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Homilía de Mons. Romero del Domingo 3º de Pascua, ciclo A el 9 de abril de 1978
Dibujo original de Cerezo Barredo para este domingo
La semana en formato RTF, y en PDF listos para editar y/o imprimir.

 
 
 
 
 
 
 
 

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En la primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, encontramos a Pedro pronunciando su primera predicación pospascual, dirigida tanto a los judíos presentes como a todos los habitantes de Jerusalén. El sermón es de tipo kerigmático, con la presentación de tres aspectos de la vida de Jesús, que componen el credo de fe más antiguo del cristianismo: un Jesús histórico, acreditado por Dios con milagros, prodigios y señales; su muerte a mano de las autoridades judías, y finalmente, su resurrección obrada por Dios para salvación de toda la humanidad. Pedro termina su discurso con un sello de autenticidad: de todo esto, «nosotros somos testigos» (Hch 2,32). Creer en Jesús resucitado era reconocerlo como Mesías, lo que según las Escrituras, abría las puertas para su segunda venida y el fin del mundo. Esto explica las actitudes de recogimiento y miedo que llevan a los discípulos a encerrarse bajo llave. Sin embargo, Pentecostés cambia para siempre las cosas, pues antes que miedo por el fin del mundo, el Espíritu les indica que el mundo apenas comienza, y que la iglesia que acaba de nacer tiene el compromiso de contribuir en la reconstrucción de este mundo con la clave del amor. Así comenzó la Iglesia su misión, cambiando los miedos del fin del mundo, por la alegría, el optimismo y el compromiso de hacer que cada mañana el mundo nazca con más amor, justicia y paz.

La referencia a la primitiva comunidad cristiana nos hace descubrir la importancia que la praxis del amor y de la solidaridad tuvo en el surgimiento del cristianismo. No fue sin más una teoría, sino un cambio de vida, una praxis, una transformación social, lo que estaba en juego. Importante tenerlo presente, cuando tantos piensan que el cristianismo es cuestión de aceptar intelectualmente un paquete de verdades, teorías o dogmas.

En la segunda lectura, el apóstol Pedro hace un llamado a mantener la fidelidad a Dios aún en situaciones de destierro, desplazamiento, marginación o exclusión, porque Dios, en un nuevo Exodo, nos libera de una sociedad sometida a leyes injustas e inhumanas, que protegen sólo al que paga con oro o plata. Esta liberación fue asumida por Jesús con el sello de su propia sangre, como una opción de amor, consciente y voluntaria, por los hombres y mujeres del mundo entero. El precio que debemos pagar a Jesús por tanta generosidad, no es con oro ni plata, sino, dando vida a los hermanos que siguen muriendo, víctimas de la injusticia y la deshumanización. Eso será realmente «devolver con la misma moneda».

En el evangelio, dos discípulos, que no eran del grupo de los once (v.33) se dirigen a Emaús. Probablemente se trata de un hombre y una mujer, casados, (también había mujeres discípulas), que regresaban a su pueblo natal frustrados por los últimos acontecimientos de la capital. Mientras conversaban, Jesús se acerca y comienza a caminar con ellos, al fin y al cabo es el Emmanuel. Pero ellos no pueden reconocerlo, sus ojos están cerrados. ¿Por qué? Porque en el fondo todavía tenían la idea de un mesías profeta-nacionalista, que conquistaría el mundo entero para ser dominado por las autoridades de Israel, un mesías necesariamente triunfador... Por eso, estaban viendo en la cruz y en la muerte del maestro, el fracaso de un proyecto en el cual habían puesto sus esperanzas.

Serán las Escrituras las primeras gotas que Jesús echa en los ojos del corazón de estos discípulos, para que puedan ver y entender que no es con el triunfalismo mesiánico, sino con el sufrimiento del siervo de Yavé, como se conquista el Reino de Dios; un sufrimiento que no es masoquismo, sino un cargar conscientemente con las consecuencias de la opción de amar a la humanidad, actitud difícil de entender en una sociedad dominada por un poder de dominio que mata a quien se interpone en su camino. Por la vida, hasta dar la misma vida, es el testimonio de Jesús ante sus dos compañeros.

El relato de los discípulos de Emaús es una pieza bellísima, evidentemente teológica, literaria. No es, en absoluto, una narración ingenua directa de un hecho tal como sucedió. Es una composición elaborada, simbólica, que quiere dar un mensaje. Y como todo símbolo, que no lleva adjunto un manual de explicación, permanece «abierto», es decir, es susceptible de múltiples interpretaciones. Y desde cada nuevo contexto social, en cada nueva hora de la historia, los creyentes se confrontarán con ese símbolo y extraerán nuevas lecciones...

