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Servicio Bíblico Latinoamericano

Semana del 4 al 10 de Octubre de 2009 
27ª semana de tiempo ordinario

 
 
 

Recursos pastorales

Homilía de Mons. Romero del 27º domingo del Tiempo ordinario, el 7 de Octubre de 1979
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 

 Domingo 4 de octubre de 2009
 Domingo 27º del tiempo ordinario
 Francisco de Asís

 INICIO

Gn 2, 18-24: “Serán los dos una sola carne”
Sal 127: Que el Señor nos bendiga todos los días de nuestra vida.
Heb 2, 9-11:  “Jesús padeció la muerte por todos”
Mc 10, 2-16: Jesús y el divorcio

En la primera lectura nos encontramos con el segundo relato de la creación, que está centrado en la creación del hombre y de la mujer, ambos formados de tierra y aliento divino. Los dos son hechura de Dios, y por lo tanto deberían ser iguales, a pesar de su diversidad. La relación perfecta entre los dos no está garantizada ni escrita en su sangre: es una conquista de la libertad que ellos deben construir. Un proyecto de unidad que compromete la responsabilidad de cada uno.

El autor de la carta a los hebreos nos dice que la pasión y la muerte de Jesús no son fines en sí mismos, sino solamente un camino hacia la resurrección y la salvación plena. Los cristianos no nos podemos quedar contemplando al crucificado del viernes santo, construyendo nuestra vida desde el dolor, el sufrimiento y la muerte. La misma epístola nos dice que el propio Jesús “en los días de su vida mortal presentó, con gritos y lágrimas, oraciones y súplicas, al que lo podía salvar de la muerte”. Esto quiere decir que él mismo luchó por encontrar una alternativa que no estaba sujeta a su voluntad sino a hacer la voluntad del Padre. Estamos en hora de superar todo tipo de devoción que se queda en la contemplación de los sufrimientos y dolores de Jesús y construir nuestra vida cristiana desde la esperanza que nos ofrece la resurrección.

En el evangelio, los fariseos ponen a prueba a Jesús preguntándole qué pensaba sobre el divorcio y si era lícito repudiar a una mujer. La respuesta de Jesús es significativa cuando caemos en cuenta de que, tanto en el judaísmo como en el mundo greco-romano, el repudio era algo muy corriente y estaba regulado por la ley. Si Jesús respondía que no era lícito, estaba contra la ley de Moisés. Por eso les devuelve la pregunta y les dice que la ley de Moisés es provisional y que ahora se han inaugurado los tiempos de la plenitud en los que la vida se construye desde un orden social nuevo, en el que el hombre y la mujer forman parte de la armonía y el equilibrio de la creación. La novedad de esta afirmación de Jesús saltaba a la vista; en su interpretación desautorizaba no sólo las opiniones de los maestros de la ley que pensaban que a una mujer se le podía repudiar incluso por una cosa tan insignificante como dejar quemar la comida, sino incluso, relativizaba la misma motivación de la ley de Moisés. Además tiraba por tierra las pretensiones de superioridad de los fariseos, que despreciaban a la mujer, como despreciaban a los niños, a los pobres, a los enfermos, al pueblo. Nuevamente, al defender a la mujer, Jesús se ponía de parte de los rechazados, los marginados, los ‘sin derechos’.

Pero como los discípulos en esto compartían las mismas ideas de los fariseos, no entendieron y, ya en casa, le preguntaron sobre lo que acababa de afirmar. Jesús no explicó mucho más, simplemente les amplió las consecuencias de aquello: “Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la primera; y lo mismo la mujer: si repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

El segundo episodio de nuestro evangelio nos presenta un altercado de Jesús con sus discípulos porque ellos no permiten que los niños se acerquen a Jesús para que él los bendiga. Los discípulos pensaban que un verdadero maestro no se debía entretener con niños porque perdía autoridad y credibilidad. Decididamente algo no era claro en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de Jesús ni los criterios del Reino. Y Jesús se enojó con ellos; su paciencia también tenía límites y si algo no toleraba era el desprecio hacia los marginados. Y les dijo con mucha energía: dejen que los niños se me acerquen. ¿Con qué derecho se lo impiden, cuando el Padre ha decidido que su Reinado sea precisamente en favor de ellos? ¿No entienden todavía que en el Reino de Dios las cosas se entienden totalmente al contrario que en el mundo?

