Antonio Villarino
Caracteres: 19.100Aparte de tener la apariencia de una broma de mal gusto, hay que reconocer que esta ingeniosidad británica ha sabido captar con flemática brutalidad lo que no pocos piensan. Para muchos Africa no existe o -«en caso de existir»- representa un lugar tenebroso en el que abundan el hambre, la guerra y el atraso endémico. Una reserva de "primitivismo" y de ocasiones para practicar la caridad... Casi en los tiempos en que los romanos colocaban sobre los mapas de Africa el cartel de «Hic sunt leones», con la diferencia de que ahora hasta los leones son pocos...
Que Africa atraviesa un período de aguda crisis económica, política y social es innegable. De los 30 países más pobres del planeta, 25 son africanos; la renta per cápita del mejor situado de este «furgón de cola» mundial (Burkina Faso) es de 330 dólares, algo insultante si se lo compara con los 32.000 dólares de que dispone un suizo en término medio. El continente negro es, además, escenario de múltiples conflictos bélicos declarados o larvados, así como el dominio de persistentes regímenes dictatoriales.
Y, sin embargo, si algo caracteriza a los 700 millones de personas que pueblan este continente de treinta millones y medio de kilómetros cuadrados, es su extraordinario amor a la vida y su capacidad de gozar de ella. Existe en Africa una «fuerza vital»1 que, cual poderosa savia, recorre las ramas de sus más de dos mil culturas y que persiste en los tiempos modernos, a pesar de las enormes dificultades internas y externas.
Africa, que es la cuna de la humanidad2 , ha acogido en su seno la civilización egipcia (con confirmada una influencia subsahariana); las culturas de Nok (siglo V a. C.), Ifé (s. XII-XIV) y Benin (s. XVI-XVII) en la actual Nigeria; los reinos cristianos de Nubia y Etiopía; las murallas del gran Zimbabue (s. VII-IX); los imperios medievales de Malí, Ghana, Songai, etc. Modernamente, la influencia africana se ha dejado notar en los grandes pintores del cubismo, como Picasso o Modigliani, e incluso en la arquitectura de Gaudí. En la actualidad lo africano tiene una presencia evidente en el mundo de la música, la literatura, el deporte y hasta en la Iglesia.
HISTORIA MODERNA
¿Que ha pasado entonces para que llegáramos a una situación tan desesperada, que incluso ha dado origen a una especie de «afropesimismo»? Ciertamente, los males de Africa no proceden de ninguna fatalidad, conjuro mágico o incapacidad racial, como más de uno quizá se atreva a pensar en su interior. Sus males tienen causas muy concretas, entra las que hay que destacar las siguientes:
1º Una colonización destructora:
Desde 1454 en que la bula pontificia «Romanus Pontifex» concedía a los portugueses el derecho a la explotación de las costas africanas, los europeos (por no hablar ahora de la parte negativa que corresponde también al mundo árabe) se acercaron a este continente con un trágico afán depredador. Primero fue la esclavitud, a la que fueron sometidos unos 30 millones de personas. Después fue la colonización en toda regla, sobre todo a partir de 1885, año en el que las potencias europeas se repartieron, en la Conferencia de Berlín, el territorio como si de una tarta se tratase. De entonces datan los actuales Estados, nacidos sin más pretensiones que las de ser «fincas de explotación», al servicio de las respectivas metrópolis.
Algunas perniciosas consecuencias de esta colonización, que cayó como un devastador meteorito sobre la realidad social de Africa, fueron:
a) La creación de fronteras artificiales que dividieron pueblos unidos por la lengua, cultura y pertenencia étnica (como los azande o los ewe) o unieron otros enfrentados entre sí por diversas razones (hutus y tutsis en Burundi o denkas, acholis y árabes en Sudán, por poner sólo algunos ejemplos que están dando pie a graves conflictos tribales).
b) La rápida destrucción de los tejidos políticos, sociales y económicos, así como de los valores morales y culturales que los sustentaban, dando origen a sociedades invertebradas, muy bien definidas en la novela «Things fall apart» del escritor nigeriano Chinua Achebe3 .
