Domingo 4 de octubre de 2009
Domingo 27º del tiempo ordinario
Francisco de Asís
INICIO
Gn 2, 18-24: “Serán los dos una
sola carne”
Sal 127: Que el Señor nos bendiga
todos los días de nuestra vida.
Heb 2, 9-11: “Jesús padeció
la muerte por todos”
Mc 10, 2-16: Jesús y el divorcio
En la primera lectura nos encontramos con el segundo relato de la
creación, que está centrado en la creación del hombre y de la mujer, ambos
formados de tierra y aliento divino. Los dos son hechura de Dios, y por lo tanto
deberían ser iguales, a pesar de su diversidad. La relación perfecta entre los
dos no está garantizada ni escrita en su sangre: es una conquista de la libertad
que ellos deben construir. Un proyecto de unidad que compromete la
responsabilidad de cada uno.
El autor de la carta a los hebreos nos dice que la pasión y la muerte
de Jesús no son fines en sí mismos, sino solamente un camino hacia la
resurrección y la salvación plena. Los cristianos no nos podemos quedar
contemplando al crucificado del viernes santo, construyendo nuestra vida desde
el dolor, el sufrimiento y la muerte. La misma epístola nos dice que el propio
Jesús “en los días de su vida mortal presentó, con gritos y lágrimas, oraciones
y súplicas, al que lo podía salvar de la muerte”. Esto quiere decir que él mismo
luchó por encontrar una alternativa que no estaba sujeta a su voluntad sino a
hacer la voluntad del Padre. Estamos en hora de superar todo tipo de devoción
que se queda en la contemplación de los sufrimientos y dolores de Jesús y
construir nuestra vida cristiana desde la esperanza que nos ofrece la
resurrección.
En el evangelio, los fariseos ponen a prueba a Jesús preguntándole qué
pensaba sobre el divorcio y si era lícito repudiar a una mujer. La respuesta de
Jesús es significativa cuando caemos en cuenta de que, tanto en el judaísmo como
en el mundo greco-romano, el repudio era algo muy corriente y estaba regulado
por la ley. Si Jesús respondía que no era lícito, estaba contra la ley de
Moisés. Por eso les devuelve la pregunta y les dice que la ley de Moisés es
provisional y que ahora se han inaugurado los tiempos de la plenitud en los que
la vida se construye desde un orden social nuevo, en el que el hombre y la mujer
forman parte de la armonía y el equilibrio de la creación. La novedad de esta
afirmación de Jesús saltaba a la vista; en su interpretación desautorizaba no
sólo las opiniones de los maestros de la ley que pensaban que a una mujer se le
podía repudiar incluso por una cosa tan insignificante como dejar quemar la
comida, sino incluso, relativizaba la misma motivación de la ley de Moisés.
Además tiraba por tierra las pretensiones de superioridad de los fariseos, que
despreciaban a la mujer, como despreciaban a los niños, a los pobres, a los
enfermos, al pueblo. Nuevamente, al defender a la mujer, Jesús se ponía de parte
de los rechazados, los marginados, los ‘sin derechos’.
Pero como los discípulos en esto compartían las mismas ideas de los fariseos,
no entendieron y, ya en casa, le preguntaron sobre lo que acababa de afirmar.
Jesús no explicó mucho más, simplemente les amplió las consecuencias de aquello:
“Quien repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra la
primera; y lo mismo la mujer: si repudia a su marido y se casa con otro, comete
adulterio”.
El segundo episodio de nuestro evangelio nos presenta un altercado de Jesús
con sus discípulos porque ellos no permiten que los niños se acerquen a Jesús
para que él los bendiga. Los discípulos pensaban que un verdadero maestro no se
debía entretener con niños porque perdía autoridad y credibilidad. Decididamente
algo no era claro en ellos. No acababan de asimilar las actitudes de Jesús ni
los criterios del Reino. Y Jesús se enojó con ellos; su paciencia también tenía
límites y si algo no toleraba era el desprecio hacia los marginados. Y les dijo
con mucha energía: dejen que los niños se me acerquen. ¿Con qué derecho se lo
impiden, cuando el Padre ha decidido que su Reinado sea precisamente en favor de
ellos? ¿No entienden todavía que en el Reino de Dios las cosas se entienden
totalmente al contrario que en el mundo?
Los niños que no pueden reclamar méritos, carecen de privilegios y no tienen
poder, son ejemplo para los discípulos, porque están desprovistos de cualquier
ambición o pretensión egoísta y por eso pueden acoger el Reino de Dios como un
don gratuito. De los que son como ellos es el Reino de Dios, dice Jesús.
Es necesario que nuestra experiencia cristiana sea verdaderamente una
realidad de acogida y de amor para todos aquellos que son excluidos por los
sistemas injustos e inhumanos que imperan en el mundo. Nuestra tarea fundamental
es incluir a todos aquellos que la sociedad ha desechado porque no se ajustan al
modelo de ser humano que se han propuesto. Si nos reconocemos como verdaderos
seguidores de Jesús, es necesario comenzar a trabajar por la humanidad que a los
débiles de este mundo se les ha arrebatado.
Una nota crítica:
En este tema del evangelio, que centrará hoy la homilía de este domingo en
muchas comunidades cristianas, el divorcio, la liturgia, lógicamente, propone
como primera lectura el relato de la creación del hombre y de la mujer, en el
relato del Génesis. Por ser de la Biblia, por ser del Génesis, por ser del
relato de la creación... todo pareciera dar a suponer que contiene en sí mismo
el fundamento religioso último y máximo de la visión cristiana del matrimonio.
