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Homilía de Mons. Romero del Domingo 6º de Pascua, ciclo A, el 30 de abril de 1978
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 
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La 1ª lectura, tomada del libro de los Hechos, nos presenta a Felipe predicando a los samaritanos en su capital. Es una noticia inusitada si tenemos en cuenta la enemistad tradicional entre judíos y samaritanos, tan presente en los evangelios, en pasajes como la parábola del buen samaritano (Lc 10,29-37), o la conversación de Jesús con la samaritana (Jn 4,1-42) o en otros pasajes más breves (Mt 10,5; Lc 9,51-56; 17,16; Jn 8,48). Los judíos consideraban a los samaritanos como herejes y extranjeros (Cfr. 2Re 17,24-41) pues, aunque adoraban al único Dios y vivían de acuerdo con su ley, no querían rendir culto en Jerusalén, ni aceptaban ninguna revelación ni otras normas que las contenidas en el Pentateuco. Los samaritanos pagaban a los judíos con la misma moneda pues los habían hostigado en los períodos de su poderío y habían llegado a destruir su templo en el monte Garizim. Por todo esto nos parece sorprendente encontrar a Felipe predicando entre ellos, en su propia capital, y con tanto éxito como testimonia el pasaje que hemos leído, hasta concluir con un hermoso final: que su ciudad, la de los samaritanos, "se llenó de alegría".

Esta obra evangelizadora que rompe fronteras nacionales, que supera odios y rivalidades ancestrales, provocando en cambio la unidad y la concordia de los creyentes, es obra del Espíritu Santo, como comprueban los apóstoles Pedro y Juan, que con su presencia en Samaria confirman la labor de Felipe. Se trata de una especie de Pentecostés, de venida del Espíritu Santo sobre estos nuevos cristianos procedentes de un grupo tan despreciado por los judíos. Para el Espíritu divino, no hay barreras ni fronteras. Es Espíritu de unidad y de paz.

La 2ª lectura sigue siendo, como en los domingos anteriores, un pasaje de la 1ª carta de Pedro. Escuchamos una exhortación que con frecuencia se nos repite y recuerda: que los cristianos debemos estar dispuestos a dar razón de nuestra esperanza a todo el que nos la pida. ¿Por qué creemos, por qué esperamos, por qué nos empeñamos en confiar en la bondad de Dios en medio de los sufrimientos de la existencia, las injusticias y opresiones de la historia? Porque hemos experimentado el amor del Padre, y porque Jesucristo ha padecido por nosotros y por todos, para darnos la posibilidad de llegar a la plenitud de nuestra existencia en Dios. Por esta misma razón el apóstol nos exhorta a mostrarnos pacientes en los sufrimientos, contemplando al que es modelo perfecto para nosotros, a Jesucristo, el justo, el inocente, que en medio del suplicio oraba por sus verdugos y los perdonaba. La breve lectura termina con la mención del Espíritu Santo por cuyo poder Jesucristo fue resucitado de entre los muertos.

A quince días de que termine la cincuentena pascual, la Iglesia comienza a prepararnos para la gran celebración que la concluirá: la de Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La manifestación pública de la Iglesia. Podríamos decir que su inauguración. En la lectura del evangelio de san Juan, tomada de los discursos de despedida de Jesús que encontramos en los capítulos 13 a 17 de su evangelio, el Señor promete a sus discípulos el envío de un "Paráclito", un defensor o consolador, que no es otro que el Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, Espíritu de verdad porque procede de Dios que es la verdad en plenitud, no un concepto, ni una fórmula, sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y que conduce la historia humana a su plenitud.

Los grandes personajes de la historia permanecen en el recuerdo agradecido de quienes les sobreviven, tal vez en las consecuencias benéficas de sus obras a favor de la humanidad. Cristo permanece en su Iglesia de una manera personal y efectiva: por medio del Espíritu divino que envía sobre los apóstoles y que no deja de alentar a los cristianos a lo largo de los siglos. Por eso puede decirles que no los dejará solos, que volverá con ellos, que por el Espíritu establecerá una comunión de amor entre el Padre, los fieles y El mismo.

El «mundo» (en el lenguaje de Juan) no puede recibir el Espíritu divino. El mundo de la injusticia, de la opresión contra los pobres, de la idolatría del dinero y del poder, de las vanidades de las que tanto nos enorgullecemos a veces los humanos. En ese mundo no puede tener parte Dios, porque Dios es amor, solidaridad, justicia, paz y fraternidad. El Espíritu alienta en quienes se comprometen con estos valores, esos son los discípulos de Jesús.

