Estamos en tiempos difíciles para las utopías y para la esperanza. De hecho, mucha gente -incluso muchos militantes- las ha perdido. Hablar de utopías, de transformación social, de esperanza global... a algunos les parece ya innecesario, idealista, inviab
le, o incluso ridículo. Hay todo un «imaginario social» que trata de prohibirnos la utopía y la esperanza...
En este estudio nos proponemos reflexionar sobre lo que la utopía y la esperanza de Jesús pueden decirnos en esta hora histórica.
I. La realidad de la que partimos.
Por razones de brevedad y por el propósito mismo de este artículo, no vamos a detenernos en una descripción amplia de esta realidad ya conocida. Pero necesitamos en todo caso evocar sus rasgos más relevantes, aunque sea casi telegráficamente, para tene r clara ante nuestra mente la realidad de la que partimos y a la que tratamos de responder. Estos nos parecen ser esos rasgos mayores de la hora histórica que estamos viviendo, tal como ordinariamente suelen ser presentados1 :
II. Iluminando esta realidad: «puestos los ojos en la utopía de Jesús»
(Hb 12, 2).
Para iluminar teológicamente esta realidad tan dura se puede echar mano de varias luces. En este estudio queremos abordarla solamente a la luz de la cristología2 . Las que siguen son luces que nos parece pueden iluminar nuestra realidad en esta hora:
Jesús, luchador por una Causa
Si dirigimos nuestra mirada a Jesús, hay algo importante que señalar de entrada: que Jesús fue un «hombre con una Causa». No fue simplemente un «buena gente», persona buena», ni siquiera una persona muy buena o muy santa. Jesús fue un luchador por una Causa, una persona consciente, que sabe lo que quiere y se empeña en conseguirlo a pesar de las dificultades que se encuentra, una persona que está dispuesta incluso a dejar la vida en el empeño. Hombre con utopía y con esperanza. Persona con una Causa po r la que vivir y por la que luchar.
En lenguaje más psico-antropológico llamaríamos a esa Causa, quizá, la «opción fundamental» de Jesús. Y es sabido que la opción fundamental no es en ninguna persona algo periférico, ornamental o simplemente accidental. Tampoco en Jesús lo puede ser.
En Jesús se trata de un rasgo fundamental de su vida y de su persona. Es como la más profunda estructura personal, en la que se engarzan y articulan los demás rasgos de su persona. Es sin duda un rasgo esencial en él, y, por eso mismo, es un rasgo «rev elador», es decir, que forma parte de la revelación que es Jesús3 .
Decimos habitualmente que Jesús es a la vez revelación de Dios y del ser humano: nos revela cómo es Dios y nos revela cómo puede llegar a ser la persona humana. Pues bien, ese «vivir con Causa» que tanto resalta en Jesús, es también «revelación» en ese mismo doble aspecto: nos revela cómo es Dios y cómo es (o debe ser) el ser humano.
Nos revela por una parte que Dios tiene una utopía, un «sueño»4 : lo podemos designar -con palabras más clásicas- como el «designio» arcano de Dios, su plan salvífico, su voluntad, su mismo Reinado. Dios es «soñador» en todo caso, hace proyectos, tiene un plan, y -dicho a la manera humana, si se nos quiere entender la metáfora- tiene esperanza y utopía. El hecho de que Jesús sea así nos revela que Dios es también así.
Por la otra parte, nos revela también que la Persona Humana Nueva revelada en él es esencialmente utópica y esperanzada, y que sin este rasgo cualquier persona humana está lejos de acceder a la plenitud de las posibilidades de su ser «a imagen y semeja nza» de su Creador.
La utopía de Jesús de la que hablamos tiene un nombre. Se llama Malkuta Yahvé, Reino, «Reinado de Dios» (RD). Como es sabido, RD resulta ser una de las «mismísimas palabras de Jesús», una de las frecuencias más altas en el evangelio5 , lo que const
ituyó con toda certeza el centro mismo de la predicación de Jesús6 . Fue, en efecto, «la Causa de la que Jesús habló, con la que Jesús soñó, por la que se expuso, se arriesgó, lo persiguieron, lo capturaron, lo condenaron y lo ejecutaron...»7 . Jesús es a
nte todo un servidor fervoroso del RD, un apasionado luchador por la Causa. Sin la perspectiva del RD es imposible conocer realmente a Jesús.
Pero, ¿que Reino?
