para aquel que murió
y resucitó por ellos" (2 Co 5, 14-15).
La conmemoración de ciertas fechas
especialmente evocadoras del amor de Cristo por nosotros suscita en
el ánimo, junto con el agradecimiento, la necesidad de
"anunciar las maravillas de Dios", es decir, la necesidad de
evangelizar. Así, el recuerdo de la reciente
celebración de los quinientos años de la llegada del
mensaje evangélico a América, esto es, del momento en
que Cristo llamó a América a la fe, y el cercano
Jubileo con que la Iglesia celebrará los 2000 años de
la Encarnación del Hijo de Dios, son ocasiones privilegiadas
en las que, de manera espontánea, brota del corazón con
más fuerza nuestra gratitud hacia el Señor. Consciente
de la grandeza de estos dones recibidos, la Iglesia peregrina en
América desea hacer partícipe de las riquezas de la fe
y de la comunión en Cristo a toda la sociedad y a cada uno de
los hombres y mujeres que habitan en el suelo americano.
La idea de celebrar esta Asamblea
sinodal
2. Precisamente el mismo día en que
se cumplían los quinientos años del comienzo de la
evangelización de América, el 12 de octubre de 1992,
con el deseo de abrir nuevos horizontes y dar renovado impulso a la
evangelización, en la alocución con la que
inauguré los trabajos de la IV Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano en Santo Domingo, hice la propuesta de un
encuentro sinodal "en orden a incrementar la cooperación entre
las diversas Iglesias particulares" para afrontar juntas, dentro del
marco de la nueva evangelización y como expresión de
comunión episcopal, "los problemas relativos a la justicia y
la solidaridad entre todas las Naciones de América".3 La
acogida positiva que los Episcopados de América dieron a esta
propuesta, me permitió anunciar en la Carta apostólica
Tertio millennio adveniente el propósito de convocar una
asamblea sinodal "sobre la problemática de la nueva
evangelización en las dos partes del mismo Continente, tan
diversas entre sí por su origen y su historia, y sobre la
cuestión de la justicia y de las relaciones económicas
internacionales, considerando la enorme desigualdad entre el Norte y
el Sur".4 Entonces se iniciaron los trabajos preparatorios
propiamente dichos, hasta llegar a la Asamblea Especial del
Sínodo de los Obispos para América, celebrada en el
Vaticano del 16 de noviembre al 12 de diciembre de 1997.
El tema de la Asamblea
3. En coherencia con la idea inicial, y
oídas las sugerencias del Consejo presinodal, viva
expresión del sentir de muchos Pastores del pueblo de Dios en
el Continente americano, enuncié el tema de la Asamblea
Especial del Sínodo para América en los siguientes
términos: "Encuentro con Jesucristo vivo, camino para la
conversión, la comunión y la solidaridad en
América". El tema así formulado expresa claramente la
centralidad de la persona de Jesucristo resucitado, presente en la
vida de la Iglesia, que invita a la conversión, a la
comunión y a la solidaridad. El punto de partida de este
programa evangelizador es ciertamente el encuentro con el
Señor. El Espíritu Santo, don de Cristo en el misterio
pascual, nos guía hacia las metas pastorales que la Iglesia en
América ha de alcanzar en el tercer milenio
cristiano.
La celebración de la Asamblea como
experiencia de encuentro
4. La experiencia vivida durante la Asamblea
tuvo, sin duda, el carácter de un encuentro con el
Señor. Recuerdo gustoso, de modo especial, las dos
concelebraciones solemnes que presidí en la Basílica de
San Pedro para la inauguración y para la clausura de los
trabajos de la Asamblea. El encuentro con el Señor resucitado,
verdadera, real y substancialmente presente en la Eucaristía,
constituyó el clima espiritual que permitió que todos
los Obispos de la Asamblea sinodal se reconocieran, no sólo
como hermanos en el Señor, sino también como miembros
del Colegio episcopal, deseosos de seguir, presididos por el Sucesor
de Pedro, las huellas del Buen Pastor, sirviendo a la Iglesia que
peregrina en todas las regiones del Continente. Fue evidente para
todos la alegría de cuantos participaron en la Asamblea, al
descubrir en ella una ocasión excepcional de encuentro con el
Señor, con el Vicario de Cristo, con tantos Obispos,
sacerdotes, consagrados y laicos venidos de todas las partes del
Continente.
Sin duda, ciertos factores previos
contribuyeron, de modo mediato pero eficaz, a asegurar este clima de
encuentro fraterno en la Asamblea sinodal. En primer lugar, deben
señalarse las experiencias de comunión vividas
anteriormente en las Asambleas Generales del Episcopado
Latinoamericano en Río de Janeiro (1955), Medellín
(1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992). En ellas los Pastores
de la Iglesia en América Latina reflexionaron juntos como
hermanos sobre las cuestiones pastorales más apremiantes en
esa región del Continente. A estas Asambleas deben
añadirse las reuniones periódicas interamericanas de
Obispos, en las cuales los participantes tienen la posibilidad de
abrirse al horizonte de todo el Continente, dialogando sobre los
problemas y desafíos comunes que afectan a la Iglesia en los
países americanos.
Contribuir a la unidad del
Continente
5. En la primera propuesta que hice en Santo
Domingo, sobre la posibilidad de celebrar una Asamblea Especial del
Sínodo, señalé que "la Iglesia, ya a las puertas
del tercer milenio cristiano y en unos tiempos en que han
caído muchas barreras y fronteras ideológicas, siente
como un deber ineludible unir espiritualmente aún más a
todos los pueblos que forman este gran Continente y, a la vez, desde
la misión religiosa que le es propia, impulsar un
espíritu solidario entre todos ellos".5 Los elementos comunes
a todos los pueblos de América, entre los que sobresale una
misma identidad cristiana así como también una
auténtica búsqueda del fortalecimiento de los lazos de
solidaridad y comunión entre las diversas expresiones del rico
patrimonio cultural del Continente, son el motivo decisivo por el que
quise que la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos
dedicara sus reflexiones a América como una realidad
única. La opción de usar la palabra en singular
quería expresar no sólo la unidad ya existente bajo
ciertos aspectos, sino también aquel vínculo más
estrecho al que aspiran los pueblos del Continente y que la Iglesia
desea favorecer, dentro del campo de su propia misión dirigida
a promover la comunión de todos en el Señor.
En el contexto de la nueva
evangelización
6. En la perspectiva del Gran Jubileo del
año 2000 he querido que tuviera lugar una Asamblea Especial
del Sínodo de los Obispos para cada uno de los cinco
Continentes: tras las dedicadas a África (1994),
América (1997), Asia (1998) y, muy recientemente,
Oceanía (1998), en este año de 1999 con la ayuda del
Señor se celebrará una nueva Asamblea Especial para
Europa. De este modo, durante el año jubilar, será
posible una Asamblea General Ordinaria que sintetice y saque las
conclusiones de los ricos materiales que las diversas Asambleas
continentales han ido aportando. Esto será posible por el
hecho de que en todos estos Sínodos ha habido preocupaciones
semejantes y centros comunes de interés. En este sentido,
refiriéndome a esta serie de Asambleas sinodales, he
señalado cómo en todas "el tema de fondo es el de la
evangelización, mejor todavía, el de la nueva
evangelización, cuyas bases fueron fijadas por la
Exhortación Apostólica Evangelii nuntiandi de Pablo
VI".6 Por ello, tanto en mi primera indicación sobre la
celebración de esta Asamblea Especial del Sínodo como
más tarde en su anuncio explícito, una vez que todos
los Episcopados de América hicieron suya la idea,
indiqué que sus deliberaciones habrían de discurrir
"dentro del marco de la nueva evangelización",7 afrontando los
problemas sobresalientes de la misma.8
Esta preocupación era más
obvia ya que yo mismo había formulado el primer programa de
una nueva evangelización en suelo americano. En efecto, cuando
la Iglesia en toda América se preparaba para recordar los
quinientos años del comienzo de la primera
evangelización del Continente, hablando al Consejo Episcopal
Latinoamericano (CELAM) en Puerto Príncipe (Haití)
afirmé: "La conmemoración del medio milenio de
evangelización tendrá su significación plena si
es un compromiso vuestro como Obispos, junto con vuestro presbiterio
y fieles; compromiso, no de reevangelización, pero sí
de una evangelización nueva. Nueva en su ardor, en sus
métodos, en su expresión".9 Más tarde
invité a toda la Iglesia a llevar a cabo esta
exhortación, aunque el programa evangelizador, al extenderse a
la gran diversidad que presenta hoy el mundo entero, debe
diversificarse según dos situaciones claramente diferentes: la
de los países muy afectados por el secularismo y la de
aquellos otros donde "todavía se conservan muy vivas las
tradiciones de piedad y de religiosidad popular cristiana".10 Se
trata, sin duda, de dos situaciones presentes, en grado diverso, en
diferentes países o, quizás mejor, en diversos
ambientes concretos dentro de los países del Continente
americano.
Con la presencia y la ayuda del
Señor
7. El mandato de evangelizar, que el
Señor resucitado dejó a su Iglesia, va
acompañado por la seguridad, basada en su promesa, de que
Él sigue viviendo y actuando entre nosotros: "He aquí
que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo" (Mt 28, 20). Esta presencia misteriosa de Cristo en su Iglesia
es la garantía de su éxito en la realización de
la misión que le ha sido confiada. Al mismo tiempo, esa
presencia hace también posible nuestro encuentro con
Él, como Hijo enviado por el Padre, como Señor de la
Vida que nos comunica su Espíritu. Un encuentro renovado con
Jesucristo hará conscientes a todos los miembros de la Iglesia
en América de que están llamados a continuar la
misión del Redentor en esas tierras.
El encuentro personal con el Señor, si es auténtico, llevará
también consigo la renovación eclesial: las Iglesias particulares
del Continente, como Iglesias hermanas y cercanas entre sí, acrecentarán
los vínculos de cooperación y solidaridad para prolongar y hacer
más viva la obra salvadora de Cristo en la historia de América.
En una actitud de apertura a la unidad, fruto de una verdadera comunión
con el Señor resucitado, las Iglesias particulares, y en ellas cada uno
de sus miembros, descubrirán, a través de la propia experiencia
espiritual que el "encuentro con Jesucristo vivo" es "camino para la conversión,
la comunión y la solidaridad". Y, en la medida en que estas metas vayan
siendo alcanzadas, será posible una dedicación cada vez mayor
a la nueva evangelización de América.
CAPÍTULO I
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO VIVO
"Hemos encontrado al Mesías" (Jn 1, 41)
Los encuentros con el Señor en el
Nuevo Testamento
8. Los Evangelios relatan numerosos
encuentros de Jesús con hombres y mujeres de su tiempo. Una
característica común a todos estos episodios es la
fuerza transformadora que tienen y manifiestan los encuentros con
Jesús, ya que "abren un auténtico proceso de
conversión, comunión y solidaridad".11 Entre los
más significativos está el de la mujer samaritana (cf.
Jn 4, 5-42). Jesús la llama para saciar su sed, que no era
sólo material, pues, en realidad, "el que pedía beber,
tenía sed de la fe de la misma mujer".12 Al decirle, "dame de
beber" (Jn 4, 7), y al hablarle del agua viva, el Señor
suscita en la samaritana una pregunta, casi una oración, cuyo
alcance real supera lo que ella podía comprender en aquel
momento: "Señor, dame de esa agua, para que no tenga
más sed" (Jn 4, 15). La samaritana, aunque "todavía no
entendía",13 en realidad estaba pidiendo el agua viva de que
le hablaba su divino interlocutor. Al revelarle Jesús su
mesianidad (cf. Jn 4, 26), la samaritana se siente impulsada a
anunciar a sus conciudadanos que ha descubierto el Mesías (cf.
Jn 4, 28-30). Así mismo, cuando Jesús encuentra a
Zaqueo (cf. Lc 19, 1-10) el fruto más preciado es su
conversión: éste, consciente de las injusticias que ha
cometido, decide devolver con creces &emdash;"el
cuádruple"&emdash; a quienes había defraudado.
Además, asume una actitud de desprendimiento de las cosas
materiales y de caridad hacia los necesitados, que lo lleva a dar a
los pobres la mitad de sus bienes.
Una mención especial merecen los
encuentros con Cristo resucitado narrados en el Nuevo Testamento.
Gracias a su encuentro con el Resucitado, María Magdalena
supera el desaliento y la tristeza causados por la muerte del Maestro
(cf. Jn 20, 11-18). En su nueva dimensión pascual,
Jesús la envía a anunciar a los discípulos que
Él ha resucitado (cf. Jn 20, 17). Por este hecho se ha llamado
a María Magdalena "la apóstol de los
apóstoles".14 Por su parte, los discípulos de
Emaús, después de encontrar y reconocer al Señor
resucitado, vuelven a Jerusalén para contar a los
apóstoles y a los demás discípulos lo que les
había sucedido (cf. Lc 24, 13-35). Jesús, "empezando
por Moisés y continuando por todos los profetas, les
explicó lo que había sobre él en todas las
Escrituras" (Lc 24, 27). Los dos discípulos
reconocerían más tarde que su corazón
ardía mientras el Señor les hablaba en el camino
explicándoles las Escrituras (cf. Lc 24, 32). No hay duda de
que san Lucas al narrar este episodio, especialmente el momento
decisivo en que los dos discípulos reconocen a Jesús,
hace una alusión explícita a los relatos de la
institución de la Eucaristía, es decir, al modo como
Jesús actuó en la Última Cena (cf. Lc 24, 30).
El evangelista, para relatar lo que los discípulos de
Emaús cuentan a los Once, utiliza una expresión que en
la Iglesia naciente tenía un significado eucarístico
preciso: "Le habían conocido en la fracción del pan"
(Lc 24, 35).
Entre los encuentros con el Señor
resucitado, uno de los que han tenido un influjo decisivo en la
historia del cristianismo es, sin duda, la conversión de
Saulo, el futuro Pablo y apóstol de los gentiles, en el camino
de Damasco. Allí tuvo lugar el cambio radical de su
existencia, de perseguidor a apóstol (cf. Hch 9, 3-30; 22,
6-11; 26, 12-18). El mismo Pablo habla de esta extraordinaria
experiencia como de una revelación del Hijo de Dios "para que
le anunciase entre los gentiles" (Ga 1, 16).
La invitación del Señor
respeta siempre la libertad de los que llama. Hay casos en que el
hombre, al encontrarse con Jesús, se cierra al cambio de vida
al que Él lo invita. Fueron numerosos los casos de
contemporáneos de Jesús que lo vieron y oyeron, y, sin
embargo, no se abrieron a su palabra. El Evangelio de san Juan
señala el pecado como la causa que impide al ser humano
abrirse a la luz que es Cristo: "Vino la luz al mundo y los hombres
amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran
malas" (Jn 3, 19). Los textos evangélicos enseñan que
el apego a las riquezas es un obstáculo para acoger el llamado
a un seguimiento generoso y pleno de Jesús. Típico es,
a este respecto, el caso del joven rico (cf. Mt 19, 16-22; Mc 10,
17-22; Lc 18, 18-23).
Encuentros personales y encuentros
comunitarios
9. Algunos encuentros con Jesús,
narrados en los Evangelios, son claramente personales como, por
ejemplo, las llamadas vocacionales (cf. Mt 4, 19; 9, 9; Mc 10, 21; Lc
9, 59). En ellos Jesús trata con intimidad a sus
interlocutores: "Rabbí &emdash;que quiere decir
"Maestro"&emdash; ¿dónde vives?" [...] "Venid y
lo veréis" (Jn 1, 38-39). Otras veces, en cambio, los
encuentros tienen un carácter comunitario. Así son, en
concreto, los encuentros con los Apóstoles, que tienen una
importancia fundamental para la constitución de la Iglesia. En
efecto, los Apóstoles, elegidos por Jesús de entre un
grupo más amplio de discípulos (cf. Mc 3, 13-19; Lc 6,
12-16), son objeto de una formación especial y de una
comunicación más íntima. A la multitud
Jesús le habla en parábolas que sólo explica a
los Doce: "Es que a vosotros se os ha dado a conocer los misterios
del Reino de los Cielos, pero a ellos no" (Mt 13, 11). Los
Apóstoles están llamados a ser los anunciadores de la
Buena Nueva y a desarrollar una misión especial para edificar
la Iglesia con la gracia de los Sacramentos. Para este fin, reciben
la potestad necesaria: les da el poder de perdonar los pecados
apelando a la plenitud de ese mismo poder en el cielo y en la tierra
que el Padre le ha dado (cf. Mt 28, 18). Ellos serán los
primeros en recibir el don del Espíritu Santo (cf. Hch 2,
1-4), don que recibirán más tarde quienes se incorporen
a la Iglesia por los sacramentos de la iniciación cristiana
(cf. Hch 2, 38).
El encuentro con Cristo en el tiempo de la
Iglesia
10. La Iglesia es el lugar donde los
hombres, encontrando a Jesús, pueden descubrir el amor del
Padre: en efecto, el que ha visto a Jesús ha visto al Padre
(cf. Jn 14, 9). Jesús, después de su ascensión
al cielo, actúa mediante la acción poderosa del
Paráclito (cf. Jn 16, 7), que transforma a los creyentes
dándoles la nueva vida. De este modo ellos llegan a ser
capaces de amar con el mismo amor de Dios, "que ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado"
(Rm 5, 5). La gracia divina prepara, además, a los cristianos
a ser agentes de la transformación del mundo, instaurando en
él una nueva civilización, que mi predecesor Pablo VI
llamó justamente "civilización del amor".15
En efecto, "el Verbo de Dios, asumiendo en
todo la naturaleza humana menos en el pecado (cf. Hb 4, 11),
manifiesta el plan del Padre, de revelar a la persona humana el modo
de llegar a la plenitud de su propia vocación [...]
Así, Jesús no sólo reconcilia al hombre con
Dios, sino que lo reconcilia también consigo mismo,
revelándole su propia naturaleza".16 Con estas palabras los
Padres sinodales, en la línea del Concilio Vaticano II, han
reafirmado que Jesús es el camino a seguir para llegar a la
plena realización personal, que culmina en el encuentro
definitivo y eterno con Dios. "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.
Nadie va al Padre sino por mí" (Jn 14, 6). Dios nos
"predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera
él el primogénito entre muchos hermanos" (Rm 8, 29).
Jesucristo es, pues, la respuesta definitiva a la pregunta sobre el
sentido de la vida y a los interrogantes fundamentales que asedian
también hoy a tantos hombres y mujeres del continente
americano.
Por medio de María encontramos a
Jesús
11. Cuando nació Jesús, los
magos de Oriente acudieron a Belén y "vieron al Niño
con María su Madre" (Mt 2, 11). Al inicio de la vida
pública, en las bodas de Caná, cuando el Hijo de Dios
realizó el primero de sus signos, suscitando la fe de los
discípulos (Jn 2, 11), es María la que interviene y
orienta a los servidores hacia su Hijo con estas palabras: "Haced lo
que él os diga" (Jn 2, 5). A este respecto, he escrito en otra
ocasión: "La Madre de Cristo se presenta ante los hombres como
portavoz de la voluntad del Hijo, indicadora de aquellas exigencias
que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder
salvífico del Mesías".17 Por eso, María es un
camino seguro para encontrar a Cristo. La piedad hacia la Madre del
Señor, cuando es auténtica, anima siempre a orientar la
propia vida según el espíritu y los valores del
Evangelio.
¿Cómo no poner de relieve el
papel que la Virgen tiene respecto a la Iglesia peregrina en
América, en camino al encuentro con el Señor? En
efecto, la Santísima Virgen, "de manera especial, está
ligada al nacimiento de la Iglesia en la historia de [...]
los pueblos de América, que por María llegaron al
encuentro con el Señor".18
En todas las partes del Continente la
presencia de la Madre de Dios ha sido muy intensa desde los
días de la primera evangelización, gracias a la labor
de los misioneros. En su predicación, "el Evangelio ha sido
anunciado presentando a la Virgen María como su
realización más alta. Desde los orígenes
&emdash;en su advocación de Guadalupe&emdash; María
constituyó el gran signo, de rostro maternal y misericordioso,
de la cercanía del Padre y de Cristo, con quienes ella nos
invita a entrar en comunión".19
La aparición de María al indio
Juan Diego en la colina del Tepeyac, el año 1531, tuvo una
repercusión decisiva para la evangelización.20 Este
influjo va más allá de los confines de la nación
mexicana, alcanzando todo el Continente. Y América, que
históricamente ha sido y es crisol de pueblos, ha reconocido
"en el rostro mestizo de la Virgen del Tepeyac, [...] en
Santa María de Guadalupe, [...] un gran ejemplo de
evangelización perfectamente inculturada".21 Por eso, no
sólo en el Centro y en el Sur, sino también en el Norte
del Continente, la Virgen de Guadalupe es venerada como Reina de toda
América.22
A lo largo del tiempo ha ido creciendo cada
vez más en los Pastores y fieles la conciencia del papel
desarrollado por la Virgen en la evangelización del
Continente. En la oración compuesta
para la Asamblea Especial del Sínodo
de los Obispos para América, María Santísima de
Guadalupe es invocada como "Patrona de toda América y Estrella
de la primera y de la nueva evangelización". En este sentido,
acojo gozoso la propuesta de los Padres sinodales de que el
día 12 de diciembre se celebre en todo el Continente la fiesta
de Nuestra Señora de Guadalupe, Madre y Evangelizadora de
América.23 Abrigo en mi corazón la firme esperanza de
que ella, a cuya intercesión se debe el fortalecimiento de la
fe de los primeros discípulos (cf. Jn 2, 11), guíe con
su intercesión maternal a la Iglesia en este Continente,
alcanzándole la efusión del Espíritu Santo como
en la Iglesia naciente (cf. Hch 1, 14), para que la nueva
evangelización produzca un espléndido florecimiento de
vida cristiana.
Lugares de encuentro con Cristo
12. Contando con el auxilio de María,
la Iglesia en América desea conducir a los hombres y mujeres
de este Continente al encuentro con Cristo, punto de partida para una
auténtica conversión y para una renovada
comunión y solidaridad. Este encuentro contribuirá
eficazmente a consolidar la fe de muchos católicos, haciendo
que madure en fe convencida, viva y operante.
Para que la búsqueda de Cristo
presente en su Iglesia no se reduzca a algo meramente abstracto, es
necesario mostrar los lugares y momentos concretos en los que, dentro
de la Iglesia, es posible encontrarlo. La reflexión de los
Padres sinodales a este respecto ha sido rica en sugerencias y
observaciones.
Ellos han señalado, en primer lugar,
"la Sagrada Escritura leída a la luz de la Tradición,
de los Padres y del Magisterio, profundizada en la meditación
y la oración".24 Se ha recomendado fomentar el conocimiento de
los Evangelios, en los que se proclama, con palabras
fácilmente accesibles a todos, el modo como Jesús
vivió entre los hombres. La lectura de estos textos sagrados,
cuando se escucha con la misma atención con que las multitudes
escuchaban a Jesús en la ladera del monte de las
Bienaventuranzas o en la orilla del lago de Tiberíades
mientras predicaba desde la barca, produce verdaderos frutos de
conversión del corazón.
