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Homilía de Mons. Romero de Ascensión del Señor, ciclo A, el 7 de mayo de 1978
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 
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La primera lectura de la liturgia nos ofrece el relato de la Ascensión del Señor cuyo objetivo fundamental es trazar los rasgos específicos de la esperanza cristiana. Jesús, nuevo Elías, asciende a los cielos y este hecho no significa el fin de la historia deseado por los discípulos según se refleja en su pregunta: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino para Israel?» (v.6). Se trata por el contrario, del tiempo del testimonio que prepara ese final. En el salmo interleccional se proclama la entronización de Dios como «emperador» y «rey» de toda la tierra y la carta a los cristianos de Éfeso conecta el señorío del Mesías Jesús a la comprensión que deben tener los miembros de la comunidad eclesial sobre la esperanza a la que «abre su llamamiento» (1,18) .

El evangelio, final del relato de Mateo, vuelve a subrayar esa conexión. Comprende las circunstancias del último encuentro entre Jesús y sus discípulos (vv. 16-17) y las palabras finales del Señor a su comunidad (vv. 18-20).

Respecto a las circunstancias, el texto sitúa la escena en una montaña de la Galilea. Se produce en ella la teofanía del Resucitado que debe colocarse en relación con la montaña de la Tentación y con la montaña de la Transfiguración. Se anticipa, así el Señorío de Jesús, tema principal que se desprenden de las palabras que éste pronuncia.

Lejos del centro de la dirigencia religiosa, Jesús se encuentra con los Once. El número es el resultado de la sustracción de Judas de la cifra original de los Doce discípulos y significa la totalidad de los seguidores de Jesús que no defeccionaron. Todos ellos son beneficiarios de la experiencia del Resucitado.

Ante esa experiencia su actitud es una mezcla de adoración y de duda. Como Pedro ante el embate de las olas (cf Mt 14,23-33), la comunidad lleva en su seno estos dos sentimientos contradictorios. Ambos son los dos únicos textos de Mateo que combinan los verbos que se refieren a esos dos sentimientos.

Las palabras de Jesús se dirigen a fortalecer la fe comunitaria desde un encargo en que están implicados tres personajes: Jesús, el círculo de los discípulos y «todos los pueblos». Respecto a sí mismo, Jesús afirma que ha recibido «plena autoridad en el cielo y en la tierra» (v. 18). Para el evangelista, la autoridad ocupa un puesto importante en la presentación de Jesús. Este, al inicio de su actividad, había rechazado la última propuesta del diablo en orden recibir «todos los reinos del mundo» (cf Mt 4,8-10), los discípulos habían visto actuante en Jesús el significado del poder divino pero debían mantenerlo en secreto (cf Mt 16,28-17,9). Ahora es el momento de la proclamación de ese señorío, recibido por Jesús del Padre.

Los elementos que subrayan el universalismo son acumulados en este breve pasaje. Junto a «cielo y tierra» y la mención de los «pueblos» se da una significativa repetición del término «todo», «plena autoridad» (v. 18), «todos los pueblos» (v. 19), «todo lo que les mandé» (v. 19), «cada día» (v. 20). La obediencia al querer divino confiere a Jesús un señorío universal que se ejerce sobre toda realidad creada.

Este señorío universal es el fundamento para la existencia de la realidad eclesial. El encuentro con Jesús Resucitado establece la Iglesia en el momento de la irrupción gratuita y definitiva de Aquel que ha sido entronizado a la derecha del Padre. De esta forma se inicia una nueva era con la presencia definitiva del Enmanuel, el Dios con nosotros.