En una página adjunta (http://servicioskoinonia.org/biblico/textos/emaus.htm) presentamos una glosa a este texto de Lucas, leído desde la situación psicológica de los «militantes latinoamericanos en los 90». La situación, actualmente, por fortuna, ha cambiado, pero las situaciones de depresión, de derrota y de desánimo, lamentablemente forman parte esencial de nuestra vida, por lo que puede ser interesante leer la interpretación que allí se ofrece del tema de Emaús desde América Latina.

El evangelio de hoy es dramatizado en el capítulo 127 de la serie «Un tal Jesús», de los hermanos LÓPEZ VIGIL, titulado «Por el camino de Emaús». El guión y su comentario pueden ser tomados de aquí: http://untaljesus.net/texesp.php?id=1600127
 Puede ser escuchado aquí: http://untaljesus.net/audios/cap127b.mp3

 

Para la revisión de vida
- Pedro proclama lo esencial de su fe, y lo que debe ser también el núcleo de nuestra fe: que Jesús fue rechazado y muerto por su compromiso con el amor y la justicia, pero que Dios se puso de su parte resucitándolo, y que él y los demás apóstoles son testigos de esta «parcialidad» de Dios. ¿Me siento yo también testigo de que la razón la lleva el amor y la justicia? ¿Acaso en otra cosa consiste el ser cristiano?
 

Para la reunión de grupo

- El contexto histórico del testimonio de los apóstoles sobre la resurrección de Jesús es siempre un ambiente de persecución: las autoridades "políticas y religiosas" de Israel persiguen a quien crea y sobre todo a quien proclame esa resurrección. ¿Por qué? Este porqué puede orientarnos mucho para saber el significado que proclamar la resurrección tenía en aquel contexto. Hoy nadie persigue a quien proclame la resurrección de Jesús o simplemente a Jesús y su mensaje. ¿Por qué? Este porqué puede iluminarnos sobre la vigencia o la pureza actual del mensaje que predicamos como «resurrección de Jesús».
- Los relatos de las apariciones de Jesús, y su resurrección misma ha sido entendidos muy literalmente, como narraciones directas de hechos físicos acontecidos exactamente así... Ello ha llevado en el pueblo cristiano (en nosotros) la creación de un imaginario sobre la resurrección y el más allá de la muerte también muy "cuasi-físico", como si fuera enteramente conocido o cognoscible, describible, desprovisto de todo misterio... ¿Cabe hoy mantener el sentido profundo de la fe en la resurrección de una forma más crítica, sin hablar a la ligera de la misma, reconociendo que no "sabemos" casi nada de ella, y sospechando que mucho de lo que clásicamente hemos dicho al respecto sea sólo imaginación, símbolos inadecuados y no -desde luego- descripciones cuasi-físicas que haya que considerar como "materia de fe"?
- Léase el artículo de Jon Sobrino «El resucitado es el resucitado» (http://servicioskoinonia.org/relat/219.htm) y coméntese ese enfoque de interpretación del significado de la resurrección de Jesús.
- En todo caso: ¿cómo entender pues hoy el contenido profundo de la fe en la resurrección? ¿Y qué significaría hoy «dar testimonio de la resurrección»?


Para la oración de los fieles

- Para que la Iglesia dé testimonio de su fe y su esperanza, anunciando de palabra y obra al Dios de vivos que ha resucitado a Jesús. Oremos...
- Para que toda la humanidad avance en el camino de la paz, la justicia y el respeto a los derechos humanos. Oremos...
- Para que las desigualdades y las injusticias sociales nos hagan ver la necesidad de transformar nuestra sociedad, haciéndola conforme al Reino de Dios. Oremos...
- Para que cesen el hambre, la pobreza, la discriminación, la explotación, la guerra, la violencia. Oremos...
- Para nos esforcemos en tener un conocimiento cada día más profundo de las Escrituras que nos lleve a sentir más cercano a Dios y a ser más solidarios con los hermanos. Oremos...
- Para que nuestra comunidad viva la Eucaristía de manera que nos lleve a mayores exigencias y compromisos. Oremos...
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Oración comunitaria
Dios Padre nuestro: te rogamos que tus hijos e hijas nos llenemos de gozo y esperanza al celebrar el triunfo pascual de Jesús. Que este gozo nos fortalezca para permanecer fieles al amor y a la Justicia, seguros de que también triunfarán. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

Te invocamos, Fuerza y Misterio del Universo, a quien reconocemos como energía original, Padre y Madre, Dios Universal. Nosotros creemos que en Jesús de Nazaret, y en los maestros espirituales de todas las religiones del mundo, Tú has salido al encuentro de la humanidad, para hacernos entrever el misterio inescrutable en que vivimos, nos movemos y hacia el que caminamos. Respetuosos con tu silencio, expresamos nuestro deseo de contribuir a que todo ser humano descubra que Tú eres Vida y nos llamas a la Vida. Te lo expresamos caminando tras los pasos de Jesús de Nazaret, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.
 