Probablemente, en muchas homilías, el relato bíblico se constituirá en la única
referencia, en la referencia total, y se querrá sacar de él el fundamento
integral de la postura actual de la Iglesia sobre el matrimonio. ¿No será eso
fundamentalismo?
Hoy ya sabemos que el relato de la «creación» no es un relato histórico, no
tiene nada que decir ante lo que la ciencia nos dice hoy sobre el origen de la
Tierra, de la Vida, de nuestra especie humana o sobre nuestra sexualidad. El
relato no es -mucho menos- histórico: hoy nadie sostiene lo contrario. En las
catequesis bíblicas solemos decir ahora que tenemos que «tratar de captar lo que
los autores bíblicos querían decir...», que no era lo que la mera letra dice...
La verdad es que no deberíamos abandonar una postura de profunda humildad en
este campo, porque los cristianos, durante 19 siglos -por lo menos los
católicos, los protestantes algo menos- hemos estado pensando lo contrario de
esto que ahora decimos. Hemos estado pensando que eran textos históricos, y que
su contenido era real, e incluso más que científico: porque eran textos directa
y estrictamente divinos, y por tanto dogmáticos, contra los que la ciencia no
tenía ninguna autoridad. Hace apenas 100 años el Pontificio Instituto Bíblico,
la máxima autoridad oficial católico-romana, condenó taxativamente a quienes
pusieran en duda el carácter histórico de los once primeros capítulos del
Génesis... y en todo el conjunto de la Iglesia se pensaba así, desafiando
arrogantemente a la ciencia y a la antropología.
Durante siglos, durante más de un milenio, el texto del relato de la creación
que hoy leemos ha sido utilizado para justificar directa o indirectamente la
inferioridad de la mujer, creada «en segundo lugar», y «de una costilla de
Adán». Durante más de dos mil años -y aún hoy, para la mayor parte de la
civilización occidental- este texto ha justificado el antropocentrismo,
poniéndolo todo bajo «el valor absoluto de la persona humana», a cuyo servicio y
bajo cuyo dominio habría puesto Dios toda la «creación», con el mandato de
explotar omnímodamente la naturaleza: «crezcan y multiplíquense, y dominen la
Tierra»...
Desde hace medio siglo forman un coro reciente y mayoritario las voces de
científicos y humanistas que achacan a los textos bíblicos la minusvaloración y
el desprecio que la tradición cultural occidental ha sentido y ejercido sobre la
naturaleza, hasta provocar la actual crisis ambiental que nos está poniendo al
borde del colapso y amenaza con colapsar efectivamente.
Viene todo esto a decir que hoy no podemos deducir directamente de los textos
bíblicos nuestra visión de los problemas humanos -matrimonio y divorcio
incluidos-, como si la construcción de nuestra visión moral y humana dependiera
de unos textos que en buena parte contienen las experiencias religiosas de unos
pueblos nómadas del desierto hace unos tres mil años... Sería bueno que los
oyentes de las homilías supieran discernir con sentido crítico la dosis de
fundamentalismo que algunas de nuestras construcciones morales clásicas pueden
contener. Sería todavía mejor que los autores de las homilías incorporaran esta
visión crítica y esta superación del fundamentalismo en sus contenidos.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 71, «Lo que Dios ha unido»,
de la serie «Un tal Jesús», de los hnos. López Vigil. El guión y su comentario
pueden ser tomados de aquí:
http://untaljesus.net/texesp.php?id=1300071
Puede ser escuchado aquí:
http://untaljesus.net/audios/cap71b.mp3
Para la revisión de vida
- ¿Cuál es mi posición respecto al matrimonio católico? ¿Qué pienso sobre
las parejas separadas y vueltas a casar? ¿Hay recelos contra ellas? ¿Considero
justa la norma según la cual esas personas deben ser excluidas de la comunión?
Confronto mis posiciones y las disposiciones de la iglesia católica con el
evangelio de Jesús. Para la reunión de grupo
- Siguiendo el método de «lectura popular de la Biblia» volver a tomar el relato
de la creación completo, y comentarlo desde una perspectiva de género, con ojos
sensibles a la igualdad del hombre y de la mujer.
- Hacer lo mismo desde un punto de vista ecológico, enjuiciando la forma como
estos textos presentan la relación del hombre con la naturaleza.
- Debemos los cristianos hacer que se sancione por ley civil la legislación
canónica? ¿Por qué los cristianos no podemos pedir que se exija a todos los
ciudadanos lo que nos exigimos a nosotros en razón de nuestra propia fe?
Comparar esto con fundamentalismos de otras religiones. Para la oración de los fieles
- Oremos por nuestras iglesias, para que las acciones pastorales que en ellas
realizamos sean en verdad un signo creíble del amor y acogida de Dios a los más
débiles.
- Por quienes dirigen la sociedad para que desde sus puestos de responsabilidad
y gobierno impulsen políticas de justicia y reconocimiento a la dignidad de la
mujer.
- Por nuestras mujeres, para que sepamos ver en ellas la presencia tierna del
Padre que nos invita a trabajar por el bien de todos y todas.
- Por nosotros, por nuestros grupos, por las parejas de nuestra comunidad, para
que en lugar de tanta teoría nos empeñemos en dar testimonio del amor y la
misericordia entre nosotros mismos. Oración comunitaria
Dios de amor y de bondad que has sembrado en cada corazón las semillas del bien
y de la justicia; haz que despojándonos de nuestras tendencias de dominio,
volvamos a tu proyecto original de armonía y de equilibrio en nuestra relación
con los demás, en la relación entre hombres y mujeres, y en la relación con
nuestra madre. Nosotros te lo pedimos inspirados en Jesús, nuestro Hermano
Mayor, Transparencia tuya. Amén.
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