Domingo 3 de agosto de 2008
18º Ordinario
Lidia
INICIO
Is 55,1-3: Dense prisa y coman
Salmo responsorial 144: Abres tú
la mano, Señor, y nos sacias de favores.
Rm 8,35.37-39: Nada nos apartará
del amor de Dios
Mt 14,13-2: Multiplicación de los
panes
La segunda parte del libro de Isaías, a la que pertenece la primera lectura
de la liturgia de este domingo nos invita a hacer una valoración experiencial y
sapiencial de la Palabra de Dios. Esta pequeña exhortación “cierra” los
capítulos anteriores, desde el 40 hasta el 55, y ofrece una poderosa clave de
lectura para comprender toda la segunda parte del libro. Además termina con el
ya famoso texto que compara la Palabra de Dios con la lluvia vivificadora (Is
55: 10-11).
El hambre y la sed son mecanismos fundamentales de los seres vivos. Todo ser
viviente necesita nutrición e hidratación, pero en los seres humanos, estas
necesidades biológicas tienen carácter social. En muchas culturas humanas –no
todas-, compartir la bebida y el alimento son mecanismos de socialización y de
integración. El autor toma, entonces, esta necesidad vital y la traslada al
campo de la fe para mostrarnos que para el creyente la Palabra de Dios es algo
más que una comunicación divina. La Palabra de Dios se convierte así en una
necesidad inaplazable que alimenta nuestro ser y nos vivifica. Jesús mismo,
retomando las reflexiones del Deuteronomio (Dt 8, 3; 6, 13), combate la
tentación contraponiendo la voluntad divina al inmediatismo humano (Lc 4, 3-4).
El problema de la humanidad no es únicamente la satisfacción de las necesidades
básicas, sino, también, hacer surgir y formar una consciencia que exija la justa
distribución de los recursos, que lleve a que la humanidad cultive lo mejor de
sí y lo entregue como solidaridad y justicia en un proyecto social alternativo
al proyecto egoísta.
Pero el autor, como buen poeta y profeta, no se contenta con hacer una arenga
o una instrucción legal; busca, por medio de la imagen asociada a los mejores
frutos (trigo, vino, leche), que el lector encuentre no sólo consuelo sino
deleite. La Palabra de Dios se convierte así en un manjar sabroso que puede ser
degustado por la pura gratuidad divina. El olor del amasijo fresco, del vino
bien conservado y de la leche fresca nos recuerdan los dones que Dios le ha dado
a su pueblo; dones que ayudan al ser humano a construir un cuerpo vigoroso pero
que deben ser acompañados por una degustación asidua de su Palabra.
Isaías nos hace una invitación a degustar con sabiduría todos los dones que
Dios nos ofrece, sabiendo que lo mejor que podemos ofrecer nosotros mismos es la
gratitud activa, que revierte sobre todos los menos favorecidos aquellos dones
que unos pocos acaparan. Lo mismo ocurre con la Palabra de Dios, debe ser
entregada con sabiduría y generosidad de modo que el pueblo de Dios no
desfallezca. La Palabra de Dios nos invita y convoca a hacer de este ‘valle de
lágrimas’ un jardín frondoso donde florezca la justicia y la sabiduría (Sal 72,
1-9).
La multiplicación y los peces nos evoca la gran tentación de considerar que
únicamente la satisfacción de las necesidades básicas nos conduce al Reino.
Jesús se preocupó de que sus discípulos fueran mediadores efectivos frente a las
necesidades del pueblo, pero no recurriendo a la mentalidad mercantilista que
reduce todo a la presencia o ausencia de dinero (Mt 14, 15). Es muy fácil, a
falta de un benefactor, despedir a la multitud hambrienta para que cada cual
consiga lo necesario. Pero Jesús no quiere eso; él pide a sus seguidores que
sean ellos mismos quienes se ofrezcan a ser agentes de la solidaridad entre el
pueblo, ofreciendo lo que son y todo (lo poco) que tienen. Entonces la ración de
tres personas, cinco panes y dos peces, se convierte en el incentivo para que
todos aporten desde su pobreza y pueda ser alimentado todo el pueblo de Dios,
que es lo que simbolizan las doce canastas. En la intención del evangelista,
Jesús demuestra de este modo que el problema no es la carencia de recursos sino
la falta de solidaridad.
