Servicios Koinonía    Koinonia    Vd esta aquí: Koinonía> Biblico > 2 de noviembre de 2008
 

Servicio Bíblico Latinoamericano

Semana del 2 al 8 de Noviembre de 2008
Domingo 31º de Tiempo ordinario

 
 
 

Recursos pastorales

Homilía de Mons. Romero del  domingo 31ºde Tiempo ordinario, ciclo A el 5 de noviembre de 1978
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 

 Domingo 2 de noviembre de 2008
 31º Ordinario
 Los Fieles Difuntos

 INICIO

Jb 19,1.23-27a: Yo sé que está vivo mi Redentor
Salmo responsorial 24: A ti, Señor, levanto mi alma.
Flp 3,20-21: Nuestra patria está en los cielos
Mc 15,33-39;16,1-6: Jesús, lanzando un grito, expiró

Las grandes ciudades son como jardines de vida. La vida es especialmente la humana, con todas sus manifestaciones. Sobre esos jardines de vida se levanta dominadora la muerte. Ni individuos, ni colectividades, ni instituciones logran escapar a su dominio. Todo lo humano está condenado a morir. Y cuanto más floreciente sea la vida, más trágico será el espectáculo cuando por ella pase, como por un campo de batalla, la muerte. La vida es una lucha sin tregua contra la muerte. Comer, beber, cuidarse... son operaciones tácticas que no esquivan, sin embargo, a la muerte. Sobre la vida domina la muerte. Es lo que parece.

Los grandes cementerios representan el reino de la muerte. Pero sobre ellos se levanta, dominadora, la vida. El destino del hombre no es ni puede ser la muerte. Su destino es la vida. Nada más cierto para los hombres que la necesidad de la muerte; nada más cierto para el cristiano que la existencia de la vida después de esa muerte. “El que cree en mí, aunque muera vivirá” (Jn 11,25). Es la palabra de Jesús pronunciada en una ocasión solemne, antes de despojar a la muerte de su presencia en la persona de Lázaro, primicia y argumento de la resurrección de todos los creyentes.

Aunque todo viviente esté avocado a la muerte, sobre la muerte domina la vida. El cristiano tiene una firme persuasión: la existencia del alma inmortal y la resurrección de los cuerpos en el último día. El hombre, creado a imagen de Dios, es también eterno en su destino. Y como Dios es padre, el destino de sus hijos es compartir su dicha para siempre.

El cristiano sabe, además, que hay alguien que ha vencido a la muerte. Jesucristo se enfrentó con ella, y se dejó engullir por ella para vencerla. La muerte no pudo retenerlo en el sepulcro. El era la resurrección y la vida. Era también la cabeza. Por eso todos los que le siguen en la comitiva de los creyentes son también más fuertes que la muerte.

Cristo no se contentó con triunfar de la muerte descorriendo la piedra del sepulcro; quiso bautizar y transformar la muerte para darnos por ella nueva vida.

Jesús hizo pasar la muerte de la categoría de necesidad a la de libertad. El cristiano es un hombre configurado con Cristo, destinado a seguir sus pasos en la vida y en la muerte. La condición del cristiano es mortal, pero la fe le obliga a desear la llegada del momento en que pueda exclamar: “¡Ven, Señor Jesús!” (Ap 22,20).

Hoy es también la fiesta de los fieles difuntos. Es continuación y complemento de la de ayer. Junto a todos los santos ya gloriosos, queremos celebrar la memoria de nuestros difuntos. Muchos de ellos formarán parte, sin duda, de ese «inmenso gentío» que celebrábamos ayer. Pero hoy no queremos rememorar su memoria en cuanto «santos» sino en cuanto difuntos.

Es un día para presentar ante el Señor la memoria de todos nuestros familiares y amigos o conocidos difuntos, que quizá durante la vida diaria no podemos estar recordando. El verso del poeta «¡Qué solos se quedan los muertos!» expresa también una simple limitación humana: no podemos vivir centrados exhaustivamente en un recuerdo, por más que seamos fieles a la memoria de nuestros seres queridos. Acabamos olvidando a nuestros difuntos, al menos en el curso de la vida ordinaria.

Por eso, este día es una ocasión propicia para cumplir con el deber de nuestro recuerdo agradecido. Es una obra de solidaridad el orar por los difuntos.