Un segundo lugar para el encuentro con
Jesús es la sagrada Liturgia.25 Al Concilio Vaticano II
debemos una riquísima exposición de las
múltiples presencias de Cristo en la Liturgia, cuya
importancia debe llevar a hacer de ello objeto de una constante
predicación: Cristo está presente en el celebrante que
renueva en el altar el mismo y único sacrificio de la Cruz;
está presente en los Sacramentos en los que actúa su
fuerza eficaz. Cuando se proclama su palabra, es Él mismo
quien nos habla. Está presente además en la comunidad,
en virtud de su promesa: "Donde están dos o tres reunidos en
mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18, 20).
Está presente "sobre todo bajo las especies
eucarísticas".26 Mi predecesor Pablo VI creyó necesario
explicar la singularidad de la presencia real de Cristo en la
Eucaristía, que "se llama "real" no por exclusión, como
si las otras presencias no fueran "reales", sino por antonomasia,
porque es substancial".27 Bajo las especies de pan y vino, "Cristo
todo entero está presente en su "realidad física"
aún corporalmente".28
La Escritura y la Eucaristía, como lugares de encuentro con Cristo,
están sugeridas en el relato de la aparición del Resucitado a
los dos discípulos de Emaús. Además, el texto del Evangelio
sobre el juicio final (cf. Mt 25, 31-46), en el que se afirma que seremos juzgados
sobre el amor a los necesitados, en quienes misteriosamente está presente
el Señor Jesús, indica que no se debe descuidar un tercer lugar
de encuentro con Cristo: "Las personas, especialmente los pobres, con los que
Cristo se identifica".29 Como recordaba el Papa Pablo VI, al clausurar el Concilio
Vaticano II, "en el rostro de cada hombre, especialmente si se ha hecho transparente
por sus lágrimas y por sus dolores, podemos y debemos reconocer el rostro
de Cristo (cf. Mt 25, 40), el Hijo del hombre".30
CAPÍTULO II
EL ENCUENTRO CON JESUCRISTO EN EL HOY DE AMÉRICA
"A quien se le dio mucho, se le reclamará mucho" (Lc 12, 48)
Situación de los hombres y mujeres de
América y su encuentro con el Señor
13. En los Evangelios se narran encuentros
con Cristo de personas en situaciones muy diferentes. A veces se
trata de situaciones de pecado, que dejan entrever la necesidad de la
conversión y del perdón del Señor. En otras
circunstancias se dan actitudes positivas de búsqueda de la
verdad, de auténtica confianza en Jesús, que llevan a
establecer una relación de amistad con Él, y que
estimulan el deseo de imitarlo. No pueden olvidarse tampoco los dones
con los que el Señor prepara a algunos para un encuentro
posterior. Así Dios, haciendo a María "llena de gracia"
(Lc 1, 28) desde el primer momento, la preparó para que en
ella tuviera lugar el más importante encuentro divino con la
naturaleza humana: el misterio inefable de la
Encarnación.
Como los pecados y las virtudes sociales no
existen en abstracto, sino que son el resultado de actos
personales,31 es necesario tener presente que América es hoy
una realidad compleja, fruto de las tendencias y modos de proceder de
los hombres y mujeres que lo habitan. En esta situación real y
concreta es donde ellos han de encontrarse con
Jesús.
Identidad cristiana de
América
14. El mayor don que América ha
recibido del Señor es la fe, que ha ido forjando su identidad
cristiana. Hace ya más de quinientos años que el nombre
de Cristo comenzó a ser anunciado en el Continente. Fruto de
la evangelización, que ha acompañado los movimientos
migratorios desde Europa, es la fisonomía religiosa americana,
impregnada de los valores morales que, si bien no siempre se han
vivido coherentemente y en ocasiones se han puesto en
discusión, pueden considerarse en cierto modo patrimonio de
todos los habitantes de América, incluso de quienes no se
identifican con ellos. Es claro que la identidad cristiana de
América no puede considerarse como sinónimo de
identidad católica. La presencia de otras confesiones
cristianas en grado mayor o menor en diferentes partes de
América, hace especialmente urgente el compromiso
ecuménico, para buscar la unidad entre todos los creyentes en
Cristo.32
Frutos de santidad
15. La expresión y los mejores frutos
de la identidad cristiana de América son sus santos. En ellos,
el encuentro con Cristo vivo "es tan profundo y comprometido
[...] que se convierte en fuego que lo consume todo, e
impulsa a construir su Reino, a hacer que Él y la nueva
alianza sean el sentido y el alma de [...] la vida personal y
comunitaria".33 América ha visto florecer los frutos de la
santidad desde los comienzos de su evangelización. Este es el
caso de santa Rosa de Lima (1586-1617), "la primera flor de santidad
en el Nuevo Mundo", proclamada patrona principal de América en
1670 por el Papa Clemente X.34 Después de ella, el santoral
americano se ha ido incrementando hasta alcanzar su amplitud
actual.35 Las beatificaciones y canonizaciones, con las que no pocos
hijos e hijas del Continente han sido elevados al honor de los
altares, ofrecen modelos heroicos de vida cristiana en la diversidad
de estados de vida y de ambientes sociales. La Iglesia, al
beatificarlos o canonizarlos, ve en ellos a poderosos intercesores
unidos a Jesucristo, sumo y eterno Sacerdote, mediador entre Dios y
los hombres. Los Beatos y Santos de América acompañan
con solicitud fraterna a los hombres y mujeres de su tierra que,
entre gozos y sufrimientos, caminan hacia el encuentro definitivo con
el Señor.36 Para fomentar cada vez más su
imitación y para que los fieles recurran de una manera
más frecuente y fructuosa a su intercesión, considero
muy oportuna la propuesta de los Padres sinodales de preparar "una
colección de breves biografías de los Santos y Beatos
americanos. Esto puede iluminar y estimular en América la
respuesta a la vocación universal a la santidad".37
Entre sus Santos, "la historia de la
evangelización de América reconoce numerosos
mártires, varones y mujeres, tanto Obispos, como
presbíteros, religiosos y laicos, que con su sangre regaron
[...] [estas] naciones. Ellos, como nube de testigos
(cf. Hb 12, 1), nos estimulan para que asumamos hoy, sin temor y
ardorosamente, la nueva evangelización".38 Es necesario que
sus ejemplos de entrega sin límites a la causa del Evangelio
sean no sólo preservados del olvido, sino más conocidos
y difundidos entre los fieles del Continente. Al respecto,
escribía en la Tertio millennio adveniente: "Las Iglesias
locales hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes
han sufrido el martirio, recogiendo para ello la documentación
necesaria".39
La piedad popular
16. Una característica peculiar de
América es la existencia de una piedad popular profundamente
enraizada en sus diversas naciones. Está presente en todos los
niveles y sectores sociales, revistiendo una especial importancia
como lugar de encuentro con Cristo para todos aquellos que con
espíritu de pobreza y humildad de corazón buscan
sinceramente a Dios (cf. Mt 11, 25). Las expresiones de esta piedad
son numerosas: "Las peregrinaciones a los santuarios de Cristo, de la
Santísima Virgen y de los santos, la oración por las
almas del purgatorio, el uso de sacramentales (agua, aceite,
cirios...). Éstas y tantas otras expresiones de la piedad
popular ofrecen oportunidad para que los fieles encuentren a Cristo
viviente".40 Los Padres sinodales han subrayado la urgencia de
descubrir, en las manifestaciones de la religiosidad popular, los
verdaderos valores espirituales, para enriquecerlos con los elementos
de la genuina doctrina católica, a fin de que esta
religiosidad lleve a un compromiso sincero de conversión y a
una experiencia concreta de caridad.41 La piedad popular, si
está orientada convenientemente, contribuye también a
acrecentar en los fieles la conciencia de pertenecer a la Iglesia,
alimentando su fervor y ofreciendo así una respuesta
válida a los actuales desafíos de la
secularización.42
Ya que en América la piedad popular
es expresión de la inculturación de la fe
católica y muchas de sus manifestaciones han asumido formas
religiosas autóctonas, es oportuno destacar la posibilidad de
sacar de ellas, con clarividente prudencia, indicaciones
válidas para una mayor inculturación del Evangelio.43
Ello es especialmente importante entre las poblaciones
indígenas, para que "las semillas del Verbo" presentes en sus
culturas lleguen a su plenitud en Cristo.44 Lo mismo debe decirse de
los americanos de origen africano. La Iglesia "reconoce que tiene la
obligación de acercarse a estos americanos a partir de su
cultura, considerando seriamente las riquezas espirituales y humanas
de esta cultura que marca su modo de celebrar el culto, su sentido de
alegría y de solidaridad, su lengua y sus
tradiciones".45
Presencia católico-oriental en
América
17. La inmigración a América
es casi una constante de su historia desde los comienzos de la
evangelización hasta nuestros días. Dentro de este
complejo fenómeno debe señalarse que, en los
últimos tiempos, diversas regiones de América han
acogido a numerosos miembros de las Iglesias católicas
orientales que, por diversas causas, han abandonado sus territorios
de origen. Un primer movimiento migratorio procedía, sobre
todo, de Ucrania occidental; posteriormente se ha extendido a las
naciones del Medio Oriente. De este modo, ha sido necesaria
pastoralmente la creación de una jerarquía
católica oriental para estos fieles inmigrantes y para sus
descendientes. Las normas emanadas por el Concilio Vaticano II, que
los Padres sinodales han recordado, reconocen que las Iglesias
orientales "tienen derecho y obligación de regirse
según sus respectivas disciplinas peculiares", ya que tienen
la misión de dar testimonio de una antiquísima
tradición doctrinal, litúrgica y monástica. Por
otra parte, dichas Iglesias deben conservar sus propias disciplinas,
ya que éstas "son más adaptadas a las costumbres de sus
fieles y resultan más adecuadas para procurar el bien de las
almas".46 Si la Comunidad eclesial universal necesita la sinergia
entre las Iglesias particulares de Oriente y de Occidente para poder
respirar con sus dos pulmones, en la esperanza de lograr hacerlo
plenamente a través de la perfecta comunión entre la
Iglesia católica y las orientales separadas,47 hay que
alegrarse por la reciente implantación de Iglesias orientales
junto a las latinas, establecidas allí desde el principio,
porque de este modo puede manifestarse mejor la catolicidad de la
Iglesia del Señor.48
La Iglesia en el campo de la
educación y de la acción social
18. Entre los factores que favorecen la
influencia de la Iglesia en la formación cristiana de los
americanos, debe señalarse su amplia presencia en el campo de
la educación y, de modo especial, en el mundo universitario.
Las numerosas Universidades católicas diseminadas por el
Continente son un rasgo característico de la vida eclesial en
América. Así mismo, en la enseñanza primaria y
secundaria el alto número de escuelas católicas ofrece
la posibilidad de una acción evangelizadora de alcance muy
amplio, siempre que vaya acompañada por una decidida voluntad
de impartir una educación verdaderamente
cristiana.49
Otro campo importante en el que la Iglesia
está presente en toda América es el de la asistencia
caritativa y social. Las múltiples iniciativas para la
atención de los ancianos, los enfermos y de cuantos
están necesitados de auxilio en asilos, hospitales,
dispensarios, comedores gratuitos y otros centros sociales, son
testimonio palpable del amor preferencial por los pobres que la
Iglesia en América lleva adelante movida por el amor a su
Señor y consciente de que "Jesús se ha identificado con
ellos (cf. Mt 25, 31-46)".50 En esta tarea, que no conoce fronteras,
la Iglesia ha sabido crear una conciencia de solidaridad concreta
entre las diversas comunidades del Continente y del mundo entero,
manifestando así la fraternidad que debe caracterizar a los
cristianos de todo tiempo y lugar.
El servicio a los pobres, para que sea
evangélico y evangelizador, ha de ser fiel reflejo de la
actitud de Jesús, que vino "para anunciar a los pobres la
Buena Nueva" (Lc 4, 18). Realizado con este espíritu, llega a
ser manifestación del amor infinito de Dios por todos los
hombres y un modo elocuente de transmitir la esperanza de
salvación que Cristo ha traído al mundo, y que
resplandece de manera particular cuando es comunicada a los
abandonados y desechados de la sociedad.
Esta constante dedicación a los
pobres y desheredados se refleja en el Magisterio social de la
Iglesia, que no se cansa de invitar a la comunidad cristiana a
comprometerse en la superación de toda forma de
explotación y opresión. En efecto, se trata no
sólo de aliviar las necesidades más graves y urgentes
mediante acciones individuales y esporádicas, sino de poner de
relieve las raíces del mal, proponiendo intervenciones que den
a las estructuras sociales, políticas y económicas una
configuración más justa y solidaria.
Creciente respeto de los derechos
humanos
19. En el ámbito civil, pero con
implicaciones morales inmediatas, debe señalarse entre los
aspectos positivos de la América actual la creciente
implantación en todo el Continente de sistemas
políticos democráticos y la progresiva reducción
de regímenes dictatoriales. La Iglesia ve con agrado esta
evolución, en la medida en que esto favorezca cada vez
más un evidente respeto de los derechos de cada uno, incluidos
los del procesado y del reo, respecto a los cuales no es
legítimo el recurso a métodos de detención y de
interrogatorio &emdash;pienso concretamente en la tortura&emdash;
lesivos de la dignidad humana. En efecto, "el Estado de Derecho es la
condición necesaria para establecer una verdadera
democracia".51
Por otra parte, la existencia de un Estado
de Derecho implica en los ciudadanos y, más aún, en la
clase dirigente el convencimiento de que la libertad no puede estar
desvinculada de la verdad.52 En efecto, "los graves problemas que
amenazan la dignidad de la persona humana, la familia, el matrimonio,
la educación, la economía y las condiciones de trabajo,
la calidad de la vida y la vida misma, proponen la cuestión
del Derecho".53 Los Padres sinodales han subrayado con razón
que "los derechos fundamentales de la persona humana están
inscritos en su misma naturaleza, son queridos por Dios y, por tanto,
exigen su observancia y aceptación universal. Ninguna
autoridad humana puede transgredirlos apelando a la mayoría o
a los consensos políticos, con el pretexto de que así
se respetan el pluralismo y la democracia. Por ello, la Iglesia debe
comprometerse en formar y acompañar a los laicos que
están presentes en los órganos legislativos, en el
gobierno y en la administración de la justicia, para que las
leyes expresen siempre los principios y los valores morales que sean
conformes con una sana antropología y que tengan presente el
bien común".54
El fenómeno de la
globalización
20. Una característica del mundo
actual es la tendencia a la globalización, fenómeno
que, aun no siendo exclusivamente americano, es más
perceptible y tiene mayores repercusiones en América. Se trata
de un proceso que se impone debido a la mayor comunicación
entre las diversas partes del mundo, llevando prácticamente a
la superación de las distancias, con efectos evidentes en
campos muy diversos.
Desde el punto de vista ético, puede
tener una valoración positiva o negativa. En realidad, hay una
globalización económica que trae consigo ciertas
consecuencias positivas, como el fomento de la eficiencia y el
incremento de la producción, y que, con el desarrollo de las
relaciones entre los diversos países en lo económico,
puede fortalecer el proceso de unidad de los pueblos y realizar mejor
el servicio a la familia humana. Sin embargo, si la
globalización se rige por las meras leyes del mercado
aplicadas según las conveniencias de los poderosos, lleva a
consecuencias negativas. Tales son, por ejemplo, la atribución
de un valor absoluto a la economía, el desempleo, la
disminución y el deterioro de ciertos servicios
públicos, la destrucción del ambiente y de la
naturaleza, el aumento de las diferencias entre ricos y pobres, y la
competencia injusta que coloca a las naciones pobres en una
situación de inferioridad cada vez más acentuada.55 La
Iglesia, aunque reconoce los valores positivos que la
globalización comporta, mira con inquietud los aspectos
negativos derivados de ella.
¿Y qué decir de la
globalización cultural producida por la fuerza de los medios
de comunicación social? Éstos imponen nuevas escalas de
valores por doquier, a menudo arbitrarios y en el fondo
materialistas, frente a los cuales es muy difícil mantener
viva la adhesión a los valores del Evangelio.
La urbanización creciente
21. El fenómeno de la
urbanización continúa creciendo también en
América. Desde hace algunos lustros el Continente está
viviendo un éxodo constante del campo a la ciudad. Se trata de
un fenómeno complejo, ya descrito por mi predecesor Pablo
VI.56 Las causas de este fenómeno son varias, pero entre ellas
sobresale principalmente la pobreza y el subdesarrollo de las zonas
rurales, donde con frecuencia faltan los servicios, las
comunicaciones, las estructuras educativas y sanitarias. La ciudad,
además, con las características de diversión y
bienestar con que no pocas veces la presentan los medios de
comunicación social, ejerce un atractivo especial para las
gentes sencillas del campo.
La frecuente falta de planificación
en este proceso acarrea muchos males. Como han señalado los
Padres sinodales, "en ciertos casos, algunas partes de las ciudades
son como islas en las que se acumula la violencia, la delincuencia
juvenil y la atmósfera de desesperación".57 El
fenómeno de la urbanización presenta asimismo grandes
desafíos a la acción pastoral de la Iglesia, que ha de
hacer frente al desarraigo cultural, la pérdida de costumbres
familiares y al alejamiento de las propias tradiciones religiosas,
que no pocas veces lleva al naufragio de la fe, privada de aquellas
manifestaciones que contribuían a sostenerla.
Evangelizar la cultura urbana es, pues, un
reto apremiante para la Iglesia, que así como supo evangelizar
la cultura rural durante siglos, está hoy llamada a llevar a
cabo una evangelización urbana metódica y capilar
mediante la catequesis, la liturgia y las propias estructuras
pastorales.58
El peso de la deuda externa
22. Los Padres sinodales han manifestado su
preocupación por la deuda externa que afecta a muchas naciones
americanas, expresando de este modo su solidaridad con las mismas.
Ellos llaman justamente la atención de la opinión
pública sobre la complejidad del tema, reconociendo "que la
deuda es frecuentemente fruto de la corrupción y de la mala
administración".59 En el espíritu de la
reflexión sinodal, este reconocimiento no pretende concentrar
en un sólo polo las responsabilidades de un fenómeno
que es sumamente complejo en su origen y en sus
soluciones.60
En efecto, entre las múltiples causas
que han llevado a una deuda externa abrumadora deben señalarse
no sólo los elevados intereses, fruto de políticas
financieras especulativas, sino también la irresponsabilidad
de algunos gobernantes que, al contraer la deuda, no reflexionaron
suficientemente sobre las posibilidades reales de pago, con el
agravante de que sumas ingentes obtenidas mediante préstamos
internacionales se han destinado a veces al enriquecimiento de
personas concretas, en vez de ser dedicadas a sostener los cambios
necesarios para el desarrollo del país. Por otra parte,
sería injusto que las consecuencias de estas decisiones
irresponsables pesaran sobre quienes no las tomaron. La gravedad de
la situación es aún más comprensible, si se
tiene en cuenta que "ya el mero pago de los intereses es un peso
sobre la economía de las naciones pobres, que quita a las
autoridades la disponibilidad del dinero necesario para el desarrollo
social, la educación, la sanidad y la institución de un
depósito para crear trabajo".61
La corrupción
23. La corrupción, frecuentemente
presente entre las causas de la agobiante deuda externa, es un
problema grave que debe ser considerado atentamente. La
corrupción "sin guardar límites, afecta a las personas,
a las estructuras públicas y privadas de poder y a las clases
dirigentes". Se trata de una situación que "favorece la
impunidad y el enriquecimiento ilícito, la falta de confianza
con respecto a las instituciones políticas, sobre todo en la
administración de la justicia y en la inversión
pública, no siempre clara, igual y eficaz para
todos".62
A este propósito, deseo recordar
cuanto escribí en el Mensaje para la Jornada mundial de la Paz
de 1998, que la lacra de la corrupción ha de ser denunciada y
combatida con valentía por quienes detentan la autoridad y con
la "colaboración generosa de todos los ciudadanos, sostenidos
por una fuerte conciencia moral".63 Los adecuados organismos de
control y la transparencia de las transacciones económicas y
financieras previenen ulteriormente y evitan en muchos casos que se
extienda la corrupción, cuyas consecuencias nefastas recaen
principalmente sobre los más pobres y desvalidos. Son
además los pobres los primeros en sufrir los retrasos, la
ineficiencia, la ausencia de una defensa adecuada y las carencias
estructurales, cuando la administración de la justicia es
corrupta.
Comercio y consumo de drogas
24. El comercio y el consumo de drogas son
una seria amenaza para las estructuras sociales de las naciones en
América. Esto "contribuye a los crímenes y a la
violencia, a la destrucción de la vida familiar, a la
destrucción física y emocional de muchos individuos y
comunidades, sobre todo entre los jóvenes. Corroe la
dimensión ética del trabajo y contribuye a aumentar el
número de personas en las cárceles, en una palabra, a
la degradación de la persona en cuanto creada a imagen de
Dios".64 Este nefasto comercio lleva también "a destruir
gobiernos, corroyendo la seguridad económica y la estabilidad
de las naciones".65 Estamos ante uno de los desafíos
más apremiantes a los que deben enfrentarse muchas naciones
del mundo. En efecto, es un desafío que hipoteca gran parte de
los logros obtenidos en los últimos tiempos para el progreso
de la humanidad. Para algunas naciones de América, la
producción, el tráfico y el consumo de drogas son
factores que comprometen su prestigio internacional, porque limitan
su credibilidad y dificultan la deseada colaboración con otros
países, tan necesaria en nuestros días para el
desarrollo armónico de cada pueblo.
Preocupación por la
ecología
25. "Y vio Dios que estaba bien" (Gn 1, 25).
Estas palabras que leemos en el primer capítulo del Libro del
Génesis, muestran el sentido de la obra realizada por
Él. El Creador confía al hombre, coronación de
toda la obra de la creación, el cuidado de la tierra (cf. Gn
2, 15). De aquí surgen obligaciones muy concretas para cada
persona relativas a la ecología. Su cumplimiento supone la
apertura a una perspectiva espiritual y ética, que supere las
actitudes y "los estilos de vida conducidos por el egoísmo que
llevan al agotamiento de los recursos naturales".66
Incluso en este sector, hoy tan actual, es muy importante la intervención
de los creyentes. Es necesaria la colaboración de todos los hombres de
buena voluntad con las instancias legislativas y de gobierno para conseguir
una protección eficaz del medio ambiente, considerado como don de Dios.
¡Cuántos abusos y daños ecológicos se dan también
en muchas regiones americanas! Baste pensar en la emisión incontrolada
de gases nocivos o en el dramático fenómeno de los incendios forestales,
provocados a veces intencionadamente por personas movidas por intereses egoístas.
Estas devastaciones pueden conducir a una verdadera desertización de
no pocas zonas de América, con las inevitables secuelas de hambre y miseria.
El problema se plantea, con especial intensidad, en la selva amazónica,
inmenso territorio que abarca varias naciones: del Brasil a la Guayana, a Surinam,
Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.67 Es uno de los espacios
naturales más apreciados en el mundo por su diversidad biológica,
siendo vital para el equilibrio ambiental de todo el planeta.
