Contenido: Jon Sobrino, de la Universidad Centroamericana de El Salvador, a solicitud de Proceso, envió la siguiente declaración sobre el conflicto en Chiapas y la Teología de la Liberación.
Aparición original: Revista «Proceso», México, 900(31.1.1994)36
El estallido en Chiapas ha sido una sorpresa para la mayoría, y me piden que diga una palabra sobre ello desde la perspectiva de la Teología de la Liberación. No voy a decir nada especial que otros no hayan dicho ya, y desconozco, además, la situación de Chiapas después y, sobre todo, antes del estallido. Sin embargo, ya que me lo piden, voy a hacer unas breves reflexiones.
La primera es preguntarnos por qué ese interés por la Teología de la Liberación siempre que hay algún estallido social, sobre todo si hay guerrillas y revolución de por medio. Pues bien, ese interés tiene mucho de ignorancia sobre lo que dice la Teología de la Liberación; ojalá nos preguntasen por la fe, esperanza y compromiso de la gente sencilla de Chiapas y por la actuación evangélica de don Samuel. Tiene mucho de morboso, pues el interés crece siempre que hay sangre de por medio, pero no existe cuando la Teología de la Liberación habla del seguimiento de Jesús.
Dicho todo esto, sin embargo, la pregunta es legítima, y respondemos con la segunda reflexión. La Teología de la Liberación es, como decía Ellacuría, la Teología que está más en contra de la violencia y la que más propicia la paz. No hay en esto paradoja ni sofisma, sino que Ellacuría está afirmando que esta Teología combate la primera y más originante de todas las violencias, la injusticia estructural, a la que hace ya 25 años los obispos latinoamericanos llamaron en Medellín "violencia institucionalizada". Contra esa violencia ante todo, y por ser la más grave, se pronuncia la Teología de la Liberación. Esa injusticia, en efecto, envía a la muerte lenta de la pobreza, pero no por ello menos muerte, a millones de seres humanos. Y por ello también la Teología de la Liberación se pronuncia a favor de aquella paz, que, como dice la Biblia y lo repiten machaconamente los Papas, es "fruto de la justicia". Y es también la Teología más antiviolenta porque denuncia y combate la violencia, la represión, las torturas de parte de ejércitos, cuerpos de seguridad y escuadrones de la muerte, que se usan para mantener la injusticia estructural, y se convierten en violencia masiva y cruel, de lo cual tenemos abundante experiencia aquí en El Salvador: unas 70,000 víctimas, los conocidos "Romeros" y "Ellacurías" y los miles de desconocidos en El Mozote y el Sumpul, lo cual muchas veces ocurrió, por cierto, con conocimiento y connivencia del gobierno de Estados Unidos.
¿Y la violencia de la guerrilla? La Teología de la Liberación ha seguido, en lo fundamental, la doctrina tradicional de la iglesia y de Medellín. En la experiencia salvadoreña, ha intentado impedirla exigiendo reformas estructurales; una vez desatada, ha procurado acortarla, humanizarla; ha condenado toda acción terrorista y ha buscado una salida pacífica y negociada que garantice paz y justicia duraderas. Eso es lo que entre nosotros hicieron monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, y lo que está haciendo en Chiapas don Samuel Ruiz. Y no está de más recordar que tanto aquellos como éste no sólo no son bien vistos, sino que son perseguidos y hostigados por los bienpensantes y poderosos de siempre, y a veces también por el Vaticano.
¿Qué más dice la Teología de la Liberación? Esta es la tercera reflexión. Dice que hay que cumplir los mandamientos de la ley de Dios y por un orden preciso. Hay que empezar cumpliendo el séptimo mandamiento: no robar, no depredar y expoliar, no dejar a indígenas y campesinos sin tierras: españoles hace cinco siglos, terratenientes y transnacionales ahora. El quinto mandamiento: no matar ni de hambre ni de tortura ni de represión, para poder depredar con más facilidad o para gozar "en paz" de lo depredado. El octavo mandamiento: no mentir, es decir, no encubrir el inmenso escándalo de la violencia de los anteriores, la opresión y la represión, que campean en todo el Tercer Mundo.
Esto es lo que fundamentalmente dice la Teología de la Liberación. Y a ello añade que tampoco se viole el segundo mandamiento: usar el nombre de Dios en vano; que no se bendigan los atropellos en nombre de una civilización cristiana, en lenguaje religioso, o democrática, en lenguaje secular. Dios y el demos (pueblo) merecen un respeto infinitamente mayor.
Ojalá, pues, pronto venga la paz -negociada- en Chiapas. La Teología de la Liberación, la experiencia histórica acumulada y el sentido común añaden a este sincero deseo, que florezca la justicia. Sin ello no habrá paz ni habrá vida duraderas.