LEÓNIDAS
PROAÑO,
PROFETA SILENCIOSO
[...]
De todos, sin conocerlo, tengo hace tiempo la imagen del obispo de
Riobamba en mi mente y en mi corazón, y también él es para mí «una llama y
una luz». Por muchas referencias de comunes amigos, por una especie de
proclamación agradecida de toda la Iglesia de los pobres del continente, por la
ejemplar repercusión que la personalidad de Proaño –su vida, su obra y su
palabra– viene teniendo en otros sectores, muy amplios, de la Iglesia
universal.
El ya es, con perdón del correspondiente dicasterio que podría
arrogarse el derecho a dar un último dictamen, un Padre de nuestra Iglesia para
la Iglesia toda.
Últimamente he leído su confesión pastoral en El credo que ha dado
sentido a mi vida y algunos otros textos sobre la Iglesia de Riobamba y su
pastor; y esto ha acabado de perfilar dentro de mí la imagen de Leonidas E.
Proaño Villalba:
ü
Alto, en medio de sus indígenas, como un cacique natural (y
sobrenatural).
ü
Con los ojos hundidos y avizores, como quien contempla la Historia, y
el Reino en ella, desde los remotos tiempos e intereses del imperio incaico y
del imperio español y del imperio yanqui y en las comprometedoras alturas del
Chimborazo y de Medellín –a 3000 metros de altitud y vértigo y en el año
2000 de la Iglesia de Jesucristo, hecho y deshecha aquí, entre nosotros,
colonizadamente y en busca de liberación.
ü
Obispo de Riobamba, desde 1954 (...) en pie de guerra y en pie de paz.
Perseguido dentro y fuera de casa. Incomprendido por los grandes y amado de los
pobres.
ü
Un hombre contenidamente pacífico, rodeado de conflictos por todas
partes, menos por una: por la inalterable parte de la fe.
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«Afable, sencillo y límpido como un libro abierto», que diría de él
«La Vie».
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Profeta de hechos, más que de gritos. Sin gesticulaciones. Con el
gesto sobrio y seguro de quien «macetea», desde la niñez, sombreros de paja
y, después, cabezas humanas aturdidas o ausentes, pajas dispersas que se han de
ir trenzando en el ancho sombrero de la comunidad.
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Contemplativo innato, silencioso y sobrio, como un hijo legítimo de la
cordillera.
ü
Lleno de simplicidad evangélica, pero metódico, realista y político.
Amigo de escuchar la Palabra de Dios, el silencio del pueblo y la contribución
de la ciencia.
ü
Fiel a la Iglesia y libre en su fidelidad.
ü
Un verdadero precursor de lo que ahora otros obispos podemos hacer, con
la relativa naturalidad de quien pisa caminos ya abiertos, porque él, a su
tiempo, juntamente con otros pocos arriesgados, no sólo «había abandonado el
uso de la sotana con vivos y colorines», sino también la actitud privilegiada,
doctoral y monárquica de la jerarquía.
ü
Un pastor de armónicos contrastes que bien podría señalarse como
prototipo de pastores latinoamericanos.
Pedro Casaldáliga