CAPÍTULO III
CAMINO DE CONVERSIÓN
"Arrepentíos, pues, y convertíos" (Hch 3, 19)
Urgencia del llamado a la
conversión
26. "El tiempo se ha cumplido y el Reino de
Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva"
(Mc 1, 15). Estas palabras de Jesús, con las que
comenzó su ministerio en Galilea, deben seguir resonando en
los oídos de los Obispos, presbíteros, diáconos,
personas consagradas y fieles laicos de toda América. Tanto la
reciente celebración del V Centenario del comienzo de la
evangelización de América, como la conmemoración
de los 2000 años del Nacimiento de Jesús, el gran
Jubileo que nos disponemos a celebrar, son una llamada a profundizar
en la propia vocación cristiana. La grandeza del
acontecimiento de la Encarnación y la gratitud por el don del
primer anuncio del Evangelio en América invitan a responder
con prontitud a Cristo con una conversión personal más
decidida y, al mismo tiempo, estimulan a una fidelidad
evangélica cada vez más generosa. La exhortación
de Cristo a convertirse resuena también en la del
Apóstol: "Es ya hora de levantaros del sueño, que la
salvación está más cerca de nosotros que cuando
abrazamos la fe" (Rm 13, 11). El encuentro con Jesús vivo,
mueve a la conversión.
Para hablar de conversión, el Nuevo
Testamento utiliza la palabra metanoia, que quiere decir cambio de
mentalidad. No se trata sólo de un modo distinto de pensar a
nivel intelectual, sino de la revisión del propio modo de
actuar a la luz de los criterios evangélicos. A este respecto,
san Pablo habla de "la fe que actúa por la caridad" (Ga 5, 6).
Por ello, la auténtica conversión debe prepararse y
cultivarse con la lectura orante de la Sagrada Escritura y la
recepción de los sacramentos de la Reconciliación y la
Eucaristía. La conversión conduce a la comunión
fraterna, porque ayuda a comprender que Cristo es la cabeza de la
Iglesia, su Cuerpo místico; mueve a la solidaridad, porque nos
hace conscientes de que lo que hacemos a los demás,
especialmente a los más necesitados, se lo hacemos a Cristo.
La conversión favorece, por tanto, una vida nueva, en la que
no haya separación entre la fe y las obras en la respuesta
cotidiana a la universal llamada a la santidad. Superar la
división entre fe y vida es indispensable para que se pueda
hablar seriamente de conversión. En efecto, cuando existe esta
división, el cristianismo es sólo nominal. Para ser
verdadero discípulo del Señor, el creyente ha de ser
testigo de la propia fe, pues "el testigo no da sólo
testimonio con las palabras, sino con su vida".68 Hemos de tener
presentes las palabras de Jesús: "No todo el que me diga:
"Señor, Señor", entrará en el Reino de los
Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial" (Mt 7,
21). La apertura a la voluntad del Padre supone una disponibilidad
total, que no excluye ni siquiera la entrega de la propia vida: "El
máximo testimonio es el martirio".69
Dimensión social de la
conversión
27. La conversión no es completa si
falta la conciencia de las exigencias de la vida cristiana y no se
pone esfuerzo en llevarlas a cabo. A este respecto, los Padres
sinodales han señalado que, por desgracia, "existen grandes
carencias de orden personal y comunitario con respecto a una
conversión más profunda y con respecto a las relaciones
entre los ambientes, las instituciones y los grupos en la Iglesia".70
"Quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien
no ve" (1 Jn 4, 20).
La caridad fraterna implica una
preocupación por todas las necesidades del prójimo. "Si
alguno que posee bienes de la tierra, ve a su hermano padecer
necesidad y le cierra su corazón, ¿cómo puede
permanecer en él el amor de Dios?" (1 Jn 3, 17). Por ello,
convertirse al Evangelio para el Pueblo cristiano que vive en
América, significa revisar "todos los ambientes y dimensiones
de su vida, especialmente todo lo que pertenece al orden social y a
la obtención del bien común".71 De modo particular
convendrá "atender a la creciente conciencia social de la
dignidad de cada persona y, por ello, hay que fomentar en la
comunidad la solicitud por la obligación de participar en la
acción política según el Evangelio".72 No
obstante, será necesario tener presente que la actividad en el
ámbito político forma parte de la vocación y
acción de los fieles laicos.73
A este propósito, sin embargo, es de
suma importancia, sobre todo en una sociedad pluralista, tener un
recto concepto de las relaciones entre la comunidad política y
la Iglesia, y distinguir claramente entre las acciones que los
fieles, aislada o asociadamente, llevan a cabo a título
personal, como ciudadanos, de acuerdo con su conciencia cristiana, y
las acciones que realizan en nombre de la Iglesia, en comunión
con sus Pastores. "La Iglesia, que por razón de su
misión y de su competencia no se confunde en modo alguno con
la comunidad política ni está ligada a sistema
político alguno, es a la vez signo y salvaguardia del
carácter trascendente de la persona humana".74
Conversión permanente
28. La conversión en esta tierra
nunca es una meta plenamente alcanzada: en el camino que el
discípulo está llamado a recorrer siguiendo a
Jesús, la conversión es un empeño que abarca
toda la vida. Por otro lado, mientras estamos en este mundo, nuestro
propósito de conversión se ve constantemente amenazado
por las tentaciones. Desde el momento en que "nadie puede servir a
dos señores" (Mt 6, 24), el cambio de mentalidad (metanoia)
consiste en el esfuerzo de asimilar los valores evangélicos
que contrasta con las tendencias dominantes en el mundo. Es
necesario, pues, renovar constantemente "el encuentro con Jesucristo
vivo", camino que, como han señalado los Padres sinodales,
"nos conduce a la conversión permanente".75
El llamado universal a la conversión
adquiere matices particulares para la Iglesia en América,
comprometida también en la renovación de la propia fe.
Los Padres sinodales han formulado así esta tarea concreta y
exigente: "Esta conversión exige especialmente de nosotros
Obispos una auténtica identificación con el estilo
personal de Jesucristo, que nos lleva a la sencillez, a la pobreza, a
la cercanía, a la carencia de ventajas, para que, como
Él, sin colocar nuestra confianza en los medios humanos,
saquemos, de la fuerza del Espíritu, y de la Palabra, toda la
eficacia del Evangelio, permaneciendo primariamente abiertos a
aquellos que están sumamente lejanos y excluidos".76 Para ser
Pastores según el corazón de Dios (cf. Jr 3, 15), es
indispensable asumir un modo de vivir que nos asemeje a Aquél
que dijo de sí mismo: "Yo soy el buen pastor" (Jn 10, 11), y
que san Pablo evoca al escribir: "Sed mis imitadores, como lo soy de
Cristo" (1 Co 11, 1).
Guiados por el Espíritu Santo hacia
nuevo estilo de vida
29. La propuesta de un nuevo estilo de vida
no es sólo para los Pastores, sino más bien para todos
los cristianos que viven en América. A todos se les pide que
profundicen y asuman la auténtica espiritualidad cristiana.
"En efecto, espiritualidad es un estilo o forma de vivir según
las exigencias cristianas, la cual es "la vida en Cristo" y "en el
Espíritu", que se acepta por la fe, se expresa por el amor y,
en esperanza, es conducida a la vida dentro de la comunidad
eclesial".77 En este sentido, por espiritualidad, que es la meta a la
que conduce la conversión, se entiende no "una parte de la
vida, sino la vida toda guiada por el Espíritu Santo".78 Entre
los elementos de espiritualidad que todo cristiano tiene que hacer
suyos sobresale la oración. Ésta lo "conducirá
poco a poco a adquirir una mirada contemplativa de la realidad, que
le permitirá reconocer a Dios siempre y en todas las cosas;
contemplarlo en todas las personas; buscar su voluntad en los
acontecimientos".79
La oración tanto personal como
litúrgica es un deber de todo cristiano. "Jesucristo,
evangelio del Padre, nos advierte que sin Él no podemos hacer
nada (cf. Jn 15, 5). Él mismo en los momentos decisivos de su
vida, antes de actuar, se retiraba a un lugar solitario para
entregarse a la oración y la contemplación, y
pidió a los Apóstoles que hicieran lo mismo".80 A sus
discípulos, sin excepción, el Señor recuerda:
"Entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu
Padre, que está allí, en lo secreto" (Mt 6, 6). Esta
vida intensa de oración debe adaptarse a la capacidad y
condición de cada cristiano, de modo que en las diversas
situaciones de su vida pueda volver siempre "a la fuente de su
encuentro con Jesucristo para beber el único Espíritu
(1 Co 12, 13)".81 En este sentido, la dimensión contemplativa
no es un privilegio de unos cuantos en la Iglesia; al contrario, en
las parroquias, en las comunidades y en los movimientos se ha de
promover una espiritualidad abierta y orientada a la
contemplación de las verdades fundamentales de la fe: los
misterios de la Trinidad, de la Encarnación del Verbo, de la
Redención de los hombres, y las otras grandes obras
salvíficas de Dios.82
Los hombres y mujeres dedicados
exclusivamente a la contemplación tienen una misión
fundamental en la Iglesia que está en América. Ellos
son, según expresión del Concilio Vaticano II, "honor
de la Iglesia y hontanar de gracias celestes".83 Por ello, los
monasterios, diseminados a lo largo y ancho del Continente, han de
ser "objeto de peculiar amor por parte de los Pastores, los cuales
estén plenamente persuadidos de que las almas entregadas a la
vida contemplativa obtienen gracia abundante por la oración,
la penitencia y la contemplación, a las que consagran su vida.
Los contemplativos deben ser conscientes de que están
integrados en la misión de la Iglesia en el tiempo presente y
que, con el testimonio de la propia vida, cooperan al bien espiritual
de los fieles, ayudando así para que busquen el rostro de Dios
en la vida diaria".84
La espiritualidad cristiana se alimenta ante
todo de una vida sacramental asidua, por ser los Sacramentos
raíz y fuente inagotable de la gracia de Dios, necesaria para
sostener al creyente en su peregrinación terrena. Esta vida ha
de estar integrada con los valores de su piedad popular, los cuales a
su vez se verán enriquecidos por la práctica
sacramental y libres del peligro de degenerar en mera rutina. Por
otra parte, la espiritualidad no se contrapone a la dimensión
social del compromiso cristiano. Al contrario, el creyente, a
través de un camino de oración, se hace más
consciente de las exigencias del Evangelio y de sus obligaciones con
los hermanos, alcanzando la fuerza de la gracia indispensable para
perseverar en el bien. Para madurar espiritualmente, el cristiano
debe recurrir al consejo de los ministros sagrados o de otras
personas expertas en este campo mediante la dirección
espiritual, práctica tradicionalmente presente en la Iglesia.
Los Padres sinodales han creído necesario recomendar a los
sacerdotes este ministerio de tanta importancia.85
Vocación universal a la
santidad
30. "Sed santos, porque yo, el Señor,
vuestro Dios, soy santo" (Lv 19, 2). La Asamblea Especial del
Sínodo de los Obispos para América ha querido recordar
con vigor a todos los cristianos la importancia de la doctrina de la
vocación universal a la santidad en la Iglesia.86 Se trata de
uno de los puntos centrales de la Constitución
dogmática sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II.87 La
santidad es la meta del camino de conversión, pues ésta
"no es fin en sí misma, sino proceso hacia Dios, que es santo.
Ser santos es imitar a Dios y glorificar su nombre en las obras que
realizamos en nuestra vida (cf. Mt 5, 16)".88 En el camino de la
santidad Jesucristo es el punto de referencia y el modelo a imitar:
Él es "el Santo de Dios y fue reconocido como tal (cf. Mc 1,
24). Él mismo nos enseña que el corazón de la
santidad es el amor, que conduce incluso a dar la vida por los otros
(cf. Jn 15, 13). Por ello, imitar la santidad de Dios, tal y como se
ha manifestado en Jesucristo, su Hijo, no es otra cosa que prolongar
su amor en la historia, especialmente con respecto a los pobres,
enfermos e indigentes (cf. Lc 10, 25ss)".89
Jesús, el único camino para la
santidad
31. "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida"
(Jn 14, 6). Con estas palabras Jesús se presenta como el
único camino que conduce a la santidad. Pero el conocimiento
concreto de este itinerario se obtiene principalmente mediante la
Palabra de Dios que la Iglesia anuncia con su predicación. Por
ello, la Iglesia en América "debe conceder una gran prioridad
a la reflexión orante sobre la Sagrada Escritura, realizada
por todos los fieles".90 Esta lectura de la Biblia, acompañada
de la oración, se conoce en la tradición de la Iglesia
con el nombre de Lectio divina, práctica que se ha de fomentar
entre todos los cristianos. Para los presbíteros, debe
constituir un elemento fundamental en la preparación de sus
homilías, especialmente las dominicales.91
Penitencia y
reconciliación
32. La conversión (metanoia), a la
que cada ser humano está llamado, lleva a aceptar y hacer
propia la nueva mentalidad propuesta por el Evangelio. Esto supone el
abandono de la forma de pensar y actuar del mundo, que tantas veces
condiciona fuertemente la existencia. Como recuerda la Sagrada
Escritura, es necesario que muera el hombre viejo y nazca el hombre
nuevo, es decir, que todo el ser humano se renueve "hasta alcanzar un
conocimiento perfecto según la imagen de su creador" (Col 3,
10). En ese camino de conversión y búsqueda de la
santidad "deben fomentarse los medios ascéticos que existieron
siempre en la práctica de la Iglesia, y que alcanzan la cima
en el sacramento del perdón, recibido y celebrado con las
debidas disposiciones".92 Sólo quien se reconcilia con Dios es
protagonista de una auténtica reconciliación con y
entre los hermanos.
La crisis actual del sacramento de la
Penitencia, de la cual no está exenta la Iglesia en
América, y sobre la que he expresado mi preocupación
desde los comienzos mismos de mi pontificado,93 podrá
superarse por la acción pastoral continuada y
paciente.
A este respecto, los Padres sinodales piden
justamente "que los sacerdotes dediquen el tiempo debido a la
celebración del sacramento de la Penitencia, y que inviten
insistente y vigorosamente a los fieles para que lo reciban, sin que
los pastores descuiden su propia confesión frecuente".94 Los
Obispos y los sacerdotes experimentan personalmente el misterioso
encuentro con Cristo que perdona en el sacramento de la Penitencia, y
son testigos privilegiados de su amor misericordioso.
La Iglesia católica, que abarca a hombres y mujeres "de toda nación,
razas, pueblos y lenguas" (Ap 7, 9), está llamada a ser, "en un mundo
señalado por las divisiones ideológicas, étnicas, económicas
y culturales", el "signo vivo de la unidad de la familia humana".95 América,
tanto en la compleja realidad de cada nación y la variedad de sus grupos
étnicos, como en los rasgos que caracterizan todo el Continente, presenta
muchas diversidades que no se han de ignorar y a las que se debe prestar atención.
Gracias a un eficaz trabajo de integración entre todos los miembros del
pueblo de Dios en cada país y entre los miembros de las Iglesias particulares
de las diversas naciones, las diferencias de hoy podrán ser fuente de
mutuo enriquecimiento. Como afirman justamente los Padres sinodales, "es de
gran importancia que la Iglesia en toda América sea signo vivo de una
comunión reconciliada y un llamado permanente a la solidaridad, un testimonio
siempre presente en nuestros diversos sistemas políticos, económicos
y sociales".96 Ésta es una aportación significativa que los creyentes
pueden ofrecer a la unidad del Continente americano.
CAPÍTULO IV
CAMINO PARA LA COMUNÓON
"Como tú, Padre, en mí y yo en tí, que ellos también sean uno en nosotros" (Jn 17, 21)
La Iglesia, sacramento de
comunión
33. "Ante un mundo roto y deseoso de unidad
es necesario proclamar con gozo y fe firme que Dios es
comunión, Padre, Hijo y Espíritu Santo, unidad en la
distinción, el cual llama a todos los hombres a que participen
de la misma comunión trinitaria. Es necesario proclamar que
esta comunión es el proyecto magnífico de Dios
[Padre]; que Jesucristo, que se ha hecho hombre, es el punto
central de la misma comunión, y que el Espíritu Santo
trabaja constantemente para crear la comunión y restaurarla
cuando se hubiera roto. Es necesario proclamar que la Iglesia es
signo e instrumento de la comunión querida por Dios, iniciada
en el tiempo y dirigida a su perfección en la plenitud del
Reino".97 La Iglesia es signo de comunión porque sus miembros,
como sarmientos, participan de la misma vida de Cristo, la verdadera
vid (cf. Jn 15, 5). En efecto, por la comunión con Cristo,
Cabeza del Cuerpo místico, entramos en comunión viva
con todos los creyentes.
Esta comunión, existente en la
Iglesia y esencial a su naturaleza,98 debe manifestarse a
través de signos concretos, "como podrían ser: la
oración en común de unos por otros, el impulso a las
relaciones entre las Conferencias Episcopales, los vínculos
entre Obispo y Obispo, las relaciones de hermandad entre las
diócesis y las parroquias, y la mutua comunicación de
agentes pastorales para acciones misionales específicas".99 La
comunión eclesial implica conservar el depósito de la
fe en su pureza e integridad, así como también la
unidad de todo el Colegio de los Obispos bajo la autoridad del
Sucesor de Pedro. En este contexto, los Padres sinodales han
señalado que "el fortalecimiento del oficio petrino es
fundamental para la preservación de la unidad de la Iglesia",
y que "el ejercicio pleno del primado de Pedro es fundamental para la
identidad y la vitalidad de la Iglesia en América". 100 Por
encargo del Señor, a Pedro y a sus Sucesores corresponde el
oficio de confirmar en la fe a sus hermanos (cf. Lc 22, 32) y de
pastorear toda la grey de Cristo (cf. Jn 21, 15 17). Asimismo, el
Sucesor del príncipe de los Apóstoles está
llamado a ser la piedra sobre la que la Iglesia está
edificada, y a ejercer el ministerio derivado de ser el depositario
de las llaves del Reino (cf. Mt 16, 18 19). El Vicario de Cristo es,
pues, "el perpetuo principio de [...] unidad y el fundamento
visible" de la Iglesia. 101
Iniciación cristiana y
comunión
34. La comunión de vida en la Iglesia
se obtiene por los sacramentos de la iniciación cristiana:
Bautismo, Confirmación y Eucaristía. El Bautismo es "la
puerta de la vida espiritual: pues por él nos hacemos miembros
de Cristo, y del cuerpo de la Iglesia". 102 Los bautizados, al
recibir la Confirmación "se vinculan más estrechamente
a la Iglesia, se enriquecen con una fuerza especial del
Espíritu Santo, y con ello quedan obligados más
estrictamente a difundir y defender la fe, como verdaderos testigos
de Cristo, por la palabra juntamente con las obras". 103 El proceso
de la iniciación cristiana se perfecciona y culmina con la
recepción de la Eucaristía, por la cual el bautizado se
inserta plenamente en el Cuerpo de Cristo. 104
"Estos sacramentos son una excelente
oportunidad para una buena evangelización y catequesis, cuando
su preparación se hace por agentes dotados de fe y
competencia". 105 Aunque en las diversas diócesis de
América se ha avanzado mucho en la preparación para los
sacramentos de la iniciación cristiana, los Padres sinodales
se lamentaban de que todavía "son muchos los que los reciben
sin la suficiente formación". 106 En el caso del bautismo de
niños no debe omitirse un esfuerzo catequizador de cara a los
padres y padrinos.
La Eucaristía, centro de
comunión con Dios y con los hermanos
35. La realidad de la Eucaristía no
se agota en el hecho de ser el sacramento con el que se culmina la
iniciación cristiana. Mientras el Bautismo y la
Confirmación tienen la función de iniciar e introducir
en la vida propia de la Iglesia, no siendo repetibles, 107 la
Eucaristía continúa siendo el centro vivo permanente en
torno al cual se congrega toda la comunidad eclesial. 108 Los
diversos aspectos de este sacramento muestran su inagotable riqueza:
es, al mismo tiempo, sacramento sacrificio, sacramento
comunión, sacramento presencia. 109
La Eucaristía es el lugar
privilegiado para el encuentro con Cristo vivo. Por ello los Pastores
del pueblo de Dios en América, a través de la
predicación y la catequesis, deben esforzarse en "dar a la
celebración eucarística dominical una nueva fuerza,
como fuente y culminación de la vida de la Iglesia, prenda de
su comunión en el Cuerpo de Cristo e invitación a la
solidaridad como expresión del mandato del Señor: "que
os améis los unos a los otros, como yo os he amado" (Jn 13,
34)". 110 Como sugieren los Padres sinodales, dicho esfuerzo debe
tener en cuenta varias dimensiones fundamentales. Ante todo, es
necesario que los fieles sean conscientes de que la Eucaristía
es un inmenso don, a fin de que hagan todo lo posible para participar
activa y dignamente en ella, al menos los domingos y días
festivos. Al mismo tiempo, se han de promover "todos los esfuerzos de
los sacerdotes para hacer más fácil esa
participación y posibilitarla en las comunidades lejanas". 111
Habrá que recordar a los fieles que "la participación
plena en ella, consciente y activa, aunque es esencialmente distinta
del oficio del sacerdote ordenado, es una actuación del
sacerdocio común recibido en el Bautismo". 112
La necesidad de que los fieles participen en
la Eucaristía y las dificultades que surgen por la escasez de
sacerdotes, hacen patente la urgencia de fomentar las vocaciones
sacerdotales. 113 Es también necesario recordar a toda la
Iglesia en América "el lazo existente entre la
Eucaristía y la caridad", 114 lazo que la Iglesia primitiva
expresaba uniendo el ágape con la Cena eucarística. 115
La participación en la Eucaristía debe llevar a una
acción caritativa más intensa como fruto de la gracia
recibida en este sacramento.
Los Obispos, promotores de
comunión
36. La comunión en la Iglesia,
precisamente porque es un signo de vida, debe crecer continuamente.
En consecuencia, los Obispos, recordando que "son, individualmente,
el principio y fundamento visible de unidad en sus Iglesias
particulares", 116 deben sentirse llamados a promover la
comunión en su propia diócesis para que sea más
eficaz el esfuerzo por la nueva evangelización de
América. El esfuerzo comunitario se ve facilitado por los
organismos previstos por el Concilio Vaticano II como apoyo de la
actividad del Obispo diocesano, los cuales han sido definidos
más detalladamente por la legislación postconciliar.
117 "Corresponde al Obispo, con la cooperación de los
sacerdotes, los diáconos, los consagrados y los laicos
[...] realizar un plan de acción pastoral de conjunto,
que sea orgánico y participativo, que llegue a todos los
miembros de la Iglesia y suscite su conciencia misionera".
118
Cada Ordinario debe promover en los
sacerdotes y fieles la conciencia de que la diócesis es la
expresión visible de la comunión eclesial, que se forma
en la mesa de la Palabra y de la Eucaristía en torno al
Obispo, unido con el Colegio episcopal y bajo su Cabeza, el Romano
Pontífice. Ella en cuanto Iglesia particular tiene la
misión de empezar y fomentar el encuentro de todos los
miembros del pueblo de Dios con Jesucristo, 119 en el respeto y
promoción de la pluralidad y de la diversidad que no
obstaculizan la unidad, sino que le confieren el carácter de
comunión. 120 Un conocimiento más profundo de lo que es
la Iglesia particular favorecerá ciertamente el
espíritu de participación y corresponsabilidad en la
vida de los organismos diocesanos. 121
Una comunión más intensa entre
las Iglesias particulares
37. La Asamblea especial para América
del Sínodo de los Obispos, la primera en la historia que ha
reunido a Obispos de todo el Continente, ha sido percibida por todos
como una gracia especial del Señor a la Iglesia que peregrina
en América. Esta Asamblea ha reforzado la comunión que
debe existir entre las Comunidades eclesiales del Continente,
haciendo ver a todos la necesidad de incrementarla ulteriormente. Las
experiencias de comunión episcopal, frecuentes sobre todo
después del Concilio Vaticano II por la consolidación y
difusión de las Conferencias Episcopales, deben entenderse
como encuentros con Cristo vivo, presente en los hermanos que
están reunidos en su nombre (cf. Mt 18, 20).
