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Homilía de Mons. Romero del 4º Domingo de Pascua, ciclo A el 16 de abril de 1978
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 

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La 1ª lectura, tomada del libro de los Hechos, pertenece al discurso de Pedro, ante el pueblo reunido en Jerusalén, a raíz del hecho de Pentecostés. Después de interpretarles el fenómeno de las lenguas diversas en que hablaban los discípulos invadidos por el Espíritu Divino, Pedro les evoca la vida y la obra de Jesús, les anuncia el "Kerygma", la proclamación solemne de la Buena Nueva, del Evangelio: Cristo ha muerto por nuestros pecados, ha sido sepultado y al tercer día Dios lo hizo levantarse de la muerte librándolo de la corrupción del sepulcro y sentándolo a su derecha, como habían anunciado los profetas. Se trata ya, evidentemente, de una primera elaboración teológica del llamado «kerigma», o síntesis o núcleo de la predicación.

Lógicamente, esa formulación del kerigma está condicionada por su contexto social e histórico. No es que porque aparezca en el Nuevo Testamento ya haya de ser tenida como intocable e ininterpretable. Las palabras, las fórmulas, los elementos mismos que componen ese kerigma, hoy nos pueden parecer extraños, ininteligibles para nuestra mentalidad actual. Es normal, y por eso es también normal que la comunidad cristiana tiene el deber de evolucionar, de recrear los símbolos. La fe no es un «depósito» donde es retenida y guardada, sino una fuente, un manantial, que se mantiene idéntico a sí mismo precisamente entregando siempre agua nueva.

En muchos países tropicales son casi desconocidos los rebaños de ovejas cuidadas por su pastor. Eran y son muy comunes en el mundo antiguo de toda la cuenca del Mediterráneo. Muy probablemente Jesús fue pastor de los rebaños comunales en Nazaret, o acompañó al pastoreo a los muchachos de su edad. Por eso en su predicación abundan las imágenes tomadas de esa práctica de la vida rural de Palestina. En el evangelio de Juan la sencilla parábola sinóptica de la oveja perdida (Mt 18,12-14; Lc 15,3-7) se convierte en una bella y larga alegoría en la que Jesús se presenta como el Buen Pastor, dueño del rebaño por el cual se interesa, no como los ladrones y salteadores que escalan las paredes del redil para matar y robar. Él entra por la puerta del redil, el portero le abre, El saca a las ovejas a pastar y ellas conocen su voz. La alegoría llega a un punto culminante cuando Jesús dice ser "la puerta de las ovejas", por donde ellas entran y salen del redil a los pastos y al agua abundante. Por supuesto que en la alegoría el rebaño, las ovejas, somos los discípulos, los miembros de la comunidad cristiana. La alegoría del Buen Pastor está inspirada en el largo capítulo 34 del profeta Ezequiel en el que se reprocha a las autoridades judías no haber sabido pastorear al pueblo y Dios promete asumir Él mismo este papel enviando a un descendiente de David.

La imagen del Buen Pastor tuvo un éxito notable entre los cristianos quienes, ya desde los primeros siglos de la iglesia, representaron a Jesús como Buen Pastor cargando sobre sus hombros un cordero o una oveja. Tales representaciones se conservan en las catacumbas romanas y en numerosos sarcófagos de distinta procedencia. La imagen sugiere la ternura de Cristo y su amor solícito por los miembros de su comunidad, su mansedumbre y paciencia, cualidades que se asignan convencionalmente a los pastores, incluso su entrega hasta la muerte pues, como dice en el evangelio de hoy "el buen pastor da la vida por sus ovejas".

La imagen de «ovejas y pastores» ha de ser manejada con cuidado, porque puede justificar la dualidad de clases en la Iglesia. Esta dualidad no es un temor utópico, sino que ha sido una realidad pesada y dominante. El Concilio Vaticano I declaró: «La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales, no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de una manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por el que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar, y a otros no» (Constitución sobre la Iglesia, 1870). Pío XI, por su parte, decía: «La Iglesia es, por la fuerza misma de su naturaleza, una sociedad desigual. Comprende dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, los que están colocados en los distintos grados de la jerarquía, y la multitud de los fieles. Y estas categorías, hasta tal punto son distintas entre sí, que sólo en la jerarquía residen el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores» (Vehementer Nos, 1906). La verdad es que estas categorías de «pastores y rebaño», a lo largo de la historia de la Iglesia han funcionado casi siempre -al menos en el segundo milenio- de una forma que hoy nos resulta sencillamente inaceptable. Hay que tener mucho cuidado de que nuestra forma de utilizarlas no vehicule una justificación inconsciente de las clases en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II supuso un cambio radical en este sentido, con aquella su insistencia en que más importante que las diferencias de ministerio o servicio en la Iglesia es la común dignidad de los miembros del Pueblo de Dios (el lugar más simbólico a este respecto es el capítulo segundo de la Lumen Gentium).