Los niños que no pueden reclamar méritos, carecen de privilegios y no tienen poder, son ejemplo para los discípulos, porque están desprovistos de cualquier ambición o pretensión egoísta y por eso pueden acoger el Reino de Dios como un don gratuito. De los que son como ellos es el Reino de Dios, dice Jesús.

Es necesario que nuestra experiencia cristiana sea verdaderamente una realidad de acogida y de amor para todos aquellos que son excluidos por los sistemas injustos e inhumanos que imperan en el mundo. Nuestra tarea fundamental es incluir a todos aquellos que la sociedad ha desechado porque no se ajustan al modelo de ser humano que se han propuesto. Si nos reconocemos como verdaderos seguidores de Jesús, es necesario comenzar a trabajar por la humanidad que a los débiles de este mundo se les ha arrebatado.

Una nota crítica:

En este tema del evangelio, que centrará hoy la homilía de este domingo en muchas comunidades cristianas, el divorcio, la liturgia, lógicamente, propone como primera lectura el relato de la creación del hombre y de la mujer, en el relato del Génesis. Por ser de la Biblia, por ser del Génesis, por ser del relato de la creación... todo pareciera dar a suponer que contiene en sí mismo el fundamento religioso último y máximo de la visión cristiana del matrimonio. Probablemente, en muchas homilías, el relato bíblico se constituirá en la única referencia, en la referencia total, y se querrá sacar de él el fundamento integral de la postura actual de la Iglesia sobre el matrimonio. ¿No será eso fundamentalismo?

Hoy ya sabemos que el relato de la «creación» no es un relato histórico, no tiene nada que decir ante lo que la ciencia nos dice hoy sobre el origen de la Tierra, de la Vida, de nuestra especie humana o sobre nuestra sexualidad. El relato no es -mucho menos- histórico: hoy nadie sostiene lo contrario. En las catequesis bíblicas solemos decir ahora que tenemos que «tratar de captar lo que los autores bíblicos querían decir...», que no era lo que la mera letra dice...

La verdad es que no deberíamos abandonar una postura de profunda humildad en este campo, porque los cristianos, durante 19 siglos -por lo menos los católicos, los protestantes algo menos- hemos estado pensando lo contrario de esto que ahora decimos. Hemos estado pensando que eran textos históricos, y que su contenido era real, e incluso más que científico: porque eran textos directa y estrictamente divinos, y por tanto dogmáticos, contra los que la ciencia no tenía ninguna autoridad. Hace apenas 100 años el Pontificio Instituto Bíblico, la máxima autoridad oficial católico-romana, condenó taxativamente a quienes pusieran en duda el carácter histórico de los once primeros capítulos del Génesis... y en todo el conjunto de la Iglesia se pensaba así, desafiando arrogantemente a la ciencia y a la antropología.

Durante siglos, durante más de un milenio, el texto del relato de la creación que hoy leemos ha sido utilizado para justificar directa o indirectamente la inferioridad de la mujer, creada «en segundo lugar», y «de una costilla de Adán». Durante más de dos mil años -y aún hoy, para la mayor parte de la civilización occidental- este texto ha justificado el antropocentrismo, poniéndolo todo bajo «el valor absoluto de la persona humana», a cuyo servicio y bajo cuyo dominio habría puesto Dios toda la «creación», con el mandato de explotar omnímodamente la naturaleza: «crezcan y multiplíquense, y dominen la Tierra»...

Desde hace medio siglo forman un coro reciente y mayoritario las voces de científicos y humanistas que achacan a los textos bíblicos la minusvaloración y el desprecio que la tradición cultural occidental ha sentido y ejercido sobre la naturaleza, hasta provocar la actual crisis ambiental que nos está poniendo al borde del colapso y amenaza con colapsar efectivamente.

