Una nueva forma de mirar el Universo
Desde los nuevos paradigmas científicos
Frei BETTO
Carlos Mesters suele decir que en el Primer Testamento hay dos
decálogos, el de la Alianza y el de la Creación. El de la Alianza surgió
primero, aunque el otro ya existiese. Ocurre que el pueblo de Dios, por no
tomar en serio el Decálogo de la Alianza, no tenía ojos para percibir el
de la Creación. El trauma del exilio le abrió los ojos para percibir el
Decálogo de la Creación: «El ritmo de la naturaleza, del sol, de la luna,
de las estaciones, de las estrellas, de las plantas... revela el poder
creador de Dios», dice Mesters. La visión que tenemos del mundo interviene
en nuestra visión de Dios, así como el modo como entendemos a Dios influye
en nuestra visión de la vida y del mundo.
A lo largo de mil años predominó en Occidente la cosmovisión de
Tolomeo, que consideraba la Tierra como el centro del Universo. Eso
favoreció la hegemonía espiritual, cultural y económica de la Iglesia,
tenida por la fe como la imagen de la Jerusalén celestial.
Con la llegada de la Edad Moderna, gracias a la nueva cosmovisión de
Copérnico, luego completada por Galileo y Newton, se comprobó que la
Tierra es sólo un pequeño planeta que, como mulata de escuela de samba,
danza en torno a su propia cintura (24 horas, día y noche) y en torno al
dueño del salón, el sol (365 días, un año). La fe cedió el puesto a la
razón, la religión a la ciencia, Dios al ser humano. Se pasó de la visión
geocéntrica a la heliocéntrica, y de la teocéntrica a la antropocéntrica.
Ahora, la modernidad cede el puesto a la posmodernidad. Una vez más,
nuestra visión del Universo sufre cambios radicales. Newton deja el lugar
a Einstein, y la aparición de la astrofísica y de la física cuántica nos
obligan a mirar el Universo de modo diferente, y, por tanto, a mirar
también de modo diferente a Dios.
Si en la Edad Media Dios habitaba «allá arriba» y en la Edad Moderna
«aquí abajo» -dentro del corazón humano-, ahora conocemos mejor lo que el
apóstol Pablo quiso decir al afirmar que «no está lejos de cada uno de
nosotros, pues en Él vivimos, nos movemos y existimos, como algunos de los
poetas de ustedes dijeron: ‘somos de la raza de Dios mismo’» (Hch
17,27-28).
La física cuántica, que penetra la intimidad del átomo y describe la
danza de las partículas subatómicas, nos enseña que toda la materia, en
todo el Universo, no deja de ser energía condensada. En el interior del
átomo nuestra lógica cartesiana no funciona, pues allí predomina el
principio de indeterminación, o sea, no se puede prever con exactitud el
movimiento de las partículas subatómicas. Esta imprevisibilidad sólo
predomina en dos instancias del Universo: el interior del átomo y la
libertad humana.
¿En qué cambia la física cuántica nuestra visión del Universo? Nos
libra de los conceptos de Newton, de que el Universo sería un gran reloj
montado por el divino Relojero, cuyo funcionamiento puede ser bien
conocido estudiando cada una de sus piezas. La física cuántica enseña que
no hay sujeto observador (el ser humano) frente al objeto observado (el
Universo). Todo está íntimamente interligado. El movimiento de las alas de
una mariposa en Japón desencadena una tempestad en América del Sur...
Nuestro modo de examinar las partículas que se mueven en el interior del
átomo interfiere su recorrido... Todo lo que existe, coexiste, subsiste,
preexiste, y hay una inseparable interacción entre el ser humano y la
naturaleza. Lo que hacemos a la Tierra provoca una reacción de parte de
ella. No estamos encima de ella, sino que somos parte de ella, su
resultado. Ella es Pacha Mama, o, como decían los antiguos griegos, Gaia,
un ser vivo. Deberíamos mantener con ella una relación inteligente de
sostenibilidad.
Este nuevo paradigma científico nos permite contemplar el Universo con
ojos nuevos. Dios no es todo, pero se revela en todo. Nuestra visión
religiosa es ahora panenteísta. No confundir con panteísta. El panteísmo
dice que todas las cosas son Dios. El panenteísmo, que Dios está en todas
las cosas. «En Él vivimos, nos movemos y existimos», como dijo Pablo. Y
Jesús nos enseña que Dios es amor, esa energía que atrae a todas las
cosas, desde las moléculas que estructuran una piedra a las personas que
comulgan un proyecto de vida.
Como decía Teilhard de Chardin, en el amor todo converge, desde átomos,
moléculas y células que forman los tejidos y órganos de nuestro cuerpo, a
las galaxias, que se aglomeran múltiples en esta nuestra Casa Común que
llamamos no Pluriverso, sino Universo.
Frei BETTO
São Paulo, Brasil
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