 

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El signo de la multiplicación de los panes que hemos visto en días anteriores (Jn 6,1-15) ha impresionado a la multitud. Y ésta sólo atina a preguntar en forma ingenua o casi absurda: ¿cuándo llegaste aquí? Jesús responde con otra pregunta que sigue teniendo vigencia para el mundo de hoy: ¿cuál es la razón verdadera por la que me buscan? ¿Por los milagros espectaculares, como multiplicar los panes? A la hora de caminar tras las huellas de Jesús hay que tener cuidado con las motivaciones que nos impulsan; no vaya a ser que el Jesús que encontremos no sea el del Evangelio, sino un Jesús hecho a nuestra medida, que se adapta a nuestros deseos o caprichos; un Jesús creíble sólo por los milagros espectaculares, sin que logremos entender que el milagro mayor, el signo por excelencia, es Jesús mismo, alimento de vida eterna. La multitud, sin entender las palabras del Maestro, vuelve a preguntar: «¿Qué tenemos que hacer para trabajar en las obras de Dios?» Siguen marcados por la mentalidad judía de la época, cuya religión mandaba cumplir siempre «preceptos y leyes» que, por su falsa interpretación, terminaban esclavizando y arruinando la fe del pueblo de Dios. Jesús les plantea que basta una obra: adherirse al proyecto de Dios revelado por su Hijo. Sólo quien se compromete hace que todas sus obras adquieran un sentido evangélico, porque estarán impregnadas del amor, la vida y la justicia que exige el reino de Dios.


 

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La gente dice creer en Jesús como el «enviado del Padre», pero no les basta él como signo, sino que exigen señales y milagros espectaculares para poder confirmar su fe. Jesús, en cambio, pide una fe sin condiciones, una fe adherida a su persona y al proyecto de Dios. Aprovecha la ocasión para corregir la interpretación tradicional del milagro del maná, haciendo ver que no fue obra de Moisés, sino de Dios, y precisando que no se trataba de «pan del cielo», sino de una imagen pasajera del mismo, ya que el verdadero «pan del cielo» es el que «da la vida al mundo». Sin embargo, aun teniendo a Jesús al frente, la gente sigue sin comprender. No han descubierto que en todos los milagros del Maestro, como sanar enfermos, revivir muertos, multiplicar los alimentos…, lo importante no eran los milagros mismos, ni mucho menos que él se luciera -«saliera en televisión», diríamos hoy- sino el afán de rescatar para la vida al enfermo, al pobre, al marginado que, desechado por la sociedad, era conducido a una muerte inexorable. Jesús quiere que pasemos del nivel de los milagros al de los signos, en los que se muestra la intención liberadora de Dios en cada una de sus manifestaciones. Ojalá entendamos la profunda diferencia entre ambas actitudes, que diferencian al falso del verdadero discipulado. No queramos ser como aquel pueblo al que, en la primera lectura, el protomártir Esteban echó en cara su tremenda dureza de corazón, osadía que le costó la vida. Entre esos «duros» estaba el joven Saulo, que cuidó las ropas de los criminales mientras apedreaban al santo diácono. El no logró entender hasta el día en que un rayo lo derribó, camino hacia Damasco.

 

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Jesús se presenta como el «Pan de la vida», un pan partido y compartido por amor a la humanidad. Sin embargo, «aunque lo hayan estado viendo, no creen». Así describe Jesús a la gente que lo viene siguiendo. Han visto lo que ha hecho, han recorrido grandes caminos tras sus pasos, pero les falta lo principal: creer en él, asumir su proyecto, ponerse al servicio de la voluntad del Padre. A pesar de tanta incomprensión, Jesús se presenta como un gran »depósito» de amor y acogida donde todos los que lo busquen tienen un lugar para ser amados y redimidos, pues el mismo Padre le ha encomendado un plan de salvación para todos. En las palabras de Jesús, «que de todo lo que me ha entregado no pierda nada», se siente la ternura del «Buen Pastor», preocupado por que todas las ovejas encuentren el camino que conduce a la vida plena del Padre, que es la resurrección en el último día. No porque haya que dejar las cosas para el final, sino como el premio que se entrega a quienes han hecho de su vida un «pan de vida» para los demás. Quien construye y da vida en este mundo, hace que el mundo resucite cada día, hasta el último día. Y ante tantas injusticias, necesidades y miserias como las que exhibe el mundo de hoy, el cristiano encuentra múltiples formas de entregar resurrección y vida. Eminentes santos de nuestros días, como Oscar Romero en El Salvador, Alberto Hurtado en Chile o la Madre Teresa en Calcuta, nos han mostrado con sus ejemplos diferentes formas de entregar vida a los demás, hasta dar la propia vida cuando es necesario.