Puede ser buena ocasión para hacer una catequesis sobre el sentido de la oración de petición respecto a los difuntos, para lo que sugerimos esquemáticamente unos puntos:

-el juicio de Dios sobre cada uno de nosotros es sobre la base de nuestra responsabilidad personal, no en base a otras influencias (una oración de intercesión que actuaría como "argolla, enchufe, recomendación, padrino, coima...");

-Dios no necesita de nuestra oración para ser misericordioso con nuestros hermanos; nuestra oración no añade nada al amor infinito de Dios;

-no rezamos para cambiar a Dios, sino para cambiarnos a nosotros mismos;

-la «vida eterna» no es una simple prolongación de nuestra vida en este mundo; la «vida eterna», como todo el resto del lenguaje religioso, es una metáfora, que tiene contenido real, pero no un contenido “literal-descriptivo”.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 122 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Hasta la muerte de Cruz». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=160012
Puede ser escuchado aquí: http://www.untaljesus.net/audios/cap122b.mp3
 

Para la revisión de vida
- La muerte es la realidad más seria de la vida. Vivir es caminar hacia la muerte, inevitablemente. ¿Es la muerte, la certeza de mi muerte futura -próxima o lejana, incierta en todo caso-, una realidad con la que cuento? ¿O soy de los que nunca pienso en ello y no integran esa dimensión real de su existencia a su vida diaria?
 

Para la reunión de grupo
- Leer y comentar estos dos pensamientos:
- No cometí fraude contra los humanos, no atormenté a la viuda, no mentí ante el tribunal, no conozco la mala fe, no hice nada prohibido, no mandé diariamente a un capataz de trabajadores más trabajo del que debía hacer, no fui negligente, no estuve ocioso, no quebré, no desmayé, no hice lo que era abominable a los dioses, no perjudiqué al esclavo ante su amo, no hice padecer hambre, no hice llorar, no maté, no ordené la traición, no defraudé a nadie... ¡Soy puro, soy puro, soy puro! (Fórmula para defenderse el alma en el juicio, en el Libro de los Muertos, Escritura Sagrada de los egipcios).
- El pensamiento de que me tengo que morir y el enigma de lo que habrá después, es el latir mismo de mi conciencia. Como Pascal, no comprendo al que asegura no dársele un ardite de este asunto, y ese abandono en cosa en que se trata de ellos mismos, de su eternidad, de su todo, me irrita más que me enternece, me asombra y me espanta, y el que así siente es para mí, como para Pascal, cuyas son las palabras señaladas, un monstruo. (UNAMUNO, Del sentimiento trágico de la vida, Austral, 11ª edición, pág. 38).
 

Para la oración de los fieles
- Para que la Iglesia busque siempre la santidad por el camino de las bienaventuranzas. Roguemos al Señor.
- Para que los creyentes recorramos el Camino que es Jesús, con autenticidad, como transformación gozoza de nuestras vidas. Roguemos...
- Para que todas las personas que viven en la práctica las bienaventuranzas, sean del credo que sean, alcancen la dicha de la vida eterna. Roguemos...
- Para que nuestra condición de hijos de Dios nos ayude a vivir siempre con ilusión, gozo y esperanza. Roguemos...
- Para que todos nosotros nos reunamos un día con toda la Humanidad en el Reino de Dios y gocemos para siempre de su misma vida. Roguemos...
 

Oración comunitaria
Dios Eterno, Misterio inabarcable, Fuerza creadora, sin principio ni fin, Sabiduría escondida: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato, y ayúdanos a sentir, en la fe, la presencia espiritual de nuestros hermanos y hermanas que nos han precedido en la existencia y en el amor. Tú que vives y haces vivir, por los siglos de los siglos. Amén.



 Lunes 3 de noviembre de 2008
 Martín de Porres

 INICIO
Flp 2, 1-4: Manténganse unánimes
Salmo responsorial 130: Guarda mi alma en la paz junto a ti, Señor.
Lc 14,12-14: Invita a pobres, mancos, cojos y ciegos

Como la parábola que precede a este consejo (Lc 14,7-11), también éste termina con una mirada sobre los acontecimientos del fin de los tiempos. En aquélla se prometía la exaltación, aquí la resurrección de los justos. Allí el camino pasaba por el abajamiento, aquí por el desinterés en la retribución humana. Servir con amor desinteresado, dándolo todo sin esperar nada: esto constituye al verdadero discípulo, que sigue a Jesús en el camino hacia Jerusalén, donde lo aguarda la “elevación”.

