RELaT 28

La Iglesia del futuro

Federico Bellido
Caracteres: 12.000
Palabras: 2.030
Aparición original: «Alandar», Madrid, 104(enero de 1994)10-11

La Iglesia del futuro que yo entreveo, podría ser así:

El estamento clerical desaparece, se forman comunidades por doquier, finalmente son presbíteros hombres y mujeres célibes, hombres y mujeres casados. Así aparecerá ante el mundo la Iglesia como sacramento universal de salvación, que hoy no aparece.

El pueblo de Dios será todo él corresponsable, incluso en las decisiones más importantes que convenga tomar.

La Jerarquía se hará pequeña, servidora, sierva, humilde, toda ella al servicio de la fraternidad, y desaparecerán del horizonte todos los títulos y honores mundanos con los que hoy se rodea. Las diócesis serán más pequeñas, más humanas, donde las relaciones fraternales resplandezcan, pues hoy, lamentablemente, no existen. Ya no habrá el «clero», habrá hermanos de todos los estados ejerciendo el ministerio presbiteral.

La comunidad, las comunidades cristianas y los cristianos se meterán en el mundo que el Señor quiere salvar, como un fermento, como una fuerza que llega de lo alto y, en la vida pública, darán todos testimonios del Señor Jesús resucitado, Cabeza de la Iglesia, gobernada por el Espíritu del Señor.

La actual praxis de vida ritualista, sacramentalista, rutinaria, sociológica, se acabará y habrá celebraciones de la fe y de la vida reales, participativas, en las que el Reino de Dios se exprese. Serán verdaderas celebraciones de la fe, comprometidas con la fe y la evangelización del mundo.

Las iglesias serán lugares de reunión de todas las pequeñas comunidades que proliferarán en todo el mundo. No se cobrará por el culto, porque todos verán como un escándalo cobrar dinero por la celebración de la Eucaristía, por la memoria de Cristo crucificado y resucitado. El tono de las celebraciones será verdaderamente festivo y muy alegre, como conviene a quien de verdad cree en Jesús resucitado.

Todos servidores
Ya no habrá el centralismo que hoy vemos en Roma, en el Vaticano. Desaparecerá toda la pompa mundana que hoy rodea al que es Vicario de Cristo y todo será más sencillo, más evangélico, más verdadero. Que se acabarán los títulos mundanos del Papa, es algo evidente. Hoy es casi imposible acabar con la actual máquina de la Curia, con este centralismo romano y con esta prepotencia que no corresponde al proyecto de Jesús sobre la Iglesia. Sólo Jesús es el Soberano, el Señor, el Mesías, los demás somos siervos, servidores, pequeños, hijos todos del Padre Todopoderoso y Eterno. Todos guiados por el Espíritu del Señor.

Los funerales se convertirían en días de esperanza y en el deseo de compartir la alegre y clara resurrección del Señor. No habrá ya ambiente de luto, sino que la muerte de un hermano se convertirá en fiesta, en la celebración de la resurrección de Jesús, que nos ha precedido en el triunfo, en la victoria sobre la muerte.

La Iglesia del futuro, desclericalizada y hecha toda ella pueblo de Dios, será verdaderamente capaz de evangelizar. La Iglesia del futuro será toda ella misionera y se acabarán las divisiones entre los bautizados de las actuales confesiones que, vergonzosamente, duran ya hace siglos.

La unidad de todos los cristianos en Cristo el Señor, favorecerá la conversión del mundo y la compenetración y transformación del mundo, que poco a poco se convertirá en el Reino de Dios.

Actualmente estamos atascados sin saberlo, y el cristianismo pierde vigor en un mundo secularizado (no secularista), que espera tener un alma, el espíritu del genuino cristianismo, que es luz del mundo y sal de la tierra. Como estamos hoy, la Iglesia no es comunidad y así no puede iluminar el mundo ni salar la tierra.