c) La introducción de un militarismo aislado y opresor del pueblo (los gobernantes coloniales eran generalmente militares) y una burocracia acostumbrada a vivir de las rentas de un Estado que sólo respondía de sus actos ante dueños foráneos.
d) La puesta en marcha de una economía totalmente vertida hacia el exterior, dependiente en gran medida de monocultivos agrícolas extracciones minerales, cuyos precios siempre fueron y siguen siendo decididos en el exterior: es el caso, por ejemplo, del cacahuete en Senegal, el cacao en Ghana o el cobre en Zambia.
e) Desde el punto de vista religioso, se han creado peligrosas confusiones entre religión y ascenso social, religión y europeización, quitando pureza a los procesos de evangelización y diálogo entre religiones.
2º Una independencia mal gestionada:
Los africanos se resistieron tozudamente a la colonización y, en cuanto pudieron, lucharon decididamente por la independencia. Entre los grupos intelectuales surgieron importantes movimientos en torno al Panafricanismo de K. Nkrumah y la Negritud de L. S. Senghor. Las condiciones creadas en el mundo después de la II Guerra Mundial y, sobre todo, la competencia entre Este y Oeste facilitaron el triunfo de su lucha. En 1957 se produjo el pistoletazo de salida para las independencias del bloque anglófono. Guinea-Conakry le seguiría en 1958 desde el Africa francófona. (Etiopía era libre desde siempre, Liberia desde 1847, Egipto desde 1922; los países del Magreb lo fueron en la década de los cincuenta y Suráfrica desde 1910, aunque sólo ahora está a punto de superar el «apartheid»). Pronto siguieron muchas más: 17 en 1960, considerado el año de Africa; otras en años posteriores hasta llegar a los actuales 53 estados independientes; queda pendiente la situación de Sahara Occidental que España entregó vergonzosamente a Marruecos y a Mauritania en 1975.
En 1963 se creó la OUA (Organización para la Unidad Africana), que para algunos representaba un primer paso hacia una especie de «Estados Unidos de Africa». Eran tiempos de euforia por la libertad conseguida y de sueños en un desarrollo posible e ilimitado. Pero ya un año antes conocido africanista, René Dumont, escribía un libro cuyo título era una terrible denuncia: «El Africa negra ha empezado mal»4 . Muchos los criticaron como «aguafiestas». Desgraciadamente , los hechos vinieron a darle la razón.
.La desilusión hizo que mucha gente sencilla -la misma que había danzado y exultado en las fiestas de la independencia- empezase a preguntarse significativamente: «¿Cuándo acabará la independencia?». Y es que éstas se convirtió en una palabra equivalente a fracasos, sucesivos golpes de Estado, militarismo, dictadura, carreteras rotas, hospitales que no funcionan, cárceles, guerra civil en vario casos, etc. Entre las causas de tan gran fracaso se pueden apuntar las siguientes:
a) La continuación de una actitud colonizadora de las potencias mundiales, que siguieron manteniendo y sosteniendo en el poder, incluso militarmente, a líderes amigos, fomentando la corrupción y, por lo menos, tolerando el atropello de los más elementales derechos humanos.
b) Un liderazgo africano, que se ha aprovechado exageradamente de los privilegios del poder, se enfrascó en la corrupción de manera alarmante y exacerbó en algunos casos las divisiones étnicas y sociales.
c) Unas instituciones financieras internacionales que han propiciado el apoyo a estructuras económicas orientadas hacia el exterior, sin tener en cuenta las necesidades y posibilidades del comercio interior, y han insistido en exigir el pago de una deuda estrangulante.
d) Una evolución de los acontecimientos mundiales, que recayeron sobre la realidad africana de manera muy negativa. La crisis del petróleo de 1973 supuso un enorme mazazo para la economía de Africa: se encarecieron sus importaciones y bajaron los precios de sus materias primas, desfinanciando todos los proyectos de desarrollo. La misma caída del muro de Berlín está dejando a Africa en la sombra de la atención mundial.
e) Un incremento considerable de los índices demográficos, haciendo más difícil el llegar a toda la población con unas adecuadas estructuras educativas, sanitarias, etc. Las ciudades se vieron desbordadas por la llegada de millones de nuevos habitantes para los que no hay trabajo ni los mínimos servicios sociales.
f) El círculo del resquebrajamiento social se cierra -y se abre de nuevo con peores consecuencias- en el surgimiento de sangrientos conflictos y guerras civiles en muchos países: Sudán, Angola, Mozambique, Chad, Liberia, Burundi, Suráfrica...
