Domingo 13 de abril de 2008
Domingo 4º de Pascua
Martín I, Papa
INICIO
Hch 2,14a.36-41: Dios lo ha
constituido Señor y Mesías
Salmo responsorial 22: El Señor es
mi pastor, nada me falta.
1P 2,20b-25: Ustedes eran ovejas
descarriadas
Jn 10,1-10: El buen pastor
La 1ª lectura, tomada del libro de los Hechos, pertenece al discurso
de Pedro, ante el pueblo reunido en Jerusalén, a raíz del hecho de Pentecostés.
Después de interpretarles el fenómeno de las lenguas diversas en que hablaban
los discípulos invadidos por el Espíritu Divino, Pedro les evoca la vida y la
obra de Jesús, les anuncia el "Kerygma", la proclamación solemne de la Buena
Nueva, del Evangelio: Cristo ha muerto por nuestros pecados, ha sido sepultado y
al tercer día Dios lo hizo levantarse de la muerte librándolo de la corrupción
del sepulcro y sentándolo a su derecha, como habían anunciado los profetas. Se
trata ya, evidentemente, de una primera elaboración teológica del llamado
«kerigma», o síntesis o núcleo de la predicación.
Lógicamente, esa formulación del kerigma está condicionada por su contexto
social e histórico. No es que porque aparezca en el Nuevo Testamento ya haya de
ser tenida como intocable e ininterpretable. Las palabras, las fórmulas, los
elementos mismos que componen ese kerigma, hoy nos pueden parecer extraños,
ininteligibles para nuestra mentalidad actual. Es normal, y por eso es también
normal que la comunidad cristiana tiene el deber de evolucionar, de recrear los
símbolos. La fe no es un «depósito» donde es retenida y guardada, sino una
fuente, un manantial, que se mantiene idéntico a sí mismo precisamente
entregando siempre agua nueva.
En muchos países tropicales son casi desconocidos los rebaños de ovejas
cuidadas por su pastor. Eran y son muy comunes en el mundo antiguo de toda la
cuenca del Mediterráneo. Muy probablemente Jesús fue pastor de los rebaños
comunales en Nazaret, o acompañó al pastoreo a los muchachos de su edad. Por eso
en su predicación abundan las imágenes tomadas de esa práctica de la vida rural
de Palestina. En el evangelio de Juan la sencilla parábola sinóptica de
la oveja perdida (Mt 18,12-14; Lc 15,3-7) se convierte en una bella y larga
alegoría en la que Jesús se presenta como el Buen Pastor, dueño del rebaño por
el cual se interesa, no como los ladrones y salteadores que escalan las paredes
del redil para matar y robar. Él entra por la puerta del redil, el portero le
abre, El saca a las ovejas a pastar y ellas conocen su voz. La alegoría llega a
un punto culminante cuando Jesús dice ser "la puerta de las ovejas", por donde
ellas entran y salen del redil a los pastos y al agua abundante. Por supuesto
que en la alegoría el rebaño, las ovejas, somos los discípulos, los miembros de
la comunidad cristiana. La alegoría del Buen Pastor está inspirada en el largo
capítulo 34 del profeta Ezequiel en el que se reprocha a las autoridades judías
no haber sabido pastorear al pueblo y Dios promete asumir Él mismo este papel
enviando a un descendiente de David.
La imagen del Buen Pastor tuvo un éxito notable entre los cristianos quienes,
ya desde los primeros siglos de la iglesia, representaron a Jesús como Buen
Pastor cargando sobre sus hombros un cordero o una oveja. Tales representaciones
se conservan en las catacumbas romanas y en numerosos sarcófagos de distinta
procedencia. La imagen sugiere la ternura de Cristo y su amor solícito por los
miembros de su comunidad, su mansedumbre y paciencia, cualidades que se asignan
convencionalmente a los pastores, incluso su entrega hasta la muerte pues, como
dice en el evangelio de hoy "el buen pastor da la vida por sus ovejas".