Ministerios gratuitos
Los sacerdotes todos, célibes, casados, mujeres, se alimentarán de su trabajo y, en la mayoría de los casos, esto será lo normal. En algunos casos puede darse una liberación total de las correspondientes profesiones. Serán pocos. Aquí San Pablo es una pauta y un recuerdo de cómo se puede anunciar el Evangelio gratuitamente, trabajando como él lo hizo, tejiendo lonas. Es bueno el servicio gratuito al Evangelio. Esto cambiará el modo actual de vivir los ministros ordenados, a quienes se les paga por el servicio apostólico. Esto ha hecho mal al sacerdote y conviene cambiar el modo de vida. Así no se filtrarán en el ministerio hombres vagos e incluso perezosos. Hay en algunos sacerdotes, gente poco luchadora y poco trabajadora, que no pueden anunciar el Evangelio porque no saben vivirlo gratuitamente.

El rostro de la Iglesia cambiará y, por fin, tendremos una Iglesia pueblo de Dios, ministerio de vida, como quiso el Vaticano II.

La vida religiosa florecerá en la Iglesia y aumentará el número de místicos, que hagan la experiencia de Cristo resucitado y de Dios, Creador y Padre.

A una Iglesia así, transformada en imagen del Señor resucitado, vendrán los jóvenes y habrá más vocaciones a la vida consagrada. No hay duda. Los centros de formación bíblica, teológica, humana, integral, serán en la comunidad cristiana. Hombres despiertos, modernos, implicados en la vida de fe y en la evangelización. Hombres del espíritu y no académicos de una cultura, que no se comprometan con la realidad sino que se debaten, a veces, en la abstracción.

Un testimonio vivo
Siempre hubo santos en la Iglesia, los hay en este actual momento decrépito de la Iglesia. Yo sueño que en una Iglesia que se constituya como Pueblo de Dios, como auténtica comunión de hermanos, florecerán todavía más los santos, esos hombres y mujeres que encarnan el evangelio en cada tiempo y lugar.

Una Iglesia así aparecerá menos «formal», pero mucho más efectiva, como testimonio vivo del Evangelio, como evangelizadora, como luz del mundo. Hoy la Iglesia oficial oscurece la posible vida del cristianismo, haciéndose representantes de la comunión los jerarcas y los sacerdotes que, con mucha frecuencia, desconocen olímpicamente los carismas de los fieles, riquísimos, y que, a veces, tratan ellos de monopolizarlos todos como si el Espíritu no tuviera libertad de concederlos dondequiera y como quiera.

Hoy la gente está convencida de que no tiene carisma y de que los jefes son los sacerdotes y los obispos, esperando no una guía fraternal sino autoritaria de los llamados pastores.

El pastor ha de ir por delante de la grey, pero no tanto con la autoridad vivida como poder sino vivida como servicio gratuito, respetuoso, humilde. Así lo hizo el Señor Jesús, que vino no a ser servido sino a servir.

Qué duda cabe que una Iglesia así atraerá a tantos hombres honestos que buscan la verdad y el sentido de la vida y viven perdidos, sin un punto de referencia claro al que acudir para satisfacer sus ansias de verdad, de profundidad, de realización humana.

Una Iglesia así mantendrá siempre lo «esencial», que es la conversión permanente a Dios y un empeño fiel a las exigencias de la fraternidad, al compartir la vida y los bienes de todo tipo. Se acabará el individualismo y la fe se vivirá, como es natural, en comunidad, en comunión.

La renuncia al poder
No se detendrá lo que hoy intentan los jerarcas y el mismo Papa, una Iglesia fuerte, poderosa, por el camino de la autoridad, sino una Iglesia pobre, sencilla, misericordiosa, pero mucho más vigorosa que la iglesia actual, que parece sostenerse fuerte sólo por el poder. Así no marcha la Iglesia, El poder de la Iglesia es la cruz, la abnegación, la autenticidad, el poder de Cristo resucitado, el poder de la verdad y del amor. Pareciera que la Iglesia de hoy desmiente la fe que muchos, tal vez muchísimos, ponemos en el Resucitado, en los medios pobres, en el Espíritu, y quieren sustituir estos valores evangélicos por el poder vivido mundanamente.

Alguien me dijo: el poder es algo demoníaco. De momento me extraño la expresión pero pronto me di cuenta de que, efectivamente, el poder como dominación del otro es algo verdaderamente demoníaco. La prueba la tenemos en la cruz de Cristo, que ejerce un poder infinitamente mayor que el poder mundano. Jesús, desde la cruz, nos atrae. El poder mundano no atrae a nadie.