Viene todo esto a decir que hoy no podemos deducir directamente de los textos bíblicos nuestra visión de los problemas humanos -matrimonio y divorcio incluidos-, como si la construcción de nuestra visión moral y humana dependiera de unos textos que en buena parte contienen las experiencias religiosas de unos pueblos nómadas del desierto hace unos tres mil años... Sería bueno que los oyentes de las homilías supieran discernir con sentido crítico la dosis de fundamentalismo que algunas de nuestras construcciones morales clásicas pueden contener. Sería todavía mejor que los autores de las homilías incorporaran esta visión crítica y esta superación del fundamentalismo en sus contenidos.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 71, «Lo que Dios ha unido», de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1300071
Puede ser escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap71b.mp3

Para la revisión de vida
- ¿Cuál es mi posición respecto al matrimonio católico? ¿Qué pienso sobre las parejas separadas y vueltas a casar? ¿Hay recelos contra ellas? ¿Considero justa la norma según la cual esas personas deben ser excluidas de la comunión? Confronto mis posiciones y las disposiciones de la iglesia católica con el evangelio de Jesús.

Para la reunión de grupo
- Siguiendo el método de «lectura popular de la Biblia» volver a tomar el relato de la creación completo, y comentarlo desde una perspectiva de género, con ojos sensibles a la igualdad del hombre y de la mujer.
- Hacer lo mismo desde un punto de vista ecológico, enjuiciando la forma como estos textos presentan la relación del hombre con la naturaleza.
- Debemos los cristianos hacer que se sancione por ley civil la legislación canónica? ¿Por qué los cristianos no podemos pedir que se exija a todos los ciudadanos lo que nos exigimos a nosotros en razón de nuestra propia fe? Comparar esto con fundamentalismos de otras religiones.

Para la oración de los fieles
- Oremos por nuestras iglesias, para que las acciones pastorales que en ellas realizamos sean en verdad un signo creíble del amor y acogida de Dios a los más débiles.
- Por quienes dirigen la sociedad para que desde sus puestos de responsabilidad y gobierno impulsen políticas de justicia y reconocimiento a la dignidad de la mujer.
- Por nuestras mujeres, para que sepamos ver en ellas la presencia tierna del Padre que nos invita a trabajar por el bien de todos y todas.
- Por nosotros, por nuestros grupos, por las parejas de nuestra comunidad, para que en lugar de tanta teoría nos empeñemos en dar testimonio del amor y la misericordia entre nosotros mismos.

Oración comunitaria
Dios de amor y de bondad que has sembrado en cada corazón las semillas del bien y de la justicia; haz que despojándonos de nuestras tendencias de dominio, volvamos a tu proyecto original de armonía y de equilibrio en nuestra relación con los demás, en la relación entre hombres y mujeres, y en la relación con nuestra madre. Nosotros te lo pedimos inspirados en Jesús, nuestro Hermano Mayor, Transparencia tuya. Amén.



 Lunes 5 de octubre de 2009
 María del Buen Viaje
 Froilán - Flor

 INICIO
Jon 1,1-2,1-11: "Se levantó Jonás para huir”
Interleccional Jon 2,3-8: “Sacaste mi vida de la fosa, Señor”
Lc 10,25-37: ¿Quién es mi prójimo?

El evangelio que se nos propone para este día tiene dos partes: en la primera se plantea el mandamiento de ‘amar a Dios y al prójimo’ como el fundamento de cualquier experiencia religiosa en el ámbito del pueblo de Dios; en la segunda se nos muestra cuál es la regla fundamental de conducta de los creyentes, por medio de una parábola tomada de la vida cotidiana. Las dos partes consolidan una enseñanza que si bien parte del campo religioso, lo trasciende y apunta a los elementos fundamentales de una propuesta humana de ética solidaria.

La interpretación que Jesús da a los cinco primeros libros del Antiguo Testamento (la Toráh judía) trasciende la forma habitual de comprenderlos en el ámbito de la religión judaica. En lugar de acumular una serie de preceptos, costumbres, tradiciones y explicaciones, Jesús va directo al fundamento de la relación del ser humano con Dios y con el prójimo: el amor generoso y desinteresado. Si nuestra relación con Dios, con el prójimo y con la naturaleza no se basa en la apertura personal a la creatividad de una relación fundada en el amor auténtico, perdemos todo contacto creativo con la realidad, con la posibilidad de edificarnos unos a otros y de edificar una vida social con sentido humano y trascendencia divina.