Esta presencia del Señor resucitado en su comunidad ha de manifestarse en un compromiso efectivo, en una alianza firme, en el cumplimiento de sus mandatos por parte de los discípulos, única forma de hacer efectivo y real el amor que se dice profesar al Señor. No es un regreso al legalismo judío, ni mucho menos. En el evangelio de San Juan ya sabemos que los mandamientos de Jesús se reducen a uno solo, el del amor: amor a Dios, amor entre los hermanos. Amor que se ha de mostrar creativo, operativo, salvífico.

El evangelio de hoy no es dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL. En la página http://www.untaljesus.net puede recogerse algún otro que el animador de la comunidad juzgue oportuno.

 

Para la revisión de vida
Con frecuencia entendemos el amor que nuestra fe nos pide como una cuestión de sentimientos; pero, de ser así, ¿cómo entender el amor al enemigo, que nos pide Jesús? El amor cristiano no es tanto un sentimiento del corazón como una actitud de vida ante el prójimo, sea amigo o enemigo. ¿Cómo muestro yo mi amor a Dios y al prójimo, con sentimentalismos o, como Él nos dice, cumpliendo su voluntad?; ¿vivo mi fe como un «asunto del corazón» o como un asunto de mi vida entera?; ¿recuerdo y vivo aquello de «obras son amores y no buenas razones»?

Para la reunión de grupo
- En el evangelio de hoy Jesús nos promete la compañía del Espíritu en la comunidad. ÉL nos llevará a la verdad completa, y gracias a Él no estaremos solos. Sin embargo, en la historia de la Iglesia –y probablemente, en nuestra propia infancia- nuestra formación cristiana dejó a un lado al Espíritu. Dios, sin más especificación, era Dios Padre, y Cristo era el protagonista del proyecto del Padre. El Espíritu con frecuencia brillaba por su ausencia. ¿A qué se debe este olvido del Espíritu en nuestra historia cristiana? ¿Qué consecuencias ha podido traer?
- Por otra parte, es verdad que decir de un grupo que es pentecostal, espiritual, pentecostalista o espiritualista, carismático… son calificaciones con frecuencia entendidas como negativas. ¿Por qué? ¿En qué peligros se basa este temor?
- El Espíritu es la fuerza que nos capacita para cumplir la tarea que Dios nos asigna a personas y comunidades; sin Espíritu, la religión se queda en magia; con Espíritu se convierte en vida; ¿cómo celebra nuestra Iglesia los sacramentos: como ritos mágicos, como celebraciones folclóricas? ¿En qué sentido?

 

Para la oración de los fieles
- Por la Iglesia, para que siempre sea consciente de que su vida no está en sus normas e instituciones sino en dejarse llegar por el Espíritu, y no se anuncie a sí misma sino el Reino de Dios. Roguemos al Señor.
- Por todos los creyentes, para que sintamos siempre el gozo y la alegría de haber recibido la Buena Noticia y sintamos también el impulso de anunciarla a los demás. Roguemos al Señor.
- Por todos los que ya no esperan nada ni de Dios ni de los hombres, para que nuestro testimonio les abra una puerta a la esperanza. Roguemos al Señor.
- Por los jóvenes, esperanza del mundo del mañana, para que se preparen a construir un mundo mejor, más solidario, más justo y más fraterno. Roguemos al Señor.
- Por todos los pobres del mundo, para que los cristianos, con nuestra fraternidad solidaria, seamos causa real de su esperanza en verse libres de sus limitaciones. Roguemos al Señor.
- Por todos nosotros, para que formemos una verdadera comunidad en la que se alimente nuestra fe y nuestra esperanza, de modo que podamos transmitir nuestro amor a los demás. Roguemos al Señor
 

Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, que en Jesús de Nazaret, nuestro hermano, has hecho renacer nuestra esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva; te pedimos que nos hagas apasionados seguidores de su Causa, de modo que sepamos transmitir a nuestros hermanos, con la palabra y con las obras, las razones de la esperanza que sostiene nuestra lucha. Por Jesucristo.