La experiencia sinodal ha enseñado
también las riquezas de una comunión que se extiende
más allá de los límites de cada Conferencia
Episcopal. Aunque ya existen formas de diálogo que superan
tales confines, los Padres sinodales sugieren la conveniencia de
fortalecer las reuniones interamericanas, promovidas ya por las
Conferencias Episcopales de las diversas Naciones americanas, como
expresión de solidaridad efectiva y lugar de encuentro y de
estudio de los desafíos comunes para la evangelización
de América. 122 Será igualmente oportuno definir con
exactitud el carácter de tales encuentros, de modo que lleguen
a ser, cada vez más, expresión de comunión entre
todos los Pastores. Aparte de estas reuniones más amplias,
puede ser útil, cuando las circunstancias lo requieran, crear
comisiones específicas para profundizar los temas comunes que
afectan a toda América. Campos en los que parece especialmente
necesario "que se dé un impulso a la cooperación, son
las comunicaciones pastorales mutuas, la cooperación misional,
la educación, las migraciones, el ecumenismo". 123
Los Obispos, que tienen el deber de impulsar
la comunión entre las Iglesias particulares, alentarán
a los fieles a vivir más intensamente la dimensión
comunitaria, asumiendo "la responsabilidad de desarrollar los lazos
de comunión con las Iglesias locales en otras partes de
América por la educación, la mutua comunicación,
la unión fraterna entre parroquias y diócesis, planes
de cooperación, y defensas unidas en temas de mayor
importancia, sobre todo los que afectan a los pobres". 124
Comunión fraterna con las Iglesias
católicas orientales
38. El fenómeno reciente de la
implantación y desarrollo en América de Iglesias
particulares católicas orientales, dotadas de jerarquía
propia, ha merecido una especial atención por parte de algunos
Padres sinodales. Un sincero deseo de abrazar cordial y eficazmente a
estos hermanos en la fe y en la comunión jerárquica
bajo el Sucesor de Pedro, ha llevado a la Asamblea sinodal a proponer
sugerencias concretas de ayuda fraterna por parte de las Iglesias
particulares latinas a las Iglesias católicas orientales
existentes en el Continente. Así, por ejemplo, se propone que
sacerdotes de rito latino, sobre todo de origen oriental, puedan
ofrecer su colaboración litúrgica a las comunidades
orientales carentes de un número suficiente de
presbíteros. Igualmente, respecto a los edificios religiosos,
los fieles orientales podrán usar, en los casos que sea
conveniente, las iglesias de rito latino.
En este espíritu de comunión
son dignas de consideración varias propuestas de los Padres
sinodales: que allí donde sea necesario exista, en las
Conferencias Episcopales nacionales y en los organismos
internacionales de cooperación episcopal, una comisión
mixta encargada de estudiar los problemas pastorales comunes; que la
catequesis y la formación teológica para los laicos y
seminaristas de la Iglesia latina, incluyan el conocimiento de la
tradición viva del Oriente cristiano; que los Obispos de las
Iglesias católicas orientales participen en las Conferencias
Episcopales latinas de las respectivas Naciones. 125 No puede dudarse
de que esta cooperación fraterna, a la vez que prestará
una ayuda preciosa a las Iglesias orientales, de reciente
implantación en América, permitirá a las
Iglesias particulares latinas enriquecerse con el patrimonio
espiritual de la tradición del Oriente cristiano.
El presbítero, signo de
unidad
39. "Como miembro de una Iglesia particular,
todo sacerdote debe ser signo de comunión con el Obispo en
cuanto que es su inmediato colaborador, unido a sus hermanos en el
presbiterio. Ejerce su ministerio con caridad pastoral,
principalmente en la comunidad que le ha sido confiada, y la conduce
al encuentro con Jesucristo Buen Pastor. Su vocación exige que
sea signo de unidad. Por ello debe evitar cualquier
participación en política partidista que
dividiría a la comunidad". 126 Es deseo de los Padres
sinodales que se "desarrolle una acción pastoral a favor del
clero diocesano que haga más sólida su espiritualidad,
su misión y su identidad, la cual tiene su centro en el
seguimiento de Cristo que, sumo y eterno Sacerdote, buscó
siempre cumplir la voluntad del Padre. Él es el ejemplo de la
entrega generosa, de la vida austera y del servicio hasta la muerte.
El sacerdote sea consciente de que, por la recepción del
sacramento del Orden, es portador de gracia que distribuye a sus
hermanos en los sacramentos. Él mismo se santifica en el
ejercicio del ministerio". 127
El campo en que se desarrolla la actividad
de los sacerdotes es inmenso. Conviene, por ello, "que coloquen como
centro de su actividad lo que es esencial en su ministerio: dejarse
configurar a Cristo Cabeza y Pastor, fuente de la caridad pastoral,
ofreciéndose a sí mismos cada día con Cristo en
la Eucaristía, para ayudar a los fieles a que tengan un
encuentro personal y comunitario con Jesucristo vivo". 128 Como
testigos y discípulos de Cristo misericordioso, los sacerdotes
están llamados a ser instrumentos de perdón y de
reconciliación, comprometiéndose generosamente al
servicio de los fieles según el espíritu del
Evangelio.
Los presbíteros, en cuanto pastores
del pueblo de Dios en América, deben además estar
atentos a los desafíos del mundo actual y ser sensibles a las
angustias y esperanzas de sus gentes, compartiendo sus vicisitudes y,
sobre todo, asumiendo una actitud de solidaridad con los pobres.
Procurarán discernir los carismas y las cualidades de los
fieles que puedan contribuir a la animación de la comunidad,
escuchándolos y dialogando con ellos, para impulsar así
su participación y corresponsabilidad. Ello favorecerá
una mejor distribución de las tareas que les permita
"consagrarse a lo que está más estrechamente conexo con
el encuentro y el anuncio de Jesucristo, de modo que signifiquen
mejor, en el seno de la comunidad, la presencia de Jesús que
congrega a su pueblo". 129
El trabajo de discernimiento de los carismas
particulares debe llevar también a valorizar aquellos
sacerdotes que se consideren adecuados para realizar ministerios
particulares. A todos los sacerdotes, además, se les pide que
presten su ayuda fraterna en el presbiterio y que recurran al mismo
con confianza en caso de necesidad.
Ante la espléndida realidad de tantos
sacerdotes en América que, con la gracia de Dios, se esfuerzan
por hacer frente a un quehacer tan grande, hago mío el deseo
de los Padres sinodales de reconocer y alabar "la inagotable entrega
de los sacerdotes, como pastores, evangelizadores y animadores de la
comunión eclesial, expresando gratitud y dando ánimos a
los sacerdotes de toda América que dan su vida al servicio del
Evangelio". 130
Fomentar la pastoral vocacional
40. El papel indispensable del sacerdote en
la comunidad ha de hacer conscientes a todos los hijos de la Iglesia
en América de la importancia de la pastoral vocacional. El
Continente americano cuenta con una juventud numerosa, rica en
valores humanos y religiosos. Por ello, se han de cultivar los
ambientes en que nacen las vocaciones al sacerdocio y a la vida
consagrada e invitar a las familias cristianas para que ayuden a sus
hijos cuando se sientan llamados a seguir este camino. 131 En efecto,
las vocaciones "son un don de Dios" y "surgen en las comunidades de
fe, ante todo, en la familia, en la parroquia, en las escuelas
católicas y en otras organizaciones de la Iglesia. Los Obispos
y presbíteros tienen la especial responsabilidad de estimular
tales vocaciones mediante la invitación personal, y
principalmente por el testimonio de una vida de fidelidad,
alegría, entusiasmo y santidad. La responsabilidad para reunir
vocaciones al sacerdocio pertenece a todo el pueblo de Dios y
encuentra su mayor cumplimiento en la oración continua y
humilde por las vocaciones". 132
Los seminarios, como lugares de acogida y
formación de los llamados al sacerdocio, han de preparar a los
futuros ministros de la Iglesia para que "vivan en una sólida
espiritualidad de comunión con Cristo Pastor y de docilidad a
la acción del Espíritu, que los hará
especialmente capaces de discernir las expectativas del pueblo de
Dios y los diversos carismas, y de trabajar en común". 133 Por
ello, en los seminarios "se ha de insistir especialmente en la
formación específicamente espiritual, de modo que por
la conversión continua, la actitud de oración, la
recepción de los sacramentos de la Eucaristía y la
penitencia, los candidatos se formen al encuentro con el Señor
y se preocupen de fortificarse para la generosa entrega pastoral".
134 Los formadores han de preocuparse de acompañar y guiar a
los seminaristas hacia una madurez afectiva que los haga aptos para
abrazar el celibato sacerdotal y capaces de vivir en comunión
con sus hermanos en la vocación sacerdotal. Han de promover
también en ellos la capacidad de observación
crítica de la realidad circundante que les permita discernir
sus valores y contravalores, pues esto es un requisito indispensable
para entablar un diálogo constructivo con el mundo de
hoy.
Una atención particular se debe dar a
las vocaciones nacidas entre los indígenas; conviene
proporcionar una formación inculturada en sus ambientes. Estos
candidatos al sacerdocio, mientras reciben la adecuada
formación teológica y espiritual para su futuro
ministerio, no deben perder las raíces de su propia cultura.
135
Los Padres sinodales han querido agradecer y
bendecir a todos los que consagran su vida a la formación de
los futuros presbíteros en los seminarios. Así mismo,
han invitado a los Obispos a destinar para dicha tarea a sus
sacerdotes más aptos, después de haberlos preparado
mediante una formación específica que los capacite para
una misión tan delicada. 136
Renovar la institución
parroquial
41. La parroquia es un lugar privilegiado en
que los fieles pueden tener una experiencia concreta de la Iglesia.
137 Hoy en América, como en otras partes del mundo, la
parroquia encuentra a veces dificultades en el cumplimiento de su
misión. La parroquia debe renovarse continuamente, partiendo
del principio fundamental de que «la parroquia tiene que seguir
siendo primariamente comunidad eucarística». 138 Este
principio implica que "las parroquias están llamadas a ser
receptivas y solidarias, lugar de la iniciación cristiana, de
la educación y la celebración de la fe, abiertas a la
diversidad de carismas, servicios y ministerios, organizadas de modo
comunitario y responsable, integradoras de los movimientos de
apostolado ya existentes, atentas a la diversidad cultural de sus
habitantes, abiertas a los proyectos pastorales y superparroquiales y
a las realidades circunstantes". 139
Una atención especial merecen, por
sus problemáticas específicas, las parroquias en los
grandes núcleos urbanos, donde las dificultades son tan
grandes que las estructuras pastorales normales resultan inadecuadas
y las posibilidades de acción apostólica notablemente
reducidas. No obstante, la institución parroquial conserva su
importancia y se ha de mantener. Para lograr este objetivo hay que
"continuar la búsqueda de medios con los que la parroquia y
sus estructuras pastorales lleguen a ser más eficaces en los
espacios urbanos". 140 Una clave de renovación parroquial,
especialmente urgente en las parroquias de las grandes ciudades,
puede encontrarse quizás considerando la parroquia como
comunidad de comunidades y de movimientos. 141 Parece por tanto
oportuno la formación de comunidades y grupos eclesiales de
tales dimensiones que favorezcan verdaderas relaciones humanas. Esto
permitirá vivir más intensamente la comunión,
procurando cultivarla no sólo "ad intra", sino también
con la comunidad parroquial a la que pertenecen estos grupos y con
toda la Iglesia diocesana y universal. En este contexto humano
será también más fácil escuchar la
Palabra de Dios, para reflexionar a su luz sobre los diversos
problemas humanos y madurar opciones responsables inspiradas en el
amor universal de Cristo. 142 La institución parroquial
así renovada "puede suscitar una gran esperanza. Puede formar
a la gente en comunidades, ofrecer auxilio a la vida de familia,
superar el estado de anonimato, acoger y ayudar a que las personas se
inserten en la vida de sus vecinos y en la sociedad". 143 De este
modo, cada parroquia hoy, y particularmente las de ámbito
urbano, podrá fomentar una evangelización más
personal, y al mismo tiempo acrecentar las relaciones positivas con
los otros agentes sociales, educativos y comunitarios. 144
Además, "este tipo de parroquia
renovada supone la figura de un pastor que, en primer lugar, tenga
una profunda experiencia de Cristo vivo, espíritu misional,
corazón paterno, que sea animador de la vida espiritual y
evangelizador capaz de promover la participación. La parroquia
renovada requiere la cooperación de los laicos, un animador de
la acción pastoral y la capacidad del pastor para trabajar con
otros. Las parroquias en América deben señalarse por su
impulso misional que haga que extiendan su acción a los
alejados". 145
Los diáconos permanentes
42. Por motivos pastorales y
teológicos serios, el Concilio Vaticano II determinó
restablecer el diaconado como grado permanente de la jerarquía
en la Iglesia latina, dejando a las Conferencias Episcopales, con la
aprobación del Sumo Pontífice, valorar la oportunidad
de instituir los diáconos permanentes y en qué sitios.
146 Se trata de una experiencia muy diferente no sólo en las
distintas partes de América, sino incluso entre las
diócesis de una misma región. "Algunas diócesis
han formado y ordenado no pocos diáconos, y están
plenamente contentas de su incorporación y ministerio". 147
Aquí se ve con gozo cómo los diáconos,
"confortados con la gracia sacramental, en comunión con el
Obispo y su presbiterio, sirven al pueblo de Dios en el ministerio de
la liturgia, de la palabra y de la caridad". 148 Otras
diócesis no han emprendido este camino, mientras en otras
partes existen dificultades en la integración de los
diáconos permanentes en la estructura
jerárquica.
Quedando a salvo la libertad de las Iglesias
particulares para restablecer o no, consintiéndolo el Sumo
Pontífice, el diaconado como grado permanente, está
claro que el acierto de esta restauración implica un diligente
proceso de selección, una formación seria y una
atención cuidadosa a los candidatos, así como
también un acompañamiento solícito no
sólo de estos ministros sagrados, sino también, en el
caso de los diáconos casados, de su familia, esposa e hijos.
149
La vida consagrada
43. La historia de la evangelización
de América es un elocuente testimonio del ingente esfuerzo
misional realizado por tantas personas consagradas, las cuales, desde
el comienzo, anunciaron el Evangelio, defendieron los derechos de los
indígenas y, con amor heroico a Cristo, se entregaron al
servicio del pueblo de Dios en el Continente. 150 La
aportación de las personas consagradas al anuncio del
Evangelio en América sigue siendo de suma importancia; se
trata de una aportación diversa según los carismas
propios de cada grupo: "los Institutos de vida contemplativa que
testifican lo absoluto de Dios, los Institutos apostólicos y
misionales que hacen a Cristo presente en los muy diversos campos de
la vida humana, los Institutos seculares que ayudan a resolver la
tensión entre apertura real a los valores del mundo moderno y
profunda entrega de corazón a Dios. Nacen también
nuevos Institutos y nuevas formas de vida consagrada que requieren
discreción evangélica". 151
Ya que "el futuro de la nueva
evangelización [...] es impensable sin una renovada
aportación de las mujeres, especialmente de las mujeres
consagradas", 152 urge favorecer su participación en diversos
sectores de la vida eclesial, incluidos los procesos en que se
elaboran las decisiones, especialmente en los asuntos que les
conciernen directamente. 153
"También hoy el testimonio de la vida
plenamente consagrada a Dios es una elocuente proclamación de
que Él basta para llenar la vida de cualquier persona". 154
Esta consagración al Señor ha de prolongarse en una
generosa entrega a la difusión del Reino de Dios. Por ello, a
las puertas del tercer milenio se ha de procurar "que la vida
consagrada sea más estimada y promovida por los Obispos,
sacerdotes y comunidades cristianas. Y que los consagrados,
conscientes del gozo y de la responsabilidad de su vocación,
se integren plenamente en la Iglesia particular a la que pertenecen y
fomenten la comunión y la mutua colaboración".
155
Los fieles laicos y la renovación de
la Iglesia
44. "La doctrina del Concilio Vaticano II
sobre la unidad de la Iglesia, como pueblo de Dios congregado en la
unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, subraya que
son comunes a la dignidad de todos los bautizados la imitación
y el seguimiento de Cristo, la comunión mutua y el mandato
misional". 156 Es necesario, por tanto, que los fieles laicos sean
conscientes de su dignidad de bautizados. Por su parte, los Pastores
han de estimar profundamente "el testimonio y la acción
evangelizadora de los laicos que integrados en el pueblo de Dios con
espiritualidad de comunión conducen a sus hermanos al
encuentro con Jesucristo vivo. La renovación de la Iglesia en
América no será posible sin la presencia activa de los
laicos. Por eso, en gran parte, recae en ellos la responsabilidad del
futuro de la Iglesia". 157
Los ámbitos en los que se realiza la
vocación de los fieles laicos son dos. El primero, y
más propio de su condición laical, es el de las
realidades temporales, que están llamados a ordenar
según la voluntad de Dios. 158 En efecto, "con su peculiar
modo de obrar, el Evangelio es llevado dentro de las estructuras del
mundo y obrando en todas partes santamente consagran el mismo mundo a
Dios". 159 Gracias a los fieles laicos, "la presencia y la
misión de la Iglesia en el mundo se realiza, de modo especial,
en la diversidad de carismas y ministerios que posee el laicado. La
secularidad es la nota característica y propia del laico y de
su espiritualidad que lo lleva a actuar en la vida familiar, social,
laboral, cultural y política, a cuya evangelización es
llamado. En un Continente en el que aparecen la emulación y la
propensión a agredir, la inmoderación en el consumo y
la corrupción, los laicos están llamados a encarnar
valores profundamente evangélicos como la misericordia, el
perdón, la honradez, la transparencia de corazón y la
paciencia en las condiciones difíciles. Se espera de los
laicos una gran fuerza creativa en gestos y obras que expresen una
vida coherente con el Evangelio". 160
América necesita laicos cristianos
que puedan asumir responsabilidades directivas en la sociedad. Es
urgente formar hombres y mujeres capaces de actuar, según su
propia vocación, en la vida pública,
orientándola al bien común. En el ejercicio de la
política, vista en su sentido más noble y
auténtico como administración del bien común,
ellos pueden encontrar también el camino de la propia
santificación. Para ello es necesario que sean formados tanto
en los principios y valores de la Doctrina social de la Iglesia, como
en nociones fundamentales de la teología del laicado. El
conocimiento profundo de los principios éticos y de los
valores morales cristianos les permitirá hacerse promotores en
su ambiente, proclamándolos también ante la llamada
"neutralidad del Estado". 161
Hay un segundo ámbito en el que
muchos fieles laicos están llamados a trabajar, y que puede
llamarse "intraeclesial". Muchos laicos en América sienten el
legítimo deseo de aportar sus talentos y carismas a "la
construcción de la comunidad eclesial como delegados de la
Palabra, catequistas, visitadores de enfermos o de encarcelados,
animadores de grupos etc.". 162 Los Padres sinodales han manifestado
el deseo de que la Iglesia reconozca algunas de estas tareas como
ministerios laicales, fundados en los sacramentos del Bautismo y la
Confirmación, dejando a salvo el carácter
específico de los ministerios propios del sacramento del
Orden. Se trata de un tema vasto y complejo para cuyo estudio
constituí, hace ya algún tiempo, una Comisión
especial 163 y sobre el que los organismos de la Santa Sede han ido
señalando paulatinamente algunas pautas directivas. 164 Se ha
de fomentar la provechosa cooperación de fieles laicos bien
preparados, hombres y mujeres, en diversas actividades dentro de la
Iglesia, evitando, sin embargo, una posible confusión con los
ministerios ordenados y con las actividades propias del sacramento
del Orden, a fin de distinguir bien el sacerdocio común de los
fieles del sacerdocio ministerial.
A este respecto, los Padres sinodales han
sugerido que las tareas confiadas a los laicos sean bien "distintas
de aquellas que son etapas para el ministerio ordenado" 165 y que los
candidatos al sacerdocio reciben antes del presbiterado. Igualmente
se ha observado que estas tareas laicales "no deben conferirse sino a
personas, varones y mujeres, que hayan adquirido la formación
exigida, según criterios determinados: una cierta permanencia,
una real disponibilidad con respecto a un determinado grupo de
personas, la obligación de dar cuenta a su propio Pastor". 166
De todos modos, aunque el apostolado intraeclesial de los laicos
tiene que ser estimulado, hay que procurar que este apostolado
coexista con la actividad propia de los laicos, en la que no pueden
ser suplidos por los sacerdotes: el ámbito de la realidades
temporales.
Dignidad de la mujer
45. Merece una especial atención la
vocación de la mujer. Ya en otras ocasiones he querido
expresar mi aprecio por la aportación específica de la
mujer al progreso de la humanidad y reconocer sus legítimas
aspiraciones a participar plenamente en la vida eclesial, cultural,
social y económica. 167 Sin esta aportación se
perderían algunas riquezas que sólo el "genio de la
mujer" 168 puede aportar a la vida de la Iglesia y de la sociedad
misma. No reconocerlo sería una injusticia histórica
especialmente en América, si se tiene en cuenta la
contribución de las mujeres al desarrollo material y cultural
del Continente, como también a la transmisión y
conservación de la fe. En efecto, "su papel fue decisivo sobre
todo en la vida consagrada, en la educación, en el cuidado de
la salud". 169
En varias regiones del Continente americano,
lamentablemente, la mujer es todavía objeto de
discriminaciones. Por eso se puede decir que el rostro de los pobres
en América es también el rostro de muchas mujeres. En
este sentido, los Padres sinodales han hablado de un "aspecto
femenino de la pobreza". 170 La Iglesia se siente obligada a insistir
sobre la dignidad humana, común a todas las personas. Ella
"denuncia la discriminación, el abuso sexual y la prepotencia
masculina como acciones contrarias al plan de Dios". 171 En
particular, deplora como abominable la esterilización, a veces
programada, de las mujeres, sobre todo de las más pobres y
marginadas, que es practicada a menudo de manera engañosa, sin
saberlo las interesadas; esto es mucho más grave cuando se
hacer para conseguir ayudas económicas a nivel
internacional.
La Iglesia en el Continente se siente
comprometida a intensificar su preocupación por la mujeres y a
defenderlas "de modo que la sociedad en América ayude
más a la vida familiar fundada en el matrimonio, proteja
más la maternidad y respete más la dignidad de todas
las mujeres". 172 Se debe ayudar a las mujeres americanas a tomar
parte activa y responsable en la vida y misión de la Iglesia,
173 como también se ha de reconocer la necesidad de la
sabiduría y cooperación de las mujeres en las tareas
directivas de la sociedad americana.