Jesús habla de retribución y recompensa. La acción del discípulo no se mueve por el interés de la recompensa, sino por el Padre que está en los cielos. Quien haga el bien a los desposeídos será recompensado misericordiosamente con la comunión con Dios en su reino. La recompensa se dará en la resurrección de los justos. Pero no sólo los justos, sino también los pecadores han de resucitar (Hch 24,15). La suerte de Tiro y Sidón será en el juicio más llevadera que la de las ciudades galileas, que rehusaron la fe a Jesús (Lc 10,13-14). “Los que hicieron el bien resucitarán para vivir; los que hicieron el mal resucitarán para ser juzgados” (Jn 5,29). La resurrección quiere ser promesa de felicidad, quiere cimentar bienaventuranzas. El que en sus obras sólo busca a Dios, recibirá de él la gracia, agradecimiento y recompensa.


 Martes 4 de noviembre de 2008
 Carlos Borromeo

 INICIO
Flp 2, 5-11: Dios lo ensalzó
Salmo responsorial 21: El Señor es mi alabanza en la gran asamblea.
Lc 14,15-24: Sal por los caminos a traer invitados

La parábola del gran banquete cierra la escena lucana. De ella se proyecta la luz sobre el banquete que celebran las comunidades cristianas. ¿Quiénes son, pues, los que allí se congregan? Pablo hace, por ejemplo, la presentación de la comunidad de Corinto: “Hermanos que han sido llamados: no hay entre ustedes muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos de noble cuna; todo lo contrario: lo que para el mundo es necio, lo escogió Dios para avergonzar a los sabios; y lo que para el mundo es débil, lo escogió Dios para avergonzar a lo fuerte; y lo despreciable, lo que no cuenta, lo escogió Dios para anular a los que valen algo” (1Co 1, 26-28).

Sobre la escena se extiende la luz, el resplandor del amor generoso, misericordioso, de Dios que se goza de darlo todo a los que no tienen nada: a los cojos, a los ciegos y a los “gentiles” que viven fuera del abrigo de la cuidad de Dios; todos éstos son saciados, porque tienen hambre y no poseen nada. Los que se jactan de poseer, salen con las manos vacías. Esta fe, esta convicción de que lo más grande que puede esperar el hombre es don y gracia, es lo que crea la verdadera comunidad que congrega a las gentes en el banquete del Señor..



 Miércoles 5 de noviembre de 2008
 Silvia

 INICIO
Flp 2,12-18: Sigan realizando su salvación
Salmo responsorial 26: El Señor es mi luz y mi salvación.
Lc 14,25-33: Renunciar a todo por seguirlo

El que viene a Jesús para ser su discípulo tiene que ponerlo por encima de todo, dejar todo lo demás en segundo lugar. Lo que esto significa lo formuló Jesús con una palabra que en el idioma original es tremendamente dura, extrema y provocativa, imposible de pasar inadvertida: “odiar”. ¿Odiar todo lo que amamos y tenemos el deber de amar?: las personas que están unidas a nosotros por los vínculos más fuertes; la familia, que asegura protección y abrigo. La expresión presupone la “gran familia”, la propia vida; Jesús se propone a sí mismo como el único objeto de mayor amor y preocupación, como el único refugio, como el dispensador de vida.

Jesús ha predicado el amor, no el odio. No pensó, por lo mismo, en dejar sin vigor el cuarto mandamiento. Según la manera de hablar semítica, “odiar” significa poner en segundo lugar, posponer. Mateo explica lo que quiere decir Lucas con estas palabras “el que ama a su padre o a su madre más que a mí...” (Mt 10,37). “Odiarse” a sí mismo significa, por tanto, lo mismo que “negarse a sí mismo”.

Padre, madre, mujer, hijos, hermanos, hermanas, la propia vida, deben pasar a segundo término delante de Jesús. La adhesión a él es condición ineludible para alcanzar el reino de Dios, el más alto de todos los valores.