Ocurre que hoy día es tan fuerte la evidencia de la centralidad del RD en la vida y la palabra de Jesús, que nadie puede sustraerse a ella. Se podría hablar del rescate de la centralidad del RD como una de las aportaciones actuales mayores de la teolog ía y la espiritualidad de la liberación a las Iglesias cristianas. Nadie se atreve ya a negar esa centralidad. Todos se sienten juzgados por ella e intentan de una manera u otra autojustificarse diciendo que la aceptan.
Pero, ¿la aceptan? De nada sirve decir que ponemos el Reino en el centro si bajo un mismo nombre hablamos de «Reinos» diferentes. Muchos hablan de Reino de Dios, pero entendiendo con ello algo a lo que Jesús nunca se refirió.
No podemos ahora hacer un excursus sobre las formas actuales de malversación y/o domesticación del concepto de Reino de Dios. Pero, para ser concretos, debemos hacer por lo menos un elenco cuasitelegráfico de sus más llamativas de malversaciones8 o do mesticaciones actuales en los cristianismos al uso. Señalaremos éstas:
Un cristianismo que ponga en su centro, de hecho -consciente o inconscientemente- un «Reino» de éstos, que tan poco tienen que ver con el que anunció Jesús, es cristianismo sólo nominalmente, no sustancialmente. Su sustancia no es cristiana, en la medida en que se aparta de la Sustancia de la Causa, la Utopía, la Misión por la que vivió y luchó Jesús.
La lucha de Jesús por el Reino no hizo de él un hombre «eclesiástico», beato, religiosista, encerrado en los estrechos límites de lo convencionalmente religioso. Al contrario: el RD lo arrancó de las preocupaciones domésticas y familiares, lo sacó de N azaret, de los planteamientos religiosos tan legalistas de su tiempo, de las limitadas perspectivas judías... El RD lo condujo a la vida, a la profecía, a la plaza, a las masas, al dolor humano, a la historia, al conflicto público, a la confrontación con el Imperio y el Templo... Todos los que hoy hablan de RD pero que a la vez lo domestican hasta confinarlo a los límites de lo estrechamente eclesiástico o religiosista, debieran considerarlo.
En tiempos de crisis de utopías y de esperanzas como los actuales, es normal que el cristianismo sienta la tentación de refugiarse en alguno de los antedichos sucedáneos del RD, que le permitan (supuestamente) autoeximirse de la utopía y de la esperanz a. Siempre esa tentación ha estado presente; pero hoy es quizá la tentación dominante.
Su reino: «no otro mundo, sino este mismo, pero totalmente otro».
Jesús no dio en ningún momento una lección magistral sobre el RD. Nunca lo explicó sistemáticamente. Pero en el conjunto de la vida de Jesús está clara su predicación sobre el Reino13 .
Sólo queremos resaltar ahora este rasgo: para Jesús, «el RD no es sin más otro mundo, sino este mismo mundo, pero totalmente otro». Con esta formulación se subrayan claramente dos aspectos.
Hacia tal RD no se puede avanzar sino por el sendero de la transformación histórica. «La tierra es el único camino que tenemos para ir al cielo». No podemos hacer Reino sino en la historia. Salirnos o despreocuparnos de ella en nombre de un supuesto ci elo transhistórico que nada tuviera que ver con la historia, sólo sería un espejismo. No podemos construir un cielo nuevo sino haciendo nueva la vieja tierra. Transformando la historia configuramos el cielo futuro. Por eso podemos ser verdaderamente conte mplativos en el proceso de liberación14 , incluso en sus horas bajas y noches oscuras.
¿Qué pensar pues de un cristianismo sin esperanza, sin utopía, sin lucha apasionada por la construcción del Reino? Ya no sería seguimiento de aquél apasionado luchador, que mantuvo su esperanza a pesar de todas las dificultades, incluso cuando no parec
ía haber salida para la esperanza.
Una «lectura histórica del cristianismo»
El cristianismo, a lo largo de la historia (diacrónicamente), y aun en la actualidad (sincrónicamente) ha revestido y reviste muchas de las diversas formas que adoptan las religiones15 . Es decir, el cristianismo es objeto de muchas interpretaciones, d e las más variadas lecturas, a saber:
Dos cosas hay que decir frente a este elenco parcial de lecturas del cristianismo.
Primero, que ninguna de ellas es la única verdadera, ni tampoco ninguna de ellas carece de todo aspecto de verdad. Más bien todas reflejan un aspecto de la verdad. Es decir: el cristianismo no es una doctrina, pero tiene aspectos doctrinales; no es fun damentalmente una moral, pero tiene vertientes morales; no es simplemente una institución, pero no puede realizarse en la historia sin un mínimo de institucionalización...