Lo que nos acerca a Jesús no son los muchos rezos, genuflexiones o
ceremonias, sino el amor incondicional a él y a su Causa, el Reino. Algo que
hizo diferente a Jesús de todos los predicadores de su época fue la capacidad
para despertar los mejores sentimientos de la gente: amor, generosidad y
respeto. Nosotros no deberíamos amar a Jesús con un amor diferente al amor con
el que él nos ama. Si el nos amó con un amor solidario, generoso, compasivo…
nosotros no podemos responderle con melifluas plegarias ni con lloriqueos o
explosiones de emotividad, porque esto no sería amor recíproco. Por eso, si
entendemos con qué amor Jesús nos amó, estaremos seguros de lo que proclama
Pablo: nada nos puede separar del amor de Cristo.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 57 de la serie «Un tal
Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Cinco panes y dos peces». El
guión y su comentario pueden ser tomados de aquí:
http://untaljesus.net/texesp.php?id=1300057 Puede ser escuchado aquí:
http://untaljesus.net/audios/cap57b.mp3
Para la revisión de vida
- ¿Cómo y de qué manera me convierto yo en pan para los demás? ¿El pan que
yo ofrezco a los demás alimenta las ganas de construir el Reino o es más bien un
pan que engorda y deja sentado?
¿Quiénes son para mí "pan" que alimenta mis ganas de servir a los demás?
¿Cuál es el pan que busco?
Para la reunión de grupo
- Cuando los discípulos acuden a Jesús, poco menos que para que resuelva
milagrosamente la situación, o sea, cuando le pasan la responsabilidad sobre la
situación de hambre que está viviendo la comunidad, Jesús reacciona reclamando
la responsabilización de los discípulos: “Denles ustedes mismos de comer”.
Relacionemos esto con los siguientes refranes: “Ayúdate y Dios te ayudará”, “A
Dios rogando y con el mazo dando”, “A quien madruga Dios le ayuda”… Y con aquel
principio liberador y antiasistencialista: “Mejor que dar un pescado al que
tiene hambre es enseñarle a pescar”.
- “Sólo tenemos cinco panes y dos pescados”. Los discípulos habían pensado que
la solución sería “ir a comprar”; el dinero solucionaría los problemas. Al
negarse Jesús, los discípulos tienen que volver la mirada no al dinero, sino a
“lo que tenemos”, para ponerlo en común. ¿Este momento del evangelio se debe
seguir llamando “multiplicación de los panes” o se debería llamar, mejor,
“división (reparto, distribución, compartimiento) de los panes”?
- “Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños”. Hoy resuena como un latigazo
este versículo 21. Hasta en el mismísimo evangelio se ha colado esta forma
machista de contar, de ver el mundo. Comentar en el grupo: ¿Cómo interpretar esa
forma de contar? ¿Es “palabra de Dios”?
Para la oración de los fieles
- Te pedimos, Señor, que cada uno de los que formamos esta comunidad eclesial
seamos "pan" para el hermano, para los hambrientos de este mundo.
- Por todos aquellos que tienen hambre de trabajo, techo y pan; por los que
tienen hambre de justicia e igualdad... para que no pierdan nunca la esperanza
de formar un nuevo pueblo viviendo en la solidaridad.
- Por todos los que mueren de hambre en nuestra comunidad mundial, por los
millones de hombres y mujeres que no pueden llevar a su boca un pedazo de pan...
- Por todas las personas e instituciones que, por pereza o insensibilidad, se
niegan a revisar la discriminación de género que tiene el lenguaje habitual y
siguen hablando “sin contar mujeres y niños”; para que todos hagamos un esfuerzo
por hablar de una manera que no invisibilice a la mujer.
- Por todos los que ponen su confianza siempre en el dinero, en los préstamos
internacionales hechos al país, en el endeudamiento económico creciente… para
que los pueblos exijan una economía más soberana, que no supedite a los países a
los préstamos y deudas internacionales, sino a la autonomía financiera y la
solidaridad del pueblo.
Oración comunitaria
Danos, Señor, junto al hambre de ti, un hambre también insaciable de amor, de
justicia, de libertad, para nosotros y para todos los humanos, especialmente
aquellos a quienes el mundo actual estructuralmente se lo niega. Que, así,
nuestra hambre de ti dará realmente contigo y no con un ídolo religioso que te
suplante, a ti que eres el Dios del amor, de la justicia, de la libertad y de la
implacable pasión por los pobres. Nosotros te lo pedimos recordando a Jesús,
hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.
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