Como es sabido, en las últimas décadas se ha dado un retroceso claro hacia una centralización y falta de democracia. La queja de que Roma no valora la «colegialidad episcopal» es un clamor universal. La práctica de los Sínodos episcopales que se puso en marcha tras el concilio, fue rebajada a reuniones meramente consultivas. Las Conferencias Episcopales Nacionales, verdadero símbolo de la renovación conciliar, han sido declaradas por Ratzinger como carentes de base teológica. Los «consejos pastorales» y los «consejos presbiterales» establecidos por la práctica posconciliar como instrumentos de participación y democratización, casi han sido abandonados, por falta de ambiente. La feligresía de una parroquia, o de una diócesis, puede tener unánimemente una opinión, pero si el párroco o el obispo piensa lo contrario, no hay nada que discutir en la actual estructura canónica clerical y autoritaria. «La voz del Pueblo, es la voz de Dios»... en todas partes menos en la Iglesia, pues en ésta, para el pueblo la única voz segura de Dios es la de la Jerarquía. Así la Iglesia se ha convertido -como gusta de decir Hans Küng- en «la última monarquía absoluta de Occidente». A quien no está de acuerdo se le responde que «la Iglesia no es una democracia», y es cierto, porque es mucho más que eso: es una comunidad, en la que todos los métodos participativos democráticos deberían quedarse cortos ante el ejercicio efectivo de la «comunión y participación». En semejante contexto eclesial, ¿se puede hablar ingenuamente de «el buen pastor y del rebaño a él confiado» con toda inocencia e ingenuidad? El Concilio Vaticano II lo dijo con máxima autoridad: «Debemos tener conciencia de las deficiencias de la Iglesia y combatirlas con la máxima energía» (GS 43).

La Iglesia de Aquel que dijo que el que quisiera ser el primero fuese el último y el servidor de todos, en algún sentido todos somos pastores de todos, todos somos responsables y todos podemos aportar. No se niega el papel de la coordinación y del gobierno. Lo que se niega es su sacralización, la teología que justifica ideológicamente el poder autoritario que no se somete al discernimiento comunitario ni a la crítica democrática. ¿Qué la Iglesia no es una democracia? Debe ser mucho más que una democracia. Y, desde luego: no ha de ser un rabaño.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 104 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «El pastor y el lobo». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1500104
Puede ser escuchado en esta dirección: http://untaljesus.net/audios/cap104b.mp3

 

Para la revisión de vida
- La imagen del Buen Pastor debe evocar en nosotros a esa persona que cuida y protege las ovejas encomendadas a su cuidado. ¿Tengo yo esa sensación de paz, seguridad y confianza que debe darme el sentirme en buenas manos, en las manos de Dios Padre que "pastorea mi alma"?
 

Para la reunión de grupo

- Jesús resucitado es nuestro Maestro y Pastor, que nos muestra el camino que nos lleva a la Vida. Pero, a pesar de las advertencias de Jesús, luego nos hemos echado encima muchos «pastores», que muchas veces sólo son asalariados, o funcionarios, cuando no ambiciosos y engreídos, que quieren suplanta al único Pastor y que "sólo se predican a sí mismos". No puede ocurrir que, en la práctica, el pastoreo de Jesús queda opacado por tantos otros pastores intermedios que acaben impidiéndonos tener con él una relación tan directa con él como la que puede tener cualquier otro "pastor intermediario". ¿No habría que rescatar la idea de que, en realidad, Pastor sólo hay uno y todos nosotros tenemos igual derecho de relación directa con él?
- La "apertura a los gentiles" que se dio en los tiempos primeros del cristianismo, no es un tema cerrado y concluido. Tiene proyecciones ulteriores en la historia colectiva de los discípulos, que siempre tienen que ir saliendo de sus guetos y abriéndose a nuevas formas de "gentilidad". ¿Será que también hoy la Iglesia está -estamos- muy encerrada en su lenguaje, en sus cosas, en un envejecido e inamovible estilo de celebrar, de creer, de organizar... que mantiene alejados a muchos "gentiles" de hoy día que, de buena gana entrarían en nuestra comunión si nosotros abriéramos las cerrajas que nos encierran? Hoy los gentiles que esperan se les una buena nueva (nueva) sobre la resurrección de Jesús, son el mundo de la increencia, de los alejados, los no practicantes, los que huyen de nuestra fría iglesia hacia experiencias religiosas más cálidas... ¿Qué se debería abrir? ¿Qué se debería abandonar? ¿Qué se debería incorporar?
- Leer y comentar los párrafos del Vaticano I y de Pío XI transcritos en el comentario de más arriba. Compararlos con lo que dice el Vaticano II en el capítulo segundo de la Lumen Gentium, o concretamente en su número 32. Comentar.


