Domingo 20 de julio de 2008
16º Ordinario
Marina – Gregorio López
INICIO
Sb 12,13.16-19: Das lugar al
arrepentimiento
Salmo responsorial 85: Tú, Señor,
eres bueno y clemente.
Rom 8,26-27: El Espíritu intercede
por nosotros
Mt 13,24-43: Dejen crecer la
cizaña con el trigo
Hoy, como en tiempos de Jesús y durante toda la historia de la humanidad,
solemos dividir y “organizar” aparentemente la sociedad con criterios que
consideramos muchas veces correctos: buenos y malos deben estar separados y
puestos en extremos opuestos.
Esta práctica de dividir entre buenos y malos, era frecuentemente aceptada
por muchos grupos en el tiempo de Jesús por diversos criterios religiosos
(fariseos y esenios) igualmente que por los grupos económicos y políticos
(herodianos, saduceos y celotes), pues todos ellos veían como opositores a
quienes no pensaban, creían u opinaban según sus mismos criterios.
Jesús sabía que Dios está en todas partes y a todos acoge, y lo expresa
simbólicamente, sembrando respeto por los demás y creando paciencia y esperanza
frente a aquellos seres humanos que se han demorado en alcanzar niveles de
humanidad suficientes en igualdad y justicia, por el egoísmo que empobrece y
empequeñece nuestra humanidad. Jesús llama a la apertura de la mente y el
corazón para acoger con esperanza (no pasivamente y con indiferencia) a quienes
aparecen ante nuestra forma de vida como diferentes (que solemos catalogar como
“malos”). Necesitamos tener apertura para acoger con pluralismo la diferencia,
que siempre va a estar presente en nuestra humanidad.
No hay que ignorar en la parábola de la cizaña la presencia del mal en la
historia, como lo reconoce Jesús en la presencia del enemigo que siembra la
cizaña en el campo. Quiere llamarnos la atención de que no hay que buscar con
afán, y posiblemente confundir la semilla buena con la semilla mala. Muchas
veces dividir la humanidad entre buenos muy buenos, y malos muy malos,
ofreciendo el premio de la salvación para los primeros y la condenación para los
segundos, puede ocasionarnos equivocaciones irreparables. Sólo a Dios le
corresponde juzgar, con inmensa justicia y misericordia, a cada ser humano, como
sólo Dios lo sabe hacer.
Por creernos muchas veces con el poder y la autoridad, nos atribuimos en
nuestra conciencia actitudes que excluyen y separan a unos de otros; nuestra
autosuficiencia egoísta separa en la práctica cotidiana a personas que por su
situación socio-económica o ideológica, son marginados y excluidos por una
sociedad dividida en el poder, olvidando que todos y todas somos hermanos y
hermanas que compartimos una misma humanidad.
El Reino debe implicar para el seguidor de Jesús una acción transformadora en
la vida cotidiana, que llegue hasta lo más profundo del actuar de cada ser
humano, y el llamado permanente a la búsqueda y construcción de un mundo más
humano, no sólo para unos pocos, sino para todos. Las estructuras basadas en la
injusticia no crean el bien necesario para que el mundo avance, sino que generan
más muerte y división en la humanidad, atacando con su fuerza destructora
cualquier propuesta alternativa de construcción de una nueva humanidad.
No podemos olvidar que la buena noticia que Jesús vino a anunciar (el Reino)
es una Buena Nueva para los pobres, en la que de ahora en adelante Jesús y sus
discípulos lucharán por una sociedad igualitaria. Comprender el valor de lo
pequeño, de lo pobre, como opción fundamental de Jesús y de quienes proseguimos
su causa, debe ser una denuncia permanente contra tantas formas de opresión y
marginación de estructuras injustas que deshumanizan a tantas personas y
comunidades, en donde vive ocultamente el valor de la grandeza del Reino cuando
se construye organización y se promueven los valores del Reino.
Dicho esto, abordemos un segundo nivel más crítico en este comentario.