Los desafíos para la familia
cristiana
46. Dios Creador, formando al primer
varón y a la primera mujer, y mandando "sed fecundos y
multiplicaos" (Gn 1, 28), estableció definitivamente la
familia. De este santuario nace la vida y es aceptada como don de
Dios. La Palabra, leída asiduamente en la familia, la
construye poco a poco como iglesia doméstica y la hace fecunda
en humanismo y virtudes cristianas; allí se constituye la
fuente de las vocaciones. La vida de oración de la familia en
torno a alguna imagen de la Virgen hará que permanezca siempre
unida en torno a la Madre, como los discípulos de Jesús
(cf. Hch 1, 14)". 174 Son muchas las insidias que amenazan la solidez
de la institución familiar en la mayor parte de los
países de América, siendo, a la vez, desafíos
para los cristianos. Se deben mencionar, entre otros, el aumento de
los divorcios, la difusión del aborto, del infanticidio y de
la mentalidad contraceptiva. Ante esta situación hay que
subrayar "que el fundamento de la vida humana es la relación
nupcial entre el marido y la esposa, la cual entre los cristianos es
sacramental". 175
Es urgente, pues, una amplia
catequización sobre el ideal cristiano de la comunión
conyugal y de la vida familiar, que incluya una espiritualidad de la
paternidad y la maternidad. Es necesario prestar mayor
atención pastoral al papel de los hombres como maridos y
padres, así como a la responsabilidad que comparten con sus
esposas respecto al matrimonio, la familia y la educación de
los hijos. No debe omitirse una seria preparación de los
jóvenes antes del matrimonio, en la que se presente con
claridad la doctrina católica, a nivel teológico,
espiritual y antropológico sobre este sacramento. En un
Continente caracterizado por un considerable desarrollo
demográfico, como es América, deben incrementarse
continuamente las iniciativas pastorales dirigidas a las
familias.
Para que la familia cristiana sea
verdaderamente "iglesia doméstica", 176 está llamada a
ser el ámbito en que los padres transmiten la fe, pues ellos
"deben ser para sus hijos los primeros predicadores de la fe,
mediante la palabra y el ejemplo". 177 En la familia tampoco puede
faltar la práctica de la oración en la que se
encuentren unidos tanto los cónyuges entre sí, como con
sus hijos. A este respecto, se han de fomentar momentos de vida
espiritual en común: la participación en la
Eucaristía los días festivos, la práctica del
sacramento de la Reconciliación, la oración cotidiana
en familia y obras concretas de caridad. Así se
consolidará la fidelidad en el matrimonio y la unidad de la
familia. En un ambiente familiar con estas características no
será difícil que los hijos sepan descubrir su
vocación al servicio de la comunidad y de la Iglesia y que
aprendan, especialmente con el ejemplo de sus padres, que la vida
familiar es un camino para realizar la vocación universal a la
santidad. 178
Los jóvenes, esperanza del
futuro
47. Los jóvenes son una gran fuerza
social y evangelizadora. "Constituyen una parte numerosísima
de la población en muchas naciones de América. En el
encuentro de ellos con Cristo vivo se fundan la esperanza y la
expectativas de un futuro de mayor comunión y solidaridad para
la Iglesia y las sociedades de América". 179 Son evidentes los
esfuerzos que las Iglesias particulares realizan en el Continente
para acompañar a los adolescentes en el proceso
catequético antes de la Confirmación y de otras formas
de acompañamiento que les ofrecen para que crezcan en su
encuentro con Cristo y en el conocimiento del Evangelio. El proceso
de formación de los jóvenes debe ser constante y
dinámico, adecuado para ayudarles a encontrar su lugar en la
Iglesia y en el mundo. Por tanto, la pastoral juvenil ha de ocupar un
puesto privilegiado entre las preocupaciones de los Pastores y de las
comunidades.
En realidad, son muchos los jóvenes
americanos que buscan el sentido verdadero de su vida y que tienen
sed de Dios, pero muchas veces faltan las condiciones idóneas
para realizar sus capacidades y lograr sus aspiraciones.
Lamentablemente, la falta de trabajo y de esperanzas de futuro los
lleva en algunas ocasiones a la marginación y a la violencia.
La sensación de frustración que experimentan por todo
ello, los hace abandonar frecuentemente la búsqueda de Dios.
Ante esta situación tan compleja, "la Iglesia se compromete a
mantener su opción pastoral y misionera por los jóvenes
para que puedan hoy encontrar a Cristo vivo". 180
La acción pastoral de la Iglesia
llega a muchos de estos adolescentes y jóvenes mediante la
animación cristiana de la familia, la catequesis, las
instituciones educativas católicas y la vida comunitaria de la
parroquia. Pero hay otros muchos, especialmente entre los que sufren
diversas formas de pobreza, que quedan fuera del campo de la
actividad eclesial. Deben ser los jóvenes cristianos, formados
con una conciencia misionera madura, los apóstoles de sus
coetáneos. Es necesaria una acción pastoral que llegue
a los jóvenes en sus propios ambientes, como el colegio, la
universidad, el mundo del trabajo o el ambiente rural, con una
atención apropiada a su sensibilidad. En el ámbito
parroquial y diocesano será oportuno desarrollar
también una acción pastoral de la juventud que tenga en
cuenta la evolución del mundo de los jóvenes, que
busque el diálogo con ellos, que no deje pasar las ocasiones
propicias para encuentros más amplios, que aliente las
iniciativas locales y aproveche también lo que ya se realiza
en el ámbito interdiocesano e internacional.
Y, ¿qué hacer ante los
jóvenes que manifiestan comportamientos adolescentes de una
cierta inconstancia y dificultad para asumir compromisos serios para
siempre? Ante esta carencia de madurez es necesario invitar a los
jóvenes a ser valientes, ayudándoles a apreciar el
valor del compromiso para toda la vida, como es el caso del
sacerdocio, de la vida consagrada y del matrimonio cristiano.
181
Acompañar al niño en su
encuentro con Cristo
48. Los niños son don y signo de la
presencia de Dios. "Hay que acompañar al niño en su
encuentro con Cristo, desde su bautismo hasta su primera
comunión, ya que forma parte de la comunidad viviente de fe,
esperanza y caridad". 182 La Iglesia agradece la labor de los padres,
maestros, agentes pastorales, sociales y sanitarios, y de todos
aquellos que sirven a la familia y a los niños con la misma
actitud de Jesucristo que dijo: "Dejad que los niños vengan a
mí, y no se lo impidáis porque de los que son como
éstos es el Reino de los Cielos" (Mt 19, 14).
Con razón los Padres sinodales
lamentan y condenan la condición dolorosa de muchos
niños en toda América, privados de la dignidad y la
inocencia e incluso de la vida. "Esta condición incluye la
violencia, la pobreza, la carencia de casa, la falta de un adecuado
cuidado de sanidad y educación, los daños de las drogas
y del alcohol, y otros estados de abandono y de abuso". 183 A este
respecto, en el Sínodo se hizo mención especial de la
problemática del abuso sexual de los niños y de la
prostitución infantil, y los Padres lanzaron un urgente
llamado "a todos los que están en posiciones de autoridad en
la sociedad, para que realicen, como cosa prioritaria, todo lo que
está en su poder, para aliviar el dolor de los niños en
América". 184
Elementos de comunión con las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales
49. Entre la Iglesia católica y las
otras Iglesias y Comunidades eclesiales existe un esfuerzo de
comunión que tiene su raíz en el Bautismo administrado
en cada una de ellas. 185 Este esfuerzo se alimenta mediante la
oración, el diálogo y la acción común.
Los Padres sinodales han querido expresar una voluntad especial de
"cooperación al diálogo ya comenzado con la Iglesia
ortodoxa, con la que tenemos en común muchos elementos de fe,
de vida sacramental y de piedad". 186 Las propuestas concretas de la
Asamblea sinodal sobre el conjunto de las Iglesias y Comunidades
eclesiales cristianas no católicas son múltiples. Se
propone, en primer lugar, "que los cristianos católicos,
Pastores y fieles, fomenten el encuentro de los cristianos de las
diversas confesiones, en la cooperación, en nombre del
Evangelio, para responder al clamor de los pobres, con la
promoción de la justicia, la oración común por
la unidad y la participación en la Palabra de Dios y la
experiencia de la fe en Cristo vivo". 187 Deben también
alentarse, cuando sea oportuno y conveniente, las reuniones de
expertos de las diversas Iglesias y Comunidades eclesiales para
facilitar el diálogo ecuménico. El ecumenismo ha de ser
objeto de reflexión y de comunicación de experiencias
entre las diversas Conferencias Episcopales católicas del
Continente.
Si bien el Concilio Vaticano II se refiere a
todos los bautizados y creyentes en Cristo "como hermanos en el
Señor", 188 es necesario distinguir con claridad las
comunidades cristianas, con las cuales es posible establecer
relaciones inspiradas en el espíritu del ecumenismo, de las
sectas, cultos y otros movimientos pseudoreligiosos.
Relación de la Iglesia con las
comunidades judías
50. En la sociedad americana existen
también comunidades judías con las que la Iglesia ha
llevado a cabo en estos últimos años una
colaboración creciente. 189 En la historia de la
salvación es evidente nuestra especial relación con el
pueblo judío. De ese pueblo nació Jesús, quien
dio comienzo a su Iglesia dentro de la Nación judía.
Gran parte de la Sagrada Escritura que los cristianos leemos como
palabra de Dios, constituye un patrimonio espiritual común con
los judíos. 190 Se ha de evitar, pues, toda actitud negativa
hacia ellos, ya que "para bendecir al mundo es necesario que los
judíos y los cristianos sean previamente bendición los
unos para los otros. 191
Religiones no cristianas
51. Respecto a las religiones no cristianas,
la Iglesia católica no rechaza nada de lo que en ellas hay de
verdadero y santo. 192 Por ello, con respecto a las otras religiones,
los católicos quieren subrayar los elementos de verdad
dondequiera que puedan encontrarse, pero a la vez testifican
fuertemente la novedad de la revelación de Cristo, custodiada
en su integridad por la Iglesia. 193 En coherencia con esta actitud,
los católicos rechazan como extraña al espíritu
de Cristo toda discriminación o persecución contra las
personas por motivos de raza, color, condición de vida o
religión. La diferencia de religión nunca debe ser
causa de violencia o de guerra. Al contrario, las personas de
creencias diversas deben sentirse movidas, precisamente por su
adhesión a las mismas, a trabajar juntas por la paz y la
justicia.
"Los musulmanes, como los cristianos y los judíos, llaman a Abraham,
padre suyo. Este hecho debe asegurar que en toda América estas tres comunidades
vivan armónicamente y trabajen juntas por el bien común. Igualmente,
la Iglesia en América debe esforzarse por aumentar el mutuo respeto y
las buenas relaciones con las religiones nativas americanas". 194 La misma actitud
debe tenerse con los grupos hinduistas y budistas o de otras religiones que
las recientes inmigraciones, procedentes de países orientales, han llevado
al suelo americano.
CAPÍTULO V
CAMINO PARA LA SOLIDARIDAD
"En esto conocerán todos que sois discípulos
míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13,
35)
La solidaridad, fruto de la
comunión
52. "En verdad os digo que cuanto hicisteis
a uno de estos hermanos míos más pequeños, a
mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40; cf. 25, 45). La conciencia de
la comunión con Jesucristo y con los hermanos, que es, a su
vez, fruto de la conversión, lleva a servir al prójimo
en todas sus necesidades, tanto materiales como espirituales, para
que en cada hombre resplandezca el rostro de Cristo. Por eso, "la
solidaridad es fruto de la comunión que se funda en el
misterio de Dios uno y trino, y en el Hijo de Dios encarnado y muerto
por todos. Se expresa en el amor del cristiano que busca el bien de
los otros, especialmente de los más necesitados".
195
De aquí deriva para las Iglesias
particulares del Continente americano el deber de la recíproca
solidaridad y de compartir sus dones espirituales y los bienes
materiales con que Dios las ha bendecido, favoreciendo la
disponibilidad de las personas para trabajar donde sea necesario.
Partiendo del Evangelio se ha de promover una cultura de la
solidaridad que incentive oportunas iniciativas de ayuda a los pobres
y a los marginados, de modo especial a los refugiados, los cuales se
ven forzados a dejar sus pueblos y tierras para huir de la violencia.
La Iglesia en América ha de alentar también a los
organismos internacionales del Continente con el fin de establecer un
orden económico en el que no domine sólo el criterio
del lucro, sino también el de la búsqueda del bien
común nacional e internacional, la distribución
equitativa de los bienes y la promoción integral de los
pueblos. 196
La doctrina de la Iglesia, expresión
de las exigencias de la conversión
53. Mientras el relativismo y el
subjetivismo se difunden de modo preocupante en el campo de la
doctrina moral, la Iglesia en América está llamada a
anunciar con renovada fuerza que la conversión consiste en la
adhesión a la persona de Jesucristo, con todas las
implicaciones teológicas y morales ilustradas por el
Magisterio eclesial. Hay que reconocer, "el papel que realizan, en
esta línea, los teólogos, los catequistas y los
profesores de religión que, exponiendo la doctrina de la
Iglesia con fidelidad al Magisterio, cooperan directamente en la
recta formación de la conciencia de los fieles". 197 Si
creemos que Jesús es la Verdad (cf. Jn 14, 6) desearemos
ardientemente ser sus testigos para acercar a nuestros hermanos a la
verdad plena que está en el Hijo de Dios hecho hombre, muerto
y resucitado por la salvación del género humano. "De
este modo podremos ser, en este mundo, lámparas vivas de fe,
esperanza y caridad". 198
Doctrina social de la Iglesia
54. Ante los graves problemas de orden
social que, con características diversas, existen en toda
América, el católico sabe que puede encontrar en la
doctrina social de la Iglesia la respuesta de la que partir para
buscar soluciones concretas. Difundir esta doctrina constituye, pues,
una verdadera prioridad pastoral. Para ello es importante "que en
América los agentes de evangelización (Obispos,
sacerdotes, profesores, animadores pastorales, etc.) asimilen este
tesoro que es la doctrina social de la Iglesia, e, iluminados por
ella, se hagan capaces de leer la realidad actual y de buscar
vías para la acción". 199 A este respecto, hay que
fomentar la formación de fieles laicos capaces de trabajar, en
nombre de la fe en Cristo, para la transformación de las
realidades terrenas. Además, será oportuno promover y
apoyar el estudio de esta doctrina en todos los ámbitos de las
Iglesias particulares de América y, sobre todo, en el
universitario, para que sea conocida con mayor profundidad y aplicada
en la sociedad americana.
Para alcanzar este objetivo sería muy
útil un compendio o síntesis autorizada de la doctrina
social católica, incluso un "catecismo", que muestre la
relación existente entre ella y la nueva
evangelización. La parte que el Catecismo de la Iglesia
Católica dedica a esta materia, a propósito del
séptimo mandamiento del Decálogo, podría ser el
punto de partida de este "Catecismo de doctrina social
católica". Naturalmente, como ha sucedido con el Catecismo de
la Iglesia Católica, se limitaría a formular los
principios generales, dejando a aplicaciones posteriores el tratar
sobre los problemas relacionados con las diversas situaciones
locales. 200
En la doctrina social de la Iglesia ocupa un
lugar importante el derecho a un trabajo digno. Por esto, ante las
altas tasas de desempleo que afectan a muchos países
americanos y ante las duras condiciones en que se encuentran no pocos
trabajadores en la industria y en el campo, "es necesario valorar el
trabajo como dimensión de realización y de dignidad de
la persona humana. Es una responsabilidad ética de una
sociedad organizada promover y apoyar una cultura del trabajo".
201
Globalización de la
solidaridad
55. El complejo fenómeno de la
globalización, como he recordado más arriba, es una de
las características del mundo actual, perceptible
especialmente en América. Dentro de esta realidad
polifacética, tiene gran importancia el aspecto
económico. Con su doctrina social, la Iglesia ofrece una
valiosa contribución a la problemática que presenta la
actual economía globalizada. Su visión moral en esta
materia "se apoya en las tres piedras angulares fundamentales de la
dignidad humana, la solidaridad y la subsidiariedad". 202 La
economía globalizada debe ser analizada a la luz de los
principios de la justicia social, respetando la opción
preferencial por los pobres, que han de ser capacitados para
protegerse en una economía globalizada, y ante las exigencias
del bien común internacional. En realidad, "la doctrina social
de la Iglesia es la visión moral que intenta asistir a los
gobiernos, a las instituciones y las organizaciones privadas para que
configuren un futuro congruente con la dignidad de cada persona. A
través de este prisma se pueden valorar las cuestiones que se
refieren a la deuda externa de las naciones, a la corrupción
política interna y a la discriminación dentro [de
la propia nación] y entre las naciones". 203
La Iglesia en América está
llamada no sólo a promover una mayor integración entre
las naciones, contribuyendo de este modo a crear una verdadera
cultura globalizada de la solidaridad, 204 sino también a
colaborar con los medios legítimos en la reducción de
los efectos negativos de la globalización, como son el dominio
de los más fuertes sobre los más débiles,
especialmente en el campo económico, y la pérdida de
los valores de las culturas locales en favor de una mal entendida
homogeneización.
Pecados sociales que claman al
cielo
56. A la luz de la doctrina social de la
Iglesia se aprecia también, más claramente, la gravedad
de "los pecados sociales que claman al cielo, porque generan
violencia, rompen la paz y la armonía entre las comunidades de
una misma nación, entre las naciones y entre las diversas
partes del Continente". 205 Entre estos pecados se deben recordar,
"el comercio de drogas, el lavado de las ganancias ilícitas,
la corrupción en cualquier ambiente, el terror de la
violencia, el armamentismo, la discriminación racial, las
desigualdades entre los grupos sociales, la irrazonable
destrucción de la naturaleza". 206 Estos pecados manifiestan
una profunda crisis debido a la pérdida del sentido de Dios y
a la ausencia de los principios morales que deben regir la vida de
todo hombre. Sin una referencia moral se cae en un afán
ilimitado de riqueza y de poder, que ofusca toda visión
evangélica de la realidad social.
No pocas veces, esto provoca que algunas
instancias públicas se despreocupen de la situación
social. Cada vez más, en muchos países americanos
impera un sistema conocido como "neoliberalismo"; sistema que
haciendo referencia a una concepción economicista del hombre,
considera las ganancias y las leyes del mercado como
parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del
respeto de las personas y los pueblos. Dicho sistema se ha
convertido, a veces, en una justificación ideológica de
algunas actitudes y modos de obrar en el campo social y
político, que causan la marginación de los más
débiles. De hecho, los pobres son cada vez más
numerosos, víctimas de determinadas políticas y de
estructuras frecuentemente injustas. 207
La mejor respuesta, desde el Evangelio, a
esta dramática situación es la promoción de la
solidaridad y de la paz, que hagan efectivamente realidad la
justicia. Para esto se ha de alentar y ayudar a aquellos que son
ejemplo de honradez en la administración del erario
público y de la justicia. Igualmente se ha de apoyar el
proceso de democratización que está en marcha en
América, 208 ya que en un sistema democrático son
mayores las posibilidades de control que permiten evitar los
abusos.
"El Estado de Derecho es la condición
necesaria para establecer una verdadera democracia". 209 Para que
ésta se pueda desarrollar, se precisa la educación
cívica así como la promoción del orden
público y de la paz en la convivencia civil. En efecto, "no
hay una democracia verdadera y estable sin justicia social. Para esto
es necesario que la Iglesia preste mayor atención a la
formación de la conciencia, prepare dirigentes sociales para
la vida publica en todos los niveles, promueva la educación
ética, la observancia de la ley y de los derechos humanos y
emplee un mayor esfuerzo en la formación ética de la
clase política". 210
El fundamento último de los derechos
humanos
57. Conviene recordar que el fundamento
sobre el que se basan todos los derechos humanos es la dignidad de la
persona. En efecto, "la mayor obra divina, el hombre, es imagen y
semejanza de Dios. Jesús asumió nuestra naturaleza
menos el pecado; promovió y defendió la dignidad de
toda persona humana sin excepción alguna; murió por la
libertad de todos. El Evangelio nos muestra cómo Jesucristo
subrayó la centralidad de la persona humana en el orden
natural (cf. Lc 12, 22 29), en el orden social y en el orden
religioso, incluso respecto a la Ley (cf. Mc 2, 27); defendiendo el
hombre y también la mujer (cf. Jn 8, 11) y los niños
(cf. Mt 19, 13 15), que en su tiempo y en su cultura ocupaban un
lugar secundario en la sociedad. De la dignidad del hombre en cuanto
hijo de Dios nacen los derechos humanos y las obligaciones". 211 Por
esta razón, "todo atropello a la dignidad del hombre es
atropello al mismo Dios, de quien es imagen". 212 Esta dignidad es
común a todos los hombres sin excepción, ya que todos
han sido creados a imagen de Dios (cf. Gn 1, 26). La respuesta de
Jesús a la pregunta "¿Quién es mi prójimo?"
(Lc 10, 29) exige de cada uno una actitud de respeto por la dignidad
del otro y de cuidado solícito hacia él, aunque se
trate de un extranjero o un enemigo (cf. Lc 10, 30 37). En toda
América la conciencia de la necesidad de respetar los derechos
humanos ha ido creciendo en estos últimos tiempos, sin embargo
todavía queda mucho por hacer, si se consideran las
violaciones de los derechos de personas y de grupos sociales que
aún se dan en el Continente.
Amor preferencial por los pobres y
marginados
58. "La Iglesia en América debe
encarnar en sus iniciativas pastorales la solidaridad de la Iglesia
universal hacia los pobres y marginados de todo género. Su
actitud debe incluir la asistencia, promoción,
liberación y aceptación fraterna. La Iglesia pretende
que no haya en absoluto marginados". 213 El recuerdo de los
capítulos oscuros de la historia de América relativos a
la existencia de la esclavitud y de otras situaciones de
discriminación social, ha de suscitar un sincero deseo de
conversión que lleve a la reconciliación y a la
comunión.
La atención a los más
necesitados surge de la opción de amar de manera preferencial
a los pobres. Se trata de un amor que no es exclusivo y no puede ser
pues interpretado como signo de particularismo o de sectarismo; 214
amando a los pobres el cristiano imita las actitudes del
Señor, que en su vida terrena se dedicó con
sentimientos de compasión a las necesidades de las personas
espiritual y materialmente indigentes.