Este «relato de vocación» de la comunidad eclesial describe la transmisión que le hace Jesús de «todo su poder». Gracias a él pueden convocar a nuevos discípulos mediante el bautismo y la enseñanza. Por el bautismo, Jesús había iniciado el cumplimiento definitivo de la justicia del Reino (Mt 3,15), igualmente el bautismo cristiano injerta a cada bautizado en la misma dinámica. Junto al bautismo, el otro rasgo característico de la existencia cristiana es la «enseñanza». No se trata de una teoría que se debe proclamar, sino de la Buena Noticia del Reino frente a la cual todo creyente es un seguidor al que se exige un comportamiento coherente. Se trata de «guardar todo lo que les mandé». De esa forma, toda obra y palabra de Jesús se convierten en punto de referencia que se debe tener presente en la propia vida.

El mandato de Jesús compromete a toda la comunidad eclesial y la responsabiliza frente a todas las naciones. Aunque ya iniciado en el círculo de los discípulos, el señorío de Jesús no puede agotarse al interno de la vida de las comunidades cristianas. Para ello cuenta con la asistencia de su Señor: «Yo estaré con ustedes». Esta asistencia suministra el coraje necesario para superar todos los temores y tempestades y confiere un ámbito ilimitado para la actuación de la salvación.

Pero para ello, se exige de la Iglesia la misma obediencia de Jesús. Sólo en el rechazo del poder de dominio, en la obediencia filial al Padre, podrá realizar su tarea. Este «manifiesto» final del Señor Resucitado liga íntimamente la misión de la Iglesia al camino recorrido históricamente por Jesús de Nazaret, Hombre y Dios.

Para una explicación más sencillamente catequético-hermenéutica de la Ascensión ofrecemos este texto complementario, de Leonardo Boff, sobre la Ascensión, que sigue muy de cerca al exégeta católico Gerhard LOHFINK:

http://servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 130 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Sobre las nubes del cielo». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1600130 Puede ser escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap130b.mp3

Para la revisión de vida
-Que el Dios del señor Jesucristo os dé espíritu de sabiduría e ilumine los ojos de vuestro corazón par que comprendáis cuál es la esperanza...: pedir insistentemente ese espíritu de sabiduría, y la luz que ilumine los "ojos del corazón", para "comprender la esperanza"...
-Superar todo resabio de espiritualismo y toda falta de fe; combinar adecuadamente en mi vida el cielo y la tierra, el idealismo y el realismo, la utopía y el compromiso, la escatología y la historia..
 

Para la reunión de grupo
- La Ascensión del Señor, ¿fue un hecho histórico, físico, espiritual, teológico...?
- ¿Cuál es el mensaje fundamental del misterio de la Ascensión?
- La tierra es el único camino que tenemos para ir al cielo... Comentar esta famosa sentencia del famoso misionólogo P. Charles.
- [El "texto complementario", de Boff, que sugerimos (http://servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm), se presta muy bien a ser utilizado como una sesión de estudio bíblico, porque, sobe el caso concretote la Ascensión, involucra varios temas fundamentales de la comprensión de la Biblia, así como otros respecto a la cosmovisión -cielo, tierra, tiempo, eternidad...-.]

Para la oración de los fieles
- Para que los cristianos no perdamos de vista al Señor Jesús, el hermano mayor a quien pretendemos seguir, roguemos al Señor...
- Por todos los cristianos que están "ahí plantados mirando al cielo", descuidando los problemas de la tierra, y pensando que los asuntos de este mundo les distraen de los bienes celestes; para que superen el espiritualismo dualista...
- Por los hombres y mujeres que sólo miran a la tierra, para que nuestro testimonio de una fe que no aliena sino que libera les lleve a descubrir que la fe es capaz de humanizar y dar profundidad a sus vidas...
- Para que los cristianos sepamos combinar adecuadamente el cielo y la tierra, el más allá y el más acá, la trascendencia y la inmanencia, la fe y las obras, la esperanza y el compromiso aquí y ahora...
- Para que la fe en la victoria de la vida sobre la muerte nos dé una reserva de esperanza inclaudicable que contagie a nuestros hermanos...
 