Yo creo en esta Iglesia del futuro, esbozada ya en el Concilio Vaticano II, y espero que se pondrá en marcha esta hermosa realidad.

Actualmente veo en la Iglesia un poder central cerrado y embriagado de autoridad y veo también muchas y variadas fuerzas vivas y pujantes en toda la Iglesia. ¿Quién vencerá? No hay duda: vencerán las fuerzas del progreso, las que traen esperanza al mundo y a la propia Iglesia, y el aparato del poder, hoy fuertemente sentido por muchos, será humillado y abatido. Me viene a la mente aquellas palabras del Magnificat: «Su abrazo intervendrá con fuerza, desbarata los planes de los arrogantes, derriba del trono a los poderes y exalta a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos».

El poder impositivo
Hay, ciertamente, gente de muy buena fe en el poder eclesial de hoy, pero yo veo que están equivocados y ejercen el poder y la autoridad como si ellos fueran dueños de la Iglesia, olvidando que el dueño de la Iglesia es Jesús, que la Iglesia es de Jesús, no del papa de turno. Ha de quedar bien claro en el sueño de una Iglesia para el futuro que el Señor de la Iglesia es Jesús y nadie más que El. Los demás somos hermanos con distintas funciones en la comunidad eclesial, pero sin ejercer indebidas presiones sobre la libertad de los demás.

Autoridad sí, pero ejercicio humilde y servicial, respetuoso de la misma. Golpes como los que ahora estamos recibiendo de Roma no nos convencen. Se hace con pretexto de la doctrina y de la obediencia pero, en el fondo, es un abuso de poder ejercido no fraternal sino impositivamente. La Iglesia de Jesús vive del Espíritu, no de la autoridad, que también ella ha de obedecer al espíritu en el gobierno de la Iglesia de Jesús. Hoy existen trampas, secretismos, sistemas nada claros que turban el desarrollo espiritual de esta fraternidad que es la Iglesia.

Yo he sufrido mucho en mi vida de enfermo y no puedo permitirme el lujo de mentirme a mí mismo. Yo digo con libertad lo que pienso, lo que siento, lo que deseo, sin muchos rodeos, sino clara y lisamente. Estoy cansado de una iglesia diplomática. Lo que me atrae es la verdad de Jesús y nada más, y caiga quien caiga. ¿Para qué, si no, leer el Evangelio, la Escritura, el Concilio y captar el movimiento profundo de nuestra cultura que, en el fondo, se hace mas adulta y camina hacia adelante?. Es necesario que la Iglesia este en la historia y, con el modelo actual de Iglesia no acaba de estar. Es verdad que el papa es bueno, generoso, apostólico, pero a veces de la impresión de obsesionado por unos temas determinados y de que, tal vez, se deja llevar e influenciar por las fuerzas más retardatarias de la Iglesia, incluso por una institución que no recibió en su mente y en su corazón el Concilio Vaticano II. Así se camina hacia una especie de restauración, que obstruye el porvenir histórico del cristianismo.

En cambio, el papa actual no acaba de recibir el profetismo de algunas personas pujantes y espléndidas del cristianismo. Esto desequilibra la iglesia y esta no va bien. Impera un conservadurismo en la Iglesia, que no es la conservación de los valores permanentes, que sería lo bueno.

El progreso está hoy obstaculizado en la Iglesia, apareciendo ésta no con la libertad de Jesús de Nazaret sino con el miedo y las «seguridades doctrinales», que impiden, de hecho, dar paso al «mensaje» de vida del cristianismo.

Yo no sé cómo se resolverá esto. Al final, yo espero que triunfe la verdad de Dios, que es la verdad del hombre. Lo dejamos todo en manos del Espíritu, que El conduce a la Iglesia, a través de los siglos, por caminos secretos y misteriosos, desconocidos por nosotros, pobres hombres mortales.

¡Señor, que triunfen la Verdad, el Amor, la Comunión fraternal, el servicio al mundo! Así sea.


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