La actividad de la Iglesia en favor de los
pobres en todas las partes del Continente es importante; no obstante
hay que seguir trabajando para que esta línea de acción
pastoral sea cada vez más un camino para el encuentro con
Cristo, el cual, siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de
enriquecernos con su pobreza (cf. 2 Co 8, 9). Se debe intensificar y
ampliar cuanto se hace ya en este campo, intentando llegar al mayor
número posible de pobres. La Sagrada Escritura nos recuerda
que Dios escucha el clamor de los pobres (cf. Sal 34 [33],7)
y la Iglesia ha de estar atenta al clamor de los más
necesitados. Escuchando su voz, "la Iglesia debe vivir con los pobres
y participar de sus dolores. [...] Debe finalmente testificar
por su estilo de vida que sus prioridades, sus palabras y sus
acciones, y ella misma está en comunión y solidaridad
con ellos". 215
La deuda externa
59. La existencia de una deuda externa que
asfixia a muchos pueblos del Continente americano es un problema
complejo. Aun sin entrar en sus numerosos aspectos, la Iglesia en su
solicitud pastoral no puede ignorar este problema, ya que afecta a la
vida de tantas personas. Por eso, diversas Conferencias Episcopales
de América, conscientes de su gravedad, han organizado
estudios sobre el mismo y publicado documentos para buscar soluciones
eficaces. 216 Yo he expresado también varias veces mi
preocupación por esta situación, que en algunos casos
se ha hecho insostenible. En la perspectiva del ya próximo
Gran Jubileo del año 2000 y recordando el sentido social que
los Jubileos tenían en el Antiguo Testamento, escribí:
"Así, en el espíritu del Libro del Levítico (25,
8 12), los cristianos deberán hacerse voz de todos los pobres
del mundo, proponiendo el Jubileo como un tiempo oportuno para pensar
entre otras cosas en una notable reducción, si no en una total
condonación, de la deuda internacional que grava sobre el
destino de muchas naciones". 217
Reitero mi deseo, hecho propio por los
Padres sinodales, de que el Pontificio Consejo "Justicia y Paz",
junto con otros organismos competentes, como es la sección
para las Relaciones con los Estados de la Secretaría de
Estado, "busque, en el estudio y el diálogo con representantes
del Primer Mundo y con responsables del Banco Mundial y del Fondo
Monetario Internacional, vías de solución para el
problema de la deuda externa y normas que impidan la
repetición de tales situaciones con ocasión de futuros
préstamos". 218 Al nivel más amplio posible,
sería oportuno que "expertos en economía y cuestiones
monetarias, de fama internacional, procedieran a un análisis
crítico del orden económico mundial, en sus aspectos
positivos y negativos, de modo que se corrija el orden actual, y
propongan un sistema y mecanismos capaces de promover el desarrollo
integral y solidario de las personas y los pueblos". 219
Lucha contra la corrupción
60. En América el fenómeno de
la corrupción está también ampliamente
extendido. La Iglesia puede contribuir eficazmente a erradicar este
mal de la sociedad civil con "una mayor presencia de cristianos
laicos cualificados que, por su origen familiar, escolar y
parroquial, promuevan la práctica de valores como la verdad,
la honradez, la laboriosidad y el servicio del bien común".
220 Para lograr este objetivo y también para iluminar a todos
los hombres de buena voluntad, deseosos de poner fin a los males
derivados de la corrupción, hay que enseñar y difundir
lo más posible la parte que corresponde a este tema en el
Catecismo de la Iglesia Católica, promoviendo al mismo tiempo
entre los católicos de cada Nación el conocimiento de
los documentos publicados al respecto por las Conferencias
Episcopales de las otras Naciones. 221 Los cristianos así
formados contribuirán significativamente a la solución
de este problema, esforzándose en llevar a la práctica
la doctrina social de la Iglesia en todos los aspectos que afecten a
sus vidas y en aquellos otros a los que pueda llegar su
influjo.
El problema de las drogas
61. En relación con el grave problema
del comercio de drogas, la Iglesia en América puede colaborar
eficazmente con los responsables de las Naciones, los directivos de
empresas privadas, las organizaciones no gubernamentales y las
instancias internacionales para desarrollar proyectos que eliminen
este comercio que amenaza la integridad de los pueblos en
América. 222 Esta colaboración debe extenderse a los
órganos legislativos, apoyando las iniciativas que impidan el
"blanqueo de dinero", favorezcan el control de los bienes de quienes
están implicados en este tráfico y vigilen que la
producción y comercio de las sustancias químicas para
la elaboración de drogas se realicen según las normas
legales. La urgencia y gravedad del problema hacen apremiante un
llamado a los diversos ambientes y grupos de la sociedad civil para
luchar unidos contra el comercio de la droga. 223 Por lo que respecta
específicamente a los Obispos, es necesario
&emdash;según una sugerencia de los Padres sinodales&emdash;
que ellos mismos, como Pastores del pueblo de Dios, denuncien con
valentía y con fuerza el hedonismo, el materialismo y los
estilos de vida que llevan fácilmente a la droga.
224
Hay que tener también presente que se
debe ayudar a los agricultores pobres para que no caigan en la
tentación del dinero fácil obtenible con el cultivo de
las plantas de las que se extraen las drogas. A este respecto, las
Organizaciones internacionales pueden prestar una colaboración
preciosa a los Gobiernos nacionales favoreciendo, con incentivos
diversos, las producciones agrícolas alternativas. Se ha de
alentar también la acción de quienes se esfuerzan en
sacar de la droga a los que la usan, dedicando una atención
pastoral a las víctimas de la tóxicodependencia. Tiene
una importancia fundamental ofrecer el verdadero "sentido de la vida"
a las nuevas generaciones, que por carencia del mismo acaban por caer
frecuentemente en la espiral perversa de los estupefacientes. Este
trabajo de recuperación y rehabilitación social puede
ser también una verdadera y propia tarea de
evangelización. 225
La carrera de armamentos
62. Un factor que paraliza gravemente el
progreso de no pocas naciones de América es la carrera de
armamentos. Desde las Iglesias particulares de América debe
alzarse una voz profética que denuncie tanto el armamentismo
como el escandaloso comercio de armas de guerra, el cual emplea sumas
ingentes de dinero que deberían, en cambio, destinarse a
combatir la miseria y a promover el desarrollo. 226 Por otra parte,
la acumulación de armamentos es un factor de inestabilidad y
una amenaza para la paz. 227 Por esto, la Iglesia está
vigilante ante el riesgo de conflictos armados, incluso, entre
naciones hermanas. Ella, como signo e instrumento de
reconciliación y paz, ha de procurar "por todos los medios
posibles, también por el camino de la mediación y del
arbitraje, actuar en favor de la paz y de la fraternidad entre los
pueblos". 228
Cultura de la muerte y sociedad dominada por
los poderosos
63. Hoy en América, como en otras
partes del mundo, parece perfilarse un modelo de sociedad en la que
dominan los poderosos, marginando e incluso eliminando a los
débiles. Pienso ahora en los niños no nacidos,
víctimas indefensas del aborto; en los ancianos y enfermos
incurables, objeto a veces de la eutanasia; y en tantos otros seres
humanos marginados por el consumismo y el materialismo. No puedo
ignorar el recurso no necesario a la pena de muerte cuando otros
"medios incruentos bastan para defender y proteger la seguridad de
las personas contra el agresor [...] En efecto, hoy, teniendo
en cuenta las posibilidades de que dispone el Estado para reprimir
eficazmente el crimen dejando inofensivo a quien lo ha cometido, sin
quitarle definitivamente la posibilidad de arrepentirse, los casos de
absoluta necesidad de eliminar al reo "son ya muy raros, por no decir
prácticamente inexistentes"". 229 Semejante modelo de sociedad
se caracteriza por la cultura de la muerte y, por tanto, en contraste
con el mensaje evangélico. Ante esta desoladora realidad, la
Comunidad eclesial trata de comprometerse cada vez más en
defender la cultura de la vida.
Por ello, los Padres sinodales,
haciéndose eco de los recientes documentos del Magisterio de
la Iglesia, han subrayado con vigor la incondicionada reverencia y la
total entrega a favor de la vida humana desde el momento de la
concepción hasta el momento de la muerte natural, y expresan
la condena de males como el aborto y la eutanasia. Para mantener
estas doctrinas de la ley divina y natural, es esencial promover el
conocimiento de la doctrina social de la Iglesia, y comprometerse
para que los valores de la vida y de la familia sean reconocidos y
defendidos en el ámbito social y en la legislación del
Estado. 230 Además de la defensa de la vida, se ha de
intensificar, a través de múltiples instituciones
pastorales, una activa promoción de las adopciones y una
constante asistencia a las mujeres con problemas por su embarazo,
tanto antes como después del nacimiento del hijo. Se ha de
dedicar además una especial atención pastoral a las
mujeres que han padecido o procurado activamente el aborto.
231
Doy gracias a Dios y manifiesto mi vivo
aprecio a los hermanos y hermanas en la fe que en América,
unidos a otros cristianos y a innumerables personas de buena
voluntad, están comprometidos a defender con los medios
legales la vida y a proteger al no nacido, al enfermo incurable y a
los discapacitados. Su acción es aún más
laudable si se consideran la indiferencia de muchos, las insidias
eugenésicas y los atentados contra la vida y la dignidad
humana, que diariamente se cometen por todas partes. 232
Esta misma solicitud se ha de tener con los
ancianos, a veces descuidados y abandonados. Ellos deben ser
respetados como personas. Es importante poner en práctica para
ellos iniciativas de acogida y asistencia que promuevan sus derechos
y aseguren, en la medida de lo posible, su bienestar físico y
espiritual. Los ancianos deben ser protegidos de las situaciones y
presiones que podrían empujarlos al suicidio; en particular
han de ser sostenidos contra la tentación del suicidio
asistido y de la eutanasia.
Junto con los Pastores del pueblo de Dios en
América, dirijo un llamado a "los católicos que
trabajan en el campo médico sanitario y a quienes ejercen
cargos públicos, así como a los que se dedican a la
enseñanza, para que hagan todo lo posible por defender las
vidas que corren más peligro, actuando con una conciencia
rectamente formada según la doctrina católica. Los
Obispos y los presbíteros tienen, en este sentido, la especial
responsabilidad de dar testimonio incansable en favor del Evangelio
de la vida y de exhortar a los fieles para que actúen en
consecuencia". 233 Al mismo tiempo, es preciso que la Iglesia en
América ilumine con oportunas intervenciones la toma de
decisiones de los cuerpos legislativos, animando a los ciudadanos,
tanto a los católicos como a los demás hombres de buena
voluntad, a crear organizaciones para promover buenos proyectos de
ley y así se impidan aquellos otros que amenazan a la familia
y la vida, que son dos realidades inseparables. En nuestros
días hay que tener especialmente presente todo lo que se
refiere a la investigación embrionaria, para que de
ningún modo se vulnere la dignidad humana.
Los pueblos indígenas y los
americanos de origen africano
64. Si la Iglesia en América, fiel al
Evangelio de Cristo, desea recorre el camino de la solidaridad, debe
dedicar una especial atención a aquellas etnias que
todavía hoy son objeto de discriminaciones injustas. En
efecto, hay que erradicar todo intento de marginación contra
las poblaciones indígenas. Ello implica, en primer lugar, que
se deben respetar sus tierras y los pactos contraídos con
ellos; igualmente, hay que atender a sus legítimas necesidades
sociales, sanitarias y culturales. Habrá que recordar la
necesidad de reconciliación entre los pueblos indígenas
y las sociedades en las que viven.
Quiero recordar ahora que los americanos de
origen africano siguen sufriendo también, en algunas partes,
prejuicios étnicos, que son un obstáculo importante
para su encuentro con Cristo. Ya que todas las personas, de cualquier
raza y condición, han sido creadas por Dios a su imagen,
conviene promover programas concretos, en los que no debe faltar la
oración en común, los cuales favorezcan la
comprensión y reconciliación entre pueblos diversos,
tendiendo puentes de amor cristiano, de paz y de justicia entre todos
los hombres. 234
Para lograr estos objetivos es indispensable
formar agentes pastorales competentes, capaces de usar métodos
ya "inculturados" legítimamente en la catequesis y en la
liturgia. Así también, se conseguirá mejor un
número adecuado de pastores que desarrollen sus actividades
entre los indígenas, si se promueven las vocaciones al
sacerdocio y a la vida consagrada entre dichos pueblos.
235
La problemática de los
inmigrados
65. El Continente americano ha conocido en
su historia muchos movimientos de inmigración, que llevaron
multitud de hombres y mujeres a las diversas regiones con la
esperanza de un futuro mejor. El fenómeno continúa
también hoy y afecta concretamente a numerosas personas y
familias procedentes de Naciones latinoamericanas del Continente, que
se han instalado en las regiones del Norte, constituyendo en algunos
casos una parte considerable de la población. A menudo llevan
consigo un patrimonio cultural y religioso, rico de significativos
elementos cristianos. La Iglesia es consciente de los problemas
provocados por esta situación y se esfuerza en desarrollar una
verdadera atención pastoral entre dichos inmigrados, para
favorecer su asentamiento en el territorio y para suscitar, al mismo
tiempo, una actitud de acogida por parte de las poblaciones locales,
convencida de que la mutua apertura será un enriquecimiento
para todos.
Las comunidades eclesiales procurarán
ver en este fenómeno un llamado específico a vivir el
valor evangélico de la fraternidad y a la vez una
invitación a dar un renovado impulso a la propia religiosidad
para una acción evangelizadora más incisiva. En este
sentido, los Padres sinodales consideran que "la Iglesia en
América debe ser abogada vigilante que proteja, contra todas
las restricciones injustas, el derecho natural de cada persona a
moverse libremente dentro de su propia nación y de una
nación a otra. Hay que estar atentos a los derechos de los
emigrantes y de sus familias, y al respeto de su dignidad humana,
también en los casos de inmigraciones no legales".
236
Con respecto a los inmigrantes, es necesaria una actitud hospitalaria y acogedora,
que los aliente a integrarse en la vida eclesial, salvaguardando siempre su
libertad y su peculiar identidad cultural. A este fin es muy importante la colaboración
entre las diócesis de las que proceden y aquellas en las que son acogidos,
también mediante las específicas estructuras pastorales previstas
en la legislación y en la praxis de la Iglesia. 237 Se puede asegurar
así la atención pastoral más adecuada posible e integral.
La Iglesia en América debe estar impulsada por la constante solicitud
de que no falte una eficaz evangelización a los que han llegado recientemente
y no conocen todavía a Cristo. 238
CAPÍTULO VI
LA MISIÓN DE LA IGLESIA HOY EN AMÉRICA: LA NUEVA
EVANGELIZACIÓN
"Como el Padre me envió, también yo os envío"
(Jn 20, 21)
Enviados por Cristo
66. Cristo resucitado, antes de su
ascensión al cielo, envió a los Apóstoles a
anunciar el Evangelio al mundo entero (cf. Mc 16, 15),
confiriéndoles los poderes necesarios para realizar esta
misión. Es significativo que, antes de darles el último
mandato misionero, Jesús se refiriera al poder universal
recibido del Padre (cf. Mt 28, 18). En efecto, Cristo
transmitió a los Apóstoles la misión recibida
del Padre (cf. Jn 20, 21), haciéndolos así
partícipes de sus poderes. Pero también "los fieles
laicos, precisamente por ser miembros de la Iglesia, tienen la
vocación y misión de ser anunciadores del Evangelio:
son habilitados y comprometidos en esta tarea por los sacramentos de
la iniciación cristiana y por los dones del Espíritu
Santo". 239 En efecto, ellos han sido "hechos partícipes, a su
modo, de la función sacerdotal, profética y real de
Cristo". 240 Por consiguiente, "los fieles laicos &emdash;por su
participación en el oficio profético de Cristo&emdash;
están plenamente implicados en esta tarea de la Iglesia", 241
y por ello deben sentirse llamados y enviados a proclamar la Buena
Nueva del Reino. Las palabras de Jesús: "Id también
vosotros a mi viña" (Mt 20, 4), 242 deben considerarse
dirigidas no sólo a los Apóstoles, sino a todos los que
desean ser verdaderos discípulos del Señor.
La tarea fundamental a la que Jesús
envía a sus discípulos es el anuncio de la Buena Nueva,
es decir, la evangelización (cf. Mc 16, 15 18). De ahí
que, "evangelizar constituye, en efecto, la dicha y vocación
propia de la Iglesia, su identidad más profunda". 243 Como he
manifestado en otras ocasiones, la singularidad y novedad de la
situación en la que el mundo y la Iglesia se encuentran, a las
puertas del Tercer milenio, y las exigencias que de ello se derivan,
hacen que la misión evangelizadora requiera hoy un programa
también nuevo que puede definirse en su conjunto como "nueva
evangelización". 244 Como Pastor supremo de la Iglesia deseo
fervientemente invitar a todos los miembros del pueblo de Dios, y
particularmente a los que viven en el Continente americano
&emdash;donde por vez primera hice un llamado a un compromiso nuevo
"en su ardor, en sus métodos, en su expresión"
245&emdash; a asumir este proyecto y a colaborar en él. Al
aceptar esta misión, todos deben recordar que el núcleo
vital de la nueva evangelización ha de ser el anuncio claro e
inequívoco de la persona de Jesucristo, es decir, el anuncio
de su nombre, de su doctrina, de su vida, de sus promesas y del Reino
que Él nos ha conquistado a través de su misterio
pascual. 246
Jesucristo, "buena nueva" y primer
evangelizador
67. Jesucristo es la "buena nueva" de la
salvación comunicada a los hombres de ayer, de hoy y de
siempre; pero al mismo tiempo es también el primer y supremo
evangelizador. 247 La Iglesia debe centrar su atención
pastoral y su acción evangelizadora en Jesucristo crucificado
y resucitado. "Todo lo que se proyecte en el campo eclesial ha de
partir de Cristo y de su Evangelio". 248 Por lo cual, "la Iglesia en
América debe hablar cada vez más de Jesucristo, rostro
humano de Dios y rostro divino del hombre. Este anuncio es el que
realmente sacude a los hombres, despierta y transforma los
ánimos, es decir, convierte. Cristo ha de ser anunciado con
gozo y con fuerza, pero principalmente con el testimonio de la propia
vida". 249
Cada cristiano podrá llevar a cabo
eficazmente su misión en la medida en que asuma la vida del
Hijo de Dios hecho hombre como el modelo perfecto de su acción
evangelizadora. La sencillez de su estilo y sus opciones han de ser
normativas para todos en la tarea de la evangelización. En
esta perspectiva, los pobres han de ser considerados ciertamente
entre los primeros destinatarios de la evangelización, a
semejanza de Jesús, que decía de sí mismo: "El
Espíritu del Señor [...] me ha ungido. Me ha
enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva" (Lc 4, 18).
250
Como ya he indicado antes, el amor por los pobres ha de ser preferencial, pero
no excluyente. El haber descuidado, como señalaron los Padres sinodales,
la atención pastoral de los ambientes dirigentes de la sociedad, con
el consiguiente alejamiento de la Iglesia de no pocos de ellos, 251 se debe,
en parte, a un planteamiento del cuidado pastoral de los pobres con un cierto
exclusivismo. Los daños derivados de la difusión del secularismo
en dichos ambientes, tanto políticos, como económicos, sindicales,
militares, sociales o culturales, muestran la urgencia de una evangelización
de los mismos, la cual debe ser alentada y guiada por los Pastores, llamados
por Dios para atender a todos. Es necesario evangelizar a los dirigentes, hombres
y mujeres, con renovado ardor y nuevos métodos, insistiendo principalmente
en la formación de sus conciencias mediante la doctrina social de la
Iglesia. Esta formación será el mejor antídoto frente a
tantos casos de incoherencia y, a veces, de corrupción que afectan a
las estructuras sociopolíticas. Por el contrario, si se descuida esta
evangelización de los dirigentes, no debe sorprender que muchos de ellos
sigan criterios ajenos al Evangelio y, a veces, abiertamente contrarios a él.
A pesar de todo, y en claro contraste con quienes carecen de una mentalidad
cristiana, hay que reconocer "los intentos de no pocos [...] dirigentes
por construir una sociedad justa y solidaria". 252
El encuentro con Cristo lleva a
evangelizar
68. El encuentro con el Señor produce
una profunda transformación de quienes no se cierran a
Él. El primer impulso que surge de esta transformación
es comunicar a los demás la riqueza adquirida en la
experiencia de este encuentro. No se trata sólo de
enseñar lo que hemos conocido, sino también, como la
mujer samaritana, de hacer que los demás encuentren
personalmente a Jesús: "Venid a ver" (Jn 4, 29). El resultado
será el mismo que se verificó en el corazón de
los samaritanos, que decían a la mujer: "Ya no creemos por tus
palabras; que nosotros mismos hemos oído y sabemos que
éste es verdaderamente el Salvador del mundo" (Jn 4, 42). La
Iglesia, que vive de la presencia permanente y misteriosa de su
Señor resucitado, tiene como centro de su misión
"llevar a todos los hombres al encuentro con Jesucristo".
253
Ella está llamada a anunciar que
Cristo vive realmente, es decir, que el Hijo de Dios, que se hizo
hombre, murió y resucitó, es el único Salvador
de todos los hombres y de todo el hombre, y que como Señor de
la historia continúa operante en la Iglesia y en el mundo por
medio de su Espíritu hasta la consumación de los
siglos. La presencia del Resucitado en la Iglesia hace posible
nuestro encuentro con Él, gracias a la acción invisible
de su Espíritu vivificante. Este encuentro se realiza en la fe
recibida y vivida en la Iglesia, cuerpo místico de Cristo.
Este encuentro, pues, tiene esencialmente una dimensión
eclesial y lleva a un compromiso de vida. En efecto, "encontrar a
Cristo vivo es aceptar su amor primero, optar por Él, adherir
libremente a su persona y proyecto, que es el anuncio y la
realización del Reino de Dios". 254
El llamado suscita la búsqueda de Jesús: "Rabbí -que quiere
decir, "Maestro"- ¿dónde vives? Les respondió: "Venid y lo
veréis". Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron
con él aquel día" (Jn 1, 38 39). "Ese quedarse no se reduce al
día de la vocación, sino que se extiende a toda la vida. Seguirle
es vivir como Él vivió, aceptar su mensaje, asumir sus criterios,
abrazar su suerte, participar su propósito que es el plan del Padre:
invitar a todos a la comunión trinitaria y a la comunión con los
hermanos en una sociedad justa y solidaria". 255 El ardiente deseo de invitar
a los demás a encontrar a Aquél a quien nosotros hemos encontrado,
está en la raíz de la misión evangelizadora que incumbe
a toda la Iglesia, pero que se hace especialmente urgente hoy en América,
después de haber celebrado los 500 años de la primera evangelización
y mientras nos disponemos a conmemorar agradecidos los 2000 años de la
venida del Hijo unigénito de Dios al mundo.
Importancia de la catequesis
69. La nueva evangelización, en la
que todo el Continente está comprometido, indica que la fe no
puede darse por supuesta, sino que debe ser presentada
explícitamente en toda su amplitud y riqueza. Este es el
objetivo principal de la catequesis, la cual, por su misma
naturaleza, es una dimensión esencial de la nueva
evangelización. "La catequesis es un proceso de
formación en la fe, la esperanza y la caridad que informa la
mente y toca el corazón, llevando a la persona a abrazar a
Cristo de modo pleno y completo. Introduce más plenamente al
creyente en la experiencia de la vida cristiana que incluye la
celebración litúrgica del misterio de la
redención y el servicio cristiano a los otros". 256
Conociendo bien la necesidad de una
catequización completa, hice mía la propuesta de los
Padres de la Asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos
de 1985, de elaborar "un catecismo o compendio de toda la doctrina
católica, tanto sobre fe como sobre moral", el cual pudiera
ser "punto de referencia para los catecismos y compendios que se
redacten en las diversas regiones". 257 Esta propuesta se ha visto
realizada con la publicación de la edición
típica del Catechismus Catholicae Ecclesiae. 258 Además
del texto oficial del Catecismo, y para un mejor aprovechamiento de
sus contenidos, he querido que se elaborara y publicara
también un Directorio general para la Catequesis. 259
Recomiendo vivamente el uso de estos dos instrumentos de valor
universal a cuantos en América se dedican a la catequesis. Es
deseable que ambos documentos se utilicen "en la preparación y
revisión de todos los programas parroquiales y diocesanos para
la catequesis, teniendo ante los ojos que la situación
religiosa de los jóvenes y de los adultos requiere una
catequesis más kerigmática y más orgánica
en su presentación de los contenidos de la fe". 260
Es necesario reconocer y alentar la valiosa
misión que desarrollan tantos catequistas en todo el
Continente americano, como verdaderos mensajeros del Reino: "Su fe y
su testimonio de vida son partes integrantes de la catequesis". 261
Deseo alentar cada vez más a los fieles para que asuman con
valentía y amor al Señor este servicio a la Iglesia,
dedicando generosamente su tiempo y sus talentos. Por su parte, los
Obispos procuren ofrecer a los catequistas una adecuada
formación para que puedan desarrollar esta tarea tan
indispensable en la vida de la Iglesia.