Segundo: la lectura histórica no es una interpretación más, entre otras, sino la más cercana a la que Jesús mismo vivió y anunció. Y, en ese sentido, es la «lectura» que menos tiene de «interpretación» o de «lectura». Vivir el cristianismo históricamen
te, como «una praxis creyente de transformación histórica a la búsqueda de la utopía del RD», no es una de las formas como se puede vivir el cristianismo, sino la forma como lo vivió Jesús, y, en ese sentido, la única forma que da sustancia cristiana a la
religión y a cualquier pretensión de seguimiento de Jesús.
Esperanza contra toda esperanza
Afortunadamente, no podemos decir que Jesús no pueda ser modelo para nosotros en estos tiempos por el hecho de que él no hubiera vivido tiempos de crisis de esperanza como los nuestros. La lucha y la esperanza de Jesús también atravesó sus crisis.
Debió serle fácil al principio la esperanza, cuando constataba en el pueblo aquella respuesta entusiasta que le hacía venir en su búsqueda en muchedumbre o que le quería proclamar rey. Se debió sentir peor cuando muchos le fueron dejando quejándose de que aquel lenguaje era un tanto duro. La posterior «crisis de Galilea» debió ser una «noche oscura» para su esperanza: parecía que no había salida; aquél camino no conducía a ninguna parte. «¿Sigo o no sigo?», se debió preguntar. «¿Merece la pena esta luc ha, o es mejor abandonar?». Pero decidió continuar y «subir a Jerusalén», a tumba abierta. Poco después sudaría sangre en el huerto, temblando ante los riesgos de muerte que estaban a punto de hacer presa en él. Siguió adelante, confiando quizá desesperad amente en que el Padre no le iba a abandonar, y en que hasta el último instante podría aparecer una salida. Pero el momento de la verdad llegó, desnudo como el beso de la muerte. Entre la espada y la pared, en la cruz y ante la muerte, debió sentir Jesús que ya no había tiempo para engañarse: que el Padre -incomprensiblemente mudo y silencioso- le pedía no ya que esperara alguna salida, sino que confiara en él sin tener ningún otro apoyo, con una esperanza contra toda esperanza. Y Jesús no falló: «en tus manos encomiendo mi espíritu, mi Causa».
Esa fue su mejor y mayor esperanza, mucho más valiosa que aquél primer optimismo entusiasta que le llevó por los caminos de Galilea fácilmente empujado por el fervor de las multitudes. La esperanza en la noche oscura de la crisis de Galilea, de Getsema ní y de la cruz, fue la consumación de su esperanza.
Extrapolando lo que afirma la carta a los Hebreos, podemos decir sin duda que hoy en nuestros tiempos de noche oscura para la esperanza y las utopías, también nosotros debemos tener «fijos los ojos en Jesús, iniciador y consumador de nuestra... esp eranza» (cfr Hb 12, 2)
III. Conclusiones
Algunas conclusiones ya han aparecido en nuestra misma reflexión sobre Jesús. Pero apliquemos en todo caso esta luz que nos viene de Jesús a la concreta hora histórica que vivimos.
¿Cristianismos sin Reino?
La mayor parte de los cristianos apenas escuchamos nada del RD en nuestra formación básica inicial tanto en el catecismo parroquial como en la escuela dominical o en los colegios de inspiración cristiana. Y esto no lo digo tanto como un inútil rasgamie nto de vestiduras ante un pasado que no tiene remedio, cuanto como un llamado de atención de urgentísima actualidad, porque hoy, como hemos dicho, aunque muchos hablan de Reino, muchos cristianismos al uso no tienen verdadera presencia de Reino. Ello se r efleja sobre todo en su actitud ante las esperanzas y las utopías.
Pues bien, ante estos tipos de cristianos y de cristianismos, decimos: «cristianismo sin Reino no es verdadero cristianismo». No decimos que sean cristianismos defectuosos; decimos que les falta lo esencial cristiano. De que esté presente16 o no el te ma el Reino en una expresión concreta del cristianismo (sea a nivel nocional o a nivel existencial) no se deriva simplemente una mayor o menor calidad del mismo, sino la afirmación o negación de su misma esencia cristiana.