 Jueves 6 de noviembre de 2008
 Leonardo de Noblac

 INICIO
Flp 3,3-8a: Lo consideré pérdida comparado con Cristo
Salmo responsorial 104: Que se alegren los que buscan al Señor
Lc 15,1-10: Habrá alegría en el cielo por el pecador arrepentido

En las dos parábolas se dice que Dios se alegra por el pecador que se convierte. No se suprime la distinción entre pecador y justo, no se pasa expresamente por alto, y menos aun se trata irónicamente. Jesús no habló nunca como si el pecado no fuera pecado. El también, como los profetas, reclama conversión y penitencia. La exige más radicalmente que cualquiera de los profetas que lo precedieron. Llamar a la conversión lo considera como la razón de su misión: “el reino de Dios está cerca; conviértanse”.

Todos deben hacer penitencia, porque todos son pecadores delante de Dios. Al llamar a la penitencia y conversión amenaza con el juicio y la perdición. También la predicación del amor de Dios a los pecadores es predicación de conversión, predicación de salud y predicación de penitencia.

Jesús anuncia el alborear del tiempo de salvación: “el reino de Dios está cerca”. De este reino de Dios que se inicia forma parte la gozosa misericordia de Dios con todos los que vuelven a su gracia salvadora. El rasgo más original e incomparable del anuncio del reino de Dios por Jesús es la revelación del amor que Dios tiene a los pecadores.

El pastor va en busca de la oveja perdida, la mujer busca la moneda. La alegría se expresa así: “encontré lo que se me había perdido”. En esto consiste el amor.



 Viernes 7 de noviembre de 2008
 Ernesto / Ernestina

 INICIO
Flp 3,17-4,1: Aguardamos un salvador
Salmo responsorial 121: Vamos alegres a la casa del Señor.
Lc 16,1-8: Los hijos de este mundo son astutos

No en todos los sentidos son los hijos de este mundo más sensatos que los hijos de la luz. Son más sensatos en el trato con los suyos, con la generación que es la suya, en la esfera de los asuntos de la tierra, en la vida económica y en los negocios, dondequiera que se trate de procurarse una vida próspera. En una cosa no son sagaces: su mirada no se extiende más allá de la tierra; no reconocen el mundo futuro. Sagaz, tal como lo entiende Cristo, sólo es aquél que no se sumerge de tal modo en la existencia terrena que se olvide que se acerca el reino de Dios. Es sagaz “el criado a quien su Señor, al volver, lo encuentra haciendo así”, es decir, dedicado fielmente a su servicio.

Los hijos de la luz tienen ojos que ven lo que es la vida, el hombre, el mundo delante de Dios. En la fe en la Palabra de Dios reconocen el mundo futuro que se descubre tras el presente; el reino de Dios con todas sus promesas; la vida eterna. En cambio los hijos de la luz, comparados con los hijos de este mundo, son irresolutos y flojos en su acción cuando se trata de cuidar de su espléndido futuro. Jesús tiene razón en quejarse.



 Sábado 8 de noviembre de 2008
 Godofredo

 INICIO
Flp 4,10-19: Todo lo puedo en Cristo
Salmo responsorial 111: Dichoso quien teme al Señor.
Lc 16, 9-15: ¿Quién les confiará lo que vale?

El discurso sobre el reino y el capital se cierra con unas palabras de amonestación: el servicio de Dios y el culto a la riqueza son dos cosas incompatibles. Dios y las riquezas reclaman al hombre entero, cada uno por su lado. Dios quiere ser amado “con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”. Como muestra la experiencia, también la riqueza absorbe al hombre entero. Dinero, propiedad, ganancia encadenan al hombre, absorben sus fuerzas, lo dominan. ¿Cómo se suele conciliar tal servicio a dos señores, cada uno de los cuales exige entrega completa? ¿Puede un esclavo servir como tal a dos amos? Cada uno de éstos puede exigir a cada momento un servicio total. Nadie es capaz de prestar tal servicio simultáneo a dos señores. Las palabras de Jesús tienen por imposible un comportamiento doble. Servir a Dios y servir a Mamón exigen una decisión: servir a Dios o servir a Mamón.

En el poseer hay peligro de que ello quite al hombre la libertad de seguir la llamada y la palabra de Dios: “lo que cayó en zarzas son los oyen, pero con las preocupaciones y las riquezas y placeres de la vida se van ahogando y no llegan a madurar”.