Para la oración de los fieles

- Para que quienes ejercen su ministerio en la Iglesia lo hagan desde el servicio y no desde el autoritarismo o el afán de dominio. Roguemos al Señor...
- Para que los pobres y explotados de nuestra sociedad encuentren también en los cristianos apoyo y solidaridad. Roguemos...
- Para que todos aquellos que escuchan la voz del Señor llamándoles al servicio de la Comunidad, respondan con valentía al don del Espíritu. Roguemos...
- Para que el Señor Jesucristo, que ha vencido el dolor y la muerte, se acuerde de los pobres, afligidos, enfermos y moribundos, y a nosotros nos haga solidarios con ellos. Roguemos...
- Para que los gobernantes estén siempre atentos a las inquietudes y necesidades de los pueblos, y den justa respuesta a sus aspiraciones de paz, justicia e igualdad. Roguemos...
- Para que todos los que sufren persecución por causa de su fidelidad al Reino, se mantengan firmes y nunca duden del Amor de Dios, que resucita a los muertos. Roguemos...

 

Oración comunitaria
Pastor bueno, puerta de la Vida, cuida de todos nosotros, y ya que nos alegramos por la alegría de la Pascua, danos fuerza para trabajar con coraje por el Reino, y el gozo de verlo crecer poco a poco en el mundo, de modo que la fraternidad universal sea cada día más real entre nosotros. Nosotros te lo pedimos con la mirada puesta en Jesús de Nazaret, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

Dios, nuestro Padre-Madre, que has dado a la Iglesia el gozo pascual de la Resurrección; concédenos también la paz y la confianza de saber que, en medio de los problemas y las dificultades de la vida, que nunca faltan, estamos siempre en tus manos, pues nos has hecho hijos e hijas tuyos y nada hemos de temer. Nosotros te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Buen Pastor. Amén.
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La parábola «del buen pastor», que hoy termina, divide en dos grupos a los encargados de cuidar las ovejas. Uno lo conforman los pastores (animadores cristianos) que son capaces de dar la vida por el bienestar de sus ovejas. El otro grupo son los asalariados, que cuidan las ovejas sin amor, sin conciencia y sin convicción; por esto huyen ante el primer asomo de peligro. El animador cristiano debe preocuparse por conocer personalmente a cada una de sus ovejas; un conocimiento tan íntimo y sagrado como el que existe entre Jesús y el Padre. El rebaño, que simboliza la comunidad de los hijos de Dios, debe estar integrado por ovejas y corderos de diferentes corrales, por hermanos y hermanas de diferentes razas, culturas y naciones. Uno solo es el proyecto de Jesús, pero son diversas las maneras de vivirlo y celebrarlo, según la realidad social y cultural de cada comunidad humana. Las experiencias de inculturación del Evangelio apuntan en esta dirección. El texto termina con un mensaje trascendental: toda opción cristiana, aun la de entregar la propia vida por amor, debe hacerse con plena libertad (v. 18). Hay que pasar de ser cristianos por condición social, costumbre o intereses milagreros, a cristianos de conciencia, identidad y libertad.


 

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La fiesta de la Dedicación recuerda la purificación y consagración del Templo liderada por Judas Macabeo después de su profanación a manos del ejército griego (1Mac 4, 36-59). Durante la fiesta, los judíos interrogan a Jesús no porque no sepan, sino porque no pueden aceptar el modelo de mesías que Jesús representa, radicalmente diferente al que ellos esperan: un mesías rey, guerrero, vengativo y autoritario. El problema entonces no es que no lo sepan, sino que no lo quieren creer. Con muchos cristianos suele pasar hoy lo mismo; saben quién es Jesús, pero no se atreven a vivir como él quiere que vivamos. ¿De qué le sirve al ser humano saber que existe la medicina contra una enfermedad, si no cree en ella y no se la aplica? Para reconocer al verdadero Mesías se necesita creer en las obras que hace Jesús en favor de la humanidad; creer en Jesús como el protector y el Dios de la vida, y creer que Jesús y el Padre son uno. Y para poder formar parte del rebaño guiado por Jesús, es necesario seguirlo no sólo de palabra, sino de obra y de corazón, con una vida cristiana caracterizada por la fe, el testimonio y el compromiso.