Dicho de otra forma: muchas formas de cristianismo que se han vivido en la historia o que actualmente están vigentes, no son radicalmente cristianismo. Son formas religiosas paracristianas que utilizan los símbolos y conceptos cristianos, ciertamente,
pero colocándolos fuera de todo planteamiento histórico-utópico propio del Reino. Están centradas en torno a un Jesús sin Reino (y, consecuentemente, a un Dios sin Reino). En cuanto que les falta lo que fue esencial en Cristo (la lectura histórico-escatol
ógica que el Reino implica), son religiones no «cristianas». Toman el nombre de Jesús en vano17 . Y en falso, porque en su nombre hacen y difunden muchas veces lo contrario de lo que él hizo, aquello incluso a lo que más se opuso en su tiempo18.
¿Cristianismo posmoderno?
Pero hoy se nos dice: estamos en un mundo y una cultura posmodernos, que ya no creen en utopías ni en «megarrelatos». Ya se ha experimentado que no es posible el cambio. Las utopías han fracasado. Hay que ser realista y reconocer que estamos en un m undo que ha llegado a su fase final con el triunfo de una forma histórica que ha sido capaz de desplazar a todas las demás. Hemos llegado al «final de la historia». Ya no va a haber más que «más de lo mismo». Es inútil seguir hablando de utopías, de trans formación histórica, de praxis social... Si el cristianismo dice que quiere encarnarse en cada cultura, debe también encarnarse en esta cultura posmoderna...
Pero el argumento es una falacia. La renuncia a grandes visiones globales, el desistir en la tarea de transformar el mundo, el refugio «en el fragmento» renunciando a toda esperanza de cambio... no son una «forma cultural», como cualquier otra, la del posmodernismo actual concretamente. Si fueran una «forma cultural» habría que respetarla y habría incluso encarnar e inculturar el cristianismo en esa forma cultural, en esos «signos de los tiempos».
Esos elementos posmodernos no son realmente humanos ni humanizantes, ni mucho menos cristianos. La «posmodernización» del cristianismo (su inculturación posmoderna) no es posible.
Renunciar a la visión global, a la pretensión de transformar el mundo, al compromiso histórico, preferir quedarse en el fragmento, en el placer fácil y descomprometido del vivir y disfrutar el presente desentendiéndose del futuro... no es compatible co
n el cristianismo, tal como se desprende del Jesús en el que hemos puesto nuestros ojos hace un momento. Jesús nunca se hubiera acomodado al posmodernismo. El posmodernismo no es una forma cultural, sino el desencanto de la modernidad, el cansancio de la
esperanza, una hora baja de la humanidad, deprimida por las muchas decepciones sufridas, quizá. Un seguidor de Jesús no puede dejarse abatir por esta hora de cansancio; al contrario, ha de descubrir en ella un nuevo llamado a sembrar esperanza.
¿Cristianismo «light», «descafeinado»?
Tengo para mí que otro de los grandes servicios que la teología y la espiritualidad de la liberación han realizado a la conciencia de las Iglesias ha sido la poderosa y profética llamada de atención que han hecho sobre «lo esencial cristiano», y sobre la tremenda facilidad con que el cristianismo, como cualquier otra religión, puede deslizarse imperceptiblemente a la adoración de otros dioses, a pesar de seguir utilizando los nombres y categorías cristianos.
La misma Biblia testimonia hasta la saciedad casos en los que los profetas han gritado al pueblo de Dios y a sus dirigentes que el culto que tan fervorosamente realizaban no daba verdaderamente con el Dios al que invocaban, sino con otros dioses, con l os ídolos de la muerte que están siempre en pugna con el Dios de la Vida. Citar el antiguo y el nuevo testamento se haría interminable. Hoy son la teología y la espiritualidad de la liberación quienes han asumido mayoritariamente esa denuncia profética, y han tenido que cargar sobre sí el mismo conflicto que los profetas bíblicos y los profetas de siempre afrontaron tanto frente a los poderes civiles como frente a los detentadores del poder insititucional de la respectiva religión establecida.
Bueno, el escándalo está ahí, a la vista de todos, pero tan profundamente introyectado en el inconsciente occidental que muchos no lo captan. Ahí está ese 20% más rico de la población mundial -en su mayor parte teóricamente cristiano-, el que según el informe del PNUD de 1992 se reparte el 82,7% de la riqueza mundial y deja al resto del mundo, a las cuatro quintas partes de la humanidad, con el 17% de los recursos.