 Martes 6 de octubre de 2009
 Bruno

 INICIO
Jon 3,1-10: Dios se arrepintió de castigar de Nínive
Sal 129: Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resisitir?
Lc 10,38-42: “María escogió la mejor parte”

Solemos pensar que quienes se dedican a la vida contemplativa, es decir, se consagran a Dios para vivir en un convento o monasterio de clausura, han asumido el papel de María de Betania, mientras los demás, que nos dedicamos a la lucha por la supervivencia, a la actividad pastoral y a vivir los avatares de la cotidianidad, hemos optado por la parte de Marta. Sin embargo, esta división tajante de roles no le hace justicia al mensaje del Evangelio. Lucas nos invita a ‘escoger la mejor parte’, es decir, la de convertirnos en oyentes y servidores de Jesús; que reconociendo cuándo se manifiesta él en nuestra vida, nos dispongamos a escucharlo sin distracciones. Por cierto, como cristianos no podemos renunciar a la dimensión contemplativa de la relación con Dios, porque es el fundamento de nuestra identidad discipular. Si no nos hacemos oyentes de las enseñanzas del Maestro, ¿qué vamos a anunciar? Si no somos servidores de su Palabra, ¿qué vamos a creer? Hemos de perder los pudores y vergüenzas del cristianismo convencional, y ponernos en contacto con los pies del Maestro para descubrir en ellos el camino que nos conduce hacia el reino. Debemos acercarnos a esa humanidad sencilla del Maestro de Nazaret, para descubrir en sus enseñanzas el misterio de su divinidad escondido por los siglos. Pero la mayor parte de nosotros –y de modo primordial los laicos- está llamada a testimoniar a Cristo viviendo sumergida en el mundo, para procurar su transformación de acuerdo al Evangelio como cabal “levadura en la masa”. Compatibilizar ambos roles implica una sabiduría que hemos de pedir a Dios con humildad y constancia.



 Miércoles 7 de octubre de 2009
 María del Rosario

 INICIO
Jon 4,1-11: “Sé que eres un Dios compasivo y clemente”
Sal 85: Tú, Señor, eres lento a la cólera, rico en piedad.
Lc 11,1-4: “Señor, enséñanos a orar”

A diario rezamos el ‘Padrenuestro’. Si estamos afligidos, para hallar consuelo; si estamos felices, para agradecer al Señor. Esta sencilla oración nos acompaña desde la infancia y nos descubre el camino de la vida como discípulos del Señor. Esta oración, en su particular sencillez, condensa toda la espiritualidad cristiana y nos convoca a vivir una experiencia de Dios que transforme nuestra persona y nuestros vínculos con el prójimo y con la naturaleza.

La oración comienza con un reconocimiento explícito y afectuoso de Dios como Padre. En los albores del Antiguo Testamento, el Génesis nos lo hace descubrir como creador, dador de bendición y de promesa. El Exodo nos descubre a ese Dios que sale en rescate de su pueblo y lo libera de la esclavitud para llevarlo a una vida nueva. El mismo Dios que orienta a su pueblo para que viva en armonía y respeto cumpliendo sus mandamientos. El Levítico nos muestra el camino de santidad que abre el vivir la voluntad de Dios. El libro de los Números nos permite ver al Dios que marcha entre su pueblo animando la vida en medio de la conflictividad cotidiana. El Deuteronomio nos revela esa ley que Dios ha manifestado en el Sinaí y ha escrito en nuestros corazones. Más tarde, Jesús nos revelará el rostro de un Dios que es misericordia y que se manifiesta como un padre solícito y amoroso.

 


 Jueves 8 de octubre de 2009
 María de Begoña - Sergio – Taís

 INICIO
Mal 3,13-20a: “Los perdonaré como un padre al hijo”
Sal 1: Dichoso el hombre que ha puesto su confianza en el Señor.
Lc 11,5-13: “Pidan, y se les dará”