 

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En el relato de Juan, Jesús habla por última vez en público; aunque ahora su público no parece ser un pueblo en particular, sino toda la humanidad. Jesús ya no habla, sino que exclama, levanta la voz, grita, porque la sordera de Israel ha llegado hasta el punto de preferir darles gloria a los hombres antes que a Dios (Jn 12,43). El grito de Jesús nos convoca a seguirlo, a adherirnos a su persona y a su proyecto, a escuchar y ver al Padre a través de su vida y su misión. Jesús grita, y su voz denuncia a quienes prefieren la oscuridad para que sus maquinarias perversas e injustas pasen inadvertidas. ¿Cómo identificar hoy el grito de Jesús? La respuesta es simple y exigente: a través de la lectura, la escucha y la puesta en práctica de la Palabra de Dios. Palabra de Dios, testimonio y misión son inseparables en la vida de un cristiano. La Palabra de Jesús es la misma Palabra del Padre, una Palabra que es vida eterna para todo aquél que cree en ella. Jesús no se cansa de gritar, porque su misión es que todos tengan vida, y la tengan en abundancia. ¿Cómo podríamos ayudarle a Jesús en esta misión?




 

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El evangelio de hoy esta precedido por el relato del «lavatorio de los pies», donde Jesús no sólo da testimonio de servicio, sino que insta a sus discípulos a asumir con generosidad el verdadero sentido de servir y compartir con los destinatarios del mensaje. Jesús continúa su enseñanza a partir de un típico proverbio de la época: «No es el siervo más que su señor, ni el enviado más que el que lo envía». El mensaje es claro: quien sigue a Jesús no puede darse ínfulas de ser superior o estar por encima de los demás; por el contrario, debe ser el servidor pronto y humilde. Somos conscientes de que, si bien estas enseñanzas se leen y se dicen fácilmente, resultan difíciles al momento de ponerlas en práctica. ¿Qué hacer para que el servicio, la humildad, la generosidad, la ternura, les ganen la partida al orgullo, la prepotencia, el egoísmo, la humillación, la traición…? Jesús llama «felices» o «bienaventurados» a quienes logran ganar, y judas a los que persisten en perder. El texto termina con una expresión (v.20) que asegura la continuidad de un proyecto que Dios ha puesto en manos de Jesús y que ahora él pone en manos de sus discípulos. ¿Estamos nosotros dispuestos a continuarlo?


 

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El anuncio de la partida de Jesús crea un ambiente de preocupación entre los discípulos. Han puesto su vida en manos del Maestro y temen quedar solos. Tomás no comprende lo del camino, porque no acepta que éste pasa por la pasión y muerte de Jesús; menos aun entenderá ni aceptará después su resurrección. La marcha de Jesús a la casa del Padre no significa abandonar el barco de la humanidad; al contrario, es signo del amor del Hijo que une la tierra con el cielo. Mientras Jesús prepara nuestra morada en el cielo, debemos nosotros trabajar por un mundo más humano y más hermano. Bien dicen que el cielo se conquista con lo que somos y hacemos aquí en la tierra. Jesús compara el cielo con un hogar donde hay amor y espacio para todos. El problema de Tomás y de muchos en el mundo de hoy consiste en confundir el camino que conduce al cielo, que no es otro sino el mismo Jesús, con su Palabra y su testimonio de vida. El es el camino seguro para llegar al Padre, la verdad que nos hace libres, la vida que nos rescata de la muerte y nos hace una sola familia en la tierra y en el cielo.


 

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La comunión íntima de Jesús con su Padre no es comprensible para Tomás y Felipe. No entienden que conociendo a Jesús conocen al Padre. El verbo «conocer» no se refiere a la acción de ver y grabar una imagen en la memoria, sino, sobre todo, al deseo profundo de experimentar a Jesús en nuestra vida y de adherirnos sin disculpas a su proyecto de anunciar el reino de Dios. En otras palabras, conoce a Dios y a Jesús quien hace la voluntad del Padre. Al igual que Felipe, son muchos los que creen conocer a Jesús porque lo visitan en los templos o le rezan, pero no lo conocen realmente si su vida cotidiana está dominada por actitudes egoístas, injustas o violentas. Podríamos decir que la fe y las obras nos permiten conocer a Jesús y al Padre, pero también son nuestras obras las que permiten que Jesús y el Padre nos conozcan. La fe y las obras son el eje en torno al cual debe girar la vida cristiana. Cuando oremos, hagámoslo en el nombre de Jesús; así sentiremos la gloria de Dios como un cincel que, con nuestro aporte, va labrando sin descanso un mundo con rostro alegre, fraterno y justo.