Domingo 27 de abril de 2008
Domingo 6º de Pascua
Montserrat - Zita
INICIO
Hch
8,5-8.14-17: Felipe, por su cuenta, fue a Samaría
Salmo responsorial 65:
Aclamad al Señor, tierra entera.
1P 3,15-18: Estén
dispuestos a dar una respuesta acertada
Jn 14,15-21: La promesa
del Espíritu Santo
La 1ª lectura, tomada del libro de los Hechos, nos presenta a
Felipe predicando a los samaritanos en su capital. Es una noticia
inusitada si tenemos en cuenta la enemistad tradicional entre judíos y
samaritanos, tan presente en los evangelios, en pasajes como la parábola
del buen samaritano (Lc 10,29-37), o la conversación de Jesús con la
samaritana (Jn 4,1-42) o en otros pasajes más breves (Mt 10,5; Lc
9,51-56; 17,16; Jn 8,48). Los judíos consideraban a los samaritanos como
herejes y extranjeros (Cfr. 2Re 17,24-41) pues, aunque adoraban al único
Dios y vivían de acuerdo con su ley, no querían rendir culto en
Jerusalén, ni aceptaban ninguna revelación ni otras normas que las
contenidas en el Pentateuco. Los samaritanos pagaban a los judíos con la
misma moneda pues los habían hostigado en los períodos de su poderío y
habían llegado a destruir su templo en el monte Garizim. Por todo esto
nos parece sorprendente encontrar a Felipe predicando entre ellos, en su
propia capital, y con tanto éxito como testimonia el pasaje que hemos
leído, hasta concluir con un hermoso final: que su ciudad, la de los
samaritanos, "se llenó de alegría".
Esta obra evangelizadora que rompe fronteras nacionales, que supera odios y
rivalidades ancestrales, provocando en cambio la unidad y la concordia de los
creyentes, es obra del Espíritu Santo, como comprueban los apóstoles Pedro y
Juan, que con su presencia en Samaria confirman la labor de Felipe. Se trata de
una especie de Pentecostés, de venida del Espíritu Santo sobre estos nuevos
cristianos procedentes de un grupo tan despreciado por los judíos. Para el
Espíritu divino, no hay barreras ni fronteras. Es Espíritu de unidad y de paz.
La 2ª lectura sigue siendo, como en los domingos anteriores, un pasaje
de la 1ª carta de Pedro. Escuchamos una exhortación que con frecuencia se nos
repite y recuerda: que los cristianos debemos estar dispuestos a dar razón de
nuestra esperanza a todo el que nos la pida. ¿Por qué creemos, por qué
esperamos, por qué nos empeñamos en confiar en la bondad de Dios en medio de los
sufrimientos de la existencia, las injusticias y opresiones de la historia?
Porque hemos experimentado el amor del Padre, y porque Jesucristo ha padecido
por nosotros y por todos, para darnos la posibilidad de llegar a la plenitud de
nuestra existencia en Dios. Por esta misma razón el apóstol nos exhorta a
mostrarnos pacientes en los sufrimientos, contemplando al que es modelo perfecto
para nosotros, a Jesucristo, el justo, el inocente, que en medio del suplicio
oraba por sus verdugos y los perdonaba. La breve lectura termina con la mención
del Espíritu Santo por cuyo poder Jesucristo fue resucitado de entre los
muertos.
A quince días de que termine la cincuentena pascual, la Iglesia comienza a
prepararnos para la gran celebración que la concluirá: la de Pentecostés, la
venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. La manifestación pública de la
Iglesia. Podríamos decir que su inauguración. En la lectura del evangelio de
san Juan, tomada de los discursos de despedida de Jesús que encontramos en
los capítulos 13 a 17 de su evangelio, el Señor promete a sus discípulos el
envío de un "Paráclito", un defensor o consolador, que no es otro que el
Espíritu mismo de Dios, su fuerza y su energía, Espíritu de verdad porque
procede de Dios que es la verdad en plenitud, no un concepto, ni una fórmula,
sino el mismo Ser Divino que ha dado la existencia a todo cuanto existe y que
conduce la historia humana a su plenitud.
Los grandes personajes de la historia permanecen en el recuerdo agradecido de
quienes les sobreviven, tal vez en las consecuencias benéficas de sus obras a
favor de la humanidad. Cristo permanece en su Iglesia de una manera personal y
efectiva: por medio del Espíritu divino que envía sobre los apóstoles y que no
deja de alentar a los cristianos a lo largo de los siglos. Por eso puede
decirles que no los dejará solos, que volverá con ellos, que por el Espíritu
establecerá una comunión de amor entre el Padre, los fieles y El mismo.