En la catequesis será conveniente
tener presente, sobre todo en un Continente como América,
donde la cuestión social constituye un aspecto relevante, que
"el crecimiento en la comprensión de la fe y su
manifestación práctica en la vida social están
en íntima correlación. Conviene que las fuerzas que se
gastan en nutrir el encuentro con Cristo, redunden en promover el
bien común en una sociedad justa". 262
Evangelización de la
cultura
70. Mi predecesor Pablo VI, con sabia
inspiración, consideraba que "la ruptura entre Evangelio y
cultura es sin duda alguna el drama de nuestro tiempo". 263 Por ello,
los Padres sinodales han considerado justamente que "la nueva
evangelización pide un esfuerzo lúcido, serio y
ordenado para evangelizar la cultura". 264 El Hijo de Dios, al asumir
la naturaleza humana, se encarnó en un determinado pueblo,
aunque su muerte redentora trajo la salvación a todos los
hombres, de cualquier cultura, raza y condición. El don de su
Espíritu y su amor van dirigidos a todos y cada uno de los
pueblos y culturas para unirlos entre sí a semejanza de la
perfecta unidad que hay en Dios uno y trino. Para que esto sea
posible es necesario inculturar la predicación, de modo que el
Evangelio sea anunciado en el lenguaje y la cultura de aquellos que
lo oyen. 265 Sin embargo, al mismo tiempo no debe olvidarse que
sólo el misterio pascual de Cristo, suprema
manifestación del Dios infinito en la finitud de la historia,
puede ser el punto de referencia válido para toda la humanidad
peregrina en busca de unidad y paz verdaderas.
El rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe
fue ya desde el inicio en el Continente un símbolo de la
inculturación de la evangelización, de la cual ha sido
la estrella y guía. Con su intercesión poderosa la
evangelización podrá penetrar el corazón de los
hombres y mujeres de América, e impregnar sus culturas
transformándolas desde dentro. 266
Evangelizar los centros
educativos
71. El mundo de la educación es un
campo privilegiado para promover la inculturación del
Evangelio. Sin embargo, los centros educativos católicos y
aquéllos que, aun no siendo confesionales, tienen una clara
inspiración católica, sólo podrán
desarrollar una acción de verdadera evangelización si
en todos sus niveles, incluido el universitario, se mantiene con
nitidez su orientación católica. Los contenidos del
proyecto educativo deben hacer referencia constante a Jesucristo y a
su mensaje, tal como lo presenta la Iglesia en su enseñanza
dogmática y moral. Sólo así se podrán
formar dirigentes auténticamente cristianos en los diversos
campos de la actividad humana y de la sociedad, especialmente en la
política, la economía, la ciencia, el arte y la
reflexión filosófica. 267 En este sentido, "es esencial
que la Universidad Católica sea, a la vez, verdadera y
realmente ambas cosas: Universidad y Católica. [...]
La índole católica es un elemento constitutivo de la
Universidad en cuanto institución y no una mera
decisión de los individuos que dirigen la Universidad en un
tiempo concreto". 268 Por eso, la labor pastoral en las Universidades
Católicas ha de ser objeto de particular atención en
orden a fomentar el compromiso apostólico de los estudiantes
para que ellos mismos lleguen a ser los evangelizadores del mundo
universitario. 269 Además, "debe estimularse la
cooperación entre las Universidades Católicas de toda
América para que se enriquezcan mutuamente", 270 contribuyendo
de este modo a que el principio de solidaridad e intercambio entre
los pueblos de todo el Continente se realice también a nivel
universitario.
Algo semejante se ha de decir también
a propósito de las escuelas católicas, en particular de
la enseñanza secundaria: "Debe hacerse un esfuerzo especial
para fortificar la identidad católica de las escuelas, las
cuales fundan su naturaleza específica en un proyecto
educativo que tiene su origen en la persona de Cristo y su
raíz en la doctrina del Evangelio. Las escuelas
católicas deben buscar no sólo impartir una
educación que sea competente desde el punto de vista
técnico y profesional, sino especialmente proveer una
formación integral de la persona humana". 271 Dada la
importancia de la tarea que los educadores católicos
desarrollan, me uno a los Padres sinodales en su deseo de alentar,
con ánimo agradecido, a todos los que se dedican a la
enseñanza en las escuelas católicas: sacerdotes,
hombres y mujeres consagrados, y laicos comprometidos, "para que
perseveren en su misión de tanta importancia". 272 Ha de
procurarse que el influjo de estos centros de enseñanza llegue
a todos los sectores de la sociedad sin distinciones ni
exclusivismos. Es indispensable que se realicen todos los esfuerzos
posibles para que las escuelas católicas, a pesar de las
dificultades económicas, continúen "impartiendo la
educación católica a los pobres y a los marginados en
la sociedad". 273 Nunca será posible liberar a los indigentes
de su pobreza si antes no se los libera de la miseria debida a la
carencia de una educación digna.
En el proyecto global de la nueva
evangelización, el campo de la educación ocupa un lugar
privilegiado. Por ello, ha de alentarse la actividad de todos los
docentes católicos, incluso de los que enseñan en
escuelas no confesionales. Así mismo, dirijo un llamado
urgente a los consagrados y consagradas para que no abandonen un
campo tan importante para la nueva evangelización.
274
Como fruto y expresión de la
comunión entre todas las Iglesias particulares de
América, reforzada ciertamente por la experiencia espiritual
de la Asamblea sinodal, se procurará promover congresos para
los educadores católicos en ámbito nacional y
continental, tratando de ordenar e incrementar la acción
pastoral educativa en todos los ambientes. 275
La Iglesia en América, para cumplir
todos estos objetivos, necesita un espacio de libertad en el campo de
la enseñanza, lo cual no debe entenderse como un privilegio,
sino como un derecho, en virtud de la misión evangelizadora
confiada por el Señor. Además, los padres tienen el
derecho fundamental y primario de decidir sobre la educación
de sus hijos y, por este motivo, los padres católicos han de
tener la posibilidad de elegir una educación de acuerdo con
sus convicciones religiosas. La función del Estado en este
campo es subsidiaria. El Estado tiene la obligación de
"garantizar a todos la educación y la obligación de
respetar y defender la libertad de enseñanza. Debe denunciarse
el monopolio del Estado como una forma de totalitarismo que vulnera
los derechos fundamentales que debe defender, especialmente el
derecho de los padres de familia a la educación religiosa de
sus hijos. La familia es el primer espacio educativo de la persona".
276
Evangelizar con los medios de
comunicación social
72. Es fundamental para la eficacia de la
nueva evangelización un profundo conocimiento de la cultura
actual, en la cual los medios de comunicación social tienen
gran influencia. Es por tanto indispensable conocer y usar estos
medios, tanto en sus formas tradicionales como en las más
recientes introducidas por el progreso tecnológico. Esta
realidad requiere que se domine el lenguaje, naturaleza y
características de dichos medios. Con el uso correcto y
competente de los mismos se puede llevar a cabo una verdadera
inculturación del Evangelio. Por otra parte, los mismos medios
contribuyen a modelar la cultura y mentalidad de los hombres y
mujeres de nuestro tiempo, razón por la cual quienes trabajan
en el campo de los medios de comunicación social han de ser
destinatarios de una especial acción pastoral. 277
A este respecto, los Padres sinodales
indicaron numerosas iniciativas concretas para una presencia eficaz
del Evangelio en el mundo de los medios de comunicación
social: la formación de agentes pastorales para este campo; el
fomento de centros de producción cualificada; el uso prudente
y acertado de satélites y de nuevas tecnologías; la
formación de los fieles para que sean destinatarios
críticos; la unión de esfuerzos en la
adquisición y consiguiente gestión en común de
nuevas emisoras y redes de radio y televisión, y la
coordinación de las que ya existen. Por otra parte, las
publicaciones católicas merecen ser sostenidas y necesitan
alcanzar un deseado desarrollo cualitativo.
Hay que alentar a los empresarios para que
respalden económicamente producciones de calidad que promueven
los valores humanos y cristianos. 278 Sin embargo, un programa tan
amplio supera con creces las posibilidades de cada Iglesia particular
del Continente americano. Por ello, los mismos Padres sinodales
propusieron la coordinación de las actividades en materia de
medios de comunicación social a nivel interamericano, para
fomentar el conocimiento recíproco y la cooperación en
las realizaciones que ya existen en este campo. 279
El desafío de las sectas
73. La acción proselitista, que las
sectas y nuevos grupos religiosos desarrollan en no pocas partes de
América, es un grave obstáculo para el esfuerzo
evangelizador. La palabra "proselitismo" tiene un sentido negativo
cuando refleja un modo de ganar adeptos no respetuoso de la libertad
de aquellos a quienes se dirige una determinada propaganda religiosa.
280 La Iglesia católica en América censura el
proselitismo de las sectas y, por esta misma razón, en su
acción evangelizadora excluye el recurso a semejantes
métodos. Al proponer el Evangelio de Cristo en toda su
integridad, la actividad evangelizadora ha de respetar el santuario
de la conciencia de cada individuo, en el que se desarrolla el
diálogo decisivo, absolutamente personal, entre la gracia y la
libertad del hombre.
Ello ha de tenerse en cuenta especialmente
respecto a los hermanos cristianos de Iglesias y Comunidades
eclesiales separadas de la Iglesia católica, establecidas
desde hace mucho tiempo en determinadas regiones. Los lazos de
verdadera comunión, aunque imperfecta, que, según la
doctrina del Concilio Vaticano II, 281 tienen esas comunidades con la
Iglesia católica, deben iluminar las actitudes de ésta
y de todos sus miembros respecto a aquéllas. 282 Sin embargo,
estas actitudes no han de poner en duda la firme convicción de
que sólo en la Iglesia católica se encuentra la
plenitud de los medios de salvación establecidos por
Jesucristo. 283
Los avances proselitistas de las sectas y de
los nuevos grupos religiosos en América no pueden contemplarse
con indiferencia. Exigen de la Iglesia en este Continente un profundo
estudio, que se ha de realizar en cada nación y también
a nivel internacional, para descubrir los motivos por los que no
pocos católicos abandonan la Iglesia. A la luz de sus
conclusiones será oportuno hacer una revisión de los
métodos pastorales empleados, de modo que cada Iglesia
particular ofrezca a los fieles una atención religiosa
más personalizada, consolide las estructuras de
comunión y misión, y use las posibilidades
evangelizadoras que ofrece una religiosidad popular purificada, a fin
de hacer más viva la fe de todos los católicos en
Jesucristo, por la oración y la meditación de la
palabra de Dios. 284
Por otra parte, como señalaron
algunos Padres sinodales, hay que preguntarse si una pastoral
orientada de modo casi exclusivo a las necesidades materiales de los
destinatarios no haya terminado por defraudar el hambre de Dios que
tienen esos pueblos, dejándolos así en una
situación vulnerable ante cualquier oferta supuestamente
espiritual. Por eso, "es indispensable que todos tengan contacto con
Cristo mediante el anuncio kerigmático gozoso y transformante,
especialmente mediante la predicación en la liturgia". 285 Una
Iglesia que viva intensamente la dimensión espiritual y
contemplativa, y que se entregue generosamente al servicio de la
caridad, será de manera cada vez más elocuente testigo
creíble de Dios para los hombres y mujeres en su
búsqueda de un sentido para la propia vida. 286 Para ello es
necesario que los fieles pasen de una fe rutinaria, quizás
mantenida sólo por el ambiente, a una fe consciente vivida
personalmente. La renovación en la fe será siempre el
mejor camino para conducir a todos a la Verdad que es
Cristo.
Para que la respuesta al desafío de
las sectas sea eficaz, se requiere una adecuada coordinación
de las iniciativas a nivel supradiocesano, con el objeto de realizar
una cooperación mediante proyectos comunes que puedan dar
mayores frutos. 287
La misión "ad gentes"
74. Jesucristo confió a su Iglesia la
misión de evangelizar a todas las naciones: "Id, pues, y haced
discípulos a todas las gentes bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y
enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado" (Mt
28, 19 20). La conciencia de la universalidad de la misión
evangelizadora que la Iglesia ha recibido debe permanecer viva, como
lo ha demostrado siempre la historia del pueblo de Dios que peregrina
en América. La evangelización se hace más
urgente respecto a aquéllos que viviendo en este Continente
aún no conocen el nombre de Jesús, el único
nombre dado a los hombres para su salvación (cf. Hch 4, 12).
Lamentablemente, este nombre es desconocido todavía en gran
parte de la humanidad y en muchos ambientes de la sociedad americana.
Baste pensar en las etnias indígenas aún no
cristianizadas o en la presencia de religiones no cristianas, como el
Islam, el Budismo o el Hinduismo, sobre todo en los inmigrantes
provenientes de Asia.
Ello obliga a la Iglesia universal, y en
particular a la Iglesia en América, a permanecer abierta a la
misión ad gentes. 288 El programa de una nueva
evangelización en el Continente, objetivo de muchos proyectos
pastorales, no puede limitarse a revitalizar la fe de los creyentes
rutinarios, sino que ha de buscar también anunciar a Cristo en
los ambientes donde es desconocido.
Además, las Iglesias particulares de
América están llamadas a extender su impulso
evangelizador más allá de sus fronteras continentales.
No pueden guardar para sí las inmensas riquezas de su
patrimonio cristiano. Han de llevarlo al mundo entero y comunicarlo a
aquéllos que todavía lo desconocen. Se trata de muchos
millones de hombres y mujeres que, sin la fe, padecen la más
grave de las pobrezas. Ante esta pobreza sería erróneo
no favorecer una actividad evangelizadora fuera del Continente con el
pretexto de que todavía queda mucho por hacer en
América o en la espera de llegar antes a una situación,
en el fondo utópica, de plena realización de la Iglesia
en América.
Con el deseo de que el Continente americano participe, de acuerdo con su vitalidad
cristiana, en la gran tarea de la misión ad gentes, hago mías
las propuestas concretas que los Padres sinodales presentaron en orden a "fomentar
una mayor cooperación entre las Iglesias hermanas; enviar misioneros
(sacerdotes, consagrados y fieles laicos) dentro y fuera del Continente; fortalecer
o crear Institutos misionales; favorecer la dimensión misionera de la
vida consagrada y contemplativa; dar un mayor impulso a la animación,
formación y organización misional". 289 Estoy seguro de que el
celo pastoral de los Obispos y de los demás hijos de la Iglesia en toda
América sabrá encontrar iniciativas concretas, incluso a nivel
internacional, que lleven a la práctica, con gran dinamismo y creatividad,
estos propósitos misionales.
CONCLUSIÓN
Con esperanza y gratitud
75. "He aquí que yo estoy con
vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 20).
Confiando en esta promesa del Señor, la Iglesia que peregrina
en el Continente americano se dispone con entusiasmo a afrontar los
desafíos del mundo actual y los que el futuro pueda deparar.
En el Evangelio la buena noticia de la resurrección del
Señor va acompañada de la invitación a no temer
(cf. Mt 28, 5.10). La Iglesia en América quiere caminar en la
esperanza, como expresaron los Padres sinodales: "Con una confianza
serena en el Señor de la historia, la Iglesia se dispone a
traspasar el umbral del Tercer milenio sin prejuicios ni
pusilanimidad, sin egoísmo, sin temor ni dudas, persuadida del
servicio primordial que debe prestar en testimonio de fidelidad a
Dios y a los hombres y mujeres del Continente". 290
Además, la Iglesia en América
se siente particularmente impulsada a caminar en la fe respondiendo
con gratitud al amor de Jesús, "manifestación encarnada
del amor misericordioso de Dios (cf. Jn 3, 16)". 291 La
celebración del inicio del Tercer milenio cristiano puede ser
una ocasión oportuna para que el pueblo de Dios en
América renueve "su gratitud por el gran don de la fe", 292
que comenzó a recibir hace cinco siglos. El año 1492,
más allá de los aspectos históricos y
políticos, fue el gran año de gracia por la fe recibida
en América, una fe que anuncia el supremo beneficio de la
Encarnación del Hijo de Dios, que tuvo lugar hace 2000
años, como recordaremos solemnemente en el Gran Jubileo tan
cercano.
Este doble sentimiento de esperanza y
gratitud ha de acompañar toda la acción pastoral de la
Iglesia en el Continente, impregnando de espíritu jubilar las
diversas iniciativas de las diócesis, parroquias, comunidades
de vida consagrada, movimientos eclesiales, así como las
actividades que puedan organizarse a nivel regional y continental.
293
Oración a Jesucristo por las familias
de América
76. Por tanto, invito a todos los
católicos de América a tomar parte activa en las
iniciativas evangelizadoras que el Espíritu Santo vaya
suscitando a lo largo y ancho de este inmenso Continente, tan lleno
de posibilidades y de esperanzas para el futuro. De modo especial
invito a las familias católicas a ser "iglesias
domésticas", 294 donde se vive y se transmite a las nuevas
generaciones la fe cristiana como un tesoro, y donde se ora en
común. Si las familias católicas realizan en sí
mismas el ideal al que están llamadas por voluntad de Dios, se
convertirán en verdaderos focos de
evangelización.
Al concluir esta Exhortación
Apostólica, con la que he recogido las propuestas de los
Padres sinodales, acojo gustoso su sugerencia de redactar una
oración por las familias en América. 295 Invito a cada
uno, a las comunidades y grupos eclesiales, donde dos o más se
reúnen en nombre del Señor, para que a través de
la oración se refuerce el lazo espiritual de unión
entre todos los católicos americanos. Que todos se unan a la
súplica del Sucesor de Pedro, invocando a Jesucristo, "camino
para la conversión, la comunión y la solidaridad en
América":
Señor Jesucristo, te agradecemos
que el Evangelio del Amor del Padre,
con el que Tú viniste a salvar al mundo,
haya sido proclamado ampliamente en América
como don del Espíritu Santo
que hace florecer nuestra alegría.
Te damos gracias por la ofrenda de tu vida,
que nos entregaste amándonos hasta el extremo,
y nos hace hijos de Dios
y hermanos entre
Aumenta, Señor, nuestra fe y amor a ti,
que estás presente
en tantos sagrarios del Continente.
Concédenos ser fieles testigos de tu Resurrección
ante las nuevas generaciones de América,
para que conociéndote te sigan
y encuentren en ti su paz y su alegría.
Sólo así podrán sentirse hermanos
de todos los hijos de Dios dispersos por el mundo.
Tú, que al hacerte hombre
quisiste ser miembro de una familia humana,
enseña a las familias
las virtudes que resplandecieron
en la casa de Nazaret.
Haz que permanezcan unidas,
como Tú y el Padre sois Uno,
y sean vivo testimonio de amor,
de justicia y solidaridad;
que sean escuela de respeto,
de perdón y mutua ayuda,
para que el mundo crea;
que sean fuente de vocaciones
al sacerdocio,
a la vida consagrada
y a las demás formas
de intenso compromiso cristiano.
Protege a tu Iglesia y al Sucesor de Pedro,
a quien Tú, Buen Pastor, has confiado
la misión de apacentar todo tu rebaño.
Haz que tu Iglesia florezca en América
y multiplique sus frutos de santidad.
Enséñanos a amar a tu Madre, María,
como la amaste Tú.
Danos fuerza para anunciar con valentía tu Palabra
en la tarea de la nueva evangelización,
para corroborar la esperanza en el mundo.
¡Nuestra Señora de Guadalupe, Madre de América,
ruega por nosotros!
(1) Al respecto, es elocuente la antigua
inscripción en el baptisterio de San Juan de Letrán:
"Virgineo foetu Genitrix Ecclesia natos quos spirante Deo concipit
amne parit" (E. Diehl, Inscriptiones latinae christianae veteres, n.
1513, I. I: Berolini 1925, p. 289).
(2) Homilía en la Ordenación
de diáconos y presbíteros en Bogotá (22 de
agosto de 1968): AAS 60(1968)614 615.
(3) N. 17: AAS 85(1993)820.
(4) N. 38: AAS 87(1995)30.
(5) Discurso de apertura de la IV
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12 de octubre de
1992), 17: AAS 85(1993)820, 821.
(6) Carta ap. Tertio millennio adveniente
(10 de noviembre de 1994), 21: AAS 87(1995)17.
(7) Discurso de apertura de la IV
Conferencia General del Episcopado Latinoamericano (12 de octubre de
1992), 17: AAS 85(1993)820.
(8) Cf. Carta ap. Tertio millennio
adveniente (10 de noviembre de 1994), 38: AAS 87(1995)30.
(9) 2 Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de
marzo de 1983), III: AAS 75(1983)778.
(10) Exhort. ap. postsinodal Christifideles
laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81(1989)454.
(11) Propositio 3.
(12) S. Agustín, Tract. in Joh., 15,
11: CCL 36, 154.
(13) Ibíd., 15, 17: l.c.,
156.
(14) "Salvator... ascensionis suae eam
(Mariam Magdalenam) ad apostolos instituit apostolam". Rábano
Mauro, De vita beatae Mariae Magdalenae, 27: PL 112, 1574. Cf. S.
Pedro Damián, Sermo 56: PL 144, 820; Hugo de Cluny,
Commonitorium: PL 159, 952; S. Tomás de Aquino, In Joh. Evang.
expositio, 20, 3.
(15) Discurso en la clausura del Año
Santo (25 de diciembre de 1975): AAS 68(1976)145.
(16) Propositio 9; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. past. Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual,
22.
(17) Enc. Redemptoris Mater (25 de marzo de
1987), 21: AAS 79(1987)369.
(18) Propositio 5.
(19) III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, Mensaje a los pueblos de América Latina,
Puebla, febrero de 1997, 282. Para los Estados Unidos de
América, cf. National Conference of Catholic Bishops, Behold
Your Mother Woman of Faith, Washington 1973, 53 55.
(20) Cf. Propositio 6.
(21) Juan Pablo II, Discurso inaugural de la
IV Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo
(12 de octubre de 1992), 24: AAS 85(1993)826.
(22) Cf. National Conference of Catholic
Bishops, Behold Your Mother Woman of Faith, Washington 1973,
37.
(23) Cf. Propositio 6.
(24) Propositio 4.
(25) Cf. ibíd.
(26) Conc. Ecum. Vat. II, Const.
Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 7.
(27) Enc. Mysterium fidei (3 de septiembre
de 1965): AAS 57(1965)764.
(28) Ibíd., l.c., 766.
(29) Propositio 4.
(30) Discurso en la última
sesión pública del Concilio Vaticano II (7 de diciembre
de 1965): AAS 58(1966)58.
(31) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap.
Reconciliatio et paenitentia (2 de diciembre de 1984), 16: AAS
77(1985)214, 217.
(32) Cf. Propositio 61.
(33) Propositio 29.
(34) Cf. Bula Sacrosancti apostolatus cura
(11 de agosto de 1670), § 3: Bullarium Romanum, 26VII,
42.