El escándalo está en todos esos cristianismos «light», suaves, «sensatos», que huyen de «radicalismos», que conviven con el sistema sin mayores problemas. Son cristianismos «descafeinados», que con el paso del tiempo han perdido la memoria peligrosa de Jesús y de su Causa. Han olvidado ya que originalmente eran seguimiento de un profeta radical que murió como ajusticiado político porque su predicación y su esperanza subvertían el sistema del templo y del imperio...
No importa que a veces nos puedan decir que en la teología y la espiritualidad de la liberación somos un tanto insistentes, y hasta monotemáticos quizá, al hablar del Reino y sus exigencias. Aunque fuéramos obsesivos, no estaríamos haciendo otra cosa q
ue dejándonos llevar de la que fue la manía de Jesús, su obsesión insistente. Lo que importa es centrarnos y concentrarnos en la pasión del Reino, porque ese filón es el esencial, el «unum necessarium», frente al que todo lo demás «se nos dará por añadidu
ra».
Esperanza a toda prueba
En esta hora de desesperanza, cuando muchos han abandonado la lucha y creen que ya no hay lugar más que para la sobrevivencia o el «arrégleselas cada uno como pueda», suena renovada para los cristianos la hora de la esperanza.
Muchas esperanzas han muerto porque no eran verdaderas esperanzas de calidad. Lo parecían, pero no lo eran. Muchos apostaron por la esperanza porque ya «veían» su triunfo inminente19 . Otros esperaban el triunfo de los pobres porque era una verdad «cie ntífica» que su triunfo llegaría inexorablemente por las leyes dialécticas de la historia. En el fondo, no había que hacer mucho esfuerzo para tales esperanzas. No eran «esperanza contra toda esperanza», sino esperanza basada en supuestas evidencias.
Ahora que el triunfo inminente que ya llegaba desapareció sin saber cómo, y que las «certezas científicas» se han derrumbado estrepitosamente, los que tenían esas esperanzas ya no son capaces de levantar sus ojos hacia adelante. No encuentran base en l a que apoyar su esperanza.
Enrique Dussel ha dicho que en esta nueva hora, sólo los cristianos pueden sacar adelante la esperanza que sostenía a los marxistas. Pero se refiere a la esperanza de calidad, fundamentada en la opción por los pobres y en la fe:
Estamos pues llamados a una esperanza purificada, más desde la fe, más por los pobres-pobres, más como Jesús en el momento cumbre de su vida. La esperanza verdadera vale tanto más cuanto más gratuita es, cuantas menos evidencias tiene, cuanto más encue ntra sus razones en el coraje de seguir apostando por la Causa de Jesús.
Esta esperanza, hecha de fe y de amor, puede ser el hilo conductor de la espiritualidad necesaria en esta «noche oscura» de utopías y de esperanzas. Y el gran papel de los cristianos puede ser, en esta hora histórica, el testimonio de la inconformidad,
la tenacidad de la esperanza, la inclaudicable esperanza de Jesús.
Una esperanza macroecuménica
Una mirada amplia puede ser el mejor antídoto contra la asfixia que nos pude sobrevenir si nos encerramos en miradas alicortas. La esperanza, la Causa, la lucha... exceden el ámbito de cualquier Iglesia. Dios y su Reino son más grandes que nuestras tim oratas perspectivas. Más aún: las transformaciones son más profundas; aunque en la superficie todo parezca estar bloqueado y como paralizado, la historia no se detiene. Sólo los superficiales pueden hablar de «fin de la historia».
Si tuvieran razón los que se empeñan en hacernos creer que las utopías han fracasado y que ya no va a ser posible intentar una transformación del sistema, quien habría fracasado no serían simplemente esas utopías, sino Dios mismo y su proyecto, Jesús y su Buena Noticia, y la humanidad misma. La proclamación del triunfo del neoliberalismo es, simultáneamente, la inconsciente proclamación del fracaso de Dios, de Jesús y de la humanidad.
No sabemos cómo. Ni cuándo. Quizá nos toque caminar, como Moisés, previendo que no entraremos en la tierra prometida. O quizá en cualquier momento aparezca en el horizonte una luz nueva. Quizá repentinamente se quiebre esa arrogante solidez que el impe rio dice poseer. Nosotros, en todo caso, no nos resignamos a dar por terminada la historia. Nos rebelamos contra el decreto de la desesperanza.
Dios hace fermentar su proyecto más allá, más abajo, más al fondo y más adentro de lo que nosotros percibimos. También durante la noche oscura la semilla sigue creciendo, aunque nosotros no veamos cómo. El Reino vive. La lucha sigue.