La imagen de «ovejas y pastores» ha de ser manejada con cuidado, porque puede
justificar la dualidad de clases en la Iglesia. Esta dualidad no es un temor
utópico, sino que ha sido una realidad pesada y dominante. El Concilio Vaticano
I declaró: «La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos
los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales,
no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de una
manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por el
que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar, y a otros no» (Constitución
sobre la Iglesia, 1870). Pío XI, por su parte, decía: «La Iglesia es, por la
fuerza misma de su naturaleza, una sociedad desigual. Comprende dos categorías
de personas: los pastores y el rebaño, los que están colocados en los distintos
grados de la jerarquía, y la multitud de los fieles. Y estas categorías, hasta
tal punto son distintas entre sí, que sólo en la jerarquía residen el derecho y
la autoridad necesarios para promover y dirigir a todos los miembros hacia el
fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el de
dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores» (Vehementer Nos,
1906). La verdad es que estas categorías de «pastores y rebaño», a lo largo de
la historia de la Iglesia han funcionado casi siempre -al menos en el segundo
milenio- de una forma que hoy nos resulta sencillamente inaceptable. Hay que
tener mucho cuidado de que nuestra forma de utilizarlas no vehicule una
justificación inconsciente de las clases en la Iglesia.
El Concilio Vaticano II supuso un cambio radical en este sentido, con aquella
su insistencia en que más importante que las diferencias de ministerio o
servicio en la Iglesia es la común dignidad de los miembros del Pueblo de Dios
(el lugar más simbólico a este respecto es el capítulo segundo de la Lumen
Gentium).
Como es sabido, en las últimas décadas se ha dado un retroceso claro hacia
una centralización y falta de democracia. La queja de que Roma no valora la «colegialidad
episcopal» es un clamor universal. La práctica de los Sínodos episcopales que se
puso en marcha tras el concilio, fue rebajada a reuniones meramente consultivas.
Las Conferencias Episcopales Nacionales, verdadero símbolo de la renovación
conciliar, han sido declaradas por Ratzinger como carentes de base teológica.
Los «consejos pastorales» y los «consejos presbiterales» establecidos por la
práctica posconciliar como instrumentos de participación y democratización, casi
han sido abandonados, por falta de ambiente. La feligresía de una parroquia, o
de una diócesis, puede tener unánimemente una opinión, pero si el párroco o el
obispo piensa lo contrario, no hay nada que discutir en la actual estructura
canónica clerical y autoritaria. «La voz del Pueblo, es la voz de Dios»... en
todas partes menos en la Iglesia, pues en ésta, para el pueblo la única voz
segura de Dios es la de la Jerarquía. Así la Iglesia se ha convertido -como
gusta de decir Hans Küng- en «la última monarquía absoluta de Occidente». A
quien no está de acuerdo se le responde que «la Iglesia no es una democracia», y
es cierto, porque es mucho más que eso: es una comunidad, en la que todos los
métodos participativos democráticos deberían quedarse cortos ante el ejercicio
efectivo de la «comunión y participación». En semejante contexto eclesial, ¿se
puede hablar ingenuamente de «el buen pastor y del rebaño a él confiado» con
toda inocencia e ingenuidad? El Concilio Vaticano II lo dijo con máxima
autoridad: «Debemos tener conciencia de las deficiencias de la Iglesia y
combatirlas con la máxima energía» (GS 43).
La Iglesia de Aquel que dijo que el que quisiera ser el primero fuese el
último y el servidor de todos, en algún sentido todos somos pastores de todos,
todos somos responsables y todos podemos aportar. No se niega el papel de la
coordinación y del gobierno. Lo que se niega es su sacralización, la teología
que justifica ideológicamente el poder autoritario que no se somete al
discernimiento comunitario ni a la crítica democrática. ¿Qué la Iglesia no es
una democracia? Debe ser mucho más que una democracia. Y, desde luego: no ha de
ser un rabaño.
El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 104 de la serie «Un tal
Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El pastor y el lobo». El guión y
su comentario pueden ser tomados de aquí:
http://untaljesus.net/texesp.php?id=1500104
Puede ser escuchado en esta dirección:
http://untaljesus.net/audios/cap104b.mp3
Para la revisión de vida
- La imagen del Buen Pastor debe evocar en nosotros a esa persona que cuida
y protege las ovejas encomendadas a su cuidado. ¿Tengo yo esa sensación de paz,
seguridad y confianza que debe darme el sentirme en buenas manos, en las manos
de Dios Padre que "pastorea mi alma"?