(35) Entre otros pueden citarse: los
mártires Juan de Brebeuf y sus siete compañeros, Roque
González y sus dos compañeros; los santos Elizabeth Ann
Seton, Margarita Bourgeoys, Pedro Claver, Juan del Castillo, Rosa
Philippine Duchesne, Margarita d'Youville, Francisco Febres Cordero,
Teresa Fernández Solar de los Andes, Juan Macías,
Toribio de Mogrovejo, Ezequiel Moreno Díaz, Juan Nepomuceno
Neumann, María Ana de Jesús Paredes Flores,
Martín de Porres, Alfonso Rodríguez, Francisco Solano,
Francisca Xavier Cabrini; los beatos José de Anchieta, Pedro
de San José Betancurt, Juan Diego, Katherine Drexel,
María Encarnación Rosal, Rafael Guízar Valencia,
Dina Bélanger, Alberto Hurtado Cruchaga, Elías del
Socorro Nieves, María Francisca de Jesús Rubatto,
Mercedes de Jesús Molina, Narcisa de Jesús Martillo
Morán, Miguel Agustín Pro, María de San
José Alvarado Cardozo, Junípero Serra, Kateri
Tekawitha, Laura Vicuña, Antônio de Sant'Anna
Galvâo y tantos otros beatos que son invocados con fe y
devoción por los pueblos de América (cf. Instrumentum
laboris, 17).
(36) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 50.
(37) Propositio 31.
(38) Propositio 30.
(39) N. 37: AAS 87(1995)29; cf. Propositio
31.
(40) Propositio 21.
(41) Cf. ibíd.
(42) Cf. ibíd.
(43) Cf. ibíd.
(44) Cf. Propositio 18.
(45) Propositio 19.
(46) Decr. Orientalium Ecclesiarum, sobre
las Iglesias orientales católicas, 5; cf. Código de los
Cánones de las Iglesias Orientales, can. 28; Propositio
60.
(47) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris
Mater (25 de marzo de 1987), 34: AAS 79 (1987), 406; Sínodo de
los Obispos, Asamblea Especial para Europa, Decl. Ut testes simus
Christi qui nos liberavit (13 de diciembre de 1991), III, 7: Ench.
Vat. 13, 647 652.
(48) Cf. Propositio 60.
(49) Cf. Propositiones 23 y 24.
(50) Propositio 73.
(51) Propositio 72; cf. Juan Pablo II, Enc.
Centesimus annus (1 de mayo de 1991), 46: AAS 83(1991)850.
(52) Cf. Sínodo de los Obispos,
Asamblea especial para Europa, Decl. Ut testes simus Christi qui nos
liberavit (13 de diciembre de 1991), I, 1; II, 4; IV, 10: Ench. Vat.
13, nn. 613 615; 627 633; 660 669.
(53) Propositio 72.
(54) Ibíd.
(55) Cf. Propositio 74.
(56) Carta ap. Octogesima adveniens (14 de
mayo de 1971), 8 9: AAS 63(1971)406, 408.
(57) Propositio 35.
(58) Cf. ibíd.
(59) Propositio 75.
(60) Cf. Pontificia Comisión
"Iustitia et Pax", Al servicio de la comunidad humana: una
consideración ética de la deuda internacional (27 de
diciembre de 1986): Ench. Vat. 10, 1045 1128.
(61) Propositio 75.
(62) Propositio 37.
(63) N. 5: AAS 90(1998)152.
(64) Propositio 38.
(65) Ibíd.
(66) Propositio 36.
(67) Cf. ibíd.
(68) Sínodo de los Obispos, Segunda
Asamblea general extraordinaria, Relación final Ecclesia sub
Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre
de 1985), II, B, a, 2: Ench. Vat. 9, 1795.
(69) Propositio 30.
(70) Propositio 34.
(71) Ibíd.
(72) Ibíd.
(73) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.
(74) Cf. id., Const. past. Gaudium et spes,
sobre la Iglesia en el mundo actual, 76; Juan Pablo II, Exhort. ap.
postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 42: AAS
81(1989)472, 474.
(75) Propositio 26.
(76) Ibíd.
(77) Propositio 28.
(78) Ibíd.
(79) Ibíd.
(80) Propositio 27.
(81) Ibíd.
(82) Cf. ibíd.
(83) Decr. Perfectae caritatis, sobre la
adecuada renovación de la vida religiosa, 7; cf. Juan Pablo
II, Exhort. ap. postsinodal Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 8:
AAS 88(1996)382.
(84) Propositio 27.
(85) Cf. Propositio 28.
(86) Cf. Propositio 29.
(87) Cf. Lumen gentium, V; cf. Sínodo
de los Obispos, Segunda Asamblea general extraordinaria,
Relación final Ecclesia sub Verbo Dei mysteria Christi
celebrans pro salute mundi (7 de diciembre de 1985), II, A, 4 5:
Ench. Vat. 9, 1791 1793.
(88) Propositio 29.
(89) Ibíd.
(90) Propositio 32.
(91) Cf. Juan Pablo II, Carta ap. Dies
Domini (31 de mayo de 1998), 40: AAS 90(1998)738.
(92) Propositio 33.
(93) Cf. Enc. Redemptor hominis (4 de marzo
de 1979), 20: AAS 71(1979)309, 316.
(94) Propositio 33.
(95) Ibíd.
(96) Ibíd.
(97) Propositio 40; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 2.
(98) 2 Cf. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, a los Obispos de la
Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia
considerada como comunión (28 de mayo de 1992), 3 6: AAS 85
(1993), 839 841.
(99) 2 Propositio 40.
(100) Ibíd.
(101) Conc. Ecum. Vat. I, Const. dogm.
Pastor aeternus, sobre la Iglesia de Cristo, Prólogo: DS
3051.
(102) Conc. Ecum. de Florencia, Bula de
unión Exultate Deo (22 de noviembre de 1439): DS
1314.
(103) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
(104) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto
Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 5.
(105) Propositio 41.
(106) Ibíd.
(107) Cf. Conc. Ecum. de Trento, Ses. VII,
Decreto sobre los sacramentos en general, can. 9: DS 1609.
(108) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 26.
(109) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptor
hominis (4 de marzo de 1979), 20: AAS 71(1979)309, 316.
(110) Propositio 42; cf. Juan Pablo II,
Carta ap. Dies Domini (31 de mayo de 1998), 69: AAS 90(1998)755
756.
(111) Propositio 41.
(112) Propositio 42; cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 14;
Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 10.
(113) Cf. Propositio 42.
(114) Propositio 41.
(115) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto
Apostolicam actuositatem, sobre el apostolado de los laicos,
8.
(116) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.
(117) Cf. Decreto Christus Dominus, sobre la
función pastoral de los Obispos, 27; Decreto Presbyterorum
Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 7;
Pablo VI, Motu proprio Ecclesiae sanctae (6 de agosto de 1966) I, 15
17: AAS 58(1966)766, 767; Código de Derecho Canónico,
cc. 495, 502 y 511; Código de los Cánones de las
Iglesias Orientales, cc. 264, 271 y 272.
(118) Propositio 43.
(119) Cf. Propositio 45.
(120) Cf. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Carta Communionis notio, a los Obispos de la
Iglesia católica sobre algunos aspectos de la Iglesia
considerada como comunión (28 de mayo de 1992), 15 16: AAS
85(1993)847, 848.
(121) Cf. ibíd.
(122) Cf. Propositio 44.
(123) Ibíd.
(124) Ibíd.
(125) Cf. Propositio 60.
(126) Propositio 49.
(127) Ibíd.
(128) Ibíd.; cf. Conc. Ecum. Vat. II,
Decreto Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los
presbíteros, 14.
(129) Propositio 49.
(130) Ibíd.
(131) Cf. Propositio 51.
(132) Propositio 48.
(133) Propositio 51.
(134) Propositio 52.
(135) Cf. ibíd.
(136) Cf. ibíd.
(137) Cf. Propositio 46.
(138) Ibíd.
(139) Ibíd.
(140) Propositio 35.
(141) Cf. IV Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo, octubre de 1992, Nueva
evangelización, promoción humana y cultura cristiana,
58.
(142) Cf. Juan Pablo II, Enc. Redemptoris
missio (7 de diciembre de 1990), 51: AAS 83(1991)298, 299.
(143) Propositio 35.
(144) Cf. Propositio 46.
(145) Ibíd.
(146) Cf. Const. dogm. Lumen gentium, sobre
la Iglesia, 29; Pablo VI, Motu proprio Sacrum Diaconatus Ordinem (18
de junio de 1967), I, 1: AAS 59(1967)599.
(147) Propositio 50.
(148) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 29.
(149) Cf. Propositio 50; Congr. para la
Educación Católica y Congr. para el Clero, Instr. Ratio
fundamentalis institutionis diaconorum permanentium y Directorium pro
ministerio et vita diaconorum permanentium (22 de febrero de 1998):
AAS 90(1998)843 926.
(150) Cf. Propositio 53.
(151) Ibíd.; cf. III Conferencia
General del Episcopado Latinoamericano, Mensaje a los pueblos de
América Latina, Puebla 1979, n. 775.
(152) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Vita consecrata (25 de marzo de 1996), 57: AAS 88(1996)429
430.
(153) Cf. ibíd., 58: l.c.,
430.
(154) Propositio 53.
(155) Ibíd.
(156) Propositio 54.
(157) Ibíd.
(158) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.
(159) Propositio 55; cf. Conc. Ecum. Vat.
II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 34.
(160) Propositio 55.
(161) Cf. ibíd.
(162) Propositio 56.
(163) Cf. Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 23: AAS 81 (1989),
429 433.
(164) Cf. Congregación para el Clero
y otras, Instruc. Ecclesiae de mysterio (15 de agosto de 1997): AAS
89(1997)852, 877.
(165) Propositio 56.
(166) Ibíd.
(167) Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15
de agosto de 1988): AAS 80 (1988), 1653 1729 y Carta a las mujeres
(29 de junio de 1995): AAS 87(1995)803, 812; Propositio
11.
(168) Cf. Carta ap. Mulieris dignitatem (15
de agosto de 1988), 31: AAS 80(1988)1728.
(169) Propositio 11.
(170) Ibíd.
(171) Ibíd..
(172) Ibíd.
(173) Cf. Juan Pablo II, Exhort. ap.
postsinodal Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 49: AAS
81(1989)486 489.
(174) Propositio 12.
(175) Ibíd.
(176) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
(177) Ibíd.
(178) Cf. Propositio 12.
(179) Propositio 14.
(180) Ibíd.
(181) Ibíd.
(182) Propositio 15.
(183) Ibíd.
(184) Ibíd.
(185) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decr.
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
(186) Propositio 61.
(187) Ibíd.
(188) Decr. Unitatis redintegratio, sobre el
ecumenismo, 3.
(189) Cf. Propositio 62.
(190) Cf. Sínodo de los Obispos,
Asamblea Especial para Europa, Decl. Ut testes simus Christi qui nos
liberavit (13 de diciembre de 1991), III, 8: Ench. Vat. 13, 653
655.
(191) Propositio 62.
(192) Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Nostra
aetate, sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no
cristianas, 2.
(193) Cf. Propositio 63.
(194) Ibíd.
(195) Propositio 67.
(196) Cf. ibíd.
(197) Propositio 68.
(198) Ibíd.
(199) Propositio 69.
(200) Cf. Sínodo de los Obispos,
Segunda Asamblea general extraordinaria, Relación final
Ecclesia sub verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7
de diciembre de 1985), II, B, a, 4: Ench. Vat. 9, 1797; Juan Pablo
II, Const. ap. Fidei depositum (11 de octubre de 1992): AAS 86
(1994), 117; Catecismo de la Iglesia Católica, 24.
(201) Propositio 69.
(202) Propositio 74.
(203) Ibíd.
(204) Cf. Propositio 67.
(205) Propositio 70.
(206) Ibíd.
(207) Cf. Propositio 73.
(208) Cf. Propositio 70.
(209) Propositio 72.
(210) Ibíd.
(211) Ibíd.
(212) III Conferencia General del Episcopado
Latinoamericano, Mensaje a los pueblos de América Latina,
Puebla 1979, n. 306.
(213) Propositio 73.
(214) Cf. Congregación para la
Doctrina de la Fe, Instr. Libertatis conscientia (22 de marzo de
1986), 68: AAS 79 (1987), 583 584.
(215) Propositio 73.
(216) Cf. Propositio 75.
(217) Carta ap. Tertio millennio adveniente
(10 de noviembre de 1994), 51: AAS 87 (1995), 36.
(218) Propositio 75.
(219) Ibíd.
(220) Propositio 37.
(221) Cf. ibíd. Sobre la
publicación de estos documentos, cf. Juan Pablo II, Motu
proprio Apostolos suos (21 de mayo de 1998), IV: AAS
90(1998)657.
(222) Cf. Propositio 38.
(223) Cf. ibíd.
(224) Cf. ibíd.
(225) Cf. ibíd.
(226) Cf. Pontificio Consejo "Justicia y
Paz", El Comercio Internacional de Armas. Una reflexión
ética (1 de mayo de 1994): Ench. Vat. 14, 1071
1154.
(227) Cf. Propositio 76.
(228) Ibíd.
(229) Catecismo de la Iglesia
Católica, n. 2267, que cita a Juan Pablo II, Enc. Evangelium
vitae (25 de marzo de 1995), 56: AAS 87(1995)463 464.
(230) Cf. Propositio 13.
(231) Cf. ibíd.
(232) Cf. ibíd.
(233) Ibíd.
(234) Cf. Propositio 19.
(235) Cf. Propositio 18.
(236) Propositio 20.
(237) Cf. Congregación para los
Obispos, Instr. Nemo est (22 de agosto de 1969), 16: AAS 61(1969)621
622; Código de Derecho Canónico, cc. 294 y 518;
Código de los Cánones de las Iglesias Orientales, c.
280 § 1.
(238) Cf. ibíd.
(239) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 33: AAS
81(1989)453.
(240) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 31.
(241) Juan Pablo II, Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS 81 (1989),
455.
(242) Cf. ibíd., 2, l.c., 394
397.
(243) Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii
nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 14: AAS 68(1976)13.
(244) Cf. Exhort. ap. postsinodal
Christifideles laici (30 de diciembre de 1988), 34: AAS
81(1989)455.
(245) Discurso a la Asamblea del CELAM (9 de
marzo de 1983), III: AAS 75(1983)778.
(246) Cf. Pablo VI, Exhort. ap. Evangelii
nuntiandi (8 de diciembre de 1975), 22: AAS 68(1976)20.
(247) Cf. ibíd., 7, l.c., 9
10.
(248) Juan Pablo II, Mensaje al CELAM (14 de
septiembre de 1997), 6: L'Osservatore Romano, ed. semanal en lengua
española, 3 de octubre de 1997, p. 20.
(249) Propositio 8.
(250) Cf. Propositio 57.
(251) Cf. Propositio 16.
(252) Ibíd.
(253) Propositio 2.
(254) Ibíd.
(255) Ibíd.
(256) Propositio 10.
(257) Sínodo de los Obispos, Segunda
Asamblea general extraordinaria, Relación final Ecclesia sub
Verbo Dei mysteria Christi celebrans pro salute mundi (7 de diciembre
de 1985), II, B, a, 4: Ench. Vat. 9, 1797.
(258) Cf. Carta ap. Laetamur magnopere (15
de agosto de 1997): AAS 89(1997)819, 821.
(259) Congr. para el Clero, Directorio
general para la catequesis (15 de agosto de 1997), Libreria Editrice
Vaticana, 1997.
(260) Propositio 10.
(261) Ibíd.
(262) Ibíd.
(263) Exhort. ap. Evangelii nuntiandi (8 de
diciembre de 1975), 20: AAS 68(1976)19.
(264) Propositio 17.
(265) Cf. ibíd.
(266) Cf. ibíd.
(267) Cf. Propositio 22.
(268) Propositio 23.
(269) Cf. ibíd.
(270) Ibíd.
(271) Propositio 24.
(272) Ibíd.
(273) Ibíd.
(274) Cf. Propositio 22.
(275) Cf. ibíd.
(276) Ibíd.
(277) Cf. Propositio 25.
(278) Cf. ibíd.
(279) Cf. ibíd.
(280) Cf. Instrumentum laboris,
45.
(281) Cf. Decreto Unitatis redintegratio,
sobre el ecumenismo, 3.
(282) Cf. Propositio 64.
(283) Cf. Conc. Ecum. Vat. II, Decreto
Unitatis redintegratio, sobre el ecumenismo, 3.
(284) Cf. Propositio 65.
(285) Ibíd.
(286) Cf. IV Conferencia General del
Episcopado Latinoamericano, Santo Domingo, octubre de 1992, Nueva
evangelización, promoción humana y cultura cristiana,
58.
(287) Cf. Propositio 65.
(288) Cf. Propositio 66.
(289) Ibíd.
(290) Propositio 58.
(291) Ibíd.
(292) Ibíd.
(293) Cf. ibíd.
(294) Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm.
Lumen gentium, sobre la Iglesia, 11.
(295) Cf. Propositio 12.
INDICE
(La paginación corresponde a la edición oficial
de la Libreria Editrice Vaticana, de la Ciudad del
Vaticano)
Introducción [n. 1] .
. . . . . . . . 3
La idea de celebrar esta Asamblea sinodal [n. 2] . 5zz
El tema de la Asamblea [n. 3] . . . . . . . 6
La celebración de la Asamblea como experiencia de encuentro
[n. 4] . . . . . . . . . . . 7
Contribuir a la unidad del Continente [n. 5] . . 8
En el contexto de la nueva evangelización [n. 6] . .
9
Con la presencia y la ayuda del Señor [n. 7] . .
11
CAPÍTULO I: EL ENCUENTRO CON
JESUCRISTO VIVO
Los encuentros con el Señor en el Nuevo Testamento [n.
8] . . . . . . . . . . . . . 13
Encuentros personales y encuentros comunitarios [n. 9] . . .
. . . . . . . . . . . 16
El encuentro con Cristo en el tiempo de la Iglesia [n. 10] .
. . . . . . . . . . . . 17
Por medio de María encontramos a Jesús [n. 11]
19
Lugares de encuentro con Cristo [n. 12] . . . . 21
CAPÍTULO II: EL ENCUENTRO CON
JESUCRISTO EN EL HOY DE AMERICA
Situación de los hombres y mujeres de América, y su
encuentro con el Señor [n. 13] . . . . . 25
Identidad cristiana de América [n. 14] . . . . .
26
Frutos de santidad [n. 15] . . . . . . . . 27
La piedad popular [n. 16] . . . . . . . . 29
Presencia católica oriental [n. 17] . . . . . . 31
La Iglesia en el campo de la educación y de la acción
social [n. 18] . . . . . . . . . . 32
Creciente respeto de los derechos humanos [n. 19] 34
El fenómeno de la globalización [n. 20] . . . .
35
La urbanización creciente [n. 21] . . . . . . 37
El peso de la deuda externa [n. 22] . . . . . 38
La corrupción [n. 23] . . . . . . . . . . 40
Comercio y consumo de drogas [n. 24] . . . . 41
Preocupación por la ecología [n. 25] . . . . .
42
CAPÍTULO III: CAMINO DE
CONVERSION
Urgencia del llamado a la conversión [n. 26] . . .
44
Dimensión social de la conversión [n. 27] . . .
46
Conversión permanente [n. 28] . . . . . . 48
Guiados por el Espíritu Santo hacia un nuevo estilo de vida
[n. 29] . . . . . . . . . . . 49
Vocación universal a la santidad [n. 30] . . . .
52
Jesús, el único camino para la santidad [n. 31]
53
Penitencia y reconciliación [n. 32] . . . . . .
54
CAPÍTULO IV: CAMINO PARA LA
COMUNION
La Iglesia, sacramento de comunión [n. 33] . . .
57
Iniciación cristiana y comunión [n. 34] . . . .
. 59
La Eucaristía, centro de comunión con Dios y con los
hermanos [n. 35] . . . . . . . . . 60
Los Obispos, promotores de comunión [n. 36] . . 62
Una comunión más intensa entre las Iglesias
particulares [n. 37] . . . . . . . . . . . . 64
Comunión fraterna con las Iglesias católicas orientales
[n. 38] . . . . . . . . . . . . 65
El presbítero, signo de unidad [n. 39] . . . . 67
Fomentar la pastoral vocacional [n. 40] . . . . 69
Renovar la institución parroquial [n. 41] . . . .
72
Los diáconos permanentes [n. 42] . . . . . 74
La vida consagrada [n. 43] . . . . . . . . 75
Los fieles laicos y la renovación de la Iglesia [n.
44] 77
Dignidad de la mujer [n. 45] . . . . . . . 81
Los desafíos para la familia cristiana [n. 46] . . .
83
Los jóvenes, esperanza de futuro [n. 47] . . . 85
Acompañar al niño en su encuentro con Cristo [n.
48] 87
Elementos de comunión con las otras Iglesias y Comunidades
eclesiales [n. 49] . . . . . . . 88
Relación de la Iglesia con las comunidades judías
[n. 50] . . . . . . . . . . . . . 90
Religiones no cristianas [n. 51] . . . . . . . 90
CAPÍTULO V: CAMINO PARA LA
SOLIDARIDAD
La solidaridad, fruto de la comunión [n. 52] . .
92
La doctrina de la Iglesia, expresión de las exigencias de la
conversión [n. 53] . . . . . . . . 93
Doctrina social de la Iglesia [n. 54] . . . . . 94
Globalización de la solidaridad [n. 55] . . . . .
96
Pecados sociales que claman al cielo [n. 56] . . 97
El fundamento último de los derechos humanos [n. 57] .
. . . . . . . . . . . . 99
Amor preferencial por los pobres y marginados [n. 58] . . . .
. . . . . . . . . 101
La deuda externa [n. 59] . . . . . . . . . 102
Lucha contra la corrupción [n. 60] . . . . . . 104
El problema de las drogas [n. 61] . . . . . 104
La carrera de armamentos [n. 62] . . . . . . 106
Cultura de la muerte y sociedad dominada por los poderosos [n.
63] . . . . . . . . . . 107
Los pueblos indígenos y los americanos de origen africano
[n. 64] . . . . . . . . . . . 110
La problemática de los inmigrados [n. 65] . .
111
CAPÍTULO VI: LA MISION DE LA
IGLESIA HOY EN AMERICA: LA NUEVA EVANGELIZACION
Enviados por Cristo [n. 66] . . . . . . . 114
Jesucristo, "buena nueva" y primer evangelizador [n. 67] . .
. . . . . . . . . . . 116
El encuentro con Cristo lleva a evangelizar [n. 68] . 118
Importancia de la catequesis [n. 69] . . . . . 120
Evangelización de la cultura [n. 70] . . . . . .
123
Evangelizar los centros educativos [n. 71] . . . 124
Evangelizar con los medios de comunicación social [n.
72] . . . . . . . . . . . . . 127
El desafío de las sectas [n. 73] . . . . . . 129
La misión ad gentes [n. 74] . . . . . . . .
132
CONCLUSIÓN
Con esperanza y gratitud [n. 75] . . . . . . 135
Oración a Jesucristo por las familias de América
[n. 76] . . . . . . . . . . . . . 136
Dado
en Ciudad de México, el 22 de enero del año 1999, vigésimo
primero de mi Pontificado
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