 

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El Espíritu Santo es presentado con una característica que es también la de Jesús y debe ser la de todo cristiano: la verdad. Sólo la verdad nos hace libres. La misión de Jesús está respaldada por el testimonio del Espíritu Santo, pero también necesita del testimonio de sus discípulos, los de ayer y los de hoy. Dar testimonio de Jesús es una opción que implica riesgos. Los primeros cristianos sintieron en carne propia la persecución y la xenofobia por parte de judíos y romanos; fueron perseguidos a muerte por los adalides de una religión con un dios marioneta que legitimaba la exclusión y la muerte de sus opositores. Las persecuciones a los cristianos de hoy son de otro tipo: nos persigue la ilusión creada desde los medios de comunicación masivos, de lograr una vida con todas las comodidades, sin preocuparnos de la calidad de vida del prójimo ni del medio ambiente. Ser cristiano es ser testigo de la verdad; y esto significa trabajar la conciencia de la familia y de las comunidades para resistir frente a quienes mienten, excluyen y matan la vida de nuestros pueblos. Los primeros cristianos resistieron por una motivación fundamental: sabían que Jesús y el Espíritu Santo estaban con ellos. ¿Y nosotros?



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Lo que embarga de tristeza a los discípulos es la inminente partida de Jesús. No quieren acostumbrarse a la ausencia física del Maestro. No entienden que Jesús seguirá presente a través del Espíritu Santo, un compañero fuerte y eficaz, sabio y prudente, fiel y comprometido con todos los que se adhieren al sueño de Jesús. El Espíritu Santo se erige como el juez bueno que reabre ante el mundo el falso proceso que declaró culpable a Jesús. Los acusadores -autoridades judías y romanas- son ahora los acusados. Ellos, que simbolizan el mundo, son declarados culpables por tres razones: no se adhirieron al proyecto e Jesús, no creyeron en la filiación divina de Jesús, y se creyeron amos y dueños de un mundo que con sus políticas sólo lograron arruinar. Muchas de las decisiones que toman hoy los que gobiernan el mundo siguen sentenciando a muerte a millones de pobres, victimas del hambre, del desempleo, del desplazamiento, de las guerras por intereses económicos y electorales, del saqueo y destrucción de los recursos naturales… Oremos al Espíritu Santo para que nos dé la fuerza y la sabiduría para denunciar la injusticia en el mundo y buscar alternativas que favorezcan a los más necesitados.


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Ya sabemos por Juan que el Espíritu Veraz es responsable de acompañar a los cristianos en su tarea de dar testimonio y resistir ante el mal en el mundo. El evangelio de hoy le añade al Espíritu tres nuevas tareas: guiarnos en el descubrimiento de la verdad, comunicarnos las cosas de Dios y ayudarnos a interpretar su Palabra. Las múltiples tareas del Espíritu Santo nos indican que la interpretación de la Palabra de Dios no se agotó en los discípulos ni en las primeras comunidades; ella sigue resonando hoy y mañana, aquí y allá. También hay que decir que la Palabra de Dios no está contenida únicamente en la Biblia. Dios sigue hablando hoy a través de los acontecimientos, los hermanos y la naturaleza. Para comprender esta Palabra, es necesario interpretarla y actualizarla teniendo en cuenta tres criterios: invocar la compañía del Espíritu Santo, tener como claves de interpretación el amor y la justicia, y actualizarla de acuerdo a la realidad y la cultura del pueblo que la acoge. Interpretar la Palabra de Dios al pie de la letra, hacerle decir lo que nosotros queremos que diga, o manipularla para justificar injusticias, opresión y muerte, es un pecado grave. (Mt 5,19; St 2,10-11).
 


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Tres veces se repite «dentro de poco ya no me verán, y poco después me volverán a ver». Los discípulos están confundidos. Entienden la muerte de Jesús como derrota y ausencia, no como camino de resurrección hacia una nueva presencia, más viva, cercana y eterna. No es que Jesús se vaya, porque prometió estar siempre con nosotros; sólo que tras la muerte su presencia como Resucitado será diferente. Los opositores, que tampoco entienden, se alegrarán cuando crean haber eliminado para siempre a quien tanto les incomodaba. Aún hoy, a muchos estorba un Jesús demasiado «aterrizado», porque sus palabras y exigencias atormentan las conciencias. Qué difícil es ver a Jesús en un hogar, una escuela, una oficina... donde el amor, la justicia, la verdad, la ternura, la comprensión agonizan por culpa nuestra. Reina la insatisfacción. En cambio, cuando logramos que a nuestro alrededor crezcan el amor y la vida, por sobre la infaltable cizaña brota la alegría, porque Jesús sigue vivo y presente en medio de su pueblo. La alegría y el cristiano deben ir siempre de la mano. Gran ejemplo nos brinda hoy el trabajador y dueño de casa José, esposo de María, elegido por Dios para padre terreno de su propio Hijo. Obedeciendo al Señor va de un lado a otro; defiende a su familia con dientes y muelas; cambia de trabajo una y otra vez; fiel como ninguno, abnegado, «buscavidas», en el momento más crucial de su esposa sólo puede brindarle un establo como clínica-maternidad. Un obrero como los nuestros, a quienes la Iglesia lo propone hoy como modelo. Según Mateo (Mt 1,19), un «justo», cabal sinónimo bíblico de «santo». Aunque no se le conozca una palabra.