Para la reunión de grupo
- Jesús resucitado es nuestro Maestro y Pastor, que nos muestra el camino que
nos lleva a la Vida. Pero, a pesar de las advertencias de Jesús, luego nos hemos
echado encima muchos «pastores», que muchas veces sólo son asalariados, o
funcionarios, cuando no ambiciosos y engreídos, que quieren suplanta al único
Pastor y que "sólo se predican a sí mismos". No puede ocurrir que, en la
práctica, el pastoreo de Jesús queda opacado por tantos otros pastores
intermedios que acaben impidiéndonos tener con él una relación tan directa con
él como la que puede tener cualquier otro "pastor intermediario". ¿No habría que
rescatar la idea de que, en realidad, Pastor sólo hay uno y todos nosotros
tenemos igual derecho de relación directa con él?
- La "apertura a los gentiles" que se dio en los tiempos primeros del
cristianismo, no es un tema cerrado y concluido. Tiene proyecciones ulteriores
en la historia colectiva de los discípulos, que siempre tienen que ir saliendo
de sus guetos y abriéndose a nuevas formas de "gentilidad". ¿Será que también
hoy la Iglesia está -estamos- muy encerrada en su lenguaje, en sus cosas, en un
envejecido e inamovible estilo de celebrar, de creer, de organizar... que
mantiene alejados a muchos "gentiles" de hoy día que, de buena gana entrarían en
nuestra comunión si nosotros abriéramos las cerrajas que nos encierran? Hoy los
gentiles que esperan se les una buena nueva (nueva) sobre la resurrección de
Jesús, son el mundo de la increencia, de los alejados, los no practicantes, los
que huyen de nuestra fría iglesia hacia experiencias religiosas más cálidas...
¿Qué se debería abrir? ¿Qué se debería abandonar? ¿Qué se debería incorporar?
- Leer y comentar los párrafos del Vaticano I y de Pío XI transcritos en el
comentario de más arriba. Compararlos con lo que dice el Vaticano II en el
capítulo segundo de la Lumen Gentium, o concretamente en su número 32. Comentar.
Para la oración de los fieles
- Para que quienes ejercen su ministerio en la Iglesia lo hagan desde el
servicio y no desde el autoritarismo o el afán de dominio. Roguemos al Señor...
- Para que los pobres y explotados de nuestra sociedad encuentren también en los
cristianos apoyo y solidaridad. Roguemos...
- Para que todos aquellos que escuchan la voz del Señor llamándoles al servicio
de la Comunidad, respondan con valentía al don del Espíritu. Roguemos...
- Para que el Señor Jesucristo, que ha vencido el dolor y la muerte, se acuerde
de los pobres, afligidos, enfermos y moribundos, y a nosotros nos haga
solidarios con ellos. Roguemos...
- Para que los gobernantes estén siempre atentos a las inquietudes y necesidades
de los pueblos, y den justa respuesta a sus aspiraciones de paz, justicia e
igualdad. Roguemos...
- Para que todos los que sufren persecución por causa de su fidelidad al Reino,
se mantengan firmes y nunca duden del Amor de Dios, que resucita a los muertos.
Roguemos...
Oración comunitaria
Pastor bueno, puerta de la Vida, cuida de todos nosotros, y ya que nos alegramos
por la alegría de la Pascua, danos fuerza para trabajar con coraje por el Reino,
y el gozo de verlo crecer poco a poco en el mundo, de modo que la fraternidad
universal sea cada día más real entre nosotros. Nosotros te lo pedimos con la
mirada puesta en Jesús de Nazaret, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.
Dios, nuestro Padre-Madre, que has dado a la Iglesia el gozo pascual de la
Resurrección; concédenos también la paz y la confianza de saber que, en medio de
los problemas y las dificultades de la vida, que nunca faltan, estamos siempre
en tus manos, pues nos has hecho hijos e hijas tuyos y nada hemos de temer.
Nosotros te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Buen Pastor. Amén.
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