El «mundo» (en el lenguaje de Juan) no puede recibir el Espíritu divino. El
mundo de la injusticia, de la opresión contra los pobres, de la idolatría del
dinero y del poder, de las vanidades de las que tanto nos enorgullecemos a veces
los humanos. En ese mundo no puede tener parte Dios, porque Dios es amor,
solidaridad, justicia, paz y fraternidad. El Espíritu alienta en quienes se
comprometen con estos valores, esos son los discípulos de Jesús.
Esta presencia del Señor resucitado en su comunidad ha de manifestarse en un
compromiso efectivo, en una alianza firme, en el cumplimiento de sus mandatos
por parte de los discípulos, única forma de hacer efectivo y real el amor que se
dice profesar al Señor. No es un regreso al legalismo judío, ni mucho menos. En
el evangelio de San Juan ya sabemos que los mandamientos de Jesús se reducen a
uno solo, el del amor: amor a Dios, amor entre los hermanos. Amor que se ha de
mostrar creativo, operativo, salvífico.
El evangelio de hoy no es dramatizado en la serie «Un tal Jesús», de los
hermanos LÓPEZ VIGIL. En la página
http://www.untaljesus.net puede recogerse algún otro que el animador de la
comunidad juzgue oportuno.
Para la revisión de vida
Con frecuencia entendemos el amor que nuestra fe nos pide como una
cuestión de sentimientos; pero, de ser así, ¿cómo entender el amor al enemigo,
que nos pide Jesús? El amor cristiano no es tanto un sentimiento del corazón
como una actitud de vida ante el prójimo, sea amigo o enemigo. ¿Cómo muestro yo
mi amor a Dios y al prójimo, con sentimentalismos o, como Él nos dice,
cumpliendo su voluntad?; ¿vivo mi fe como un «asunto del corazón» o como un
asunto de mi vida entera?; ¿recuerdo y vivo aquello de «obras son amores y no
buenas razones»? Para la reunión de grupo
- En el evangelio de hoy Jesús nos promete la compañía del Espíritu
en la comunidad. ÉL nos llevará a la verdad completa, y gracias a Él no
estaremos solos. Sin embargo, en la historia de la Iglesia –y probablemente, en
nuestra propia infancia- nuestra formación cristiana dejó a un lado al Espíritu.
Dios, sin más especificación, era Dios Padre, y Cristo era el protagonista del
proyecto del Padre. El Espíritu con frecuencia brillaba por su ausencia. ¿A qué
se debe este olvido del Espíritu en nuestra historia cristiana? ¿Qué
consecuencias ha podido traer?
- Por otra parte, es verdad que decir de un grupo que es pentecostal,
espiritual, pentecostalista o espiritualista, carismático… son calificaciones
con frecuencia entendidas como negativas. ¿Por qué? ¿En qué peligros se basa
este temor?
- El Espíritu es la fuerza que nos capacita para cumplir la tarea que Dios nos
asigna a personas y comunidades; sin Espíritu, la religión se queda en magia;
con Espíritu se convierte en vida; ¿cómo celebra nuestra Iglesia los
sacramentos: como ritos mágicos, como celebraciones folclóricas? ¿En qué
sentido?
Para la oración de los fieles
- Por la Iglesia, para que siempre sea consciente de que su vida no
está en sus normas e instituciones sino en dejarse llegar por el Espíritu, y no
se anuncie a sí misma sino el Reino de Dios. Roguemos al Señor.
- Por todos los creyentes, para que sintamos siempre el gozo y la alegría de
haber recibido la Buena Noticia y sintamos también el impulso de anunciarla a
los demás. Roguemos al Señor.
- Por todos los que ya no esperan nada ni de Dios ni de los hombres, para que
nuestro testimonio les abra una puerta a la esperanza. Roguemos al Señor.
- Por los jóvenes, esperanza del mundo del mañana, para que se preparen a
construir un mundo mejor, más solidario, más justo y más fraterno. Roguemos al
Señor.
- Por todos los pobres del mundo, para que los cristianos, con nuestra
fraternidad solidaria, seamos causa real de su esperanza en verse libres de sus
limitaciones. Roguemos al Señor.
- Por todos nosotros, para que formemos una verdadera comunidad en la que se
alimente nuestra fe y nuestra esperanza, de modo que podamos transmitir nuestro
amor a los demás. Roguemos al Señor
Oración comunitaria
Dios, Padre nuestro, que en Jesús de Nazaret, nuestro hermano, has
hecho renacer nuestra esperanza de un cielo nuevo y una tierra nueva; te pedimos
que nos hagas apasionados seguidores de su Causa, de modo que sepamos transmitir
a nuestros hermanos, con la palabra y con las obras, las razones de la esperanza
que sostiene nuestra lucha. Por Jesucristo.
|