Esta parábola puede resultar alienante si se toma como una invitación a la
inactividad, o a la suspensión de nuestra responsabilidad, para dejarla en las
manos de Dios: él sería quien al final de la historia, más allá de la historia,
debiera poner las cosas y las personas en su lugar... Esta idea de un Dios
«premiador de buenos y castigador de malos», que contabiliza nuestras acciones y
por cada uina de ellas nos dará un premio o un castigo, ha sido una idea central
de la cosmovisión cristiana clásica. El miedo a la condenación eterna, pieza
central de la bóveda de la cosmovisión cristiana clásica medieva y barroca, está
en la misma línea. ¿Qué decir de todo ello hoy?
Es obvio que conforme pasa el tiempo estas convicciones fundamentales del
pensamiento cristiano van pasando a segundo plano, dejan de estar presentes, no
se mentan, incluso se evitan positivamente... Diríamos que ésa es una
manifestación más del famoso «eclipse de lo sagrado» que se da en nuestra
sociedad moderna. Si nuestros abuelos y sus generaciones anteriores vivieron en
una sociedad que transparentaba la eternidad, la vida del más allá, con sus
evidentes y lógicos premios y castigos, hoy vivimos, por el contrario, en una
sociedad –y con una epistemología- en la que nos es difícil imaginar y pensar la
vida del más allá de la muerte, los premios y los castigos de Dios, la
separación post mortem del trigo y de la cizaña.
No vamos a pretender aquí resolver el asunto, ni abordar el tema en
profundidad. Sólo queremos llamar críticamente la atención sobre él haciendo
algunas afirmaciones.
Sea la primera la de reconocer que ya no se puede seguir hablando del más
allá con la ingenuidad y la rotundidad con la que durante siglos se ha hablado:
el tema merece una revisión profunda, y en todo caso no permite las afirmaciones
clásicas con su escandalosa simplicidad.
Buena parte de las descripciones de los premios y castigos eternos hoy
aparecen como antropomorfismos insostenibles, respecto a los que no sólo merece
la pena no dar más pábulo, sino que es importante también reconocerlos
explícitamente como tales, liberando de ese modo la fe de la obligación de
compartir esas creencias mitológicas.
Es necesario tomar conciencia de la urgencia de una revisión a fondo de la
posición de la fe cristiana respecto al más allá. Habitualmente hemos dado por
bueno y por supuesto el dato de la vida más allá de la muerte, como si fuera un
artículo de fe obvio, indiscutible. Y en efecto, normalmente ha quedado
enteramente fuera de las crisis renovadoras de la fe en las décadas pasadas. El
Concilio Vaticano II y su renovación simplemente envió a la trastera el conjunto
de imágenes medievales y barrocas que aún estaban en circulación, y propició una
relectura de la escatología en la línea del personalismo y del existencialismo,
que realmente supusieron una brisa de aire fresco. La teología de la liberación,
por su parte, simplemente añadió a esta visión personalista y existencialista
una lectura histórico-escatológica de la realidad (caminamos hacia el Reino) y
la perspectiva de la opción por los pobres (redescubiertos como los «jueces
escatológicos universales», Mt 25, 31ss), pero dejó intactas las afirmaciones
centrales, sin llegar siquiera a plantearse su cuestionamiento (el libro
exponente máximo de la escatología de la teología de la liberación es «Hablemos
de la otra vida», de Leonardo BOFF, Sal Terrae, Santander, 1978).
Hoy, el nuevo paradigma de «revisión del sentido y la identidad misma de la
religión», exigen dejar de vivir de rentas, dejar de repetir incuestionadamente
lo de siempre, y plantearse de nuevo las preguntas más radicales: ¿existe
realmente la vida más allá de la muerte? ¿Nos ha sido realmente revelada?
¿Cuándo, dónde, cómo? ¿Forma parte del contenido mismo de la fe cristiana? ¿Se
puede ser cristiano aceptando la inseguridad y la oscuridad que la ciencia
actual confiesa respecto a este tema?
Ciertamente, no son preguntas para el hombre y la mujer de la calle que
prefieran seguir viviendo en una edición renovada de la «fe del carbonero». No
son tampoco preguntas a difundir imprudentemente, ni trofeos para exhibirse como
abanderado de la crítica y el esnobismo. Pero son preguntas que los responsables
han de plantearse alguna vez en la intimidad de su fe, para que sondeando la
dificultad del misterio, tomen la determinación de ser muy respetuosos en su
lenguaje y no seguir viviendo de las rentas de afirmaciones que hoy son de hecho
tan increíbles como incuestionadas, tan insostenibles como irresponsables.