Oración comunitaria
Oh Dios, Padre nuestro y de nuestro hermano mayor Jesús; danos tu Espíritu de sabiduría, e ilumina los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llamas, cuál la riqueza de la gloria que das en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de tu poder para con nosotros. Por nuestro Señor J.C.



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La seguridad con que los discípulos reconocen la sabiduría y la filiación divina de Jesús, es puesta en duda, con desencanto y hasta con cierta ironía, por el mismo Maestro, quien les enrostra que muy pronto huirán y lo abandonarán. No sucedió sólo entonces. Hoy seguimos dejando solo a Jesús, entre tantas otras formas cuando por facilismo e indiferencia huimos de los compromisos que exige nuestra fe cristiana, tales como contribuir a la armonía familiar y comunitaria; trabajar por una sociedad más justa y humana; sacar la cara cuando son conculcados los principios por los que Cristo no rehusó decir las cosas por su nombre, aunque ello le acarreara incomprensiones, odios, persecuciones, el abandono, la traición de sus más cercanos y la muerte. Sin embargo Jesús, a pesar de nuestras dudas y torpezas, no nos abandona. En tiempos de persecuciones y conflictos no nos quiere dispersos, sino reunidos y unidos en torno a él. La adhesión a Jesús es el mejor camino para encontrar la paz. El mundo, que aquí simboliza el proyecto del mal (codicia, injusticia, discriminación, globalización excluyente, neoliberalismo sin equidad...), ya fue una vez vencido por Jesús, mas no significa que haya desaparecido. Jesús nos dejó las herramientas necesarias para que sigamos venciendo el mal en el mundo. Derrotarlo o ser derrotados depende de nosotros. Igual ocurre, por ejemplo, con la vacuna de alguna enfermedad. Hemos vencido la enfermedad teniendo el instrumento para hacerlo, pero depende de nosotros usarlo. ¿Estamos venciendo el mundo, o el mundo nos está venciendo a nosotros?



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Jesús le dice al Padre que ha llegado su hora (en las bodas de Caná no había llegado), para que se manifieste la gloria de Dios en el Hijo, y el amor misericordioso del Padre se derrame sobre toda la humanidad. Jesús no define la vida eterna como algo del más allá, sino como algo concreto y cercano que consiste en conocer a Dios y a Jesús. ¿Quién los conoce realmente? Quien ama como Jesús amó; quien vive como él vivió; quien ora como él oró; quien se compromete con el pobre como Jesús se comprometió; quien lucha por la justicia, la verdad y la paz como Jesús luchó. A partir del versículo seis comienza la oración de Jesús por sus discípulos, conocida como la oración sacerdotal y que suele considerarse el testamento dejado por Jesús a los suyos. Jesús no ruega por el mundo, que representa el proyecto del mal, sino por los discípulos, de ayer y de hoy, que representan el lugar por excelencia donde él manifiesta su gloria. Esto es grandioso, pero al mismo tiempo de gran responsabilidad, pues dependiendo de nuestro testimonio de vida, los demás podrán ver y reconocer la gloria de Jesús.


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Jesús ora al Padre pidiendo para sus discípulos la unidad, la alegría, que los guarde de la maldad y que los consagre en la verdad. Que el evangelista insista tanto en la unidad, indica probablemente las dificultades que en este sentido experimentaban las primeras comunidades cristianas. Aunque hoy sigue siendo difícil, somos conscientes que unidad, comunión y comunidad son expresiones que deben identificar la vida de cualquier cristiano, en ambientes familiares, escolares, laborales o sociales. La evangelización («Buena Nueva») y la alegría van de la mano, porque no somos cristianos de sepulcros ni de miedos, sino de resurrección y de vida. El verdadero discípulo no ora para que lo saquen del mundo; al contrario, se esfuerza cada día para que, permaneciendo dentro él, pueda derrotar el proyecto del mal o de injusticia institucionalizada que amenaza a la humanidad. La última petición (v. 17) se refiere a ser consagrados en la verdad; una verdad que se identifica con el mensaje del Padre y que no es otro que el reino de Dios. Una verdad que debe desenmascarar a los falsos cristianos que manipulan el mensaje de Jesús para justificar actitudes injustas, excluyentes y violentas; una verdad, casi siempre amenazada, que a toda costa debemos defender.
 