EL PUEBLO SE LEVANTA
A pesar de todo esto, Africa ha seguido viviendo, luchando, gozando de la vida. Se ha avanzado en terrenos como la educación y, sobre todo, en la conciencia de la propia responsabilidad y de la necesidad de una regeneración. El pueblo africano lo ha comenzado ya, revelándose contra sus dictadores y exigiendo una democracia real.
La «fiebre de la independencia que comenzó y culminó una década, la de los años sesenta, treinta años después se encuentra frente a un reto histórico: el reto de la democracia», afirmaba el ecuatoguineano Severo Moto hace poco.
Y él mismo citaba un artículo de F. Revel, en el que se afirmaba: «El remedio de la miseria africana es político antes que económico. La democracia no es un lujo, sino que tiene un valor eminentemente práctico, que consiste en controlar a los gobernantes y en cambiarlos si roban u obtiene malos resultados... A menudo se dice: no es posible la democracia en tanto reine la pobreza. La verdad es lo contrario: no existe lucha eficaz contra la pobreza en tanto no hay democracia»5 .
Desde esta recuperación democrática los africanos, si no quieren convertirse en estatuas de sal, tienen que dejar de volverse hacia el pasado y encarar el futuro, conscientes de sus problemas, pero también de sus posibilidades. Es precisamente en este terreno donde las religiones y, en concreto, la Iglesia tiene un papel más decisivo que jugar.
LA IGLESIA Y LA RELIGION
Desde el punto de vista religioso, los africanos son musulmanes (40 por 100), seguidores de las religiones tradicionales (30%) y cristianos (29 por 100). De estos últimos un 14 por 100 son católicos; aparte las Iglesias históricas de origen europeo, se conserva pujante la primera Iglesia nacida en suelo africano, la de los coptos etíopes y egipcios; han surgido además o han llegado de otras tierras más de 10.000 Iglesias independientes.
Como se sabe, los musulmanes predominan absolutamente en los países del Norte, mientras al sur del Sahara dominan las religiones tradicionales y la cristiana. Entre ambos bloques existen unos cuantos países divididos (norte musulmán, sur animista y cristiano), donde no faltan los conflictos: los ejemplos más claros y frecuentemente sangrientos son Sudán (más de un millón de muertos en los últimos 10 años) y Chad.
Por lo que se refiere a la Iglesia católica, ha experimentado un crecimiento de extraordinarias dimensiones. De los 24 millones de católicos que había en 1960 se ha pasado a más de 88 millones en la actualidad, de un solo cardenal a 16, de 40 obispos nativos a más de 400, de 2.000 sacerdotes a más de 11.000. Se ha traducido la Biblia a múltiples lenguas locales, se han formado miles de líderes, se han abierto escuelas, hospitales, centros de formación agrícola; se han organizado estructura parroquiales, diocesanas e internacionales. Han surgido incluso interesantes esfuerzos teológicos que se podrían nuclear en torno a la preocupación por la inculturación y la búsqueda de la fraternidad-liberación.
Pero estos datos no deben llevarnos a engaño. La Iglesia sigue siendo minoritaria en la casi totalidad de los países. En algunos los cristianos son ligeramente mayoritarios, en otros oscilan en torno al 20 por 100 y en otros no pasan del 2 por 100, sin tener en cuenta los países típicamente musulmanes en los que la Iglesia es prácticamente clandestina.
Lo que es evidentemente es que las Iglesias cristianas -y la católica en particular-, tienen un prestigio muy superior al que representan sus números. De ahí que, a la hora de buscar personalidades de prestigio para presidir las asambleas nacionales de transición a la democracia, se haya acudido principalmente a obispos católicos. Este ha sido el caso de Benin, Congo, Zaire, Togo, Gabán, etc. En otros lugares, los documentos de las Conferencias episcopales respectivas se han convertido en los obligados puntos de referencia para cualquier defensa de los derechos humanos.