El tema sólo está iniciado. Invitamos al lector a tirar del hijo y seguir
profundizando, tanto desde el estudio de la teología como en su oración y su fe.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 43 de la serie «Un tal
Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El trigo y la mala hierba». El
guión y su comentario pueden ser tomados de aquí:
http://www.untaljesus.net/texesp.php?id=1200043 Puede ser escuchado aquí:
http://www.untaljesus.net/audios/cap43b.mp3
Para la revisión de vida
El Reino de Dios se nos presenta en el evangelio como una comunidad de trigo
y de cizaña, de justos y pecadores; o mejor aún: como una comunidad de personas
a la vez justas y pecadoras. ¿Admito que yo pertenezco a la humanidad, y a la
Iglesia, con mis obras buenas y malas, con mis pecados y virtudes? ¿Sé tener
paciencia conmigo mismo y con los demás, como el amo del campo de la parábola?
Para la reunión de grupo
- Caer en la cuenta de que la fe en la resurrección y en la vida eterna no es un
dato supuesto y evidente en la sociedad actual. Buscar en internet (y otros
medios) datos sobre esta fe, estadísticas de encuestas. ¿Qué cree la gente
«normal»? Traer al grupo esta información y comentar entre todos. [Cf los datos
que se aportan en uno de los ítems «para la reunión de grupo» del domingo
próximo, aquí en este mismo Servicio Bíblico Latinoamericano»].
- ¿Qué dice la ciencia actual respecto al más allá de la muerte? ¿Existe alguna
compatibilidad, intercomunicación, entre la creencia clásica cristiana en el más
allá y la ciencia actual?
- ¿Qué dicen las ciencias de las religiones sobre la creencia en la inmortalidad
o la fe en la vida eterna? ¿Cómo se formó esa creencia? ¿Qué peso de validez
objetiva tiene? ¿Es una proyección de nuestros deseos o es un dato de la
realidad con el que debemos contar?
- La fe en el cielo y en el infierno –dejemos por un momento a un lado el
purgatorio, y no mentemos siquiera el limbo-, ¿forman parte de la fe cristiana
esencial? ¿Se puede ser cristiano sin creer en ellos?
Para la oración de los fieles
- Por todo el Pueblo de Dios, para que sea testigo vivo y eficaz de la presencia
de Dios en medio del mundo. Roguemos al Señor.
- Por todas las personas de buena voluntad que, desde cualquier credo o
ideología, trabajan por el progreso del mundo, para que el Padre aliente y
sostenga sus esfuerzos. Roguemos...
- Por los evangelizadores, que quieren ser levadura en medio del mundo, para que
aumenten en cantidad y en calidad. Roguemos...
- Por todos los que tienen poder y autoridad de cualquier tipo, para que los
utilicen en bien de sus subordinados y no en provecho propio. Roguemos...
- Por las Iglesias perseguidas por su fidelidad al Evangelio, para que
encuentren pronto situaciones de libertad y respeto. Roguemos...
- Por todos y cada uno de nosotros, para que seamos se embajadores de buena
semilla y tolerantes con todos. Roguemos...
Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, que vienes hasta nosotros en Jesús de Nazaret, en su
palabra y en sus obras; queremos darte las gracias por esa presencia tuya en
medio de nosotros; que ella nos ayude a profundizar en nuestra vida cristiana
para que tengamos una fe cabal que nos haga vivir conforme a lo que creemos.
Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén
o bien:
Oh Dios, misterio insondable en el que los humanos, desde sus orígenes
biológicos ancestrales, han proyectado la necesidad que siempre han sentido de
que la justicia/injusticia terrena sea completada y confirmada más allá de su
muerte. Ayúdanos a comprender qué es lo que esta «exigencia absoluta de
justicia» significa, y qué de la Realidad (tuya y nuestra y del cosmos) respalda
la veracidad de nuestros sentimientos y pretensiones. En todo caso, aceptamos
vivir y ser en y ante el misterio que eres y que somos. Nosotros te lo
expresamos recorriendo el camino que nos ayuda a abrir Jesús, hijo tuyo y
hermano nuestro, en comunión con todos los hombres y mujeres buscadores de tu
rostro milenios adentro en la Historia. Amén..
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