La vida cristiana es un continuo camino de búsqueda. No es una simple recordación del pasado ni un afán que se agote en el presente. El cristianismo no se define por la cantidad de ritos o malabares que se hagan a diario en la liturgia o en la oración; es el seguimiento de Jesucristo en comunión de vida y misión con todo el Pueblo de Dios. Por tal razón, seguir a Cristo es una búsqueda continua de fidelidad a la persona de Jesús de Nazaret. Pero, como cualquier búsqueda, debe afrontar limitaciones. Y la primera de ellas es nuestra falta de constancia en la oración. Nos contentamos con un par de rezos mascullados al comenzar o terminar el día. Otra dificultad no menos gravosa es la falta de conciencia sobre la necesidad de formarnos y capacitarnos en lo personal y para la misión evangelizadora. De seguro en algún momento de la vida recibimos cierta educación religiosa, estudiamos algo de Biblia o asistimos a un curso de teología o pastoral. Pero no basta con eso. El seguimiento de Jesús es un camino de permanente formación para responder a los desafíos del presente. Debemos perseverar en la búsqueda para no perder de vista al Maestro que marcha al frente de nosotros. La oración constante es lo que caracteriza a la comunidad cristiana, y el pedir con la fe suficiente hace el milagro, porque “al que pide, se le dará; el que busca, encontrará, y al que llama se le abrirá”.


 Viernes 9 de octubre de 2009
 Dionisio - Luis Beltrán

 INICIO
Jl 1,13-15;2,1-2:  “Está cerca el día del Señor”
Sal 9: El Señor juzgará el orbe con justicia.  
Lc 11,15-26:  “El que no está conmigo, está contra mí”

Una de las mayores dificultades que afrontó Jesús en su ministerio fue el descrédito de sus obras. Sus adversarios no perdían oportunidad para calumniarlo o atribuir lo que él hacía a alguna intriga del Maligno. Tras esta actitud se ocultaba un gran pecado: no reconocer la acción de Dios. El afán de tener prestigio y ser reconocidos los hacía olvidar que la finalidad última de cualquier discurso religioso es reconocer a Dios allí donde él se quiere manifestar, y no, como hacían los fariseos, publicitar al propio partido o movimiento. La frase con la que concluye el primer episodio (v.20) nos ayuda a comprender la dinámica del bien, la bondad y el amor. Las obras buenas, la misericordia, la caridad eficaz se deben reconocer más allá de cualquier frontera. Nuestro deber como cristianos es colocarnos de parte de las personas que transforman positivamente este mundo de miseria y de dolor, aunque ellas no compartan nuestras convicciones religiosas.



 Sábado 10 de octubre de 2009
 Francisco de Borja - Tomás de Villanueva

 INICIO
Jl 4,12-21: “Madura está la mies”
Sal 96: Alegraos, justos, con el Señor.
Lc 11,27-28: “Dichoso el vientre que te llevó”

La bienaventuranza es una forma especial de bendición. La podríamos entender como una especie de bendición concentrada. De hecho es una forma habitual de bendición que encontramos con mucha frecuencia en el Antiguo Testamento, especialmente en los llamados ‘Libros Históricos’, desde Josué a los Macabeos, y que abunda también en el Nuevo. La palabra dichoso o bienaventurado se usa en la Biblia en relación con todo lo que hace feliz al ser humano: larga vida, numerosa descendencia, honores, riquezas... La bienaventuranza suele expresar también el máximo de la felicidad que una persona pueda alcanzar en una circunstancia o por causas que se consideran especiales. Bien conocemos las famosas Bienaventuranzas de Mateo (Mt 5,1-12) y Lucas (Lc 6,20-23), donde se nos muestra cómo, incluso en medio de la adversidad, Dios bendice con largueza a quienes acogen su proyecto de redención. La bienaventuranza que hoy leemos es la conclusión de una etapa bastante ardua y difícil, donde Jesús se confronta con sus opositores y padece la confusión y perplejidad de muchos de sus seguidores que no entienden su forma de comunicar la fe. La bendición que la mujer proclama realza el valor de Jesús para su cultura nacional. Expresa en su persona la máxima plenitud de todos los valores que el Pueblo de Dios proclamó e intentó vivir. Y lo hace de una forma metafórica muy propia de la cultura hebrea; es como decir “¡bienaventurada la madre de un hijo tan maravilloso!”. La respuesta de Jesús a la entusiasmada mujer eleva el valor de esa bienaventuranza haciéndola válida como un reconocimiento divino para todos quienes se comprometan con el crecimiento del reino.