RELaT 67

La teología del Catecismo de Juan Pablo II

Ronaldo Muñoz
Caracteres: 6.900
Palabras: 1.100

En los medios católicos y en la gran prensa, se ha publicado y publicitado bastante sobre las bondades del nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, editado en varias lenguas con la autoridad de Juan Pablo II y con gran éxito de librería. Me parece útil -incluso sano y necesario- hacer oír también, con todo respeto, voces críticas. Cuánto más si estas voces pueden reflejar el sentir de una parte importante del pueblo fiel y de pastores, los que, por amor a Jesucristo y a la humanidad sufriente, debemos lealtad sincera al Sucesor de Pedro y a todos nuestros hermanos en la fe católica y apostólica.

Juan Pablo II encabeza el Catecismo con estas palabras: "Conservar el depósito de la fe es la misión que el Señor confió a su Iglesia". Diecisiete años antes, y diez después de la clausura del Concilio Vaticano II, Pablo VI ponía en el centro de su exhortación sobre el anuncio del Evangelio esta afirmación "Evangelización constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda" (EN, 14; los subrayados son míos).

Sin duda, estas dos afirmaciones no se oponen. Por el contrario, se exigen y complementan mutuamente. Si se entiende -como es debido- la fe como viva y contagiosa, y evangelizar como un anuncio fiel al testimonio y el mensaje de Jesucristo pero las dos afirmaciones no son equivalentes, no dicen ni sugieren lo mismo, no están en el mismo nivel. Y la de Juan Pablo II, como primera palabra del Catecismo de la Iglesia Católica, corre el peligro de confirmar una tendencia notoria en todo ese nuevo Catecismo y en la importancia que se le ha dado. Como es notoria en tantas otras insistencias doctrinales, y sobre todo en tantas prácticas y políticas del Papa actual y del sector de la jerarquía católica que parece gozar -en exclusiva- de su confianza.

Es el peligro de retroceder hacia una comprensión y una práctica de la fe cristiana, como una religión de verdades dogmáticas, más que de encuentro y testimonio del Señor Jesús, como una religión de la ley y del temor, más que del Espíritu y del amor, como una religión del culto, más que de misericordia.

Una tendencia dominante (no mayoritaria) en la jerarquía católica, que parece entender "(Nueva)" evangelización la enseñanza con autoridad de "verdades sobre" Jesucristo, la Iglesia, el hombre...; que entiende ahora por "catecismo" un supermanual de teología (dogmática, moral, sacramentaria) para moldear universalmente la inteligencia creyente de obispos, sacerdotes, y catequistas; que parece entender por "moral cristiana" un conjunto de normas conocidas de antemano por el clero célibe y exigidas al pueblo fiel sin consideración del camino de personas y pueblos; que parece entender por liturgia y sacramentos la repetición disciplinada de palabras y ritos fijados desde la cultura que se considera el centro del mundo; que parece entender por ministerio pastoral el gobierno autocrático de monarcas que sólo escuchan con docilidad al superior jerárquico, a su personal inspiración a un círculo cerrado de consejeros de su propia elección.

Así se comprende que para esta tendencia, uno de los peligros para la iglesia -y para la misma fe católica venga de la existencia de teólogos-, quienes por vocación y carisma deben pensar la fe cristiana en su contexto histórico-cultural, y ejercen una crítica evangélica de las prácticas y estructuras eclesiales. Más aún, se comprende que aparentemente, para esa misma tendencia, un gran peligro para la Iglesia Católica -como ellos la conciben y pretenden encauzarla- se vea en que los fieles pobres del mundo (la inmensa mayoría) empiecen a conocer directamente al Jesús de los evangelios, y que -con todo respeto a sus pastores jerárquicos y a menudo con su apoyo- se pongan a seguirlo en comunidades fraternas y solidarias, atentas al Espíritu del mismo Jesucristo que sopla en la vida de sus pueblos.

De hecho, con el título de Catecismo de la Iglesia Católica se nos ofrece -como decía- un supermanual de teología (fundamental y dogmática, moral y sacramentaria) que pretende ser universal y permanente: por encima de todos los catecismos y todas las teologías particulares, de los distintos tiempos y lugares, de las distintas culturas y situaciones históricas.

Pero la así entendida universalidad teológica -imposible para toda palabra humana, incluso para la palabra inspirada de la Biblia y la predicación del propio Jesús- en realidad nos deja en evidencia un lenguaje, una perspectiva, unas preocupaciones dominantes, unas opciones metodológicas y unos acentos, bien particulares y concretos, y por tanto, también limitados y transitorios.

De partida -desde la presentación del Papa, el Prólogo y la Primera Sección- quedan bastante claras la peculiar teología (fundamental) y la ideología (eclesiástica) de este catecismo. Como tendencia, podrían resumirse así: todo se entiende y se explica en torno al eje Dios-hombre, en términos de revelación-conocimiento, con una fuerte propensión a reducir al ser humano a un individuo religioso. La clave de encuentro entre el hombre y dios así entendidos, la tiene -lógicamente- la jerarquía católica y, más precisamente el Papa. Fuera de ese eje y al margen de esa mediación, Dios permanecería vago, inseguro, y el hombre se quedaría semi-humano, casi humanoide.

Puede que una concepción así ayude a la jerarquía a conservar el depósito de verdades de la fe; por lo visto, ayuda a tranquilizar a creyentes que buscan sobre todo seguridad de dogmas, leyes morales y prácticas religiosas supuestamente caídas del cielo, y podría ayudar a la cohesión de una Iglesia autocentrada, disciplinada y monolítica, e incluso, a una Nueva Evangelización practicada como reconquista o proselitismo sectario.

Pero cuesta entender cómo una tal concepción podría ayudarnos a todos a acoger la Buena Nueva del reinado de Dios que llega hoy aquí, entre y desde los pobres de la tierra; cómo podría ayudarnos a caminar en el seguimiento de Jesús de Nazareth, y a encontrarnos de veras con el Crucificado que vive ahora resucitado; cómo nos podría ayudar a dejarnos conducir por el Espíritu del resucitado, en un amor fraterno, un servicio humilde y un alegre testimonio del Dios de la vida, realmente universales.

¿Cómo una concepción así podría ayudarnos a los católicos a una auténtica evangelización, por muy nueva que se la entienda? ¿Cómo podría ayudarnos en el urgente ecumenismo, en todos los niveles, con las demás iglesias cristianas? ¿Y en el diálogo y la colaboración, sinceros y respetuosos, con la gente de otras religiones y los no creyentes? ¿Y en el desafío tan apremiante de construir, con todos los hombres y mujeres de buena voluntad, adultos y jóvenes, un mundo más solidario y más humano?

Y sin embargo, ¿no está esta búsqueda -sincera y abierta- más cerca del reino de Dios y su justicia, que toda esa ortodoxia tan grandiosa, tan segura de sí misma y tan exclusiva?


[Inicio de página] [RELaT] [Página de la ]