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Juan es amigo de los contrastes para obligar al lector a tomar posición. En su evangelio de hoy hace contrastar el tema de la tristeza y de la alegría. La muerte de Jesús sin la conciencia de la Resurrección deja en los discípulos un sentimiento de tristeza y soledad sólo comparable con la de Jesús en el huerto de Getsemaní. Esta tristeza también es memoria de la pasión que debieron sufrir las primeras comunidades cristianas por las persecuciones externas y por sus conflictos internos. ¿Qué persona, familia o comunidad no ha sentido el peso de la tristeza por las faltas de amor no confesadas; por las desatenciones e injusticias; por el aprovechamiento de algunos y los abusos de otros; por las tentaciones no vencidas; por los problemas no resueltos...? Pero Jesús nos alienta a no perder la esperanza; a estar convencidos de que, con esfuerzo y sacrificio, la vida siempre se impondrá sobre los que han hecho del mundo un mercado de la muerte para su propio provecho. Renovar diariamente nuestra fe en el Dios de la vida es el mejor antídoto que nos podemos inyectar para no dejarnos contaminar por los virus del pesimismo, del aislamiento, del odio reconcentrado, de la indiferencia... que enferman y matan lentamente al mundo de hoy. Es responsabilidad de los cristianos entregarle al mundo cada día la alegría liberadora de Jesús por sobre todos sus dramas.


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Conversando a solas con Nicodemo –el fariseo de corazón recto que lo visita de noche en busca de la luz-, el Señor le recuerda un pasaje del libro de los Números (21,8): Moisés fabrica por orden de Yavé una serpiente de bronce y la levanta en un poste para enfrentar una plaga de serpientes venenosas. Quien sea mordido por ellas y mire a la serpiente alzada, quedará curado, o «vivirá», según la expresión hebrea. En el caso de Jesús, «ser levantado en alto» será una señal destinada también a ser contemplada, porque de ella brotará una fuerza salvadora o fuente de vida incomparable. Es lo que el Señor quiere dejar en la mente de Nicodemo, quien, venciendo sus antiguos temores, mostrará su adhesión al Maestro asesinado siendo figura destacada sobre su cruz la tarde del Viernes Santo. Levantado sobre el Calvario, Cristo irradiará sobre el mundo no ya la vida física, sino la definitiva, que se alcanza no sólo después de la muerte; es vida divina que el ser humano recibe ya durante su existencia mortal. Jesús viene a ser así el prototipo de la nueva humanidad, que salva de la muerte a quienes ponen su mirada sobre él como modelo de Hombre. En él podemos aspirar a la plenitud de nuestra raza. Levantado en horroroso martirio, brillará sobre el mundo como polo supremo de atracción y vida para los seres humanos. «Mirarán al que ellos mismos atravesaron» (Jn 19,37; Za 12,10) viene a ser así una gran consigna del plan salvífico de Dios. Beneficiar a quien nos cause daño, bendecir al que nos maldice y ser generosos con los innobles, es un modo de proceder que pone la lógica del mundo al revés. Porque esta acción no nace de la ignorancia y la ingenuidad, sino de la conciencia de que el Hombre Nuevo es superior a la mezquindades que constituyen la norma.

Esta fiesta se ha llamado tradicionalmente «de la Exaltación de la Cruz». Si bien sabemos el sentiido literal que la expresión tiene, en cuanto que se celebró el haber encontrado una reliquia de la Pasión de Jesús, más allá de eso la expresión es claramente infeliz: el genuino espíritu cristiano no «exalta» la cruz, ni puede hacerlo, porque Dios no quiso la cruz –ni pudo quererla-, Jesús no buscó la cruz –más bien pidió le fuese ahorrada, «pase de mí este cáliz»-, ni el cristiano debe amar ni buscar la cruz. En este campo hay expresiones clásicas –muy antiguas, y algunas, lamentablemente, bien recientes- con las que hoy no podemos en absoluto comulgar, sino haciendo un ejercicio de reinterpretación.