 

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La tarea de salvar a los seres humanos aparece aquí compartida entre el Padre y el Hijo. Dios Padre es el encargado de atraer, y Jesús de resucitar. Según los fariseos, la resurrección era el premio a quienes cumplían estrictamente la Ley; para Jesús, es el premio para todos los que se adhieren a él. La alusión a la profecía de Is 54,13 «todos serán discípulos de Dios», es aprovechada por Jesús para ratificar que la «enseñanza de Dios para todos» no consiste en la memorización de la Ley o en su esclavizante cumplimiento, sino que escuchar y aprender de Dios es seguir el proyecto de Jesús.

En una nueva declaración solemne, Jesús hace una contraposición entre comer el maná y morir, por una parte, y comer el pan de vida que es Jesús y alcanzar la vida, por la otra. En el fondo, es una nueva denuncia frente a la falsedad de la Ley. En efecto, los judíos, que consideraban la Ley como fuente de vida, la llamaban «pan»; pero en la práctica ella terminó siendo un instrumento de muerte. El problema radicaba en que a una mediación, como es el cumplir la norma establecida, se le había dado un valor absoluto, pues parecía que no fuera Dios el que salvaba, sino la Ley. El mensaje de Jesús es claro: no es la Ley, sino el pan de vida el único autorizado para dar la vida eterna. Y ese pan de vida es él mismo. A los requisitos de «ver y creer» para adherirse al proyecto de Jesús se añade el de «comer» el «pan o la carne» entregado por la vida del mundo. Comer a Jesús es sentirlo en la intimidad de nuestro corazón. Sólo así seremos fuente de vida para nuestros hermanos.



 

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Las palabras de Jesús que hemos venido meditando en los últimos días crean confusión entre sus oyentes. Podían tal vez entenderlo a él como «pan», pero no como «carne». Pero a estas alturas no debería haber confusión, porque Jesús insiste sobre lo mismo de antes: lo que hay que seguir no es la Ley o una doctrina, sino su proyecto. Mientras los maestros pedían la adhesión a la Ley, Jesús pide la aceptación al reino, que implica una aceptación a su persona. A diferencia de lo que ocurría en las escuelas rabínicas, Jesús pretende ser el único maestro, de manera que sus discípulos no pueden buscar a otro ni aspirar a serlo (Mt 23,8). Además, la palabra de Jesús tiene un valor decisivo: sólo sobre ella se puede edificar auténticamente la vida (Mt 7,24-27); y sólo quien la acoja será acogido por el Padre en el último día (Mc 8,38). Por tanto, la doble dimensión de «comer mi carne« y «beber mi sangre» tiene un sentido eminentemente eucarístico. «Comer mi carne» implica adhesión y seguimiento a Jesús de Nazaret, que nos invita a vivir su proyecto en nuestro contexto histórico concreto: en la familia, en el trabajo, o en una sociedad que a veces gusta de un Jesús «por las nubes», porque le resulta demasiado exigente el Cristo con cuerpo y sangre del Evangelio. La sangre simboliza «don de vida»; por tanto, beber la sangre de Jesús implica una adhesión al Jesús de la vida, como un don siempre disponible para sembrar, dar y recoger.


 

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Prosigue y culmina hoy el escándalo que provoca Jesús entre sus oyentes por proponer el comer su carne y beber su sangre como requisito para alcanzar la vida eterna. Ser eucaristía viviente adhiriendo vitalmente al Maestro se vuelve insoportable para muchos de los que han seguido por inercia a Jesús. Les resulta más fácil seguir una ley que una persona. Pero Jesús, sabiendo lo que murmuran en su interior, acude a un nuevo lenguaje para una nueva enseñanza. Contrapone muerte-resurrección y carne-espíritu. Muchos discípulos esperaban un Jesús triunfalista y no crucificado, porque no comprendieron la muerte como una opción de amor por los demás ni como una manera distinta de triunfar, resucitando y venciendo a la muerte para siempre. En la mentalidad judía, la carne era símbolo de la debilidad humana, mientras que el espíritu lo era de la vida (Rm 8,6). Mientras la carne vaya de la mano del espíritu, el ser humano estará disponible para hacer nuevas todas las cosas. Pero cuando la carne se suelta de la mano del espíritu, como les pasó a muchos discípulos, terminan por abandonar a Jesús. La pregunta a los Doce es la misma que Jesús hace a los cristianos de hoy: ¿También ustedes quieren abandonarme? ¿Qué le respondemos nosotros? ¿Sentimos vitalmente que sin él no podemos vivir porque sólo en él encontramos el secreto de la vida verdadera?