En cualquier caso, el africano -¿sólo él?- necesita una religiosidad que, como dice V. Mulago, cumpla «una función psicológica y social de integración y equilibrio, permitiendo al ser humano entenderse y valorarse a sí mismo para aceptar su situación en la vida y controlar su angustia. Gracias a la religión, la dualidad entre la persona y su mundo es superable y la unificación alcanzada»6 .
Esa función la cumplía a las mil maravillas la religión tradicional. Pero hoy, con un mundo «que se derrumba», esa religión sola ya no basta y es inútil querer permanecer anclados en un pasado que no vuelve. La religiosidad cristiana -junto a la musulmana está llamada a predominar en el Africa moderna. Pero le queda todavía un largo camino para que pueda tomar raíz y ser fuente de vida, sobre todo en un momento en el que los parámetros culturales están cambiando.
Por eso, la inculturación se ha convertido en un tema clave, no sólo para la Iglesia, sino también para la misma sociedad, que necesita nuevos valores que le permitan orientarse en el torbellino de la vida moderna, sin perder la conexión con lo mejor de la tradición. No se trata de «revestir» un mensaje exterior de ropaje local. Lo que el africano necesita es una religiosidad que dé respuesta a los muchos interrogantes que le plantea su vida privada y social de hoy -no la de sus antepasados, tampoco la de los europeos o americanos- y que le impulse a plantearse el futuro con esperanza.
El primer gran paso en el camino de inculturación ha sido el nombramiento masivo de obispos africanos y la multiplicación de los sacerdotes y líderes laicos. Ellos viven el Evangelio y la Iglesia día a día desde su manera de ser, con sus límites, contradicciones y valores propios: en eso consiste fundamentalmente vivir una fe que se hace cultura. Esta inculturación tiene que desarrollarse y profundizarse en los campos de la liturgia, el servicio o diaconía a la sociedad, la moral familiar e individual, la reflexión teológica, las estructuras de la comunidad y la parroquia o la diócesis, el diálogo con los otros africanos de las varias religiones. Y todo esto hay que hacerlo en medio de una y mil dificultades muy concretas, como la falta de centro de formación teológica, las dificultades de comunicación, las guerras, sequías, hambres...
De todo eso va a tratar la próxima asamblea del Sínodo de los Obispos para Africa que se iniciará el 14 de abril en Roma. Desde hace mucho tiempo los africanos y los amantes de Africa soñábamos con un concilio africano. Son tales los retos, los problemas y también las posibilidades que no creíamos que bastase nada menos que un gran concilio, que fuese algo así como un momento fundante de una Iglesia africana en todos sus aspectos.
Por eso, la convocatoria de una asamblea del Sínodo en Roma nos ha decepcionado a todos. Por otra parte, quizá no convenga confundir los deseos con la realidad. Hay que reconocer que un concilio no es fácil de llevar a la práctica en las actuales circunstancias. Lo que sí habrá que lograr es entrar en una especie de proceso sinodal, que necesariamente tendrá que durar muchos años, tomando formas y caminos difíciles de prever y precisar a priori. En este sentido el Sínodo de Roma puede ser un inicio.
Puede ser importante que un número considerable de obispos de todo un continente se reúnan, se escuchen, se hablen con libertad y pongan en marcha un gran movimiento de reflexión, que debería tener continuidad en ocasiones posteriores.
Quizá el modelo de América Latina (Río, Medellín, Puebla, Santo Domingo) puede servir de referencia, aunque hay que anotar en seguida las diferencias: En América se habla prácticamente una sola lengua, en Africa varias oficiales y centenares locales; en América la Iglesia es mayoritaria, en Africa minoritaria; en América hay 500 años de historia, en Africa no siempre se llega a los cien...
Lo que, a juicio de muchos, más necesita Africa en estos momentos es un acto de confianza en su propia dignidad y un grito de esperanza que proponga un proyecto global de futuro, que integre los valores tradicionales africanos y los haga cauce de vida para el siglo XXI. Quizá pocas instituciones, como la Iglesia, están hoy en la capacidad de lanzar tal grito. Por eso la Iglesia, más que mirarse en su propio ombligo, debe mirar a sus hermanos y, desde la experiencia de Cristo, ofrecerles una palabra de esperanza, una luz para el camino.
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