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La oración de Jesús no es sólo por los discípulos, sino también por todos los hombres y mujeres que adhieren su vida al proyecto del reino. Jesús sabe que, por anunciar su Palabra, los discípulos de todos los tiempos y lugares serán odiados y perseguidos; pero también nos enseña que la mejor manera de vencer el mal en el mundo es la unidad en el amor. Una familia, una comunidad o una sociedad que no cultiven el amor y la unidad estarán siempre expuestas al pesimismo, la falta de solidaridad, la intolerancia, la indiferencia y su destrucción. Antes de terminar esta bella oración, Jesús ruega al Padre para que permita a sus discípulos estar con él y contemplar su gloria, definida por el mismo Jesús como una experiencia de amor gratuito y eterno. Estar con Jesús ya no depende sólo de que Dios quiera, sino también de que nosotros queramos; de que nos decidamos por el amor fraterno, solidario y comunitario; de que seamos capaces de reconocer el amor de Dios en los rostros sufrientes de los más necesitados, y que desenmascaremos con nuestro testimonio los falsos amores que ofrece el mundo de hoy. ¿Cómo experimentar y reproducir hoy el amor de Dios?



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No hay duda de que las comunidades cristianas reconocían en Pedro a su pastor y animador (Jn 6,68s; 20,1-9), a pesar de sus equivocaciones. Sin embargo, la comunidad de Juan, conociendo la ambición inicial de Pedro a ser el primero en términos de poder y de jerarquía (Jn 13,6.37; 18,8-11), le pone dos condiciones para aceptarlo, condiciones que siguen vigentes para todo aquél que aspire a ser animador de una comunidad cristiana. La primera es el servicio, lección bien aprendida por Pedro en el lavatorio de los pies. La segunda es el amor, tres veces ratificado por Jesús en el evangelio de hoy, y que guarda estrecha relación con la triple negación de Pedro. Con sus respuestas, Pedro convence a todos de la sinceridad de su amor por Jesús. Este le pide que lo demuestre apacentando (sirviendo y amando) sus corderos y sus ovejas. «Los corderos» designa a los pequeños, mientras «las ovejas» a los grandes; una manera de decir que hay que servir y amar a la totalidad del rebaño, sin discriminaciones ni exclusiones. El paso de la juventud a la vejez simboliza la opción de Pedro por una vida nueva; y la expresión «extenderás las manos» predice su muerte en la cruz.


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La lección de amor aprendida por Pedro le asegura un nuevo llamado de Jesús a seguirlo. En el evangelio de hoy, Pedro recibe las últimas instrucciones para mejorar en ese seguimiento. Cuando optamos por seguir a Jesús no hay vuelta atrás. En el pasado deben quedar las actitudes que nos hacían superficiales, perezosos, individualistas, faltos de solidaridad e indiferentes ante las enfermedades del mundo. Ahora hay que mirar hacia adelante, de la mano con Jesús, para darle la vuelta al mundo y poder dibujarle un nuevo rostro, el del amor, la justicia y la paz. También hay que aceptar con generosidad que el otro se quede, a pesar de las diferencias. Cada uno debe responder por el seguimiento a Jesús, pero sólo con otros y en comunidad podemos hacer realidad el reino de Dios. La misión de Jesús, o es compartida, o no es misión. El término «sabemos» del v. 24 confirma que es una comunidad la que avala el evangelio de Juan, amparada en el testimonio y en la fe admirable del evangelista. El autor termina diciendo que lo escrito es sólo una muestra de las muchas cosas que hizo Jesús. Para conocerlo, por tanto, no es necesaria una plena información histórica sobre su persona; basta comprender su significado esencial.